33. Galeradas
Galeradas
Marga me llamó el lunes doce de octubre a las ocho y diez de la mañana y me dijo cuatro palabras.
—Ven a la editorial.
—¿Ahora?
—Ahora.
Marga no dice «ven». Marga dice «cuando puedas te acercas» y una vez cada dos años dice «tenemos que hablar», que en su código significa que hay dinero de por medio.
Cogí un taxi. Iba pensando en tres cosas y ninguna era la correcta: pensé que había vuelto a salir algo en prensa, pensé que la productora se caía y pensé que a lo mejor querían adelantar el libro.
Tardé veinte minutos en llegar y en esos veinte minutos no se me pasó por la cabeza la única posibilidad que llevaba doce años esperándome.
Me recibió en la sala de reuniones pequeña, la de la mesa redonda, con la puerta cerrada y sin café.
Encima de la mesa había un sobre acolchado abierto y, al lado, cinco folios boca abajo.
—Esto llegó el viernes por la tarde. A mi nombre, aquí, por mensajería normal. Sin remitente. Lo abrió mi asistente y menos mal que estaba yo al lado.
Les dio la vuelta uno por uno.
Los tres primeros eran fotocopias de páginas de cuaderno cuadriculado con mi letra de 2013. Sesiones de enero, de marzo y de abril, completas, con las fechas arriba y las abreviaturas que dejé de usar en 2016.
El cuarto y el quinto eran otra cosa.
Eran dos columnas. A la izquierda, la fotocopia de un párrafo manuscrito de 2013. A la derecha, la fotocopia del párrafo correspondiente de la historia clínica oficial, la de octubre de aquel año, la que está archivada con mi firma.
Seis parejas. Seis renglones a la izquierda y seis a la derecha.
Alguien había hecho el cotejo, lo había maquetado en dos columnas y lo había fotocopiado.
Yo hice ese mismo trabajo en agosto. Me llevó seis horas y media, en la mesa de mi cocina, con el libro a la izquierda y un folio en blanco a la derecha.
El que hizo estos cinco folios no tuvo que buscar nada. Tenía las dos versiones delante y sabía exactamente qué seis renglones sacar de quinientos.
Y eligió seis, no veinte. Los suficientes para que se entienda y los pocos suficientes para que quepan en un sobre y los lea una persona en tres minutos.
Eso también es un oficio.
Marga puso el dedo encima del cuarto folio.
—Dime que estas páginas son falsas.
Aquí voy a ser precisa, porque de todo lo que hice aquel otoño esto es de lo que menos he podido apartar la vista.
No dije que fueran falsas. Eso lo comprueba un perito en una semana y yo no soy tonta.
Lo que hice fue mejor y por eso fue peor.
Le expliqué a Marga, durante once minutos, cómo funciona una historia clínica.
Le dije que lo que ella tenía a la izquierda no es un expediente: son notas de sesión.
Notas crudas, tomadas mientras la paciente habla, con hipótesis, descartes, cosas que a uno se le ocurren y no van a ninguna parte.
Le dije que esas notas no son un documento oficial y que no se archivan: se usan para redactar después la historia clínica, que sí es el documento, y que es un texto elaborado, depurado y a veces muy distinto.
Le dije que en 2013 yo trabajaba con dos soportes y que pasar de uno a otro es exactamente mi obligación profesional.
Le dije que si ella cogía las notas de campo de cualquier clínico de este país y las ponía en dos columnas al lado de su historia, saldría lo mismo.
Todo eso es cierto. Cada frase es cierta por separado.
Y era mentira entera, y las dos lo sabíamos, porque la única razón por la que existe un documento así es que alguien se ha molestado en elegir seis renglones entre quinientos.
Marga me escuchó los once minutos sin interrumpir. Tiene sesenta y un años y lleva treinta y ocho en esto.
Cuando terminé, se quitó las gafas.
—Inés, yo he editado a cuatro premios nacionales. ¿Sabes lo que tienen en común?
—No.
—Que cuando les preguntas algo incómodo, contestan lo que sea menos lo que les has preguntado. —Dobló las patillas—. Y lo hacen muy bien. Como tú ahora mismo.
Suspendió las dos cosas en la misma reunión y tardó cuatro minutos.
El libro sale del plan. Sin fecha nueva. La cláusula del anticipo se congela, que es una palabra que significa que no hay que devolver nada todavía y que ya veremos.
Y la serie —esto lo hizo delante de mí, con el manos libres— quedó parada en un correo de dos párrafos a la productora, con copia a legal, en el que Marga escribió que habían surgido «cuestiones relativas a la documentación de origen» y que recomendaba detener el lanzamiento hasta aclararlas.
Seis episodios rodados. Estreno previsto en enero.
Cecilia me llamó a las cinco de la tarde y estuvo muy amable durante seis minutos, que es justo lo que dura la amabilidad profesional cuando ya se ha tomado la decisión.
Me dijo que ellos no cuestionaban nada. Que era una pausa técnica. Que en cuanto se aclarara, seguían.
Después me pidió que no hablara con el equipo.
—¿Con nadie?
—Con nadie del proyecto, Inés. Es por protegerte a ti también.
Cuarenta personas trabajando desde febrero. La actriz que hace de Marta se cortó el pelo en abril para el papel.
—Cecilia.
—Dime.
—¿Tú has visto los folios?
Hubo un silencio de dos segundos que valía por toda la llamada.
—Me los ha leído legal —dijo—. Por teléfono.
Cuando colgó, me miró.
—No lo hago porque crea que has hecho algo.
—Marga.
—Déjame terminar. —Puso las dos manos en la mesa—. Lo hago porque yo he publicado ese libro, y porque si esas seis parejas de renglones aparecen en internet en marzo, con el libro en las mesas de novedades, se hunde la casa. Y en esta casa trabajan noventa personas.
—Lo entiendo.
—No, no lo entiendes. —Y ahí se le puso una voz que no le había oído nunca—. Porque tú lo entiendes como un cálculo y yo llevo el fin de semana entero sin dormir. Yo cogí ese libro en 2013 cuando aquí no te quería nadie. Fui a la reunión de compra y dije que me jugaba lo que hiciera falta.
—Ya lo sé.
—Pues lo que necesito ahora es que me digas que hice bien.
Y en esos segundos estuvo.
Lo tengo tan localizado que puedo decir dónde estaba mirando: al canto de la mesa, a la altura del cuarto folio.
Iba a decirle: Marga, hay una nota. Hay una nota de marzo, tres semanas antes de que lo mataran, y no está en esos cinco folios, y es la única que importa.
Lo tenía en la boca. Estaba montado, con esas palabras.
Después hice lo que llevo doce años haciendo con esa frase, que es cogerla y ponerla otra vez donde estaba.
—Hiciste bien —dije—. Ese libro ha ayudado a mucha gente.
Marga asintió despacio. Recogió los cinco folios y los volvió a meter en el sobre.
—Esto lo guardo yo en la caja de dirección —dijo—. Y si alguien me lo pide con un papel de un juzgado, se lo doy.
—Es lo correcto.
—Sí. —Se levantó—. Y también es lo único que puedo hacer.
Bajé andando desde Alonso Martínez.
Hacía una tarde de octubre normal, con gente en las terrazas y niños saliendo de los colegios, y yo iba haciendo la cuenta.
En cinco meses he perdido a mi recepcionista, a dos empleadas que no tenían nada que ver, a un antiguo paciente al que reventaron en un portal, la mitad de mi agenda, la confianza de la inspectora con la que llevo once años trabajando, un expediente abierto en el colegio, y la única conversación con mi marido en la que los dos decíamos la verdad.
Aquella tarde perdí el libro y la serie.
Y esto es lo que quiero dejar escrito, porque es lo más feo de todo y no lo he dicho nunca en voz alta.
De todas esas pérdidas, la única que me hizo sentarme en un banco de la calle Génova a llorar durante diez minutos, con el bolso en las rodillas, delante de todo el mundo, fue la de la tarde del doce de octubre.
Doce años mintiendo para conservar una cosa.
Y cuando por fin la pierdo, la pierdo entera, en cuatro minutos, en una sala de reuniones sin café, por un sobre que no llevaba remitente.