34. Descargo
Descargo
La citación llegó el catorce de octubre y era distinta de las otras tres.
Las anteriores habían sido llamadas de Ruth.
Esta era un papel con membrete, entregado por un agente en la consulta a las once de la mañana, en el que se me requería para comparecer el lunes diecinueve a las diez horas en calidad de denunciante y perjudicada, «a fin de ampliar extremos relativos a la documentación aportada».
Documentación aportada.
Ese soy yo, el jueves veintitrés de julio, entrando por una puerta con ciento cuarenta páginas en una carpeta y una relación por duplicado.
Llamé a Ruth a la una y me lo cogió al cuarto tono.
—¿Esto es tuyo o de Peiró?
—Es del grupo.
—Ruth.
—Inés, yo ya no puedo tener esta conversación contigo. —Bajó la voz y oí una puerta—. Y te lo digo así de claro porque si te lo digo de otra manera te vas a agarrar a lo que te diga.
—¿Sigo siendo denunciante?
—Pone denunciante y perjudicada. Lo has leído.
—Te estoy preguntando otra cosa.
Hubo cuatro segundos.
—Ven el lunes con lo que tengas —dijo—. Y ven descansada.
Colgó primero. En once años nunca había colgado ella primero.
Me senté a preparar el descargo el jueves quince por la tarde y lo hice como se hace: primero el inventario de lo que tengo, después el valor de cada cosa, después el orden en que se enseña.
Es un trabajo que he hecho cuarenta veces para otras personas.
Lo que tengo.
Un ejemplar de «Todas las señales» subrayado, que saqué yo de un piso vacío dando un nombre falso.
Dos micrófonos que abrí con un destornillador, en mi cocina, sin testigos.
Un detector de radiofrecuencia comprado en efectivo.
Veintiséis fotografías hechas por mí.
Tres cuadernos escritos por mí.
Un folio metido por debajo de una puerta, sin huellas, con mi letra encima.
Un tercer micrófono, activo, en mi consulta, que llevo dos meses sin denunciar.
Lo que vale.
Nada.
Lo escribo así porque es una cifra, no un desahogo.
El libro: cero, y encima dos diligencias, una por sustracción y otra por lo del nombre falso.
Los aparatos del dormitorio: cero. Los abrí yo.
Las fotografías: cero. Retratan objetos que ya había manipulado.
Los cuadernos: menos que cero. Lo que escribe la denunciante en su casa no es documentación. Es un relato, y en una sala un relato se lee como lo que uno se ha preparado.
El folio de la puerta: sin huellas y con mi letra encima.
Y el séptimo no es una prueba. Es una pregunta que me van a hacer, y solo tiene dos respuestas y las dos son malas.
No es un adorno. Lo pongo como se pone una cifra: he peritado once causas y sé cuánto vale cada línea de esa lista en una sala.
Todos esos objetos han pasado por mis manos antes que por las de nadie.
Cinco de los siete los creé yo. Uno lo sustraje.
Y el séptimo, el único limpio, lleva dos meses en su sitio porque yo decidí que se quedara.
Lo que necesito.
Necesito demostrar que en 2013 yo era una clínica diligente. Que trabajé bien, que documenté, que no oculté nada.
Y para eso existe un documento y solo uno.
Bajé al armario de las historias el jueves por la noche.
Saqué la copia de la carpeta de Sonia Vidal Aranguren. Ciento cuarenta páginas. Mi letra de hace doce años, más redonda, con las fechas correctas.
La puse encima de la mesa baja y la abrí por abril.
Y ahí me quedé.
Yo iba a llevar ese expediente el lunes. Iba a ponerlo delante de Peiró y decirle: mire usted el seguimiento, mire las hipótesis, mire cómo trabajaba yo. Es un expediente magnífico. Lo escribí para que lo fuera.
Está firmado. Tiene las fechas originales. Y en la página de abril pone que la paciente refiere comentarios del entorno laboral sobre el fallecimiento.
Enfrente de esa página, en algún sitio de esta ciudad, hay otra que dice que la paciente introdujo un detalle no verificado sobre la escena y que había que explorar el origen de la información.
Y una fotocopia de esa otra está en la caja de dirección de una editorial, dentro de un sobre acolchado, y otra copia entró por debajo de mi puerta el martes seis.
Si yo llevo ese expediente el lunes, estoy entregando por segunda vez, a sabiendas, un documento alterado en una investigación abierta.
Y si no lo llevo, no tengo absolutamente nada que enseñar de 2013.
Estuve hasta la una de la madrugada haciendo la lista de todas las salidas.
Salió esto.
Puedo declarar que las notas de campo se perdieron en el robo de 2014. Es verdad. Pero acabo de saber que existen y que están en manos de alguien, y quien las tiene puede sacarlas mañana.
Puedo adelantarme y decir que hubo cambios de redacción entre las notas y la historia. Es la versión que le di a Marga y funcionó once minutos. Delante de Peiró no dura tres, porque lo primero que preguntará es qué cambió exactamente, y la respuesta a eso es la única que no puedo dar.
Puedo negarme a aportar nada más y remitirme a lo declarado. Es lo que le diría yo a cualquiera. Y en el minuto siguiente dejo de ser la denunciante y paso a ser la persona que se acoge a lo que se acoge la gente.
Puedo contarlo todo.
Escribí esa línea a la una y cuarto y me quedé mirándola, y después escribí debajo, en la misma página, lo que ya no podía seguir sin escribir.
Contarlo todo hoy no es lo mismo que contarlo en julio.
En julio yo era una mujer que había ocultado algo hace doce años.
Desde el veintitrés de julio, a las diez y cuarto de la mañana, con una relación de documentos por duplicado, soy una mujer que entregó un documento falso a la policía.
Eso ya no es una falta deontológica de hace doce años. Eso es de este verano. Y lo hice yo, entera y despierta, con Peiró delante dándome las gracias por la colaboración.
Hay otra cosa y la escribo ahora porque el jueves quince, a la una y media de la madrugada, la escribí en el cuaderno y me acosté sin releerla.
Yo he acompañado a cuarenta o cincuenta mujeres al momento en que descubren que su versión ya no vale.
Pasa siempre igual y pasa siempre por lo mismo. La mujer contó una cosa pequeña que no era exacta —una hora, un motivo, una llamada que sí hizo— y esa cosa pequeña sale a los seis meses, y a partir de ese día ya no importa nada de lo demás. Hay una palabra para eso en los informes: contaminación.
Y lo que yo les digo a todas, siempre, en la sesión siguiente, es que la contaminación no viene del acosador. Viene de la vergüenza.
Que si hubieran dicho aquella cosa pequeña el primer día, con el primer agente, no habría pasado nada.
Se lo he dicho cincuenta veces. Me lo sé de memoria. Podría decirlo dormida.
Lo que no había hecho nunca es sentarme yo en el otro lado y descubrir que el consejo es correcto y que llega tarde.
El viernes por la mañana busqué abogados penalistas.
Estuve una hora. Anoté cuatro nombres y dos despachos. Uno de ellos lleva desde hace años los casos que en la prensa se llaman mediáticos y tiene fama de ser el mejor de Madrid.
Puse los cuatro nombres en el cuaderno, en columna.
Y a la derecha, con la raya vertical, como aprendí a hacer en junio, escribí lo que hay que escribir al lado de cada nombre de esa lista.
Para que un penalista me defienda tengo que contárselo todo. Dos horas, a solas, en un despacho con la puerta cerrada.
No llamé.
Me quedé un rato con el teléfono en la mano y después hice la única cosa que se me ocurrió, que fue mirar el reloj y comprobar que eran las ocho y media de un viernes y que no era ni martes ni jueves.
Aquella noche subí igual.
Me senté, dije la fecha y la hora y le conté a la butaca vacía que el lunes tenía comparecencia y que no sabía qué llevar.
Y esta vez no esperé el hueco.
—El lunes tengo comparecencia y no sé qué llevar —dije—. Eso es todo lo que tengo hoy.
Me quedé sentada hasta las diez y veinte. No dije nada más.