24. Cotejo
Cotejo
Un cotejo es un procedimiento aburrido. Se ponen dos documentos al lado y se va línea por línea anotando dónde dicen cosas distintas. Lo he hecho en once causas y siempre encuentro lo mismo: que la gente no miente en los hechos grandes, que miente en las fechas y en los verbos.
El domingo por la tarde me hice un cotejo a mí misma.
Empecé a las cuatro y terminé a las diez y media. Salieron nueve entradas. Las copio, porque las tengo delante y porque decir esto con mis palabras de ahora sería suavizarlo.
Uno. La entrada. En el libro, Marta llega derivada por su médico de atención primaria. En la realidad, Sonia llamó a un fijo diciendo que la mandaba una compañera que no existía. Cambié la puerta de entrada porque una derivación médica da respetabilidad al caso.
Dos. Las fechas. En el libro, el contrato editorial se firma en 2014, cuando el tratamiento ya ha terminado. En la realidad se firmó en marzo de 2013, con la paciente viniendo los martes a las siete.
Tres. Las grabaciones. En el libro no se mencionan. En la realidad hay ciento diez minutos de cinta por semana durante cinco meses, con consentimiento firmado.
Cuatro. La sesión del veintitrés de abril. No está. La escena de aquella sesión —la muerte de D., el duelo ambivalente— se cuenta en el libro con una paciente que no aporta ni un solo dato sobre cómo murió. Suprimí la frase del maletín. Suprimí la frase de la grabadora.
Cinco. La denuncia de la mujer de D. En marzo de 2013, la esposa de Daniel Sanz presentó una denuncia por acoso contra una empleada de la empresa de su marido.
Se archivó en junio. Yo lo supe en 2014.
En el libro no aparece, y en su lugar hay un párrafo sobre cómo el entorno del agresor protege al agresor.
Seis. El orden. En el libro, la desaparición de Marta es consecuencia del acoso: una mujer a la que el sistema no protegió.
En la realidad, Sonia desapareció seis meses después de la muerte de Daniel Sanz, en octubre, tres semanas después de que yo le entregara a la editorial el primer borrador completo.
Siete. El expediente. En octubre de 2013 pasé a limpio la historia clínica entera. La reescribí en dos noches. Cambié once anotaciones y eliminé cuatro. La versión que existe hoy, la que se archivó con mi firma y con la fecha original, es esa.
De las once, dos son las que importan y las pongo aquí con la redacción vieja y la nueva, porque es lo único que puedo hacer que se parezca a decir la verdad.
Donde ponía paciente introduce detalle no verificado sobre la escena (posición del maletín). Explorar origen de la información , hoy pone: paciente refiere comentarios del entorno laboral sobre el fallecimiento. Se trabaja impacto .
Y donde ponía pregunta por la ubicación de las cintas. Segunda vez , hoy no pone nada.
Tardé dos noches y usé el mismo bolígrafo que usaba en 2013, que todavía estaba en el bote, y esperé a que el papel tuviera el mismo tacto poniéndolo debajo de la lámpara.
Eso no es un error de diagnóstico y tampoco es un silencio.
Eso es un oficio.
Ocho. La causa de la desaparición. El libro no afirma que Marta se quitara la vida.
Lo sugiere en tres sitios, en tres frases construidas con mucho cuidado, y termina con una que las remata: «El mar no devolvió respuestas.
» Yo escribí esa frase sabiendo lo que iba a hacer con ella. Es la frase más citada de mi obra.
Nueve. El cuerpo. No apareció. En el libro esto es una tragedia. En mi cabeza, desde octubre de 2013, ha sido otra cosa que no me he permitido nombrar hasta hace dos semanas.
Terminé el cotejo y estuve un rato sin moverme.
Después hice lo que llevo veinte años haciendo cuando un caso me supera, que es ponerlo en tercera persona.
Sujeto: mujer de treinta y siete años, profesional, sin antecedentes.
Hechos: elabora y publica un caso clínico obtenido de una paciente que, con alta probabilidad, es responsable de la muerte de un tercero; suprime en el manuscrito la información que apuntaba a esa responsabilidad; altera con posterioridad la historia clínica; obtiene de ello beneficio profesional, económico y reputacional sostenido durante doce años.
Atenuantes: en el momento de los hechos no existía certeza, sino sospecha. La sospecha no se comunicó a nadie. La paciente desapareció.
Agravantes: la sujeto es especialista. La sujeto ha construido su autoridad sobre ese caso. La sujeto ha ejercido durante doce años como perito en causas ajenas del mismo tipo.
Pronóstico: malo.
Es un informe correcto. Si me lo trae un residente, le pongo un ocho.
El lunes por la mañana Ruth me llamó para citarme el jueves, otra vez con Peiró, «para ampliar lo del atestado de 2013».
—Trae lo que tengas del caso —dijo—. Historia clínica, notas, lo que sea.
—La historia clínica de 2013 no es del caso de ahora.
—Inés. —Una pausa de esas que ella hace y que valen por un párrafo—. Ahora sí lo es.
Colgué y me quedé sentada.
Y aquí está la decisión, y quiero que quede escrita en el sitio que le corresponde, que es este y no el final.
Yo, aquel lunes, no estaba atrapada.
Tenía una salida. Consistía en llegar el jueves a las diez, sentarme delante de Peiró y decir la frase entera: que Sonia Vidal no era una víctima, que yo lo supe o lo intuí en abril de 2013, que reescribí el expediente en octubre y que llevo doce años dando conferencias sobre una historia que no ocurrió como la cuento.
Calculé lo que costaba, porque lo sé calcular.
Costaba el colegio profesional y la habilitación.
Costaba once causas revisadas, y con ellas la libertad de dos hombres que están donde tienen que estar.
Costaba las once páginas de Ruth y once años de trabajo con ella.
Costaba el libro, la serie, el anticipo de febrero y la carrera de Marga en su editorial.
Costaba a Álvaro, y eso lo puse aparte y no lo cuantifiqué.
Y costaba, sobre todo, una cosa que aquel lunes vi con una claridad que no he vuelto a tener: que si yo digo la verdad, entonces todo lo que está pasando ahora —Nuria, la cerradura, el audio, el portal de Fernán Núñez— pasa a ser el castigo lógico de una mujer que hizo algo, y no el ataque de un desconocido contra una inocente.
Deja de ser un caso. Se convierte en una consecuencia.
Y a las mujeres que son consecuencia de algo no las investiga nadie.
Ese fue el argumento. Ese fue el bueno, el que me convenció, y tiene la forma exacta de un argumento profesional, y es el que llevo desde entonces sin poder desmontar del todo, porque tiene una parte de verdad y la parte de verdad es la que lo hace insoportable.
El martes por la tarde bajé al armario de las historias, abrí con llave y saqué la carpeta de 2013.
Ciento cuarenta páginas. Mi letra de hace doce años, más redonda. Las fechas correctas. Las once anotaciones cambiadas y las cuatro que faltan.
La miré un rato largo.
Después la volví a meter en la balda, entre el sobre de radiografías y las carpetas de 2016, y cerré con llave.
El jueves llevé a Ruth la historia clínica completa de Sonia Vidal Aranguren, ciento cuarenta páginas, con su firma en el consentimiento de la primera visita.
La entregué yo misma, en mano, con acuse.
Peiró me dio las gracias por la colaboración.
Aquella noche saqué el tercer cuaderno, el de encima, el que llevo en el bolso, y escribí una entrada larga que empieza así:
Hoy he entregado ciento cuarenta páginas escritas por mí en octubre de 2013. Las he entregado a la policía, en mano, en una investigación abierta.
Debajo escribí la lista de lo que eso significa en derecho, que Álvaro me habría explicado en cuatro minutos si se lo hubiera preguntado y que busqué yo sola en internet a las dos de la mañana como quien busca un síntoma.
Y debajo del todo, la línea que llevaba dos días formándose:
He dejado de ser una mujer que ocultó algo hace doce años. Desde las diez y cuarto de esta mañana soy una mujer que lo está ocultando ahora.
Al principio se miente para que no se sepa algo.
Después se miente para sostener las mentiras anteriores, que es un trabajo distinto y a jornada completa.
Y llega un punto, que yo crucé un jueves por la mañana en una mesa de formica con una relación de documentos por duplicado, en el que ya no estás protegiendo lo que hiciste.
Estás protegiendo a la persona que has sido desde entonces.
Y esa tiene once años de amistad con la inspectora que lleva tu caso, y una firma que ha ido debajo de la suya en dos juicios.