A quien se lo cuentes 40. La hora semanal
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40. La hora semanal

La hora semanal

Estuvimos una hora y cuarenta minutos.

Voy a contarlo en el orden en que ocurrió, porque el orden es lo único que puedo aportar. Lo demás lo dijo ella.

Empezó por lo práctico, como empieza siempre la gente que ha ensayado.

—Vives en la misma casa. La consulta la tienes floja. —Removió el café que no había azucarado—. Y llevas dos meses sola, que eso sí que no me lo esperaba.

—Álvaro se fue en octubre.

—Ya. —Bajó la vista—. Eso no lo hice yo.

—Le mandaste el expediente.

—Le mandé unos papeles. —Levantó la cara—. Irse se fue él.

Y ahí ya supe cómo iba a ser la hora y cuarenta.

Le pregunté dónde había estado. Me contestó con una economía absoluta.

Cantabria hasta 2015, con otro nombre. Después Zaragoza, ocho años. Ahora Madrid, desde febrero.

—¿Con qué vives?

—Transcribo.

—¿Transcribo qué?

—Actas, entrevistas, sesiones clínicas. Cintas. —Se encogió de hombros—. Me lo mandan por internet y lo devuelvo escrito. Cobro por minuto de audio.

—¿Doce años?

—Doce años.

—¿Y cómo se vive con eso?

—Barato. —Y lo dijo sin ninguna pena, como quien da un dato de temperatura—. Cuando no tienes vida, no hay en qué gastar. No he ido de vacaciones, no tengo coche, no salgo. La única cuenta gorda que he tenido en doce años fue el año pasado.

—¿Para qué?

Sonia sonrió un poco.

—Para venir.

Le pregunté por el micrófono.

—Eso no te lo voy a contar.

—Sonia.

—No es por proteger nada. —Movió la cucharilla un milímetro—. Es porque en cuanto te lo diga, lo vas a quitar. Y entonces ya no tenemos nada.

—¿Nada de qué?

—Nada por donde hablarnos.

Y esa frase la dijo sin ninguna ironía. Con la cara de quien explica un problema de logística.

Llevo cinco meses hablándole a una butaca dos noches por semana.

Ella llevaba cinco meses considerando que eso éramos nosotras.

Le pregunté por Nuria.

Fue la única vez en toda la conversación en que me levantó la voz, y no la levantó: la puso plana.

—Yo a esa señora no le tengo nada.

—Le rompieron la mano.

—He tenido que ordenar algunas cosas. —Movió la taza otros dos centímetros—. Y no me gustó ninguna. Pero tú se lo contaste a ella, Inés. En nuestra habitación.

—Es mi recepcionista.

—Es una mujer que no tenía por qué saber nada nuestro. —Y aquí se echó un poco hacia delante—. Yo no castigo que la gente sepa cosas. La policía sabe cosas. Los peritos saben cosas. El del juzgado sabe cosas. ¿A cuántos de esos les ha pasado algo?

No contesté.

—A ninguno —dijo—. Porque a la policía no le contaste nada. Les rellenaste un formulario.

Y ahí está el sistema entero, en una frase, dicho por su autora en una cafetería de Doctor Esquerdo un jueves a las seis de la tarde.

Cinco meses de cuadernos. Siete puntos numerados. Cuarenta y una veces la palabra «él».

Lo tenía bien, además. Mi hipótesis del once de junio decía exactamente eso.

Lo único que yo no había entendido era por qué.

—¿Y por qué? —dije—. ¿Por qué eso y no lo otro?

Sonia me miró como se mira a alguien que pregunta una obviedad. Sin desprecio. Casi con cariño.

—Porque lo nuestro era confidencial.

Aquí tengo que parar un momento para decir cómo hablaba.

No amenazaba. En una hora y cuarenta minutos no hubo una sola amenaza, ni directa ni de las otras.

Y no hablaba en pasado.

Decía «nuestra hora». Decía «lo nuestro». Decía «tú los martes por la tarde ya no ves a nadie», en presente, de una cosa que era verdad en 2013.

Yo llevo veinte años oyendo hablar así a personas que no aceptan que algo se ha terminado. Es un patrón. Tiene nombre y tiene bibliografía.

Y ahí sentada, delante de ella, se me cayó una cosa que llevaba doce años sosteniendo sin saberlo.

Que yo la había tratado.

No la traté. Nunca la traté. Yo estuve cinco meses en una habitación con una mujer, tomando notas, y lo que hicimos allí las dos, cada martes a las siete, fue construir a Marta.

Ella la construyó y yo la escribí.

Es la única cosa que Sonia Vidal ha hecho con otra persona en su vida.

La oferta llegó a la hora y cuarto y la hizo despacio.

—Yo lo que quiero es sencillo y no te va a gustar cómo suena.

—Dilo.

—Quiero mi hora. —Puso las dos manos en la mesa—. Una a la semana. Los martes. Y quiero que la tengamos siempre.

—Sonia.

—Déjame acabar, que lo he pensado mucho. —Y esperó, y dejó el hueco, y era mi hueco, el que yo dejo—. Quiero eso y quiero el libro.

—¿Qué libro?

—El de verdad. El nuestro. —Y por primera vez se le movió algo en la cara—. El que cuente lo que pasó, no lo que escribiste tú sola.

—Eso me destruye.

—No, si lo escribimos las dos.

Se lo dejó ahí, en la mesa, entre las dos tazas.

—Y a cambio te devuelvo tu vida —dijo—. Puedo hacerlo. Tengo cosas que hacen falta y sé colocarlas donde hacen falta. Un dispositivo con huellas que no son las tuyas. Un teléfono. Una persona que declare que vio a una chica bajando por una rampa.

—¿Qué persona?

—Una persona.

—¿Existe?

—Existirá.

Le dije que no.

Se lo dije bien, con las dos manos quietas, sin levantar la voz.

Le dije que lo que me estaba pidiendo no es una relación, que es una condena. Que una hora a la semana para siempre no me la puede pedir nadie. Que el libro es imposible. Que lo que ella llama devolverme mi vida es fabricar pruebas en una causa penal.

Sonia me escuchó los tres minutos enteros. No interrumpió una vez.

Cuando terminé, cogió el bolso, sacó un papel doblado en cuatro y lo dejó encima de la mesa. No lo desdobló.

—No hace falta que lo abras —dijo.

Y entonces lo recitó.

Sin mirar el papel. Sin una pausa. Con las abreviaturas y todo, como quien dice una dirección que lleva doce años sabiéndose.

—Catorce de marzo. S. describe la ropa de la mujer de D. No debería saberlo.

El catorce de marzo de 2013.

Veinte días antes de que mataran a Daniel Sanz.

No es el veintitrés de abril. No es la anotación del maletín, que es de después, y que es la que le mandaron a Marga, y la que metieron por debajo de mi puerta, y la que a mí me ha tenido cinco meses convencida de una cosa concreta.

Convencida de que yo me enteré después.

Esa es la versión. Es la que le he contado a Álvaro en mi cocina, con doce páginas encima de la mesa. Es la que llevo doce años contándome a mí misma con estas palabras: que me di cuenta tarde, que fui reconstruyendo despacio, que cuando lo entendí ya era octubre.

El catorce de marzo yo escribí en un cuaderno que aquella mujer sabía una cosa que no podía saber.

Y el catorce de marzo Daniel Sanz estaba vivo.

Sonia dejó el papel donde estaba.

—No te lo enseño para hacerte daño —dijo—. Te lo digo para que dejes de hacer eso.

—¿El qué.

—Eso que haces desde que me he sentado. —Se puso las gafas—. Estás todo el rato buscando la manera de que esto sea algo que te ha pasado.

Cogió el bolso.

—Y no te pasó, Inés. Lo hiciste.

Se levantó.

—Los martes nos viene mejor —dijo—. Piénsatelo hasta enero.

Y después, ya de pie, dijo dos frases más que no venían a cuento y que he pensado mucho.

—Te veo peor que en mayo.

—Han pasado cosas.

—Ya. —Se colgó el bolso—. Duermes poco. Se te nota en cómo estás sentada.

Es la observación de alguien que ha mirado mucho a una persona.

Y es justo el tipo de frase que yo le he dicho a doscientas mujeres al empezar la tercera sesión, para que sepan que las estoy viendo.

Dejó cinco euros debajo del platillo, aunque yo había pagado los dos cafés al pedir.

Y antes de irse, ya de pie, con el abrigo en el brazo, dijo la última.

—Ah. Y la niña está bien. Te lo digo porque sé que llevas meses con eso.

Salió por la puerta de la calle y giró a la derecha.

Yo me quedé sentada cuarenta minutos con un papel doblado en cuatro encima de la mesa, y no lo abrí, y sigo sin haberlo abierto.

No hace falta. Me lo sé.