29. Tres frentes
Tres frentes
Ruth me citó el ocho de septiembre y esta vez me recibió Peiró.
Ella estaba, pero llevaba el cuaderno cerrado sobre las rodillas, que en once años no le había visto hacer.
—Tenemos el informe de la cinta —dijo él.
Y me dio la primera buena noticia en cuatro meses, aunque tardé dos días en entender que también era la segunda mala.
La microcasete de Fernán Núñez es de una marca japonesa que dejó de fabricar ese modelo en 2006. La pegatina blanca tiene una anotación manuscrita: una fecha, 19-2-13, y dos iniciales, S. V.
El grafismo se ha cotejado con muestras indubitadas.
—Es su letra —dijo Peiró.
—Sí.
—Usted etiquetaba las cintas.
—Todas. Fecha y paciente.
—¿Y esta era de las que le sustrajeron en 2014?
—Tuvo que serlo. En agosto de 2014 se llevaron una caja entera de microcasetes y desde entonces no tengo ninguna.
Peiró pasó una hoja.
—El atestado del robo de Espronceda dice que se sustrajeron dos cajas de archivo y una caja de material de dictado. No dice cuántas cintas ni de quién.
—Nadie contó las cintas. Eran cintas.
—Ya. —Escribió—. ¿Usted denunció entonces la pérdida de material clínico de una paciente?
—Denuncié un robo.
—¿Y comunicó a la autoridad de protección de datos la pérdida de historiales?
Ahí me quedé quieta.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque en 2014 casi nadie lo hacía. —Y era verdad, y sonó a excusa, y era las dos cosas—. Y porque la paciente había fallecido.
—La paciente está desaparecida —dijo Peiró—. Que es otra cosa.
Ruth no levantó la vista del cuaderno cerrado.
Hubo veinte minutos más y fueron todos así.
Me preguntaron por el consentimiento de grabación de 2013. Lo tengo: un folio firmado por las dos, con fecha de octubre de 2012. Lo entregué en la tercera comparecencia.
Me preguntaron cuántas cintas eran. Dieciocho o diecinueve, no lo sé exactamente, porque grabé cinco meses a razón de una por sesión y a veces una cinta daba para dos.
Me preguntaron si había hecho copias. No.
Me preguntaron si alguien más había escuchado esas cintas alguna vez. No.
Me preguntaron si las había transcrito. Parcialmente, en los cuadernos. Los cuadernos también se los llevaron.
Y Peiró, sin levantar la vista, hizo la última.
—O sea que de cinco meses de sesiones con esa paciente hoy no queda ningún registro de la época. Solo la historia clínica que usted pasó a limpio en octubre de 2013.
—Solo eso.
—¿Y esa la escribió usted de memoria?
—A partir de las notas.
—De las notas que se llevaron.
—Sí.
Escribió durante bastante rato. Ruth se miraba las manos.
Salí a la calle a las once y veinte y me quedé en la acera haciendo la lista, que es lo que hago cuando no puedo hacer nada.
Lo bueno: la cinta es mía y me la robaron en 2014, con atestado, con número y con once años de antigüedad. Eso significa que existe una línea que no pasa por mí. Alguien tiene material sustraído de mi despacho.
Lo malo: significa exactamente lo mismo, leído del otro lado. Que el objeto que apareció en el portal de un homicidio salió de mi consulta, con mi letra encima.
Lo peor: que ahora hay un expediente abierto donde consta que yo perdí las grabaciones de una paciente desaparecida y no lo comuniqué a nadie durante once años.
Tres frases sobre el mismo hecho. En mi trabajo eso se llama valoración, y consiste en que las tres son ciertas y en que solo una de ellas se lee en voz alta en una sala.
Con Álvaro había pasado algo que no sé fechar.
No hubo una discusión. No hubo un portazo. Lo que hubo fue que, en algún momento de agosto, dejó de preguntar.
Antes preguntaba dos o tres veces por semana: cómo va lo de Ruth, qué te ha dicho el colegio, has hablado con Marga. Y yo le contestaba con el cuarenta por ciento de siempre, o con el treinta, porque el porcentaje había ido bajando sin que ninguno de los dos lo dijera.
En septiembre ya no preguntaba.
Trabajaba en el despacho de casa con la puerta cerrada, cosa que antes hacía solo en cierres de operación. Se llevó su cargador al despacho. Empezó a cenar a otra hora, no mucho: veinte minutos antes, lo justo para que cenar juntos fuera una decisión y no una costumbre.
Y una noche, cuando yo iba a la cocina a por agua, le oí hablar por teléfono con la puerta cerrada, y dijo una frase entera que se oyó perfectamente:
—No, si yo lo entiendo. Lo que no entiendo es por qué no me lo cuenta a mí.
No sé con quién hablaba. Nunca se lo he preguntado.
Me fui a la cama sin el agua, para que no me oyera pasar dos veces por el pasillo.
Al día siguiente le propuse ir a Cadaqués el puente.
—¿Ahora?
—Cuatro días. Salimos el jueves.
Álvaro estaba de pie en la cocina, con el café, y se quedó pensándolo el tiempo justo para que a los dos nos diera tiempo a entender que se lo estaba pensando.
—No puedo. Tengo la junta el viernes.
—La junta la pueden mover.
—Sí. —Dejó la taza en el fregadero—. La pueden mover.
Y se fue a la ducha.
Llevamos dieciocho años en un régimen que él define como que lo nuestro funciona porque no lo tocamos. Aquella mañana yo hice la primera cosa desinteresada en cuatro meses, que fue proponerle un puente, y él hizo la primera cosa deliberada en dieciocho años, que fue no contestarme.
Marga vino a la consulta el once de septiembre a las cuatro de la tarde, cosa que no había hecho nunca en doce años.
Traía el calendario impreso en un folio y lo puso encima de la mesa baja.
—El uno de octubre.
—Marga.
—Entrega del manuscrito. Diez de octubre, informe de lectura.
Veinte, primera corrección. Quince de noviembre, maqueta.
Doce de enero, imprenta. —Iba señalando con el bolígrafo—.
Cinco de marzo, salida, con la serie ya emitida en enero.
Esto es una máquina, Inés, y la máquina está en marcha desde febrero.
—Lo sé.
—¿Cuántos capítulos?
Y aquí es donde se me acabó la mentira de junio, porque en junio dije once de veinte y en septiembre no puedo decir doce.
—Siete.
Marga se quedó con el bolígrafo levantado.
—¿Siete?
—Siete.
Dejó el bolígrafo en la mesa. No dijo nada durante un rato largo y yo no lo llené, que es lo único que hice bien aquella tarde.
—Vale —dijo al fin—. Vale. Se puede mover a mayo si lo pido en dirección la semana que viene. Se puede. Pero para pedirlo tengo que decir por qué.
—Di que tengo problemas de salud.
—No.
—Marga.
—No. —Cogió el folio y lo dobló en dos—. Porque como diga eso, en cuatro días lo sabe todo el mundo, y ya tienes bastante con lo tuyo. Voy a decir que el libro ha cambiado de enfoque.
—El libro no ha cambiado de enfoque.
Se levantó, se colgó el bolso y me miró desde arriba, y en doce años nunca me había mirado desde arriba.
—Inés, en el veinte por ciento de este país tú eres ahora mismo la mujer del titular. La gente que compre ese libro en marzo lo va a comprar por eso. —Se ajustó el asa—. Y tú y yo sabemos que el capítulo que hay que escribir es el que no me estás escribiendo.
Me quedé en la consulta hasta las nueve. Tres frentes en tres días.
Peiró quiere que le explique por qué no comuniqué en 2014 la pérdida de unas cintas. Contestar bien a eso exige contar qué había en ellas.
Álvaro quiere saber por qué no se lo cuento a él. Contestar a eso exige contárselo.
Marga quiere un capítulo. Escribir ese capítulo exige contarlo por escrito, con mi nombre en la portada y ciento veinte mil ejemplares.
Tres personas pidiéndome, cada una desde su sitio y cada una con toda la razón, la misma frase.
Y la frase no es «me está acosando alguien». La frase es la otra, la de 2013, y no hay manera de decir la primera sin decir la segunda.
A las nueve me quedé sentada donde me siento y esperé.
Le conté las tres cosas, ordenadas, como se cuentan los avances de la semana. Le expliqué lo del informe de la cinta y lo de la protección de datos. Le dije que mi editora quería un capítulo. Le dije que mi marido llevaba un mes sin preguntarme nada.
Y ahí, por primera vez en cinco semanas, dejé el hueco y no me lo aguanté.
—Se lo digo por si le sirve —dije a la butaca vacía—. Está usted consiguiendo lo que quiera que sea que quiere. No sé qué es. Pero lo está consiguiendo.
Esperé el hueco. Cuarenta segundos, que es mucho.
—Y le voy a decir una cosa más, porque estoy cansada y porque a estas horas ya me da igual cómo suene. —Me eché hacia delante—. Llevo cuatro meses trabajando con usted. Sé a qué hora entra, sé lo que le interesa, sé lo que no le interesa y sé lo que hace cuando alguien me escucha.
Y aquí me oí. Me oí como me oigo en un plató.
—Y no sé absolutamente nada de usted. Ni si es hombre o mujer. Ni la edad. Ni de dónde ha salido.
Silencio.
—Y en cambio usted lo sabe todo de mí. —Me recosté—. Eso, en mi oficio, tiene un nombre. Se llama asimetría, y es lo único que hace falta para que una persona acabe haciendo lo que quiere la otra.
Apagué la lámpara y bajé al garaje.
En el rellano volví a darle al interruptor dos veces sin necesidad, y me acordé, con la luz encendiéndose por segunda vez, de que aquella frase sobre la asimetría se la había dicho a doscientas mujeres.
Se la digo siempre en la tercera o cuarta sesión, cuando ya confían, y se la digo para explicarles por qué no deben responderle.
Subí al coche. Tardé cuarenta minutos en llegar a casa por una calle que se hace en veinte.