A quien se lo cuentes 37. Pasillo
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37. Pasillo

Pasillo

A Nuria la reingresaron el cuatro de noviembre.

El material se le había infectado. Una de las agujas, la del cuarto metacarpiano. Cinco meses después.

Le retiraron las dos, le limpiaron el foco y la dejaron ingresada con antibiótico intravenoso. Once días.

Me enteré por la mutua. No por Marisa.

Llamé a Marisa el mismo día. Dos veces. No lo cogió.

A la tercera me contestó por mensaje.

Está ingresada en el Marañón. 412. No es grave. Ya te contaré.

Cinco palabras de más y una de menos. Falta «ven».

Esperé dos días por si llegaba. No llegó.

El tercer día fui.

Subí el sexto día, por la tarde, con una bolsa de plástico. Dentro llevaba dos revistas y un cargador de móvil largo, de los de dos metros, porque los enchufes de los hospitales están siempre lejos.

Habitación 412. Cama de la ventana.

Nuria tenía la mano derecha vendada y elevada sobre una almohada. Los dedos asomaban por el borde. Estaban gordos y brillantes.

Le habían quitado la alianza. Estaba en la mesilla, dentro de un vaso de plástico, con un algodón debajo.

Conté los tubos. Eran tres.

Veinte años dejándome los recados en la bandeja, con esa letra.

—Hola.

Giró la cabeza despacio.

—Anda.

Le costó levantar la mano izquierda. Se la sujeté un segundo y la solté.

Acerqué la silla. Saqué las revistas y el cargador y los dejé en la mesilla, al lado del vaso de plástico.

—Te he traído esto para el móvil. El de aquí no llega.

—Ay, qué bien. —Movió la cabeza hacia la pared—. Es que el de esta señora tampoco.

En la otra cama había una mujer mayor, incorporada, con la tele puesta sin sonido.

—Esta es Puri.

—Encantada.

Puri me miró dos segundos de más.

—Yo a usted la he visto.

—Puede ser.

—En la tele. —Se le iluminó la cara—. Sí, mujer. La psicóloga esa. La de los acosadores.

—Esa.

—¡Ay, si yo la he visto! —Se volvió hacia Nuria—. ¿Y esta señora viene a verte a ti?

—Trabajo con ella —dijo Nuria.

—Anda. Qué suerte.

Y entonces Puri se acordó del resto.

—Oiga. ¿Y a usted no le había pasado una cosa?

Hubo tres segundos.

—Puri, apáguese eso, que es la hora —dijo Nuria—. Que luego no la dejan dormir.

Puri cogió el mando. Fue lo único que hizo Nuria en cuarenta minutos que se pareció a defenderme.

Lo hizo deprisa. Y no me miró al hacerlo.

Estuve cuarenta minutos.

Hablamos de la comida, que es mala. De su compañera de habitación, que se llama Puri y ronca. De la enfermera del turno de tarde, que es la buena.

Me contó lo de la infección con mucho detalle. Los grados de fiebre. El nombre del antibiótico. Lo que dijo el traumatólogo el martes.

Es una manera de hablar que conozco.

La gente que ha pasado algo y no quiere hablar de ello se agarra al procedimiento. Los grados, los nombres, las horas. Si te cuentan el organigrama de la planta es que no te van a contar nada más.

Yo lo escribo en los informes con una fórmula: relato centrado en lo somático, evitación del contenido.

Con Nuria no lo pensé como fórmula.

Lo pensé como que llevaba veinte años oyéndola contarme lo que pasaba en su vida y aquella tarde me estaba contando la ficha de un antibiótico.

Después me preguntó por la consulta.

—¿Cómo va la agenda?

—Floja.

—¿Cuánto de floja?

—Nueve pacientes.

Nuria se quedó mirando el techo.

—De veintitrés a nueve.

—Sí.

—¿Y la chica nueva de recepción?

—No hay chica nueva. Lo llevo yo.

—Ah.

Y ahí se acabó ese tema.

No preguntó por el caso.

Cuarenta minutos y no lo mencionó ni una vez. No preguntó por la policía. No preguntó por el papel de su buzón. No preguntó por Íker, que salió en dos digitales.

Yo tampoco lo saqué. Los dos sabíamos por qué.

Hacia el final, cuando ya estaba recogiendo la bolsa, dijo una cosa.

—Oye, Inés.

—Dime.

—La mano no me va a quedar bien.

—Te quedan meses de rehabilitación.

—Ya. —Movió los dedos de la izquierda sobre la sábana—. Me lo ha dicho el de traumatología. La pinza fina no vuelve.

—Nuria.

—No pasa nada. —Y lo dijo tranquila, sin mirarme—. Es que para escribir hace falta la pinza fina.

Marisa salió detrás de mí al pasillo.

No me ofreció sentarme. Nos quedamos de pie al lado de la máquina de bebidas, entre la puerta de la 412 y el control de enfermería.

—Gracias por venir.

—Faltaría más.

—No, en serio. —Se cruzó de brazos—. Le hace ilusión.

Esperé, porque cuando alguien empieza por ahí es que hay otra cosa.

—Inés, ¿tú tienes abogado?

—¿Perdón?

—Que si tienes abogado. Para lo tuyo.

—Estoy en ello.

Marisa asintió. Miró el pasillo.

—Es que nos han llamado.

—¿Quién.

—De la policía. La semana pasada. —Se ajustó el bolso—. Nos han preguntado por el papel del buzón. Otra vez. Y por qué mi madre no denunció el mismo sábado.

—Eso lo decidí yo. Le dije que fuera el lunes.

—Ya. Eso les dije.

Y ahí se quedó, y yo la dejé quedarse, porque quería saber qué venía después.

—Y luego me preguntaron una cosa rara —dijo—. Me preguntaron si mi madre y tú habíais discutido alguna vez.

—Una vez. En veinte años.

—Eso les dije también. —Me miró de frente—. Y luego me preguntaron por qué.

Aquí es donde entendí lo que estaba pasando en aquel pasillo, y me llevó menos tiempo del que me está llevando escribirlo.

Marisa no había venido a informarme.

Marisa había venido a comprobar mi reacción.

Es lo que hace la gente cuando alguien le ha metido una idea en la cabeza y no quiere creérsela. Van, lo sueltan, y miran.

Lo he visto trescientas veces desde el otro lado de una mesa baja. Sé exactamente qué cara hay que poner.

Puse la mía.

—Discutimos porque le dejó una nota a una paciente y yo le dije que no debía hacerlo —dije—. Fueron cuatro minutos y llevo desde junio deseando que aquello no hubiera pasado.

—Vale.

—Marisa, si la policía te pregunta algo, contesta con la verdad. Todo. Sin filtrar nada por mí.

—Ya lo hago.

Lo dijo sin agresividad. Como quien corrige un dato.

Bajé por la escalera porque no quería esperar el ascensor.

En el rellano del segundo me paré y me quedé un rato con la mano en la barandilla.

Nuria no me ha preguntado por el caso en cuarenta minutos.

Nuria, que en veinte años me ha preguntado todo. Que me preguntaba por los pacientes sin nombres. Que me preguntaba por Álvaro. Que me preguntó, en junio, por teléfono, si la chica estaba bien.

Hoy no ha preguntado nada.

Y no ha sido por delicadeza.

Hay una manera de no preguntar que es cuidado. Y hay otra que es no querer saber la respuesta porque la respuesta te obliga a algo.

Yo distingo las dos. Es literalmente mi trabajo.

Salí a la calle. Hacía frío.

En el aparcamiento hice el balance, que es lo que hago.

Ruth ya no me llama. Peiró escribe. Marga guarda un sobre en una caja. Álvaro está en Tetuán. Marisa me mira la cara cuando habla.

Y Nuria, que es la persona que peor lo ha pasado de todas y la que menos tenía que ver, ha dejado de preguntar.

Antes que la policía.

Ella me conoce desde hace veinte años, y a la policía la conozco desde hace once, y la que ha llegado primero ha sido ella.

Eso, en mi oficio, no se llama sospecha.

Se llama que alguien ha dejado de necesitar la explicación.

Llegué a casa a las nueve.

Cené de pie, en la cocina, apoyada en la encimera.

En la mesa del salón sigue el libro boca abajo. Lleva ahí desde el sábado que se fue Álvaro.

Lo cogí, lo cerré y lo subí a la balda de arriba.

Después bajé al portal a tirar la basura y volví a subir andando.

Y en el segundo tramo de escalera, entre el segundo y el tercero, me di cuenta de que llevaba todo el día haciendo la misma cuenta y no me había enterado.

La cuenta es esta.

Nuria empezó a trabajar conmigo en 2004. En 2013 llevaba nueve años en aquel despacho de Espronceda.

Nuria me recogía los recados de Sonia Vidal. Nuria le abría la puerta los martes a las siete. Nuria vio entrar y salir a aquella mujer todas las semanas durante cinco meses.

Y en agosto de 2014, cuando entraron a robar dos cajas de cuadernos y una caja de cintas, Nuria fue la que llamó a la policía.

Yo estaba en Cadaqués.

Nunca se lo he preguntado. Ni una vez en once años.