36. Enchufes
Enchufes
Se llevó tres cosas el lunes por la noche y el resto el sábado.
Lo hemos visitado dos veces en siete años.
He pensado después en la facilidad de todo aquello. En que existiera un sitio vacío, amueblado y a nombre de él, a doce minutos en coche, un lunes por la noche.
No hubo que buscar hotel. No hubo que llamar a nadie. No hubo esa escena que sale en las películas, la del hombre con la maleta en un rellano sin saber adónde ir.
Se fue de casa como se va uno de una reunión que ha terminado.
Me lo dijo en la puerta, con la bolsa al hombro.
—Voy a estar en Tetuán.
—Vale.
—El sábado vengo a por lo demás.
—Vale.
—¿Necesitas algo?
—No.
Bajó por la escalera. Vive en un cuarto y siempre coge el ascensor.
El sábado vino a las diez con una furgoneta pequeña y un chico de la empresa de mudanzas.
Estuvieron tres horas y media. Yo me quedé.
Se llevó su ropa. Los trajes en fundas, de cuatro en cuatro. Se llevó los zapatos en las cajas originales, que las guarda.
Se llevó la mitad de los libros del despacho. La otra mitad son míos.
Se llevó el sillón de leer.
Se llevó la lámpara de pie del salón, que era de su madre.
La lámpara la desmontó él, con un destornillador, sentado en el suelo. Tiene una pieza de latón en la base que se afloja y hay que sujetarla desde dentro. La ha desmontado cuatro veces en dieciocho años, en tres mudanzas y una reforma, y siempre la ha desmontado igual.
Estuve mirándolo desde la puerta más rato del que debía.
Es lo único de aquel sábado que no fue eficiente. Tardó veinte minutos en una lámpara.
Yo creo que quería tardar veinte minutos en algo.
No se llevó la vajilla, ni las sartenes, ni el cuadro del pasillo, ni las fotos de Cadaqués.
De las fotos no dijo nada y yo tampoco.
Hizo el trabajo como lo hace todo. Marcó las cajas con rotulador: DESPACHO 1, DESPACHO 2, ROPA INVIERNO. Al chico de la mudanza le dio agua a media mañana y le pagó en efectivo con propina.
En un momento me preguntó si yo quería algo del despacho.
—El diccionario grande —dije.
—Ese es tuyo.
—Ya. Por si acaso.
Lo sacó de la caja y lo puso encima de la mesa del salón.
Hubo dos momentos.
El primero fue en el dormitorio, hacia las once y media. Álvaro desenchufó el cargador del reloj de la base de detrás del sillón que ya no estaba, y enrolló el cable, y lo metió en una caja.
En esa base había un adaptador blanco de tres tomas hasta el veintidós de agosto.
Se quedó mirando el enchufe vacío un segundo. Después miró el otro, el de detrás de mi mesilla.
—¿Esos aparatos los tienes tú?
—En tu caja fuerte.
—Sácalos de ahí.
—Vale.
—Esta semana.
—Vale.
Fue la única frase suya en tres horas y media que sonó a otra cosa.
Y hubo un tercero que no cuento como momento porque duró quince segundos.
A las doce y media sonó su móvil y era Ana. Contestó en el pasillo, de espaldas, y le dijo tres frases.
Que sí. Que ya hablarían. Que Inés estaba bien.
Cuando colgó no me miró.
Dieciocho años yendo a Rotterdam dos veces al año. La niña tenía trece cuando la conocí.
No le pregunté qué le había contado. Y él no me lo dijo, que fue una manera de decirme que se lo había contado todo.
El segundo fue a la una y cuarto, cuando ya estaba todo abajo.
El chico bajó la última caja y Álvaro se quedó en el recibidor con las llaves en la mano.
—Te dejo el juego de casa. Yo me quedo el del portal por el trastero.
—Vale.
—El seguro del coche lo tengo domiciliado en la cuenta de los dos. Lo cambio el lunes.
—Vale.
—Y llama a Ruth. —Se pasó la mano por la boca—. No como marido. Como abogado. Llámala y dile lo de las notas antes de que se lo digan otros.
—Ya veré.
—Ya. —Miró el suelo—. Ya sé lo que quiere decir eso.
Le abrí la puerta.
Y ahí, con la puerta abierta y el rellano detrás, dijo lo único que había preparado.
—No te dejo por lo que hiciste hace doce años.
—Álvaro.
—Te dejo por cómo me lo has contado hoy.
Estuvo bajando la escalera y yo me quedé con la puerta abierta hasta que dejé de oírle.
Después la cerré. Eché los dos puntos.
La casa tenía cuatro huecos: el sillón, la lámpara, la mitad de una estantería y una silla del despacho.
En el dormitorio, un enchufe vacío.
En el salón, otro.
Me senté en el suelo del pasillo, con la espalda en la pared, entre el dormitorio y el salón, que es un sitio en el que no me había sentado nunca en diecinueve años.
Yo llevo veinte años trabajando con mujeres a las que alguien vació la vida despacio.
Lo primero que pierden no es la casa ni el trabajo. Lo primero es la persona a la que se lo contaban todo.
Se lo explico a todas en algún momento del proceso. Les digo que el aislamiento no lo produce el que acosa. Que el que acosa solo crea las condiciones. Que el trabajo fino lo acaba haciendo la propia víctima, decisión a decisión, cada una tomada por un buen motivo.
Es la parte de mi libro que más se ha citado.
Aquella tarde, sentada en el suelo de mi pasillo, hice el recuento sin ganas de hacerlo.
A Teresa Roldán le colgué dos veces.
A Bermejo le colgué al tercer tono.
A Ruth le di el cuarenta por ciento.
A Marga le mentí once minutos seguidos.
A Nuria le dije que se fuera a su casa.
A Álvaro le fui bajando el porcentaje hasta que dejó de preguntar.
Nadie me apartó de nada.
Los aparté yo, uno por uno, y a cada uno le di una razón excelente.
Y lo hice con el manual delante. Con mi propio manual, en la balda de arriba del salón, entre los dos diccionarios, donde sigue.
A las seis de la tarde me levanté del suelo del pasillo.
Fui al salón. Bajé el libro de la balda de arriba.
Lo abrí por el capítulo once, el del aislamiento, y leí seis páginas de pie.
Está bien escrito. Es preciso, es claro y no le sobra nada. Cualquier mujer que lo lea entiende en veinte minutos lo que le está pasando.
Cerré el libro.
Y entonces hice una cosa que no tiene ningún sentido y que hice de todas formas: lo dejé abierto, boca abajo, sobre la mesa del salón.
Estuvo así cuatro días.
No sé para quién.