A quien se lo cuentes 35. El expediente
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35. El expediente

El expediente

El sobre llegó al despacho de Álvaro el lunes diecinueve a las once y cuarto de la mañana.

Yo estaba en la unidad. Salí a las once y veinte.

Nos cruzamos por doce minutos. Lo he pensado mucho.

La comparecencia duró setenta minutos. Llevé el expediente. Lo puse encima de la mesa.

Lo llevé porque a las ocho de la mañana del lunes seguía sin tener nada mejor, y porque la alternativa era presentarme con las manos vacías delante de un hombre que lleva veintiséis años viendo llegar a gente con las manos vacías.

Es una decisión que tomé en el ascensor de mi casa. Duró lo que dura bajar cuatro pisos.

Peiró lo hojeó. Preguntó por abril. Le dije lo de las notas de campo y la historia clínica.

Aguantó cuatro minutos.

—¿Qué cambió en la redacción?

—El estilo.

—¿Solo el estilo?

—El estilo y el orden.

Escribió. Ruth miraba la mesa.

Me fui a las once y veinte con la carpeta debajo del brazo. En el ascensor pensé que había ido bien.

Álvaro llegó a casa a las tres y cuarto de la tarde. Nunca llega a las tres y cuarto.

Yo estaba en la cocina.

Dejó el maletín en el suelo. Dejó las llaves en el cuenco. No alineó el cuenco.

Sacó del maletín un taco de folios y lo puso encima de la mesa.

—Siéntate.

Eran doce páginas.

Las tres fotocopias de las sesiones de 2013. Las seis parejas de renglones en dos columnas. Y tres folios más que Marga no tenía.

El tercero era una fotocopia del consentimiento de grabación firmado por Sonia Vidal en octubre de 2012.

El cuarto era la primera página de la propuesta editorial. Marzo de 2013. Con la fecha de registro de entrada de la editorial arriba.

El quinto era una hoja mecanografiada. Una relación de las dieciocho cintas, por fecha, con las iniciales S. V.

Lo miré todo. Tardé lo que se tarda.

—¿Quién te lo ha mandado?

—Contesta tú primero.

Se lo pregunté dos veces más aquella tarde y a la tercera me lo dijo.

Mensajería normal. A su nombre, al despacho. Sin remitente.

Y una cosa más, que no me esperaba.

—He llamado a tu editora.

—¿Cuándo?

—A las doce y media. —Se quitó el reloj y lo puso al lado del bolígrafo—. Le he preguntado si a ella le había llegado algo. Me ha dicho que sí, el viernes.

—Marga no te habría dicho eso.

—Marga lleva desde el viernes esperando a que alguien se lo preguntara.

Aquí empezó lo otro.

Álvaro no gritó. Álvaro se sentó enfrente, se puso las gafas y sacó un bolígrafo.

Y empezó a preguntar en orden.

—¿La paciente de 2013 se llamaba Sonia Vidal?

—Sí.

—¿Grabaste las sesiones?

—Sí.

—¿Firmaste la propuesta del libro mientras la tratabas?

—Sí.

—¿En qué mes?

—Marzo.

—¿Y ella lo sabía?

—Se lo dije en octubre.

—Siete meses después.

—Sí.

Escribía. No mucho: una palabra, dos.

Y a la cuarta pregunta me di cuenta de lo que estaba pasando en mi cocina.

Mi marido me estaba tomando declaración.

—¿Qué pone en el renglón de la izquierda?

—Lo que ves.

—Léelo tú.

Lo leí en voz alta. Entero. Lo del maletín y lo de la grabadora.

Álvaro no se movió.

—¿Eso qué significa?

—Que dijo una cosa que no podía saber.

—¿Cuándo lo escribiste?

—El veintitrés de abril de 2013.

—¿Y cuándo lo cambiaste?

—En octubre.

—¿Antes o después de que desapareciera?

Y ahí me paré.

—Después.

—¿Cuántos días después?

—No me acuerdo.

—Inés.

—Nueve.

Escribió el número.

Y aquí es donde entendí lo que llevaba media hora sin entender, que es una lentitud impropia de mí y que atribuyo a que era mi cocina.

Álvaro no estaba preguntando para saberlo.

Un abogado que pregunta para saber deja hablar. Interrumpe poco, recoge mucho y ordena después. Lo he visto en once causas y lo he visto en esta casa cuando le llegaba un asunto gordo.

Un abogado que pregunta así, en orden, con las respuestas cortas y el bolígrafo encima del folio, está haciendo otra cosa. Está comprobando si la versión del cliente se sostiene cuando la aprieta él antes de que la apriete otro.

Mi marido llevaba media hora tomándome declaración para saber si podía defenderme.

Se quitó las gafas. Dejó el bolígrafo encima del folio, paralelo al borde.

—Voy a decirte lo que veo. Como abogado.

—Vale.

—Veo a una profesional que documenta una sospecha de homicidio en abril. Que no la comunica. Que firma un contrato editorial sobre ese caso. Que en octubre, nueve días después de que la paciente desaparezca, reescribe el documento y elimina la sospecha. Y que publica el libro en marzo.

—No fue así.

—Entonces cuéntame cómo fue.

Y le conté lo que me llevo contando a mí misma desde 2013.

Le dije que en abril no había certeza. Que era un detalle suelto. Que las pacientes dicen cosas raras. Que fui reconstruyéndolo despacio y que cuando lo entendí ella ya no estaba. Que la reescritura no fue para tapar nada, que fue para ordenar un expediente que estaba hecho un desastre.

Hablé cuatro o cinco minutos.

Álvaro me dejó terminar.

Cuando terminé, cogió el bolígrafo otra vez.

—Voy a decirte dos cosas y luego te dejo hablar a ti.

—Vale.

—La primera es técnica. Todo lo que me acabas de contar es la mejor versión posible de esos folios. Es coherente, tiene atenuantes y no contradice ningún documento. Si me la trae un cliente, la firmo.

—Álvaro.

—La segunda es que llevo veintiséis años oyendo esa versión.

Se quedó mirando el folio.

—No la tuya. Esa. La que se cuenta uno cuando lleva mucho tiempo con algo dentro. Se reconoce porque está demasiado bien.

Y después dijo lo que llevaba diciendo toda la tarde sin decirlo.

—Yo lo que quería no era esa versión.

—¿Qué querías?

—Que me lo hubieras contado en junio.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Estás haciéndomelas desde hace media hora.

—Una distinta. —Se echó hacia atrás—. Cuando mataron a ese hombre, ¿tú lo pensaste?

—¿El qué.

—Si tú podías haberlo evitado.

No contesté.

—Inés.

—No sé qué quieres que te diga.

—Quiero que me digas que no lo pensaste. —Se le fue la voz un poco—. Con eso me vale. Dilo y lo dejo.

Estuvimos callados un rato largo.

Miré la mesa. El bolígrafo, paralelo al borde. Las doce páginas. El folio del consentimiento con la firma de ella, que es una firma corta, de las que se hacen deprisa.

—No puedo decírtelo —dije.

Álvaro asintió una vez.

Después recogió los folios, los cuadró contra la mesa con dos golpecitos y se levantó.

—Ya está —dijo.

Y se fue al despacho y cerró la puerta.

Estuve en la cocina hasta las siete y media de la tarde. No encendí la luz.

A las siete y media oí la puerta del despacho.

No salió a la cocina. Fue al dormitorio.

Y desde la cocina, a oscuras, oí el ruido que hace un armario cuando alguien lo abre y no está buscando ropa para mañana.

Antes de eso hubo cuarenta minutos en los que no pasó nada.

Yo en la cocina. Él en el despacho, con la puerta cerrada.

Hice tres cosas.

Recogí la carpeta de la comparecencia y la metí en el bolso.

Fregué dos tazas.

Y me quedé un rato mirando el sitio de la mesa donde había estado el taco de folios, que no tenía nada, porque el taco de folios se lo había llevado él.

Después me senté.

Se me ocurrió que podía entrar en el despacho. Se me ocurrió lo que le diría. Lo tuve montado entero, con las frases.

Iba a decirle que hay una nota de marzo.

Es lo tercero que he pensado decir en cuatro meses y es la tercera vez que se queda dentro.

La primera fue con Ruth, en una acera de Pacífico.

La segunda, con Marga, mirando el canto de una mesa.

La tercera fue esa, en mi propia cocina, a oscuras, con mi marido a doce metros.