A quien se lo cuentes 30. La colega
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30. La colega

La colega

La idea se me ocurrió en un semáforo y la tuve montada entera antes de llegar a casa.

Si aquella persona reacciona a lo que oye en esa habitación, entonces esa habitación no es solo el sitio por donde se le escapa a uno la información.

Es también por donde se le mete.

La construí en dos noches, en la cocina, con el cuaderno.

Se llama Carmen Ferrán. Tiene cincuenta y cuatro años.

Es psicóloga clínica, coordina la unidad de salud mental de un hospital del sur de Madrid y llevamos coincidiendo en congresos desde 2016.

Está divorciada, tiene un hijo en la universidad y una perra vieja que se llama Kika.

Fuma, aunque lo ha dejado tres veces. Lleva el pelo muy corto porque se lo cortó en 2019 y le gustó.

No existe.

No existe ninguna Carmen Ferrán en el listado del colegio, ni en ese hospital, ni en las actas de ningún congreso, y esa era exactamente la gracia: para comprobar que no existe hay que buscarla, y buscarla lleva un rato, y en ese rato yo iba a estar mirando.

Le puse cincuenta y cuatro años porque a esa edad la gente ya no aparece en internet.

Le puse una unidad hospitalaria porque los organigramas de los hospitales públicos son un laberinto.

Le puse una perra porque los detalles pequeños son los que hacen que una persona parezca real, y eso no lo he aprendido escribiendo libros: lo he aprendido escuchando a gente que se inventa cosas en mi consulta.

Y le puse un defecto, que es lo último que hay que ponerles y lo que más funciona: Carmen habla demasiado. Le conté al micrófono, un jueves, que Carmen es excelente pero que hay que medirle lo que se le cuenta porque tiene una tendencia a comentarlo todo en el café de las once.

Comprobé lo que se puede comprobar. Busqué el nombre en el listado del colegio. No sale. Busqué el organigrama del hospital. Hay dos coordinadores y ninguna Carmen. Busqué en las actas de los congresos de 2016, 2018 y 2019. Nada.

Tardé once minutos.

Once minutos es lo que tarda alguien con un ordenador en saber que Carmen Ferrán no existe. Y once minutos, en aquel momento, me parecieron una eternidad.

Ese fue mi cálculo. Once minutos, y al otro lado una silla ocupada por mí.

Con eso, si aquella persona quería castigar a alguien por escuchar, tenía delante a la candidata perfecta: una mujer que iba a saberlo todo y que además lo iba a repetir.

Estuve dos noches disfrutándolo y voy a dejarlo escrito.

Estaba sentada a la mesa de mi cocina, a la una de la madrugada, con un cuaderno y una taza, inventándome a una mujer con una perra vieja y un corte de pelo de 2019, y estaba pasándomelo bien.

Es un placer muy concreto. No es la excitación de tender una trampa. Es más pequeño y más antiguo: es la satisfacción de que las piezas encajen, de encontrar el detalle que la vuelve verdadera, de saber que estás construyendo algo que otra persona va a creerse entero.

En algún momento de la segunda noche me di cuenta de lo que estaba haciendo y me quedé quieta con el bolígrafo en la mano.

Llevaba doce años dando conferencias sobre una mujer que se inventó una historia y me la contó tan bien que yo la publiqué.

Y allí estaba yo, a la una de la mañana, haciéndolo mejor que ella.

Lo emití el martes veintidós de septiembre y el jueves veinticuatro, en dos sesiones.

El martes fue la presentación. Le conté al micrófono, sin forzar nada, que había decidido buscar supervisión externa.

Dije que llevaba cuatro meses llevando esto sola y que era un error clínico.

Dije que había hablado con Carmen Ferrán, que la conozco de congresos desde 2016, y que habíamos quedado.

—Se lo digo porque me parece que se lo debo —dije a la butaca vacía—. Usted y yo tenemos un acuerdo desde agosto y yo no voy a romperlo por la puerta de atrás. Se lo cuento antes de hacerlo.

Esa frase la trabajé mucho. Hay que entregarle a la otra parte la sensación de que la estás respetando, sobre todo cuando la estás usando.

El jueves fue el detalle.

Le conté que había quedado con Carmen el martes veintinueve, a las once y media, en la cafetería del hospital, y que iba a llevarle el caso entero: las fechas, la paciente, lo de Nuria, el libro de Vallecas y lo de Fernán Núñez.

Dije que le iba a dar el material en papel, en una carpeta, y que se lo iba a dejar a ella para que lo estudiara.

Y añadí el defecto, sin subrayarlo, en una frase de las que uno dice de pasada:

—A Carmen hay que decirle que esto no se comenta. Se lo diré dos veces, porque con ella hay que decir las cosas dos veces.

Dejé el hueco. Cuarenta segundos.

—Nada más por hoy —dije, y apagué la lámpara.

El resto era esperar y mirar.

Monté el dispositivo yo sola, con lo que tenía. El martes veintinueve pedí el día. A las diez de la mañana estaba sentada en la cafetería de aquel hospital, con un café y un periódico, en la mesa del fondo, de espaldas a la máquina de agua y con toda la sala delante.

Estuve desde las diez hasta la una y cuarto.

Llevaba una libreta pequeña y fui anotando: hora de entrada, descripción, si iba solo o acompañado, si pedía o se sentaba, si miraba. Personal sanitario con pijama, ochenta o noventa. Familiares, muchos. Gente sola, veintitantos, casi todos con el móvil.

A las once y treinta y cinco entró una mujer de unos cincuenta años, sola, con una gabardina fina y una carpeta de gomas. Pidió un café con leche. Se sentó en la segunda mesa de la fila de la ventana, de espaldas a mí. Sacó un móvil, lo dejó boca abajo y no lo volvió a tocar.

Estuvo cuarenta y cinco minutos sin abrir la carpeta.

Se me secó la boca. Tengo la letra de esa página y se me nota.

A las doce y veinte se levantó, tiró el vaso, se acercó al mostrador y preguntó por la planta de traumatología.

La chica se lo explicó y la mujer le dio las gracias y se fue hacia los ascensores.

Estuve dos minutos con las manos en las rodillas, debajo de la mesa, esperando a que se me pasara.

Cuatro mujeres solas de entre cuarenta y sesenta años que entraron entre las once y las doce, se sentaron y estuvieron más de veinte minutos.

Las cuatro se fueron. Ninguna se acercó a nadie. Ninguna preguntó por nadie en el mostrador.

A la una y cuarto pagué y me fui, y en el aparcamiento del hospital hice el balance, que era el que esperaba: no había pasado nada, no tenía a nadie, y aquello confirmaba lo que ya sabía y no servía absolutamente para nada.

Reviso la libreta ahora y la letra de las once y media es más pequeña que la de las diez. A las doce y veinte hay una línea que dice solo: nadie .

A las doce y cuarenta escribí: si no viene, es que no lo oyó o que no se lo creyó.

Y a la una menos diez, la última: o que ya sabe dónde estoy.

Volví a Madrid. Atendí a dos pacientes por la tarde.

Esa noche, en la consulta, hice lo que hace un profesional cuando una intervención no funciona: la cerré bien.

Le conté al micrófono que la reunión con Carmen había ido bien y que le había dejado la carpeta. Dije que volveríamos a vernos en octubre. Puse dos detalles pequeños: que había tráfico en la M-40 y que la cafetería de aquel hospital tiene un café malísimo.

Los detalles pequeños se ponen al final. Son los que sostienen una mentira cuando la mentira ya está de pie.

Después esperé el hueco, di las buenas noches y apagué la lámpara.

Bajé al garaje contenta.

Esa es la palabra y la voy a dejar. Contenta. Bajé los cuatro pisos por la escalera pensando que había hecho un trabajo limpio, que si aquella persona reaccionaba yo tendría algo, y que si no reaccionaba tendría otra cosa, que es saber que no me escucha en tiempo real.

Las dos ramas de mi razonamiento eran buenas.

Yo había construido el árbol entero con dos ramas y no se me ocurrió que hubiera una tercera.

Y el miércoles treinta, a las nueve menos veinte de la mañana, me llamó Ruth Salgado.

—Inés. ¿Tú conoces a un tal Íker Zabalza Erdozáin?

Aquí me tengo que parar.

En esos cuatro meses hice muchas cosas mal. Le mentí a mi marido, entré en un piso con nombre falso, me llevé una prueba, abrí dos aparatos con un destornillador y le hablé todas las semanas a la persona que me estaba haciendo aquello.

De todo eso, lo peor es esto, y no por lo que pasó.

Es lo peor porque cuando lo pensé, en aquel semáforo, no se me ocurrió preguntarme qué pasaría si aquella persona, al no encontrar a Carmen Ferrán en ningún sitio, decidiera que le habían mentido.

Yo tenía cuatro meses de datos. Sabía perfectamente lo que hacía esa persona cuando alguien hablaba.

Nunca me pregunté qué hacía cuando alguien mentía.