39. Condiciones
Condiciones
La llamada duró cuatro minutos y catorce segundos.
No lo sé por el registro. Lo sé porque miré el reloj al descolgar, que es una cosa que hago desde hace veinte años sin pensarlo.
Y porque me pasé aquellos cuatro minutos haciendo lo único que sabía hacer: escuchar.
Ella tampoco dijo gran cosa.
—No voy a hablar por teléfono —dijo—. Tú tampoco quieres.
—No.
—El jueves. A las cinco y media.
—¿Dónde?
Me dio un sitio. Una cafetería de la calle Doctor Esquerdo, junto a un centro de salud. Terraza acristalada, mesas dentro, mucho paso.
—¿Por qué ahí?
—Porque hay gente hasta las ocho —dijo—. Y porque a ti te gustan los sitios con ruido.
Y colgó.
Los seis días siguientes hice lo que hace todo el mundo, que es funcionar.
Atendí a nueve pacientes. Fui a la compra. Puse una lavadora.
El sábado limpié la casa entera, que es una cosa que no hago desde 2011 porque viene Delia.
Y las cuatro noches que dormí mal las pasé con la misma pregunta, que no era la que debía.
La pregunta que me tuvo cuatro noches despierta no era qué me va a pedir.
Era si voy a poder mirarla.
El eco lo pillé esa misma noche, sentada en el suelo del salón.
En junio yo elegí una terraza. La elegí yo, la mesa la elegí yo, y estuve dos horas convencida de que había hecho bien.
Ahora elegía ella.
Y elegía exactamente el mismo tipo de sitio, y me daba mi propio argumento como si me estuviera devolviendo un abrigo.
Me preparé el miércoles entero.
Empecé como se prepara un careo, porque es lo que creía que estaba preparando.
Hice una lista de lo que necesito saber. Dónde ha estado doce años. Cómo entra en mi consulta. Quién es la chica. Qué pretende. Qué tiene y qué piensa hacer con ello.
Hice una lista de lo que no debo decir. Que estoy investigada. Que Ruth firmó. Que Álvaro se ha ido.
Hice una lista de errores que no debo cometer. No reconocer nada de 2013 en voz alta. No pedir. No amenazar. No grabar sin decírselo, porque si lo descubre se acaba.
Trabajé cinco horas. Salieron once folios.
Y en medio, sin darme cuenta, hice una cosa más.
Escribí una lista de lo que ella podía necesitar.
Está en el folio siete. La encabecé así: hipótesis de demanda .
Dinero. Que retire algo. Que reconozca algo por escrito. Que la ayude con algo suyo. Un reconocimiento público.
Cinco entradas. Media hora.
Es exactamente el ejercicio que hago la noche antes de una primera visita complicada, cuando quiero llegar con dos o tres hipótesis y no con una.
Se llama anticipación de demanda.
Me lo enseñó una supervisora en 2004 y lo he enseñado yo desde 2011.
A las nueve de la noche los releí.
Y a las nueve y cuarto me di cuenta de lo que había escrito, y estuve un rato largo en la cocina sin hacer nada.
Los once folios no eran la preparación de un careo.
Eran la preparación de una primera sesión.
Objetivos. Información que necesito obtener. Información que no debe salir de mí. Errores que romperían la alianza. Encuadre. Duración.
Lo escribí con el mismo esquema con el que preparo una primera visita difícil desde 2006.
Ni siquiera me di cuenta mientras lo hacía. Eso es lo que me tuvo de pie en la cocina.
El jueves llegué a las cinco menos veinte.
Cogí una mesa del fondo, contra la pared, con la puerta delante. Pedí un té.
Tenía el móvil en el bolsillo, con el número de emergencias marcado y sin llamar. Es lo que le digo a las pacientes. No sirve de gran cosa, pero se hace.
No avisé a nadie.
Eso lo escribo entero, sin defenderme. No llamé a Ruth. No llamé a Herrero. No llamé a Álvaro. No dejé un papel en mi casa diciendo dónde estaba.
Y no lo hice por el motivo de siempre, y el motivo de siempre a esas alturas ya no era la regla.
Era que lo que iba a decirse en aquella mesa no podía oírlo nadie.
Llegué con cincuenta minutos porque necesitaba verla entrar.
Esa fue la única táctica que me salió y era mala.
Es un sitio con dos puertas. La de la calle y la que da al pasillo del centro de salud. Yo controlaba la primera y no me acordé de la segunda hasta las cinco y cuarto.
Pedí un té. Me lo bebí en veinte minutos.
Miré a todas las mujeres de entre cuarenta y cincuenta que entraron.
Entraron once.
Y con las once hice lo mismo, que es una cosa que llevo doce años haciendo sin decírselo a nadie: buscarle la cara de treinta y un años a una mujer de cuarenta y cuatro.
Lo he hecho en aeropuertos. Lo he hecho en dos playas de Cantabria. Lo hice en un tanatorio en 2016.
Nunca lo he escrito en ningún cuaderno.
Entró a las cinco y treinta y tres.
Yo llevaba cincuenta minutos mirando la puerta y no la reconocí.
Está más ancha. Tiene el pelo corto y gris, cortado bien, de esos cortes que llevan las mujeres que van a la peluquería cada cinco semanas. Gafas de pasta. Un abrigo azul marino, sin nada.
Pasó a metro y medio de mi mesa y yo estaba mirando a la puerta.
Se puso en la barra a pedir.
Y ahí la vi.
No por la cara. La cara de una mujer de cuarenta y cuatro años no tiene nada que ver con la de una de treinta y uno, y menos si ha estado doce años en otro sitio.
Fue por dos cosas.
La primera: le pusieron el café y ella cogió los sobres de azúcar del platillo, los separó, puso el blanco encima del blanco y el moreno encima del moreno, y los dejó alineados en el borde. Cuatro segundos. Después no echó ninguno.
La segunda fue peor.
El camarero le dijo algo, una broma de las de barra, y ella no contestó enseguida. Esperó. Esperó a que él terminara del todo, dejó el hueco entero, y después habló.
Como si hubiera una tercera persona en la barra que también tuviera derecho.
Vino a mi mesa con el café en la mano.
—Hola, Inés.
—Sonia.
—¿Puedo?
Y esperó de pie, con la taza, hasta que le dije que sí.
Se sentó enfrente. Dejó la taza. Colocó la cucharilla paralela al borde del platillo.
Después se quitó las gafas, las plegó y las dejó al lado, y me miró con esa manera suya de mirar que yo tenía perfectamente catalogada en once páginas de un cuaderno que ya no existe.
—Estás cansada —dijo.
—Sí.
—Ya lo sé. —Movió la taza dos centímetros—. Perdona, ha sido una tontería preguntarlo. Es que llevaba mucho tiempo queriendo decirte algo normal.
Y esa fue la primera frase que me dijo Sonia Vidal después de doce años.
Voy a poner aquí lo que sentí, porque si no lo pongo esto no vale nada.
No fue terror.
Yo llevaba seis meses preparada para el terror. Lo había ensayado. Sabía qué se hace con las manos, cómo se respira, dónde se mira.
Lo que sentí en aquellos primeros segundos, con las gafas de ella dobladas encima de la mesa y su cucharilla paralela al borde del platillo, fue otra cosa y me duró unos veinte segundos antes de que pudiera taparla.
Fue alivio.
Alivio de que estuviera viva.
Doce años diciendo en cuatro idiomas que hay una mujer a la que no pude salvar. Doce años cerrando conferencias con el mar. Doce años con una frase en la última página de un libro que se sabe de memoria mucha gente.
Y allí estaba, con el pelo gris y bien cortado, poniéndome una taza a treinta centímetros.
Ese alivio no tiene ninguna justificación y lo tuve.
Lo tuve una mujer con la mano rota, un hombre con la órbita reventada y un marido en un apartamento de Tetuán después.