22. Reconstrucción
Reconstrucción
Decía que en el portal del número once de la calle Fernán Núñez había una cosa rara y que tenía que ver con Inés Beltrán.
Colgó. Cabina no, que ya no hay. Prepago, apagado desde entonces.
Los vecinos del once oyeron la persiana de la frutería a las siete y media y no oyeron nada más. El portal no tiene cámara. La calle tampoco, salvo la de una sucursal bancaria a ochenta metros que enfoca su propio cajero.
En la sucursal hay grabación. En la grabación, en el borde izquierdo del encuadre, se ve un tramo de acera de metro y medio.
Entre las seis y las siete y media pasaron por ese metro y medio catorce personas. Cuatro llevaban bolsas. Ninguna llevaba un maletín.
A mí me llamaron a las nueve y veinte.
Fernán Núñez es una calle corta de Pacífico, con bloques de ladrillo de los setenta y una frutería en la esquina. El once tiene un portal estrecho con suelo de terrazo gris, doce buzones de aluminio a la izquierda y una segunda puerta de cristal a cuatro metros de la calle.
Había dos coches patrulla y una furgoneta. Ruth estaba fuera, con el móvil en la mano, y me vio bajar del taxi.
—No entres todavía.
—¿Qué hay?
—Mira, no sé cómo decirte esto. —Se apartó dos pasos de un agente—. No hay nadie. No hay sangre. No hay delito, en principio. Hay una especie de montaje.
—¿Montaje de qué?
—Eso es lo que te vamos a preguntar a ti.
Me dieron unos cubrezapatos y me dejaron pasar hasta el primer metro, no más, con un agente al lado y Ruth detrás.
Y lo vi.
Entre la puerta de la calle y la de cristal, en cuatro metros de terrazo gris, había cinco cosas.
Un maletín de cuero marrón, de los antiguos, de asa rígida, tumbado del lado izquierdo con el cierre abierto.
Un manojo de llaves a sesenta o setenta centímetros del maletín, hacia la puerta interior.
Una botella de vino tinto rota, no astillada: partida por el cuello, con el cuerpo entero y el vino ya seco, formando una mancha oscura que llegaba hasta el rodapié.
Un paraguas negro de hombre, cerrado, apoyado en vertical contra los buzones.
Y una grabadora.
Estaba en el suelo, junto a la pared de la derecha, a la altura de donde habría estado la cabeza. Era una microcasete de las de dictado, gris, con una pegatina blanca.
Estaba encendida y en bucle.
—Lleva sonando desde las siete y pico —dijo el agente—. No la hemos tocado, está a la espera de científica.
Se oía mal, con ese siseo de las cintas viejas, pero se oía.
Se oía a una mujer.
Decía: «Aquí no le puede pasar nada. Puede confiar en mí.»
Cinco segundos de silencio y otra vez. «Aquí no le puede pasar nada. Puede confiar en mí.»
Yo tenía treinta y seis años cuando dije eso.
Salí a la calle. Ruth salió detrás.
—Inés.
—Dame un minuto.
—No tengo un minuto. Tengo a doce vecinos asomados y a un juzgado que me va a preguntar qué es esto. —Se puso delante de mí—. ¿Esa voz es tuya?
—Sí.
—¿De cuándo?
—De hace trece años.
—¿Y qué hace ahí?
Y ahí está el momento en el que yo entrego, con mi propia boca, la soga entera.
Podría haber dicho que no lo sabía. Se me pasó por la cabeza y lo descarté en un segundo, no por decencia: porque las cintas de dictado se etiquetan, y aquella tenía pegatina, y en cuanto científica la levantara se iba a leer lo que ponía.
—Ruth, escúchame con atención, porque esto es largo y es preciso.
—Adelante.
—Eso de ahí dentro es la reconstrucción de la escena de una muerte de 2013.
Ruth no se movió.
—El maletín, las llaves, la botella y el paraguas están colocados exactamente donde estaban aquella noche.
El maletín volcado a la izquierda, con el cierre abierto.
Las llaves a setenta centímetros, hacia la puerta interior, no hacia la calle.
La botella partida por el cuello y no astillada.
El paraguas cerrado y de pie contra los buzones, que es lo raro, porque un hombre al que empujan no deja el paraguas de pie.
—¿Y la grabadora?
—Junto a la cabeza. Encendida.
Ruth tardó en hablar.
—¿La grabadora estaba encendida?
—Sí.
—Inés, ¿tú de dónde has sacado eso?
Lo que le dije está en su cuaderno y lo voy a copiar aquí igual, porque después he tenido que repetirlo cuatro veces y siempre lo he repetido igual.
Le dije: el hombre se llamaba Daniel Sanz Bermúdez.
Tenía cuarenta y cuatro años y una empresa pequeña de instalaciones.
Lo mataron en el portal de su casa, en Pacífico, el tres de abril de 2013, de un golpe en la cabeza.
La investigación lo trató como un robo con violencia que salió mal. Se archivó a los catorce meses.
Le dije: era el hombre del que hablaba mi primera paciente. El del libro. Al que en «Todas las señales» llamo D.
Le dije: yo tuve acceso al atestado.
Eso último es la frase que importa, y la dije con las mismas palabras con las que la he dicho siempre.
—¿Acceso cómo? —dijo Ruth.
—En 2014, cuando estaba escribiendo. Lo pedí para documentar el capítulo.
—¿Y te lo dieron?
—Me dejaron consultarlo.
—¿Quién?
—Ha pasado mucho tiempo.
Ruth apuntó eso. Apuntó despacio.
—¿Y la disposición de los objetos está en el atestado?
—Con fotografías.
—¿Y publicaste esos detalles en el libro?
—No. Ninguno. —Y aquí sí que fui exacta, porque es la única parte de aquella mañana que me exculpaba de verdad—.
En el libro no hay ni una línea sobre cómo estaba ese portal.
La muerte de D. ocupa media página y se cuenta como lo que se dijo entonces: un robo.
No hay maletín, ni botella, ni paraguas. Y no hay grabadora.
—O sea, que lo que hay ahí dentro no lo puede saber un lector.
—No.
—¿Y quién lo puede saber?
Se lo enumeré. La instrucción de 2013, entera: la comisaría, científica, el juzgado. La familia, si le enseñaron las fotos. Yo. Y quien estuvo allí aquella noche.
Ruth miró hacia el portal. Después me miró a mí, y por la manera en que lo hizo supe exactamente qué lista se estaba haciendo, porque me la estaba haciendo yo al mismo tiempo.
De todos los nombres de esa enumeración, el único que estaba en aquella acera un sábado a las diez menos cuarto era el mío.
Estuve cuatro horas en Fernán Núñez.
Me tomaron declaración de pie, en la calle, y otra vez por la tarde en la unidad, con Peiró delante y una grabadora encima de la mesa, esta digital y con la luz roja.
Me preguntaron cuatro veces por el acceso al atestado de 2013. Me preguntaron el nombre de la persona que me lo facilitó y yo dije que no me acordaba, que es la peor respuesta posible y era la única que tenía.
Me preguntaron si alguna vez había hablado en público de aquella escena. No.
En privado, la misma pregunta. Con mi marido, hace años, por encima.
Me preguntaron si conservaba copia de aquellas fotografías. No.
Me preguntaron si conservaba las cintas de las sesiones de 2013.
Y ahí les conté lo del robo de Espronceda, en agosto de hace once años, dos cajas de cuadernos y una caja de microcasetes, atestado con número, tasación de trescientos veinte euros, «documentación sin valor».
Peiró lo apuntó todo y al final dijo la única frase larga que le oí en dos semanas.
—Doña Inés, dígame si lo he entendido. Alguien ha montado en un portal la escena de un homicidio de hace doce años, con detalles que no se han publicado nunca, y ha puesto a sonar una cinta con su voz, que a usted se la robaron hace once años en un robo que se archivó. ¿Es correcto?
—Es correcto.
—Y usted es la única persona viva a la que le consta esa escena y a la que le faltan esas cintas.
—Eso no es una pregunta.
—No —dijo—. No lo es.
Salí a las nueve y diez de la noche. Álvaro me esperaba en el coche.
No me preguntó nada durante los primeros dos kilómetros, que es su manera de preguntarlo todo.
Yo iba mirando por la ventanilla y pensando en una sola cosa, y no era Peiró, y no era el maletín, y no era lo que me iban a hacer a partir de aquel sábado.
Era que quien montó aquello sabía dónde estaba el paraguas.
Y para saber dónde estaba el paraguas hay dos maneras. Una es haber visto las fotografías del atestado.
La otra es haberlo dejado allí de pie.
Hay una cosa más de aquel portal y la supe el martes siguiente, por Ruth, en dos líneas de un informe preliminar.
El maletín es un Piquadro de cuero marrón, modelo de asa rígida, descatalogado en 2016.
El de Daniel Sanz era ese mismo modelo.
Se lo pregunté directamente.
—¿Es el mismo?
—No lo podemos saber. —Ruth hablaba desde el coche—. No hay número de serie visible, la familia no conserva nada del efecto personal y el que aparecía en el atestado se devolvió en 2014.
—¿A quién?
—A la viuda.
—¿Y ella qué dice?
Hubo una pausa de las suyas.
—La viuda dice que hace once años le entraron a robar en el trastero y que se llevaron cajas.
Me quedé con el teléfono en la oreja, de pie, en mitad de mi consulta.
—Ruth.
—Ya lo sé.
—Dime la fecha del robo del trastero.
—Agosto de 2014. —Un silencio—. Como el tuyo.