A quien se lo cuentes 28. Sesiones invertidas
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28. Sesiones invertidas

Sesiones invertidas

Fui los martes y los jueves durante tres semanas.

Llegaba a las nueve menos cuarto, cuando el edificio ya está vacío. Cerraba con llave por dentro. Encendía la lámpara de pie y no el techo, que es como se hace. Me sentaba en mi butaca a un metro y veinte de la otra y hablaba entre veinticinco y cuarenta minutos.

Voy a explicar cómo lo hacía porque es lo único de aquel mes de lo que estoy orgullosa, y porque explicarlo es también reconocer lo que era.

El encuadre. Siempre igual. La fecha, la hora, mi nombre, el mismo tono. Las cosas que se repiten idénticas producen seguridad, y la seguridad es lo primero que hay que fabricar cuando el otro no se fía. Es lo que hago con las mujeres que llegan mirando la puerta.

La regla de no preguntar dos veces. A una persona que no quiere hablar se le pregunta una vez y se le deja el silencio a ella. Si insistes, le enseñas que puede ganar callándose. Yo preguntaba una vez, esperaba de verdad —diez, quince segundos, sentada, mirando el respaldo— y seguía.

Las pausas tácticas. Después de lo importante, no se enlaza. Se deja el hueco. En una consulta el hueco lo llena el paciente. Yo dejaba el hueco delante de una butaca vacía y era una experiencia desagradable que fui perfeccionando.

Las devoluciones. Le devolvía lo que él me contaba sin contármelo.

—Usted no ha vuelto a entrar en mi casa desde el diez de junio —dije el segundo martes—. Yo creo que porque le pareció un riesgo tonto. Estoy de acuerdo.

—Usted no ha tocado a mi marido —dije el jueves siguiente—. A mi marido le mandó un audio, que es otra cosa.

Eso es una técnica de manual. Se llama devolución de lectura y sirve para que la otra persona sepa que la estás viendo. Con un paciente resistente es lo que abre la puerta.

Y las ofertas. Empecé pequeño y fui subiendo, que es como se hace.

La primera semana ofrecí escuchar.

La segunda ofrecí parar: dije que si aquello se terminaba, yo no iba a seguir buscándole, y que eso no lo puede decir la policía pero lo puedo decir yo.

La tercera semana ofrecí lo que no debía.

—Si me dice qué quiere, se lo consigo —dije el jueves veinte, a las nueve y media, sentada, con las manos en los reposabrazos—. No estoy diciendo que lo pida a la policía. Estoy diciendo que se lo consigo yo.

Y me callé, y dejé el hueco, y estuve un minuto entero sin decir nada.

No contestó nadie.

La noche del trece de agosto se movió el ascensor.

Eran las nueve y cuarenta. Yo estaba a mitad de una frase y lo oí arrancar en el bajo, subir y pararse. No sé en qué planta. Los ascensores viejos suenan igual en la cinco que en la seis.

Me levanté. Fui hasta la puerta y puse la mano en la llave y me quedé así.

Lo que hice después no lo he contado nunca y voy a contarlo tal cual.

No abrí.

Estuve delante de esa puerta cuatro minutos con la mano en la llave, escuchando el rellano, y no la abrí. Y no la abrí porque en aquellos cuatro minutos no supe si lo que sentía era miedo a que hubiera alguien fuera o miedo a que no hubiera nadie.

Al final volví a la butaca y me senté y terminé la frase por donde la había dejado.

—Le decía lo del jueves pasado. Sigue en pie.

El ascensor bajó a las diez y cuarto.

Al día siguiente le pregunté al administrador si alguien había dado aviso de una avería. No había avisos. En el bloque hay cuarenta y una viviendas y tres oficinas.

En tres semanas no hubo una sola respuesta.

Ni una llamada, ni un papel, ni un sobre en la bandeja, ni una nota en el buzón, ni un mensaje con prefijo raro. Nada.

Pero pasó otra cosa y la vi al hacer el balance de agosto.

En tres semanas no le pasó nada a nadie.

Ni a Nuria, que empezó la rehabilitación el día seis. Ni a Delia. Ni a Marisa. Ni a Álvaro, que salía y entraba de su despacho todos los días a las mismas horas. Ni a Ruth. Ni a Marga.

En junio hubo cuatro incidentes. En julio, dos. En las tres semanas siguientes a la noche del dos de agosto, ninguno.

Aquello podía ser una casualidad, podía ser agosto, podía ser que la persona estuviera fuera de Madrid como está medio país.

O podía ser lo que yo creía, y lo escribí en el cuaderno el veintitrés con estas palabras: primera respuesta. Consiste en que no ocurra nada. Está aceptando el encuadre.

Es la anotación más profesional que he hecho nunca y la escribí a las once de la noche, sola, con la puerta cerrada con llave por dentro, después de hablar cuarenta minutos con una butaca vacía.

Mientras tanto seguía la vida, que es lo que hace la vida.

Contesté al colegio dentro del plazo, seis folios, con la doctrina de la comisión citada tres veces, y me acusaron recibo. Un compañero de la junta me llamó luego para decirme, de manera extraoficial, que aquello se archivaría en otoño «salvo que hubiera novedades».

Marga me mandó un calendario de producción con las fechas en rojo.

Nuria empezó rehabilitación. Fui a llevarla el segundo día, porque me lo pidió Marisa y porque Marisa lo pidió con una frialdad que era también una tregua.

Estuve en la sala de espera cuarenta minutos y cuando salió me contó, con mucho detalle, los ejercicios y lo que le dolía cada uno.

No preguntó por el caso. Yo tampoco lo saqué.

En el coche, en un semáforo, dijo:

—Estás mejor.

—¿Sí?

—Se te ha ido lo de la mandíbula.

Y era verdad, y ella lo notó, y yo llevaba tres semanas durmiendo mejor de lo que había dormido en dos meses.

Y unos metros más adelante, sin mirarme:

—Oye. Lo del papel de mi buzón.

—Dime.

—Que no se lo he contado a nadie más. —Se ajustó el cabestrillo con la mano buena—. Ni a Marisa. Ella sabe que apareció el papel, pero no sabe lo que ponía.

—¿Por qué no se lo has dicho?

Nuria tardó en contestar. Miró por la ventanilla.

—Porque la frase es fea, Inés.

—Es fea.

—Y porque el día que la leí me di cuenta de una cosa. —Se giró—. Que quien la escribió no me estaba avisando a mí. Le estaba diciendo algo a otra persona.

Puse el intermitente y no dije nada durante dos calles.

Mi recepcionista, en su casa, con una mano rota y sin un solo dato del expediente, había llegado en dos meses a la misma conclusión que yo con cuatro cuadernos y un detector de trescientos cuarenta euros.

Esa noche, en casa, hice una cosa que no había hecho en veinte años, que fue abrir mi propio libro para buscar una cita.

La escribí yo en 2014, con treinta y ocho años, y dice, más o menos, que cuando una víctima empieza a organizar su semana alrededor del agresor —qué días, a qué hora, qué le dice, qué no le dice— el proceso ya no es de defensa.

Y que la señal más fiable de ese punto no es el miedo.

Es el alivio.

Lo leí dos veces, cerré el libro y lo devolví a la balda de arriba, entre los dos diccionarios.

Después me fui a la cama y estuve un rato despierta, ordenando lo que le iba a decir el martes.

Yo tengo veintitrés pacientes. Los martes y los jueves, a las nueve de la noche, tenía uno más: alguien que no habla, que no falta nunca a su hora y que responde a mis intervenciones exactamente como quiero que responda.

En veinte años de profesión, la única relación terapéutica que he conseguido llevar a mi manera de principio a fin es esa.

Hay una última cosa de aquellas tres semanas y la dejo aquí porque no la vi hasta septiembre.

Yo hablaba en singular masculino.

«Póngase cómodo.» «Usted verá lo que hace con esto.» «Le estoy hablando a usted.»

Lo hacía por la estadística, que es correcta: en acoso persistente con seguimiento físico, más del ochenta y cinco por ciento de los sujetos son varones. Lo he escrito. Lo he defendido en aulas y me lo han preguntado en juicios.

Y lo hacía, además, por otra razón que no es estadística y que llevo veinte años sin decir en voz alta: porque a una mujer no se la busca igual.

Cuando yo describía a aquella persona —para Ruth, para Peiró, para mí misma— la describía capaz de esperar en un portal, de romper una mano con una puerta, de tumbarse en el suelo de una consulta y de dejar un paraguas de pie contra unos buzones.

La palabra que usaba para todo eso era «él».

Y mientras tanto, dos veces por semana, me sentaba a un metro y veinte de una butaca vacía y le hablaba a esa persona con el tono exacto que uso con las mujeres.