41. La niña del funeral
La niña del funeral
Estuve seis días sin hacer nada.
Atendí a nueve pacientes. Comí. Dormí mal. Contesté dos correos del colegio.
No llamé a Herrero. No llamé a Ruth. No fui a la consulta por las noches, porque ya no hacía falta hablarle a una butaca: ahora tenía un teléfono y una fecha.
El sexto día me senté delante del ordenador y me puse a trabajar en lo único que me había dejado suelto.
La niña está bien.
En cinco meses aquella mujer no ha dicho una palabra de más.
No me dijo dónde vive. No me dijo cómo entra en mi consulta. No me dijo quién le cambia la pila. De Nuria habló seis segundos y de Íker no habló nada.
Y al levantarse, de pie, con el abrigo en el brazo, me regaló una frase de once palabras sobre la única persona por la que yo llevaba medio año preguntando.
Eso no es un desliz.
Eso es lo que hace un buen clínico al final de una sesión, cuando quiere que el paciente se lleve algo a casa y trabaje solo durante la semana.
Se llama tarea entre sesiones. Lo enseño en el módulo cuatro.
Y hay otra cosa. Dijo «la niña».
A una mujer de veinticinco años no se le llama niña. Se le llama chica, muchacha, esta, la de las siete y media.
Niña la llama alguien que la conoció siendo niña.
Empecé por Daniel Sanz Bermúdez.
Es un nombre que llevo doce años sin escribir en un buscador. Doce años. Lo he dicho en voz alta en un plató, lo he escrito con una inicial en un libro y lo he pronunciado tres veces en una comisaría.
Nunca lo había buscado.
Hemeroteca de dos diarios y un digital local del distrito. Abril de 2013.
Salió lo que sabía. Cuatro noticias breves. La primera, del día cuatro, con el titular de sucesos. Las otras tres, del cinco, el siete y el catorce de junio, cada vez más cortas.
Y salió una quinta que no sabía.
Tardé cuarenta minutos en encontrarla y no la encontré buscando bien.
La encontré porque el digital del distrito tiene el archivo mal montado y hay que ir mes por mes, y en un momento dado, bajando con la rueda del ratón, pasé por encima de una foto en blanco y negro y algo me hizo subir otra vez.
Es la manera en que se encuentran las cosas y no me da ningún orgullo.
Yo he escrito que la información aparece cuando uno la busca de forma sistemática.
Es mentira. Aparece cuando uno por fin la busca.
Es del digital del distrito. Cinco de abril de 2013. Doscientas palabras.
Es una nota sobre el funeral, de las que se publican en barrios donde el muerto tenía un negocio y la gente lo conocía. Habla de la parroquia, de los compañeros de la empresa, de una pancarta que pusieron los del polígono.
Y lleva una fotografía.
Está tomada desde la acera de enfrente, en la puerta de la iglesia. Se ve un grupo de veinte o veinticinco personas. La calidad es la que era en 2013 en un digital de barrio.
En primer plano, a la derecha, hay una mujer de unos cuarenta años con gafas de sol.
Y a su lado, cogida de su brazo con las dos manos, hay una niña.
Amplié la foto hasta que se deshizo.
Doce o trece años. Falda oscura y una chaqueta que le queda grande. Pelo largo, recogido detrás con algo.
No se le ve bien la cara. Se le ve la barbilla, la línea de la mandíbula y el arranque del cuello.
Y se le ve cómo sujeta.
Lleva un bolso pequeño, de mujer, que no es suyo. Se lo ha debido de dar la madre para tener las manos ocupadas. Lo tiene contra el cuerpo, con las dos manos, una encima de otra.
Estuve delante de esa foto veinte minutos.
Después abrí el cajón y saqué el cuaderno de mayo.
Nueve de mayo. Primera visita. Página tres.
Se sienta en el borde de la butaca. Bolso cerrado en el regazo, ambas manos encima. Hipervigilancia. Apego al objeto seguro. Posible historia de registros no consentidos.
Y debajo, subrayado con la regla:
Miedo genuino, vector confuso.
Lo escribí en mayo. Lo he leído cuarenta veces desde entonces.
Vector confuso quiere decir que el miedo era auténtico y que yo no conseguía ubicar hacia dónde apuntaba.
Y lo que hice con esa frase durante seis meses fue buscarle al miedo un objeto en el mundo. Un acosador sin nombre. Un hombre que no aparecía nunca. Un sistema.
En ningún momento se me ocurrió mirar en línea recta.
Ella estaba sentada a un metro y veinte de mí, temblando de verdad, mirándome a mí.
El vector no estaba confuso.
El vector era yo.
Del resto tardé una tarde y no hizo falta ser lista.
La mujer de las gafas de sol se llama Pilar Retuerta. La viuda. La que denunció a una empleada de la empresa de su marido en marzo de 2013 y a la que archivaron la denuncia en junio. La que devolvió un maletín en 2014 y a la que le vaciaron un trastero en agosto de ese año.
Y la niña de doce años que le sujetaba el brazo en la puerta de una iglesia se llama Claudia Sanz Retuerta.
Hoy tiene veinticinco.
Lo comprobé todo lo que se puede comprobar desde una silla.
El nombre da tres resultados. Un perfil profesional de una red laboral, sin foto, con dos empleos: prácticas en una gestoría en 2021 y administrativa en una empresa de transportes hasta 2024.
Una carrera de diez kilómetros en 2019, en un listado de tiempos.
Y una necrológica de 2013 en un tanatorio de Vallecas, con dos nombres debajo del de Daniel Sanz Bermúdez: su esposa y su hija.
Nada más. Ni fotografías, ni redes abiertas, ni una sola imagen de los últimos ocho años.
Una mujer de veinticinco años sin una cara en internet.
Eso, en 2025, no pasa por casualidad.
Alguien le explicó cómo se hace.
Me levanté y me fui a la cocina y estuve un rato de pie.
Después volví, me senté y puse las dos cosas al lado, en la pantalla y en el papel.
Y aquí es donde tengo que escribir lo que pensé, aunque salga en el orden en que salió y no en el orden en que quedaría mejor.
Lo primero que pensé no fue la niña.
Lo primero que pensé fue: entonces Eva no es una actriz, y si no es una actriz hay una persona a la que se puede localizar, y si hay una persona a la que se puede localizar existe una testigo, y si existe una testigo el informe de Peiró se cae entero.
Eso fue lo primero. Duró unos ocho segundos.
Lo segundo llegó después y ya no se fue.
Que aquella chica se sentó siete veces en mi butaca. Que lloró delante de mí sin taparse la cara. Que me preguntó, en un pasillo, si se lo había contado a alguien. Que me dijo «es culpa mía». Que se le rompió la respiración durante ocho segundos cuando le conté que me habían grabado cenando.
Que tenía doce años el día de la foto.
Y que la persona que la puso en aquella butaca, con un guion sacado de mi libro y una pregunta ensayada para el pasillo, es la misma que mató a su padre.
Yo he pasado seis meses convencida de que estaba dentro de una historia sobre mí.
Que alguien me perseguía a mí, que castigaba a la gente que me creía a mí, que llevaba once años esperándome a mí.
Y toda esa historia empezó en abril de 2013 con un hombre en un portal, y con una niña de doce años a la que a partir de aquel día le contaron que a su padre lo habían matado en un robo.
Yo tenía el papel que decía lo contrario.
Lo tuve el catorce de marzo, y lo escribí de mi puño y letra, y aquella niña iba entonces al colegio.
Aquella noche escribí una cosa en el cuaderno y la escribí de una sentada, sin corregir.
Lo que hice en 2013 no fue callarme una sospecha. Fue decidir que había una historia mejor que la verdad.
La escribí. La vendí. La conté en cuatro idiomas.
Y durante doce años una niña ha ido creciendo dentro de la otra historia, la que dice que a su padre lo mataron en un robo.
A esa niña no la engañó Sonia Vidal.
Sonia Vidal solo llegó doce años después y le contó la verdad.
Debajo puse la fecha y no escribí nada más.
Después arranqué la hoja, la doblé en cuatro y la metí en el bolsillo interior del bolso, donde sigue.