A quien se lo cuentes 23. Marta
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23. Marta

Marta

Empiezo por el dato que nadie sabe y que no sale en el libro: yo no fui a buscarla. Ella vino.

Se llamaba Sonia Vidal Aranguren. Treinta y un años. Trabajaba en la administración de una empresa de instalaciones eléctricas, con doce empleados, en un polígono de Vicálvaro.

Vino cuatro días después. Se sentó en el borde de la butaca con el bolso cerrado en el regazo, las dos manos encima, y dijo que su jefe llevaba catorce meses sin dejarla en paz.

Yo tenía treinta y seis años y una consulta con dos pacientes fijos y una sala alquilada por horas.

Esto hay que decirlo porque explica el resto.

En 2012 yo no era nadie. Había hecho el doctorado, había trabajado cuatro años en una fundación que cerró, y llevaba desde 2009 con una propuesta de libro en un cajón que tres editoriales me habían devuelto con la misma frase, que era: es un tema importante pero le falta un caso.

Le falta un caso.

Sonia venía los martes a las siete. Pagaba en efectivo. En cinco meses no llegó tarde ni una vez.

Y contaba la mejor historia que yo había oído nunca.

Voy a poner una escena, porque las escenas explican mejor que los adjetivos.

Segunda sesión, noviembre de 2012. Le pregunto cómo empezó. Y ella, en vez de contestarme, me pregunta si puede empezar por el final.

—Por el final, ¿de qué?

—De lo que va a pasar. —Ni se movió—. Porque yo ya sé cómo acaba esto. Acaba conmigo fuera de la empresa y con él contándolo en el bar de abajo.

Y yo me quedé con el bolígrafo levantado.

Porque las víctimas no anticipan así. Las víctimas anticipan mal, en bucle y en catástrofe. Aquella mujer estaba haciendo un pronóstico y el pronóstico era técnicamente impecable.

Lo apunté como sofisticación cognitiva preservada, que es una cosa buena, que indica que la persona conserva recursos, y escribí al lado, con una flecha: material excelente.

Esa flecha es lo primero que hice mal.

No lo digo con cinismo. Lo digo técnicamente: era el caso más completo que había pasado por mis manos.

Estaba todo. La escalada por fases, la invasión progresiva, el aislamiento laboral, la construcción del descrédito, la culpa desplazada, el vocabulario del sometimiento.

Yo iba encontrando en aquella habitación, una por una, todas las piezas que había leído en la bibliografía anglosajona y que en España no había descrito nadie.

Grabé las sesiones. Con su consentimiento por escrito, en un folio que firmamos las dos y del que ella se llevó copia.

Y en marzo de 2013 mandé la propuesta otra vez, con quince páginas de material anonimizado.

La aceptaron en once días.

Me llamó una editora que no era Marga, que entonces no existía en mi vida, y me dijo tres cosas que recuerdo palabra por palabra.

Que el material era extraordinario. Que hacía falta el caso entero, de principio a fin, con evolución y con desenlace. Y que si podíamos tenerlo para el otoño siguiente, saldría en marzo.

Colgué y me quedé de pie en el pasillo de Espronceda.

Y esa misma tarde, a las siete, entró Sonia por esa puerta y se sentó, y yo hice mi trabajo durante cincuenta minutos exactamente igual de bien que la semana anterior.

Esto es lo que quiero que se entienda de aquel invierno, porque es lo que no entiende nadie: yo no la traté peor a partir de marzo.

La traté mejor. Le dediqué más tiempo, le devolví mejores formulaciones, le preparé las sesiones la noche anterior.

Fui, durante cinco meses, la mejor psicóloga que he sido nunca.

No hay nada más peligroso que un profesional que necesita que su paciente tenga razón.

La última sesión fue el uno de octubre de 2013.

Fue una sesión de cierre normal. Repasamos los cinco meses, hablamos de la vista pendiente por lo del despido, y quedamos en vernos después del verano siguiente para un seguimiento.

Cuando ya estaba de pie, con el abrigo puesto, Sonia me dijo una cosa que no he contado nunca a nadie y que llevo doce años sin poder colocar en ningún sitio.

Me dio las gracias por no haberle contado a nadie lo nuestro.

Yo entendí lo que se entiende. Que se refería al secreto profesional. Que era una mujer que había pasado por dos comisarías y por una empresa entera y que agradecía, por fin, una habitación en la que lo que se decía se quedaba dentro.

Contesté con la fórmula. Le dije que faltaría más, que ese es el trabajo.

Ella se quedó en la puerta un segundo más de lo que dura despedirse.

—Ya —dijo—. Pero es que usted lo va a escribir.

Y yo le dije que sí, con otro nombre y con otras fechas, y que se lo iba a enseñar antes.

—No hace falta. —Sonrió—. Escríbalo usted.

Diecinueve días después su coche apareció en un mirador.

Sobre Daniel Sanz, esto es lo que ella contaba.

Que había empezado con favores. Que la llevaba a casa.

Que le hacía regalos que ella no podía rechazar delante de los demás.

Que se presentaba en su portal. Que le mandaba mensajes de madrugada y al día siguiente los negaba delante de la plantilla.

Que le tocó el pelo dos veces en el almacén.

Que le dijo que si se iba de la empresa se ocuparía de que no encontrara trabajo en el sector.

Que estaba casado y que la mujer lo sabía y la odiaba a ella.

Denunció dos veces. Las dos se archivaron por falta de indicios. Yo la acompañé la segunda, en enero de 2013, y salí de aquella comisaría con una rabia que me duró tres años y que se convirtió en el capítulo veinte de mi libro.

En abril de 2013 mataron a Daniel Sanz en su portal.

Yo me enteré por ella. Vino el martes siguiente y me lo contó, sentada donde se sentaba siempre, con las manos donde las ponía siempre, y me dijo que no sabía qué sentir.

Trabajé eso con ella cinco sesiones. Duelo ambivalente ante la muerte del agresor. Está en el libro, con otro nombre y otras fechas, y es lo mejor que he escrito en mi vida.

En octubre de 2013 apareció su coche en un mirador de la costa de Cantabria, con las llaves puestas y el bolso en el asiento.

Y en 2014 se publicó «Todas las señales».

Ahora la otra parte.

En la tercera de aquellas cinco sesiones, la del veintitrés de abril, Sonia me contó cómo había muerto Daniel Sanz.

Me lo contó como se cuenta lo que a uno le han contado: que se lo había dicho una compañera, que en la empresa no se hablaba de otra cosa. Me dijo que lo habían golpeado en el portal. Me dijo que se le había caído el maletín. Me dijo que la policía pensaba que era un robo porque estaba todo tirado.

Y me dijo, con esas palabras: «Lo que no entiendo es lo de la grabadora. Dicen que estaba encendida.»

Yo llevaba seis meses grabando nuestras sesiones con una máquina exactamente igual.

Lo apunté aquella tarde. Apunté la frase, apunté que era la primera vez que la paciente introducía un detalle no verificado sobre la escena, y apunté que convenía explorar el origen de esa información.

No lo exploré aquella sesión. No lo exploré la siguiente. En junio dejé de apuntar cosas así.

Yo he explicado esto muchas veces —a mí misma, quiero decir, que es el único auditorio que he tenido en doce años— y siempre lo he explicado igual: que me di cuenta tarde. Que fui reconstruyendo despacio. Que cuando lo entendí, ella ya había desaparecido y el libro ya estaba en imprenta.

Es la versión que llevo doce años contándome y la sostengo aquí porque no sé contarlo de otra manera todavía.

Lo que sí sé, y lo que en aquel portal de Fernán Núñez me devolvieron a las diez menos cuarto de la mañana con una cinta en bucle, es esto:

Que en abril de 2013, en una habitación de la calle Espronceda, una mujer de treinta y un años me describió a mí, y solo a mí, la posición del maletín de un hombre al que acababan de matar.

Que la policía nunca publicó esa posición.

Que su compañera de trabajo no podía saberla.

Y que Sonia Vidal no fue nunca la víctima de Daniel Sanz.

Fue al revés desde el primer día.

Hay un momento, en algunos casos, en que uno deja de estar delante del cuadro y pasa a estar dentro.

Yo he acompañado a mucha gente en ese momento. Les digo siempre lo mismo: que reconocerlo no empeora nada, que lo que estaba pasando ya estaba pasando, que nombrarlo es lo único que devuelve un poco de suelo.

El domingo, en la cocina de mi casa, con Álvaro dormido y el extractor encendido, escribí en el cuaderno de encima la frase con la que llevaba doce años sin atreverme a empezar nada.

Durante doce años he escrito sobre el error que cometí con ella.

Esta vez no la borré.

Y luego escribí, debajo, lo que hacía trece años que no escribía en ningún sitio, ni siquiera en el margen:

Y no fue un error de diagnóstico.