43. Plantón
Plantón
Llegué al vestíbulo del Marañón a las cinco y veinte.
Cogí una mesa con las cuatro entradas a la vista. Pedí un café y no me lo bebí.
A las seis no había venido.
A las cinco y cuarenta entró una chica delgada con abrigo oscuro y me levanté un poco de la silla.
No era.
A las cinco y cincuenta y dos, otra. Tampoco.
Es una cosa que hace el cuerpo y que no se puede parar. Yo lo he explicado en consulta: se llama sesgo de expectativa y sirve para que no te pierdas a nadie en un aeropuerto.
En seis meses no había tenido ocasión de comprobar lo cansado que resulta.
A las seis y diez le escribí. Estoy en la mesa del fondo, junto a la columna.
Entregado.
A las seis y cuarenta escribí otra vez. Puedo esperar lo que haga falta.
Entregado.
A las siete y veinticinco, un tercer mensaje.
Ese no se entregó.
A las ocho llamé. Una vez.
—El número marcado no está asignado a ningún cliente.
Me quedé con el teléfono en la oreja hasta que la locución terminó.
Después la volví a oír entera. Después una tercera vez.
Es la misma frase de junio. La misma voz de mujer, el mismo tono, la misma pausa antes de «cliente».
En seis meses me la han puesto dos veces.
Estuve hasta las nueve y media.
A las nueve y veinte se acercó un vigilante. Un chico joven, con walkie.
—¿Está usted bien?
—Sí.
—Es que vamos a cerrar esta zona.
—Ya me voy.
—¿Espera a alguien de planta?
—No.
Me levantó la silla para que saliera y me acompañó doce pasos hacia la puerta, que es lo que hacen los vigilantes cuando no saben si el problema eres tú.
Salí a Doctor Esquerdo. Hacía frío y estaba lloviendo poco.
Y me quedé en la acera con una idea muy sencilla en la cabeza.
Ella no me ha dejado plantada.
Una mujer que ha tardado dos horas en escribir tres palabras no cambia de opinión y desaparece un número.
Los números no se caen solos. Se dan de baja, o se rompe la tarjeta, o alguien la saca de un teléfono.
Y el mensaje de las siete y veinticinco no se entregó, y el de las seis y cuarenta sí.
Entre esas dos horas pasó algo.
En el coche hice la lista. La hice en el cuaderno, con el motor apagado y la luz del techo.
Uno. Ruth.
La llamo esta noche. Le doy el nombre, la foto del funeral, los mensajes.
La localizan mañana o pasado. Si la localizan viva, la citan. Declara. Se cae el informe de Peiró.
Y se abre un procedimiento contra una chica de veinticinco años.
Y hay otra cosa peor y me llevó dos minutos verla.
Si Ruth la busca, la busca por los sitios por donde se busca a la gente. Padrón. Bancos. Teléfonos. Familia.
Y la primera puerta a la que llama la policía cuando busca a una mujer joven es la de su madre.
Dos. Pilar Retuerta.
Llamo yo a la madre.
Y le digo qué. Le digo: soy la psicóloga que salió en la tele, la que dice que la persiguen. Su hija ha estado siete veces en mi consulta con nombre falso. Y creo que la tiene la mujer que mató a su marido, que por cierto no fue un robo, y que lo sé desde marzo de 2013.
Eso en el mejor de los casos. En el mejor de los casos, esa mujer me cree.
Y en el momento en que me cree, hay una señora de cincuenta y tantos años que sabe algo que no sabía a las nueve de la mañana.
Tres. Herrero.
Es mi abogado. Le tengo que contar el caso entero para que sirva de algo.
Dos horas, a solas, en un despacho con la puerta cerrada.
Cuatro. Nadie.
Debajo del cuatro escribí, porque hay que escribirlo, lo que pasa si no hago nada.
No lo sé.
Es la única entrada honesta de las cuatro y es la que no se puede poner en un informe. Un profesional no escribe «no lo sé» en la casilla de pronóstico. Escribe «reservado», que quiere decir lo mismo con dos sílabas más.
Puse reservado y me quedé mirando la palabra.
Estuve mucho rato con el cuaderno abierto.
Y aquí es donde tengo que escribir la única cosa nueva de toda esta historia, que llegó aquella noche en un coche aparcado en Doctor Esquerdo con la lluvia en el parabrisas.
Durante seis meses yo he callado para protegerme.
Me he contado que callaba por la regla. Y era verdad a medias, y las medias verdades se sostienen mucho tiempo porque tienen una mitad de pie.
Callé por Nuria. Y callé porque contarlo entero era contar lo de 2013.
Las dos cosas a la vez, siempre. Nunca una sola.
Aquella noche, por primera vez, se separaron.
Si yo hablo esta noche, no me pasa nada malo a mí. Al contrario. Si hablo esta noche se cae el informe, se acaba lo de investigada y me devuelven el nombre.
Hablar me salva.
Y hablar la mata.
Antes de arrancar hice una cosa más.
Busqué a Pilar Retuerta y la encontré en once minutos. Una gestoría de Vallecas donde trabaja desde 2016. La dirección de la empresa, un teléfono fijo y un móvil en un anuncio antiguo de segunda mano.
Copié el móvil en el cuaderno.
Después arranqué y en vez de ir a mi casa fui a Vallecas.
Es un edificio de ladrillo de los ochenta, con una farmacia abajo y las persianas de aluminio.
Aparqué enfrente y me quedé.
En el cuarto había luz. Una ventana con visillo y el reflejo azul de una televisión.
Estuve cuarenta minutos mirando esa ventana.
Y no subí, y no llamé, y lo que me tuvo allí cuarenta minutos no fue la duda.
Fue que llevaba doce años sin pensar en esa mujer.
Escribí un libro entero sobre lo que le pasó a su familia. Salí en la radio hablando de su marido con una inicial. Vendí ciento veinte mil ejemplares.
Y no supe su nombre hasta el viernes pasado.
Llegué a casa a las doce y veinte.
No encendí la luz del salón. Me senté en la butaca.
Y entonces hice el balance de verdad, que es este.
En seis meses he perdido a mi recepcionista, a mi marido, a mi editora, a mi inspectora, mi libro, mi serie, catorce pacientes y mi nombre.
Cada una de esas pérdidas ha ocurrido porque yo hablé o porque yo callé, y en los dos casos yo elegí, y en los dos casos elegí protegiendo lo mismo.
Aquella noche, por primera vez desde el nueve de mayo, callarme no me protegía a mí.
Y fue exactamente igual de fácil.
Eso es lo que descubrí en el suelo de mi salón a las doce y media de la noche del nueve de diciembre.
Que no me costaba nada.
Que llevaba seis meses creyendo que el silencio era el precio que estaba pagando.
Y que a esas alturas ya no era un precio.
Era una costumbre.
El jueves por la noche subí a la consulta.
Me senté en mi butaca. Encendí la lámpara. Dije la fecha y la hora.
Y por primera vez desde el treinta y uno de julio no hablé como se habla en una sesión.
—Necesito saber si está bien.
Esperé. No cuarenta segundos. Mucho más.
—No le estoy pidiendo que me diga dónde. Ni quién es usted. Ni nada de lo otro. —Tenía las dos manos en las rodillas—. Le estoy pidiendo una cosa y es que me diga si está bien.
Silencio.
—Tiene veinticinco años.
Silencio.
—Yo he aceptado todo lo demás. Llevo cinco meses aceptándolo. No he llamado a nadie, no he tocado su aparato y no le he mentido más que una vez.
Y ahí me oí y me paré, porque me oí negociando con un mueble.
—Dígame si está bien —dije—. Se lo pido yo.
Estuve otros diez minutos sentada.
Después apagué la lámpara y bajé.
Es lo más cerca que he estado en toda mi vida de suplicarle algo a alguien, y se lo supliqué a una butaca vacía, y lo peor de todo es que funcionó.