A quien se lo cuentes 42. Contacto
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El mensaje entró el jueves tres de diciembre a las siete y doce de la tarde.

Número nuevo. Prefijo normal, español, de móvil.

Decía:

Soy Eva. Necesito contarle lo que hice y por qué. Solo a usted.

Me quedé con el teléfono en la mano en mitad de la consulta.

Después hice lo que hago, que es sentarme.

Tenía delante tres posibilidades y las escribí en el cuaderno antes de contestar nada.

Una. Es ella y quiere hablar.

Dos. Es ella y la manda Sonia. Un mensaje a la persona a la que quieres apretar, escrito por la única persona que puede escribirlo.

Tres. Es Sonia y ya está.

Miré las tres un rato.

La tres la descarté por una tontería. Sonia no escribe así. Sonia no pondría «necesito». Sonia habría puesto «tenemos que vernos».

La dos y la uno no se pueden separar desde una silla.

Contesté a las siete y veintidós.

Estoy aquí. Dígame cuándo.

Tardé diez minutos en escribir esas seis palabras.

Escribí once versiones. Las borré todas.

En dos de ellas ponía su nombre. En cuatro le preguntaba si estaba bien. En una le decía que no tenía nada que reprocharle, que es lo primero que le habría dicho a cualquiera y lo que ella necesitaba oír.

Las borré porque a cada cosa que yo escriba, ella va a contestar.

Y todo lo que ella conteste lo va a leer alguien.

La conversación duró dos días y fue el trabajo más raro de mi vida.

Porque los dos sabíamos que había alguien más leyendo, o que podía haberlo, y porque yo tenía que conseguir una cita sin cometer el único error que llevo seis meses aprendiendo a no cometer.

Es un problema con una forma muy concreta.

Si le escribo lo que le tengo que escribir, se lo estoy contando.

Y a la gente a la que yo le cuento cosas le pasan cosas.

Así que hice lo que hace ella.

Rellené un formulario.

Le escribí un mensaje seco, administrativo y vacío. Sin una palabra de más. Sin «entiendo cómo te sientes», sin «no es culpa tuya», sin nada de lo que llevo veinte años diciéndole a la gente que me escribe así.

Puedo el martes o el miércoles. Dígame hora y sitio. No hace falta que me adelante nada por aquí.

Ella contestó a los cuarenta minutos.

El miércoles. ¿Dónde?

Tardó dos horas en escribir eso.

Dos horas para tres palabras.

Es el tiempo que tarda alguien que no está solo delante del teléfono.

O el que tarda alguien que ha escrito once versiones y las ha borrado todas.

Lo apunté en el cuaderno con las dos lecturas, una debajo de la otra, y no fui capaz de elegir ninguna.

Y ahí tuve que pensar despacio.

Un sitio público es un sitio donde nos ven. Un sitio cerrado es un sitio donde estamos solas. Mi consulta tiene un micrófono debajo de una butaca.

Le propuse el vestíbulo de un hospital. El Gregorio Marañón, la zona de la cafetería grande de la entrada, a las seis de la tarde.

Es un sitio con cuatro accesos, con seguridad privada, con gente a todas horas y con cámaras.

Y es un sitio al que una mujer joven puede entrar sin que nadie se pregunte a qué va.

Vale , escribió.

Y después, a los dos minutos:

Gracias por no preguntarme nada.

Cinco palabras.

Estuve un rato mirándolas.

En seis meses he recibido tres frases que me han dicho de verdad algo, y las tres me las ha dicho la misma persona.

«A la última persona que me creyó la atropellaron dos veces.»

«Ahora es el suyo.»

Y esta.

Las tres las dijo una chica de veinticinco años que estaba haciendo un papel.

Y las tres eran verdad.

Voy a dejar constancia de lo que pensé aquella noche, porque a partir de aquí lo que hice ya no tiene arreglo y prefiero que se vea de dónde salía.

Yo sabía tres cosas.

Sabía que aquella chica se llama Claudia Sanz Retuerta y que tiene veinticinco años.

Sabía que la mujer que la había puesto en mi butaca mató a su padre en 2013.

Y sabía que ella no lo sabe. Porque si lo supiera, no habría entrado en mi consulta a hacer un papel. Habría entrado a otra cosa.

De modo que el miércoles a las seis de la tarde, en el vestíbulo de un hospital, yo iba a sentarme delante de una chica de veinticinco años a la que iba a tener que contarle quién mató a su padre.

Y en el momento en que se lo contara, ella iba a pasar a ser una persona a la que yo le había contado algo.

Herrero me llamó el viernes por lo del informe. Le dije que todo bien.

A Ruth no la llamé.

Estuve a punto el domingo por la tarde. Tuve el teléfono en la mano cuatro o cinco minutos, con su nombre en la pantalla, y monté la frase entera: Ruth, la paciente existe, se llama Claudia Sanz Retuerta, es la hija de Daniel Sanz, y he quedado con ella el miércoles a las seis.

Con esa frase se cae el informe. Con esa frase se acaba lo de investigada. Con esa frase, además, la policía llega antes que yo y la protege mejor que yo.

Y con esa frase, si me equivoco en cualquiera de las tres posibilidades del cuaderno, la chica desaparece.

Bloqueé el teléfono y lo dejé encima de la mesa.

Y después hice el ejercicio al revés, que es el que no había hecho nunca.

Me pregunté qué pasa si llamo y sale bien.

Sale que la policía la localiza el lunes. Que la citan. Que declara. Que dice que se llama Claudia Sanz Retuerta, que es la hija de Daniel Sanz y que entró en mi consulta con un nombre falso.

Y en ese momento se abre un procedimiento contra ella.

Usurpación de estado civil. Y lo otro, lo de Nuria, según lo que ella supiera y cuándo lo supiera, que es una pregunta que va a contestar una sala y no yo.

Una chica de veinticinco años, huérfana desde los doce, a la que una mujer de cuarenta y cuatro captó con la única cosa que quería en el mundo.

Yo llamo el domingo y el lunes está declarando.

Sonia no le hace nada. No hace falta.

Yo la meto en un juzgado y me quedo con mi informe caído y mi expediente cerrado, y todo el mundo dice que hice lo que había que hacer.

Es la salida buena. Es la que le recomendaría a cualquier paciente.

El lunes y el martes trabajé.

Nueve pacientes. Dos informes de la mutua. Una llamada del colegio para decirme que el expediente informativo seguía abierto a la espera de lo penal.

Y el martes por la noche, por primera vez desde el veinticuatro de noviembre, subí a la consulta a las nueve y cuarto.

Me senté. Dije la fecha y la hora.

Y no le conté nada.

Estuve veinte minutos hablando de otra cosa. De la agenda. Del colegio. De que hacía frío.

Es la primera vez en cinco meses que le mentí sin que me temblara la voz, y lo hice bien, y lo sé porque lo tengo medido: la última vez que le mentí a esa habitación fue en septiembre, con Carmen Ferrán, y a los siete días un hombre estaba en el Doce de Octubre con la órbita rota.

Bajé al garaje a las diez menos veinte.

En el rellano me quedé delante de la bandeja de acero, como me quedo siempre.

Y estuve un rato pensando en lo que iba a hacer al día siguiente a las seis de la tarde, que era sentarme delante de la única persona en el mundo que puede demostrar que no estoy loca, y contarle algo que va a destrozarla.

Es exactamente lo que hago desde hace veinte años.

La diferencia es que esta vez sé lo que le pasa a la gente después.

El miércoles por la mañana atendí a tres pacientes y comí en casa.

A las cuatro me duché y me vestí.

Y a las cinco menos cuarto, delante del espejo del recibidor, hice una cosa que no había hecho nunca antes de una primera visita en veinte años de profesión.

Ensayé las primeras frases en voz alta.

No las de contarle lo de su padre. Esas ya las tenía y llevaba dos noches sin poder dejar de repasarlas.

Ensayé las de antes. Las de sentarse. Las tres o cuatro frases que uno dice para que alguien que llega temblando se quede en la silla.

Las dije dos veces al espejo. Sonaban bien.

Cogí el abrigo.

Y en el ascensor, bajando, me acordé de otra vez que me había puesto delante de ese espejo a decir en voz alta una frase para nadie.

Fue en mayo. Con el algodón de desmaquillarme en la mano.

Aquella vez ensayaba una frase de plató sobre una mujer a la que no había podido salvar.

Esta vez ensayaba cómo sentar a su hija.