31. Íker
Íker
—¿Tú conoces a un tal Íker Zabalza Erdozáin?
—Ya lo sé. Te lo pregunto por el orden.
Ruth llamaba desde un coche, con el intermitente puesto, a las nueve menos veinte de la mañana del treinta de septiembre.
Le habían dado una paliza en el portal de su casa, en Carabanchel, entre las once y media y las doce de la noche anterior. Lo encontró un vecino a las doce y veinte. Ingresó en el Doce de Octubre con fractura de órbita, tres costillas y un traumatismo craneal sin sangrado.
Nada sustraído. La cartera en el pantalón.
—¿Y las cámaras?
—El portal no tiene. La calle sí. —Ruth cambió de marcha—. Tenemos a una persona entrando detrás de él con dos minutos de diferencia. Gorro, plumífero oscuro, mochila pequeña. Metro setenta, metro setenta y cinco.
—¿Cara?
—Nada. En ningún fotograma.
—¿Sale?
—Sale a los cuatro minutos y gira a la derecha, hacia una calle que no tiene cámaras. —Un silencio—. Es la misma decisión que tomaría yo si conociera el barrio.
Cuatro minutos.
Lo apunté después, en el cuaderno, porque es el dato que más me ha costado dejar de mirar. Para lo que le hicieron a aquel hombre no hacen falta cuatro minutos. Hacen falta cuarenta segundos.
Los otros tres minutos y veinte se los pasó colocando sesenta y un folios en orden en el suelo de un portal, con un hombre inconsciente al lado.
—Va a salir —dijo Ruth—. Está consciente y no recuerda nada desde que abrió el portal.
—Vale.
—Inés, hay más.
En el suelo del portal, alrededor de él, había papeles.
Sesenta y un folios. Cartas escritas a máquina, de esas máquinas eléctricas que ya no usa nadie, cada una con un número a lápiz en la esquina superior derecha.
Eran las copias que Íker guardaba de las cartas que me escribía a mí.
Estaban colocadas en abanico, formando un semicírculo alrededor del cuerpo, con la número uno a la altura de su cabeza y la sesenta y una a los pies, en orden.
Y estaban fotografiadas.
Las fotografías —once, hechas desde arriba y con flash— llegaron a las nueve y cuarto de la mañana a la redacción del digital que había publicado la portada de julio, desde una cuenta creada esa madrugada.
El digital no las publicó. Las mandó a la policía y llamó a Ruth, que es lo que hay que hacer y lo que hicieron.
En las once fotografías se leen, ampliando, fragmentos de cinco cartas.
En tres de ellas aparece mi nombre completo.
Ruth me leyó dos por teléfono. No hacía falta. Las tengo en una carpeta azul, en el cajón de abajo de recepción, y las he leído todas.
Son cartas amables. Íker me cuenta lo que ha leído. Me pregunta por mi salud. Me explica, con mucho orden, por qué él y yo tenemos un vínculo que las circunstancias interrumpieron.
Ninguna tiene una amenaza. Ninguna tiene un insulto.
Puestas en abanico alrededor de un hombre con la órbita rota y fotografiadas con flash desde arriba, sesenta y una cartas de un hombre a su psicóloga significan otra cosa.
No hace falta que las lea un juez. Basta con que las mire alguien.
Estuve dos horas sentada en mi butaca sin abrir la consulta.
Después cogí el cuaderno e hice lo que sé hacer, que es la única manera que tengo de sostenerme, y que aquella mañana fue también la manera más rápida de llegar al fondo.
Lo que ve la policía.
Existe un hombre que lleva seis años escribiéndome cartas. Es el único sospechoso alternativo del caso. Yo lo puse en el expediente en junio, con dirección y fechas.
Cuatro meses después, ese hombre aparece reventado en su portal, rodeado por sesenta y una cartas dirigidas a mí, colocadas en orden.
Y alguien se toma la molestia de fotografiarlas y mandarlas a un periódico.
Un sospechoso al que se agrede y se expone. Un sospechoso al que, además, se le destruye de un golpe cualquier futura declaración, porque un hombre con traumatismo craneal que no recuerda la noche no recuerda tampoco nada más.
En mi profesión eso tiene un nombre y lo he escrito yo: eliminación del competidor narrativo. Ocurre cuando alguien necesita que solo haya una versión posible.
Lo que sé yo.
Íker Zabalza no ha recibido nunca una confidencia mía. No sabe que existe una regla. No conocía a Nuria, ni a Eva, ni el nombre de mi editora.
En cuatro meses, todas las personas a las que les pasó algo tenían una cosa en común: yo les había contado algo.
Íker no. A Íker no le he dicho una palabra en seis años.
Lo único que pasó con él fue que yo lo nombré en una comisaría.
Y lo único que pasó la semana anterior fue que yo me inventé a una mujer que no existe y se la conté a un micrófono con todo detalle, con una perra vieja y un corte de pelo de 2019, y esa mujer no apareció en ninguna cafetería el martes veintinueve, porque no podía aparecer.
Hay una manera de leer estas dos cosas juntas.
La leí a las once y veinte de la mañana del treinta de septiembre y no he encontrado otra en todo este tiempo.
Yo mentí. Y como no había nadie a quien castigar por mi mentira, se castigó al único candidato disponible: al hombre que en mi expediente ocupaba el sitio del acosador.
Se llevó por delante mi mentira y mi coartada a la vez.
Lo que no puedo hacer.
No puedo contarlo.
No puedo entrar en la unidad y decir: la razón por la que le han hecho esto a Íker Zabalza es que yo tendí una trampa a través de un micrófono que llevo dos meses sin denunciar y con el que llevo dos meses hablando dos noches por semana.
Lo he escrito así para verlo escrito. Después he tachado la frase, línea por línea, empezando por el final.
La madre de Íker se llama Miren y tiene setenta y nueve años.
La vi el jueves en la unidad, en el pasillo, sentada en una de las sillas con una carpeta en el regazo. Yo iba a firmar una comparecencia y ella llevaba allí desde las nueve.
Me reconoció. Se levantó, y yo pensé, con una vergüenza que todavía me dura, que iba a gritarme.
—Usted es la doctora.
—Sí.
—Yo le he escrito dos veces. En 2020 y en 2022.
—Lo sé. Las tengo.
—Ya. —Apretó la carpeta—. En las dos le pedía perdón.
Le dije que no tenía nada que perdonar y que su hijo nunca había hecho nada que se persiguiera. Ella asintió tres o cuatro veces, muy deprisa, como asiente la gente que no está escuchando porque lleva doce horas repitiéndose una sola cosa.
—Es que él es muy suyo —dijo—. Pero es bueno. Y ahora resulta que en la comisaría me preguntan por las cartas, y me dicen que hay fotografías, y que a lo mejor sale en internet.
—No van a salir.
—Y yo les digo: pero ¿lo han pegado por escribir cartas?
No le contesté. Estuvimos un rato ahí de pie las dos.
Después me preguntó si podía sentarme un momento con ella hasta que la llamaran, porque llevaba desde las nueve y no conocía a nadie, y yo me senté.
Estuve cuarenta minutos en una silla de un pasillo de comisaría, al lado de una mujer de setenta y nueve años, oyéndola contar que su hijo tenía un tren eléctrico montado en la habitación de arriba y que lo cuidaba mucho.
Cuando la llamaron, se levantó y se alisó la falda con las dos manos, y antes de entrar se volvió.
—Oiga.
—Dígame.
—Usted lo trató cinco meses.
—Cinco.
—¿Y usted cree que él está bien de la cabeza?
Es una pregunta que me hacen dos o tres veces al año, siempre madres, siempre de pie, siempre justo antes de entrar en algún sitio.
—Su hijo es una persona sola —dije—. Eso no es una enfermedad.
Miren se quedó con eso un momento y asintió, y esta vez asintió de verdad, una sola vez.
—Es que yo me voy a morir —dijo—. Y no sé quién le va a escribir a él.
Y entró.
En cuatro meses habían pasado cinco cosas y yo tenía una explicación para todas.
A Nuria le pasó porque yo hablé. A Delia y a Vanesa les pasó porque yo denuncié. A mi marido le pasó porque yo le conté la mitad. A mí me pasó lo del portal de Fernán Núñez porque hace doce años hice lo que hice.
Es un sistema. Un sistema es una cosa horrible y también es una cosa que se puede aprender, y yo llevaba cuatro meses aprendiéndomelo, y esa era la única forma de dignidad que me quedaba: entender lo que me estaba pasando.
Íker Zabalza no encaja en el sistema.
Íker Zabalza está en una cama del Doce de Octubre porque yo tuve una idea buena en un semáforo.