A quien se lo cuentes 27. Canal
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27. Canal

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El domingo por la noche subí a la consulta con el detector en el bolso.

Eran las once menos veinte. El edificio estaba vacío. Encendí solo la lámpara de pie, apagué el móvil, desenchufé el router de la sala y barrí la planta entera, despacio, como me dijeron.

La consulta pitó una vez.

Debajo de la butaca de enfrente, en el mismo sitio, el mismo objeto negro. Con el detector a diez centímetros, la aguja subía y se quedaba arriba.

Estaba vivo.

Lo comprobé tres veces, apagando y encendiendo el detector, apartándome dos metros y volviendo. Tres veces la misma lectura.

Después hice lo que se hace y barrí el resto de la planta, porque una habitación puede tener dos.

Recepción: nada. El despacho pequeño: nada. La sala de espera, con sus cuatro sillas y su mesa de revistas: nada. El cuarto de la limpieza: nada. Los tres marcos de las ventanas al patio: nada.

Un solo aparato en toda la planta. Y está a un metro y veinte de donde me siento yo.

No en recepción, donde se dan los datos personales. No en la sala de espera, donde la gente habla por teléfono.

Debajo de la butaca en la que se sienta el que habla.

Me senté en mi butaca, la mía, la de espaldas a la ventana, a un metro y veinte de la otra, y me puse a pensar en pilas.

Porque los de mi casa duraron dieciséis días y este llevaba sesenta y uno.

Hay tres maneras de que un aparato así siga funcionando dos meses.

Una: que tenga alimentación, y no la tiene, porque debajo de una butaca no hay enchufe.

Dos: que sea de los que solo se activan con la voz, que multiplica la autonomía por seis o por siete y aun así no llega a sesenta y un días. Tres: que alguien le cambie la pila.

Easé un rato con eso.

Y después bajé a la conclusión, que es sencilla y que tuve que escribir para creérmela:

Alguien entra en esta habitación cada pocas semanas, se tumba en el suelo, cambia una batería del tamaño de una moneda y se va.

Nadie fuerza nada. Nadie se lleva nada. En dos meses no ha desaparecido un bolígrafo.

¿Quién se queda solo en mi consulta?

La empresa de limpieza. Martes y viernes, de siete a nueve de la mañana, dos personas, las mismas desde hace cuatro años. Les abre recepción y ellas cierran al salir.

También cualquiera con una llave, si el edificio está vacío, un sábado, un domingo, un martes de agosto.

Y también, dos minutos cada primera visita, la paciente a la que dejo sola cuando salgo a por agua.

Puse los tres supuestos en el cuaderno y al lado de cada uno escribí lo que había que hacer para comprobarlo.

Preguntar a la empresa de limpieza. Es decir: contárselo a un encargado, que se lo contará a dos trabajadoras.

Poner una cámara en mi propia consulta. Es decir: grabar a veintitrés pacientes sin su consentimiento, cometer una infracción deontológica de las gordas y generar, de paso, un archivo que cualquiera podría pedirme.

Cambiar la cerradura de la planta. Es decir: avisar a quien esté entrando de que lo sé.

Tres puertas y las tres dan al mismo sitio.

Había una cuarta cosa y me llevó media hora entenderla.

Si alguien viene a cambiar una pila, tiene que venir a horas en las que no haya nadie.

Yo tengo las mías. Los martes y los jueves salgo a las nueve y media. Los lunes cierro a las siete. En agosto la consulta estará vacía diecinueve días.

Esos horarios no están en internet.

Están en la agenda de papel que llevo en el bolso, en la cabeza de Nuria, y en las frases que digo por teléfono en esta habitación.

Después hice el balance, y esto es lo que decidió la noche.

Aquel aparato es lo único que tengo.

Es lo único que existe en el mundo que no está fabricado por mí.

Todo lo demás lo he tocado yo: el libro subrayado lo saqué de un piso, los dos adaptadores los abrí con un destornillador, la cronología la mecanografié, el extracto lo redacté.

Cada objeto de este caso ha pasado por mis manos antes que por las de nadie, que es literalmente el argumento que un día va a usar alguien contra mí.

Este no. Este está donde lo puso quien lo puso, con su cinta de doble cara y su hilo hacia la costura, y funciona.

Y hay algo más, que tardé en formular porque es de las cosas que uno no dice ni estando sola en un edificio vacío.

Ese micrófono es una vía.

Llevo seis semanas hablándole a la policía, a mi marido, a mi editora, a un formulario anónimo y a un cuaderno. Le he hablado a todo el mundo menos a la única persona que me escucha.

Me levanté, fui a la puerta y la cerré con llave por dentro, cosa que no había hecho nunca. Volví. Me senté. Me puse recta.

Y entonces —esto lo cuento tal como fue y sé lo que parece— hice lo que hago cuando entra alguien nuevo por esa puerta.

Miré el reloj y establecí el encuadre.

—Buenas noches. —Hablé a la habitación, en el tono normal, sin levantar la voz—. Son las doce y cuarto de la noche del domingo, dos de agosto. Me llamo Inés Beltrán y esta es mi consulta.

Esperé lo que se espera. Cinco segundos.

—Sé que hay un micrófono debajo de esa butaca. Lo encontré el viernes. No lo he tocado, no lo voy a tocar y no he llamado a nadie.

Otra pausa. Más larga.

—No sé si me está oyendo ahora o si me va a oír mañana. Me da igual. Voy a hablar unos minutos, así que póngase cómodo, que en esta habitación es lo que se hace.

Y ahí me temblaba la voz, porque una cosa es decidirlo y otra oírse.

—Llevo dos meses intentando averiguar quién es usted.

Me ha ido mal. También he intentado que me protegieran, y eso me ha ido peor: hay una mujer de cincuenta y ocho años con la mano rota, hay una señora que limpia mi casa a la que le tomaron las huellas delante de su marido, y hay una chica de veintiséis años que ha pedido cambio de destino. Ninguna de las tres tenía nada que ver.

Miré la butaca vacía. Es una cosa que hago cuando escucho: mirar el respaldo, un palmo por encima del hombro del que habla.

—Así que le propongo otra cosa. Deje de hablar con las personas que tengo alrededor y hable conmigo. Estoy aquí los martes y los jueves a partir de las nueve de la noche, cuando el edificio está vacío. No voy a grabar, no voy a llamar a nadie y no voy a poner cámaras.

Y al final, porque no supe terminar de otra manera y porque llevaba veinte años terminando así:

—Usted verá lo que hace con esto. Yo voy a estar.

Y después dije lo último, que no estaba preparado.

—Una cosa más. La chica.

Esperé. No sé por qué esperé, porque llevaba diez minutos hablando con una butaca.

—No sé qué le ha hecho ni dónde está. No se lo estoy preguntando. —Me oí la respiración—. Solo quiero que sepa que yo tampoco la he encontrado. Por si le sirve de algo.

Apagué la lámpara y bajé por la escalera, y en el rellano del garaje me quedé un rato delante de la bandeja de acero, con la luz de los noventa segundos apagándose y volviéndose a encender porque le daba al interruptor sin darme cuenta.

Lo que había hecho arriba tiene un nombre técnico y ese nombre está en mi propio libro, en el capítulo quince, donde explico por qué no debe hacerse nunca.

Se llama establecer contacto con el agresor.

Escribí ochocientas palabras sobre por qué toda víctima siente en algún momento el impulso de negociar directamente.

Escribí que ese impulso no es debilidad: es lógica.

Que cuando el sistema no responde, la víctima busca al único interlocutor que sí responde.

Y escribí que hacerlo convierte el acoso en una relación, y que a partir de ese punto la persona ya no está siendo perseguida.

Está siendo tratada.

Llegué a casa a la una y diez. Álvaro dormía.

Me senté en el borde de la cama a quitarme los zapatos y estuve así un rato, con un zapato en la mano.

Lo que me tenía despierta no era lo de arriba. Era una frase que llevaba dando vueltas desde el rellano del garaje y que a la una de la mañana ya venía entera.

Yo había hablado durante doce minutos con la persona que le rompió una mano a Nuria Elorza. Le había ofrecido dos días por semana y una hora fija. Le había dicho «póngase cómodo». Y en ningún momento de esos doce minutos le había preguntado por Nuria.

Le pregunté por la chica. Le hablé del acuerdo. Le expliqué mi situación.

De la mujer que lleva veinte años sentada a cuatro metros de mi puerta, y a la que operaron de tres metacarpianos, no dije el nombre.

Es lo primero que se les nota a los que negocian con alguien: dejan de nombrar a los que se quedaron por el camino.

Me acosté y me dormí en diez minutos.