A quien se lo cuentes 38. Formulario
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38. Formulario

Formulario

La citación del diecisiete de noviembre traía una palabra distinta.

Ya no ponía denunciante. Ponía investigada.

Debajo, en un párrafo con letra pequeña, venían los derechos. El derecho a no declarar. El derecho a no declarar contra sí misma. El derecho a designar abogado.

Lo leí dos veces de pie, en el rellano de mi casa, con el sobre abierto.

Después bajé a por el coche y conduje hasta la consulta y atendí a tres pacientes.

Pedí abogado de oficio.

Lo pedí el mismo día, por el procedimiento normal, rellenando un impreso.

No es que no pudiera pagar uno. Podía. Tenía cuatro nombres en una columna del cuaderno desde octubre.

Al lado de esos cuatro nombres estaba escrito lo que hay que escribir.

Un penalista que me defienda de verdad necesita dos horas conmigo, a solas, en un despacho con la puerta cerrada. Y necesita, sobre todo, que yo le cuente lo de 2013.

Lo del turno de oficio tiene una ventaja que no viene en ningún manual. Al abogado del turno se le puede no contar nada. Nadie espera otra cosa. Se sienta, escucha, te dice que te acojas a tu derecho y se va a la siguiente.

Se llamaba Herrero. Cuarenta y pocos. Nos vimos veinte minutos antes.

—¿Usted qué quiere hacer?

—Declarar.

—Yo le recomiendo que no.

—Ya lo sé.

—Se lo tengo que decir igual.

—Y yo se lo tengo que agradecer igual.

Sonrió un poco. Miró el reloj.

—¿Hay algo que deba saber?

Aquí hubo cuatro segundos.

—No —dije.

La comparecencia duró dos horas y diez minutos.

Fue Peiró. Ruth entró al principio, dijo buenos días y salió a los seis minutos. No volvió.

Se llevó una carpeta y un vaso de plástico. Cerró la puerta despacio.

Yo la seguí con la vista hasta que la puerta se cerró del todo.

Llevo once años sentándome enfrente de esa mujer. Hemos comido cuarenta veces. Le he cogido el teléfono un domingo.

Aquella mañana entró, dijo buenos días, se sentó cinco minutos y se fue.

Y no lo hizo por cobardía. Lo hizo porque una inspectora que instruye no puede estar en la sala donde se toma declaración a una investigada con la que ha comido cuarenta veces.

Es lo correcto. Yo lo he explicado en un aula.

Fue el momento más solo de toda la mañana y ocurrió en el minuto seis.

Me preguntaron por el orden entero.

Peiró trabaja de una manera que reconozco porque es la mía.

No pregunta por lo importante. Pregunta por lo pequeño, y pregunta lo pequeño cuatro veces desde cuatro sitios distintos, y espera a que dos de las cuatro respuestas no encajen del todo.

En dos horas y diez minutos no levantó la voz ni una vez.

A la hora y veinte me ofreció agua.

Se la acepté. Fue un error y lo supe en el momento: cuando alguien te ofrece agua en una declaración, no es amabilidad. Es que necesita ver cómo tienes las manos.

Por la paciente que no existe. Por el circuito del garaje. Por qué no hay fotogramas. Por qué no le pedí el DNI. Por qué no lo pasé al ordenador. Por qué la dirección la apunté a mano.

Por el piso de Vallecas. Por qué llamé a la agencia. Por qué no dije que había llamado. Si estuve dentro.

Ahí dije que sí. Lo dije yo, sin que me lo preguntaran dos veces. Dije que entré, que di un nombre que no era el mío, que estuve once minutos y que me llevé un ejemplar de mi propio libro que estaba en un armario.

Herrero me miró.

Peiró escribió durante bastante rato.

—¿Dónde está ese libro?

—En el armario de las historias de mi consulta.

—¿Desde cuándo?

—Desde el doce de octubre.

—¿Y por qué no lo ha aportado?

—Porque lo saqué yo de allí sin que nadie me viera.

—Ya. —Levantó la vista—. ¿Y eso lo pensó antes o después de sacarlo?

—Después.

Lo apuntó.

Después vinieron los micrófonos del dormitorio. Y el detector comprado en efectivo. Y las veintiséis fotografías hechas por mí en mi cocina.

Y al final vino el otro.

—¿Hay algún dispositivo más?

Y aquí es donde yo llevaba dos semanas sabiendo lo que iba a pasar.

—Hay uno en mi consulta.

Peiró dejó el bolígrafo.

—¿Desde cuándo lo sabe?

—Desde el treinta y uno de julio.

Nadie dijo nada durante unos segundos. Herrero se removió en la silla.

—Cuatro meses.

—Sí.

—¿Y por qué no lo ha comunicado?

Le di la razón buena, que además es verdad. Le dije que en aquel momento ya se estaba construyendo un expediente en el que todo lo que aparecía había pasado antes por mis manos, y que un micrófono encontrado por mí, en mi consulta, sin testigos, no me exculpaba de nada y me señalaba entero.

Peiró me escuchó hasta el final.

—¿Y eso lo decidió usted sola?

—Sí.

—¿Sin consultarlo con nadie?

—Sin consultarlo con nadie.

—¿Ni con su marido?

—Mi marido y yo estamos separados desde octubre.

Escribió eso también.

Antes de terminar le hice yo una pregunta.

—¿Puedo preguntarle algo?

—Pregunte.

—Desde septiembre, con lo del portal de Fernán Núñez. ¿Qué han hecho?

Peiró dejó el bolígrafo y me contestó, y le agradezco que me contestara.

Me dijo que habían pedido las cámaras de tres calles y que no hay ninguna que cubra el portal.

Que la cinta la trabajó acústica y que la letra de la pegatina es la mía.

Que del maletín no hay número de serie. Que se pidió el listado de compradores de microcasetes en los dos comercios de Madrid que las venden y que son cuarenta y una operaciones en un año, todas en efectivo menos seis.

Me dijo que en octubre reabrieron el expediente de 2013 y que lo primero que se hace es localizar a los que constan.

Y que Sonia Vidal Aranguren consta fallecida por declaración judicial desde 2023, a instancia de una hermana, con un auto firme.

—Cuando una persona consta muerta en un auto —dijo—, deja de aparecer en todo lo demás. No sale en el padrón, no sale en tráfico, no sale en la Seguridad Social. No es que la busquemos y no la encontremos. Es que no la buscamos, porque para nosotros no existe.

—¿Y si alguien la viera?

—Si alguien la viera y lo denunciara, tendríamos algo. —Recogió el bolígrafo—. Nadie la ha visto.

Ahí me callé, porque yo tampoco la había visto todavía.

Salí a las doce y veinte sin ninguna medida.

Sin fianza, sin comparecencias apud acta, sin nada. Investigada y en la calle, que es lo normal.

Herrero me acompañó hasta la puerta y me dio una tarjeta.

—Búsquese uno de verdad —dijo—. Se lo digo bien.

—Ya.

—No, escúcheme. —Se paró—. Yo hoy he estado ahí sentado dos horas y no he abierto la boca, y no la he abierto porque usted no me ha dado nada con lo que abrirla.

—Lo sé.

—Usted ha declarado hoy cuatro cosas que la perjudican y que nadie le había preguntado. —Se guardó la carpeta bajo el brazo—. Eso lo hace la gente que dice la verdad y lo hace la gente que se está preparando para decir una mentira más grande.

El informe lo leí el veinticuatro, cuando me lo pasó Herrero por correo.

Doce folios.

La conclusión ocupa el último y está redactada como se redactan estas cosas, que es sin adjetivos.

Dice que no se ha podido acreditar la existencia de tercera persona alguna. Dice que la totalidad de los elementos materiales aportados presentan intervención previa de la denunciante. Dice que consta beneficio profesional y económico vinculado temporalmente a los hechos.

Y dice que los hechos resultan compatibles con un cuadro de autoacoso con finalidad promocional.

Está firmado por el jefe de grupo.

Y debajo, a la derecha, con la firma pequeña y la rúbrica hacia arriba, está la de la inspectora instructora.

Ruth Salgado.

He visto esa firma en once informes. La he visto debajo de la mía.

Estuve un rato con el folio en la pantalla, ampliando la firma.

Es una rúbrica corta, que sube. La hace deprisa. La he visto en atestados, en oficios y en dos actas de un juicio en el que declaramos las dos.

Y he visto lo que hay detrás.

Sé cómo se redacta un informe así. Se redacta después de discutirlo. Alguien propone la conclusión, otro la mira, se cambian dos frases. La instructora firma cuando está de acuerdo o cuando ya no tiene con qué discutir.

Yo llevo desde julio contándome que Ruth me cree y que el problema es Peiró.

Es una idea muy cómoda y me ha durado cinco meses.

Los informes no los firma la gente que cree lo contrario.

Aquella noche no fui a la consulta.

Me quedé en casa, en el salón, con las dos lámparas que quedan encendidas y el libro todavía boca abajo encima de la mesa.

A las diez y media sonó el teléfono.

Número oculto.

Lo cogí porque a esas alturas no me quedaba nada que proteger.

—¿Sí?

Y lo primero no fue la voz.

Lo primero fue el ritmo.

Hay gente que antes de hablar coge aire de una manera concreta.

Hay gente que deja medio segundo entre que descuelga y que empieza, como si comprobara algo.

Hay gente que dice las frases enteras y luego se calla del todo, sin arrastrar el final, sin ese ruidito con el que casi todo el mundo pide el turno.

Yo estuve cinco meses con una mujer así, dos horas por semana, con una grabadora encima de la mesa.

—Buenas noches, Inés.

Me senté en el suelo, entre el sofá y la mesa.

—Sonia.

—Ahora ya estamos solas.

Y colgué.

Le colgué. Aparté el teléfono de la oreja y le di al botón rojo con el pulgar, y lo dejé en el suelo, boca abajo, al lado de mi rodilla.

Estuve sentada así unos minutos.

No fue miedo. Lo he pensado mucho y no fue miedo.

Fue que llevaba doce años dando una entrevista al año sobre una mujer muerta, y acababa de oírla coger aire.

El teléfono volvió a sonar a los cuatro minutos.

Esta vez lo cogí.