A quien se lo cuentes 25. Debajo de la butaca
45%

25. Debajo de la butaca

Debajo de la butaca

El viernes por la tarde, a las siete y diez, una paciente perdió un pendiente.

Viene desde marzo y tiene sesenta y dos años. Estuvo dos minutos buscándolo por el suelo. A la gente le entra una desesperación desproporcionada cuando pierde algo pequeño en un sitio donde acaba de contar algo grande. Le dije que ya lo buscaría yo. Se fue a las siete y cuarto.

Me puse a cuatro patas en el parqué, entre la mesa baja y la butaca de enfrente, y encendí la linterna del móvil.

El pendiente estaba contra la pata trasera derecha.

A treinta centímetros había otra cosa.

En la cara inferior del asiento, en el ángulo donde el tapizado se grapa al armazón. Negra. Del tamaño de una moneda de dos euros. Sujeta con cinta de doble cara. Con un hilo fino saliendo hacia la costura.

Me quedé debajo de la butaca un tiempo que no puedo calcular. Tengo la sensación de que fueron dos o tres minutos. Álvaro, cuando se lo conté meses después, dijo que seguramente fueron veinte segundos, y probablemente tenga razón, porque él sabe cómo funciona esto y yo aquella tarde no.

No lo toqué. Eso lo hice bien y es lo único que hice bien.

Salí de debajo, me senté en el suelo con la espalda contra la pared, apagué la linterna y me quedé mirando la butaca desde abajo, que es un ángulo desde el que no había visto nunca mi propia consulta.

Y a partir de ahí funcioné bien. Quiero decir: mi cabeza funcionó bien, deprisa y en orden, como funciona siempre, y lo que hizo fue llevarme exactamente a donde me llevó.

Primera salida: Ruth.

Cojo el móvil, la llamo, viene una patrulla y en dos horas hay una inspección ocular en mi consulta con científica levantando un dispositivo de escucha del tapizado de una butaca.

Y entonces Peiró abre la carpeta y escribe.

Porque un micrófono en la consulta de una psicóloga no dice quién lo puso.

Dice que estaba ahí. Y en el expediente que se está construyendo desde hace seis semanas, ese objeto entra en una casa donde ya hay una cerradura sin marcas, un audio que no existe, un piso vacío en Vallecas del que solo yo he entrado y salido, y un portal en Pacífico donde sonaba mi voz.

Un micrófono que aparece a los seis días de que me pidan la historia clínica de 2013 no es una prueba de que me vigilan.

Es una prueba de que tengo acceso al lugar donde apareció.

Además de eso —y esto lo pensé después, sentada en el suelo, y me pareció casi cómico— si ese aparato se levanta y se analiza, alguien va a preguntar qué se ha grabado. Y lo que se ha grabado en esa habitación durante las últimas semanas incluye siete sesiones de una mujer que no existe.

O no las incluye.

Y no sé cuál de las dos cosas me daba más miedo.

Segunda salida: quitarlo yo.

Lo arranco, lo meto en una bolsa y lo guardo con el libro subrayado, en el sobre de radiografías, entre las carpetas de 2016.

Dos objetos manipulados por mí, sin testigos y sin cadena de custodia. Un perito tarda noventa segundos en explicar lo que eso vale.

Y hay algo peor, que es lo que decidió la cuestión: si lo quito, la persona que lo puso sabe, en el mismo minuto, que yo lo he encontrado.

Y esa persona lleva seis semanas demostrándome, una por una, lo que le pasa a la gente que se acerca a mí cuando yo tomo una decisión.

Tercera salida: Álvaro.

Esa la descarté antes de terminar de formularla, y esa es la única de las tres que no descarté con la cabeza.

Después me levanté del suelo y encendí la lámpara de pie y me senté en mi butaca, la de siempre, la de espaldas a la ventana, a un metro y veinte de la otra.

Y empecé a contar hacia atrás.

El micrófono está sujeto con cinta de doble cara al armazón. Para ponerlo hay que estar solo en esta habitación y hay que estar en el suelo, boca arriba, con las dos manos, un minuto largo.

En esta habitación se queda sola una persona: la que viene a sesión, cuando yo salgo a por agua.

Yo salgo a por agua en las primeras visitas. Es una técnica mía y la enseño en el módulo tres: se sale dos minutos con una excusa doméstica y se observa qué ha cambiado al volver.

El nueve de mayo salí dos minutos.

Cuando volví, el bolso estaba en la otra mano y la butaca de los pacientes se había movido dos dedos hacia la mesa baja, y yo lo anoté como signo de hipervigilancia, y era una anotación correcta, y es la anotación por la que se cae toda mi vida.

Siete sesiones. Cuarenta y dos días.

Y no solo las sesiones de ella.

Aquí hice la cuenta larga, con el cuaderno, y me llevó veinte minutos porque hay que ir día por día.

Veintitrés pacientes. Cuarenta minutos de media, dos o tres veces al mes cada uno. La del pendiente, contando por qué no habla con su hijo. Un hombre de cuarenta y cuatro que canceló. La chica de los martes a las cinco, que tiene diecinueve años y una historia que no voy a poner en ningún sitio.

Todo lo de cuarenta y dos días lo ha oído alguien.

Y en el minuto siguiente hice la cuenta que de verdad importaba, que es más corta.

El jueves veintidós de mayo, a las seis y media de la tarde, Nuria se sentó en la butaca de los pacientes con la carpeta del peritaje. Dos dedos girada hacia la mesa baja. A treinta centímetros del armazón.

Y yo le conté, en cuatro minutos, que había una paciente a la que le pasaban cosas, y que las personas que se le acercaban tenían accidentes, y que ella no debía existir para esa chica.

Todo este tiempo yo he creído que aquel jueves alguien se enteró de que yo había hablado.

No fue eso.

Aquel jueves alguien me oyó decirlo.

Después hice el inventario. Lo hice en el cuaderno, de pie, apoyada en la mesa alta.

Lo que se ha dicho en esta habitación desde el nueve de mayo:

Siete sesiones con ella. Cinco horas y media.

Ciento nueve sesiones con otras personas. Setenta y tres horas.

Cuatro minutos con Nuria, el jueves veintidós.

Dos conversaciones telefónicas con Ruth Salgado. Una es la del informe de científica. La otra es la del viernes, cuando le dije que la paciente había desaparecido.

Una conversación telefónica con Delia, llorando, después de que fueran a su casa.

Una llamada de Marga sobre el uno de octubre.

Cuatro llamadas mías a un número que ya no existe.

Y las notas. Las notas del dictáfono no, porque esas las dicto en casa. Pero cuando repaso una ficha en voz alta antes de una sesión, la repaso aquí.

Cerré el cuaderno.

Hay una cosa que le digo siempre a la gente que descubre que la han estado escuchando, y se la digo porque es cierta y porque ayuda: que lo peor no es lo que oyeron. Que lo que oyeron ya pasó y no se puede cambiar.

Que lo peor es el minuto siguiente, cuando te das cuenta de que vas a tener que decidir cada palabra que digas a partir de ahora.

Nunca se lo había dicho a nadie de pie en mi propia consulta a las ocho y media de un viernes.

Cerré la consulta a las nueve y media.

Antes de irme hice una cosa sin ninguna justificación técnica. Me agaché otra vez y encendí la linterna.

Estaba bien puesto. Lo había puesto alguien tumbado en mi suelo, con las dos manos y sin prisa.

Negro. Dos euros de diámetro. Cinta de doble cara. Un hilo hacia la costura.

Después apagué la linterna, apagué la lámpara y salí.

No llamé a Ruth. No llamé a Álvaro. No arranqué nada.

Bajé al garaje, pasé por delante de la bandeja de acero, cogí el coche y me fui a mi casa a cenar con mi marido, y le pregunté qué tal le había ido el día, y él me lo contó.

Cenamos ensalada y una tortilla que hizo él. Me contó que el socio que quiere jubilarse por fin lo había dicho en voz alta, en una reunión, y que le habían aplaudido, y que llevaba dos años esperando ese aplauso.

Me lo contó entero, con las frases del socio y con quién había dicho qué.

Yo le hice tres preguntas y me reí donde tocaba, y en algún momento de la cena me di cuenta de que llevaba veinte minutos escuchando a mi marido hablar de su trabajo sin pensar en otra cosa, y de que eso no me pasaba desde mayo.

Fregamos. Se fue a la cama antes que yo.

Y yo me quedé en la cocina con la luz del extractor encendida, sentada, con las manos en la mesa.

Es la primera noche en seis semanas que no tuve miedo.

He pensado mucho en eso y creo que ya sé por qué. Aquella tarde, debajo de una butaca, dejé de estar delante de algo que no entendía. Un aparato negro de dos euros de diámetro es una explicación. Explica lo de Nuria, explica el orden de los días, explica por qué nadie forzó nada.

Descansé como se descansa cuando por fin te dan un diagnóstico.

Sin acordarme de que un diagnóstico no cura nada.

Llevo doce años diciéndoles a las mujeres que lo peor del acoso no es el miedo, que es la soledad, y que la soledad no la produce el que acosa: la produce cada decisión pequeña que la víctima toma para proteger a los demás.

Aquella noche tomé la mía y la tomé entera y despierta.

Y a la mañana siguiente volví a abrir esa puerta a las nueve, y a las nueve y media entró una paciente y se sentó donde se sienta siempre, y yo la escuché durante cincuenta minutos.