A quien se lo cuentes 26. Barrido
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26. Barrido

Barrido

El sábado por la mañana fui a una tienda de la calle Barquillo que vende cámaras diminutas, cajas fuertes de libro y aparatos para grabar reuniones.

Elegí un detector de radiofrecuencia de trescientos cuarenta euros, con sonda de campo cercano y un modo de barrido lento que el chico me recomendó porque, dijo, la gente va deprisa y por eso no encuentra nada.

—¿Es para un despacho?

—Para una casa.

—¿Y sabe usted lo que busca?

—No.

—Entonces le va a pitar el router treinta veces. —Sacó el aparato de la caja para enseñarme el dial—. Apáguelo todo. Todo es todo: móviles, tele, microondas, la báscula esa que se conecta. Y luego vaya despacio.

Pagué en efectivo.

Lo he pensado muchas veces desde entonces. Trescientos cuarenta euros en billetes, en un mostrador, un sábado por la mañana, sin ticket a mi nombre. Yo llevaba seis semanas explicando a la policía que quien me hacía aquello compraba prepagos en efectivo.

Y esta es la parte que no se cuenta de los indicadores de la diapositiva veintidós: que la conducta que te delata no la eliges por astucia. La eliges porque cuando alguien te está escuchando, lo primero que haces, sin pensarlo, es dejar de dejar rastro.

Empecé a las cinco de la tarde y Álvaro estaba en un partido de pádel.

Apagué el router, el móvil de los dos, la tele, la barra de sonido, el altavoz de la cocina, la báscula del baño y el termostato. Bajé la persiana del salón para no tener reflejos en la pantalla del aparato.

Empecé por la entrada y fui despacio, como me dijo el chico. Zócalo, marco de la puerta, el cuadro del pasillo, el interruptor doble, el armario de los abrigos.

Nada en el recibidor. Nada en el salón. Nada en la cocina.

En el despacho pitó a los cuatro minutos, y era el portátil de Álvaro, que tiene el bluetooth encendido y no lo apaga nunca.

En el dormitorio pitó a los diez segundos.

Detrás de mi mesilla, en la base doble del rodapié, seguía el adaptador blanco de tres tomas con las dos superiores vacías.

Lo desenchufé.

El aparato dejó de pitar y siguió pitando, que es una cosa que suena imposible y que significa que había dos señales. La segunda salía de dos metros más allá, del enchufe de detrás del sillón de leer, donde Álvaro carga el reloj.

Un segundo adaptador blanco. Idéntico.

Me senté en el suelo del dormitorio con los dos en la mano, que ya es una postura que iba conociendo.

Después los abrí, y esto lo hice mal y lo sé: hay que fotografiar, embolsar y llamar.

Yo tenía en la mano los dos únicos objetos del mundo que demostraban que alguien había entrado en mi casa y los abrí con un destornillador de precisión de los de las gafas, en el suelo de mi habitación, un sábado a las seis menos veinte de la tarde.

Dentro había una placa, un micrófono del tamaño de una cabeza de alfiler y una batería plana.

No tenían tarjeta. No tenían memoria de ninguna clase.

Eso significa una cosa concreta y tardé cuarenta minutos y dos foros en entenderla: no grababan. Transmitían. Son emisores de radio de corto alcance, de los que se compran por ochenta euros el par, con un radio útil de cien o ciento cincuenta metros en un edificio, y necesitan un receptor cerca.

Cerca quiere decir en la calle. En un coche aparcado. En el portal de enfrente. En un piso del mismo bloque.

Y necesitan pilas. La autonomía de esas baterías, según el fabricante, es de entre quince y veinte días en modo continuo.

Las dos estaban agotadas.

A ahora viene lo que la tarde se convirtió en otra cosa.

Cogí el calendario y me puse a contar hacia atrás, que es lo que hago.

Entraron en casa el miércoles diez de junio. Ese día pusieron los dos aparatos. Quince a veinte días de autonomía dan una ventana que se cierra entre el veinticinco y el treinta de junio.

Científica vino a mi casa el miércoles primero de julio.

Levantaron huellas del bombín, del marco, de las ventanas, de la estantería, del libro, del canto de mi mesilla y de la base del enchufe del dormitorio. Fotografiaron el adaptador y lo dejaron donde estaba, con dos líneas en el acta: se observa, se fotografía, no se recoge.

Tres personas de la policía científica estuvieron dos horas y veinte minutos en mi casa, a un metro de dos micrófonos, y no encontraron nada porque no había nada que encontrar: para entonces aquellos dos aparatos llevaban entre uno y seis días muertos.

Se me ocurrieron dos explicaciones. Me pasé el resto de la tarde con ellas.

La primera es la mala suerte. Las pilas se agotan cuando se agotan y el que las puso no volvió a cambiarlas porque cambiarlas exige volver a entrar, y volver a entrar en una casa donde ya se ha denunciado un allanamiento es una tontería que no hace nadie.

Es una explicación buena. Es, probablemente, la verdadera.

La segunda me la quité de encima varias veces y volvió otras tantas. A las ocho la escribí en el cuaderno para dejar de discutir conmigo.

Yo dije en voz alta, en mi casa, que la policía iba a venir a hacer una inspección ocular. Lo dije el lunes veintinueve de junio, en la cocina, hablando con Álvaro. Le dije el día y le dije la hora y le dije que había que dejar la casa como estaba y no tocar nada.

Y también lo dije en mi consulta, por teléfono, con Ruth, delante de una butaca.

El coche estaba limpio. Lo barrí el domingo por la mañana, en el garaje, con el manual encima del salpicadero.

Bajos. Pasos de rueda. Hueco de la rueda de repuesto. Debajo de los dos asientos delanteros. Guantera. Maletero. Los reposacabezas de atrás, que es donde dice el manual que la gente no mira.

Cuarenta minutos. Nada.

Y esto lo escribo porque en aquel garaje entendí una cosa que no había entendido en cuatro meses.

A esa persona no le interesa dónde voy.

Le interesa lo que digo.

Después subí y me senté en la cocina con el calendario delante y hice la última cuenta, que es la que de verdad me interesaba y la que no le he enseñado a nadie.

Dieciséis días.

Del diez al veintiséis de junio, alguien escuchó mi casa.

Escuchó a mi marido preguntándome si estaba bien.

Escuchó lo que le contesté. Escuchó las tres noches que me levanté a las cuatro.

Escuchó a Álvaro llamando a Damián por lo del portal, y a Ana desde Rotterdam, y una conversación de veinte minutos sobre si íbamos a Cadaqués en septiembre.

Escuchó cómo se ríe mi marido en su propia casa.

Y escuchó, el veintitrés por la noche, una conversación en la cocina en la que Álvaro me preguntó por qué le había contado solo la mitad.

Hice el listado. Está en el cuaderno, en dos páginas, con las fechas a la izquierda.

Once de junio. Álvaro llama a Damián, el portero. Le pregunta si ha venido alguien preguntando por nosotros.

Doce. Yo hablo con el cerrajero por teléfono. Le doy la dirección, el piso y la hora.

Trece. Discutimos lo de la cámara del recibidor. Digo en voz alta que no quiero vivir grabada. Digo por qué.

Quince. Llamo a Bermejo. Doy dos tonos. Cuelgo.

Dieciséis. Hablo con Ana, en Rotterdam, desde el salón. Le digo que probablemente fue un robo que salió mal.

Diecinueve. Llamo a Ruth para preguntarle por el oficio de las cámaras de Amaniel.

Veintitrés. Cocina. Álvaro me pregunta por qué le conté solo la mitad.

Veintinueve. Cocina. Le digo el día y la hora a la que viene científica.

Y todos los días de esos dieciséis, entre las once y las doce de la noche, yo dicto las notas de las sesiones del día en el dictáfono, sentada en el sillón de leer.

Que es donde estaba el segundo aparato.

Guardé los dos aparatos en una bolsa de congelados, con la fecha escrita en el cierre, y la metí en la caja fuerte del despacho de Álvaro, junto al segundo cuaderno.

Antes los fotografié. Veintiséis fotos, con una moneda al lado para la escala, sobre un folio blanco, encima de la mesa de la cocina. Anverso, reverso, interior, la placa, el número que lleva grabado la placa. La hora del móvil sale en los metadatos.

Es un trabajo impecable y no vale nada, porque las hice yo, después de abrirlos yo, en mi casa y sin nadie delante.

Lo sé mientras las hago. Ese es el detalle. Estoy fotografiando con una moneda de referencia unas pruebas que ya he destruido, y lo hago igual, y lo hago bien, porque hacer bien las cosas es lo último que se pierde.

No llamé a Ruth. Ya no hacía falta razonarlo mucho: dos micrófonos abiertos con un destornillador de gafas por la denunciante, sin fotografiar, sin embolsar y sin testigos, en una casa donde científica no encontró nada tres semanas antes.

Álvaro llegó del pádel a las nueve, con la bolsa al hombro, y me encontró sentada a oscuras.

—¿Y esto?

—Se me ha ido la luz un momento.

Encendió. Dejó la bolsa en su sitio y las llaves en el cuenco, y alineó el cuenco con el borde de la cómoda.

Toda mi vida profesional se sostiene sobre una idea que he defendido en dos libros: que quien acosa va siempre un paso por detrás de la víctima, porque reacciona a lo que ella hace.

Aquella persona no iba un paso por detrás.

Llevaba tres semanas por delante y había apagado las luces antes de que yo entrara en la habitación.