A quien se lo cuentes 21. Inexistente
38%

21. Inexistente

Inexistente

Ruth me citó el martes a las diez y en el despacho había una segunda mesa ocupada.

Se levantó a saludarme un hombre de unos cincuenta y cinco años, con camisa de manga corta y una carpeta bajo el brazo, que se presentó como Peiró, jefe de grupo. Me dio la mano, me dijo que había leído mi manual, y no volvió a decir nada durante veintidós minutos.

Ruth abrió el cuaderno y esta vez sí lo miró.

—Vamos por partes. El nombre que te dio.

—Sí.

—No existe.

Lo dijo despacio y siguió, porque llevaba once años trabajando conmigo y sabía que yo iba a querer el detalle antes que la conclusión.

Ninguna persona con esos dos apellidos y esa edad consta empadronada en la Comunidad de Madrid.

Hay cuatro coincidencias parciales en toda España: dos mujeres de más de sesenta años, una de nueve y una fallecida en 2016.

Sin alta en la Seguridad Social. Sin vehículo a su nombre.

Sin antecedentes, que era lo esperable, y sin absolutamente nada más, que no lo era.

El correo, de un proveedor gratuito, se creó el catorce de abril, veintiséis días antes de mi primera sesión con ella, y se dio de baja el cuatro de junio.

El teléfono era otra prepago. Comprada en efectivo. En un estanco distinto.

—El piso de Vallecas está a nombre de la propiedad y lo gestiona una agencia —dijo Ruth—. Vacío desde noviembre. Sin contrato de alquiler en todo el año.

—Ya lo sé.

Levantó la vista.

—¿Cómo que ya lo sabes?

—Llamé a la agencia.

—¿Cuándo?

—La semana pasada.

Peiró abrió la carpeta y escribió algo por primera vez.

Trabajamos otros veinte minutos y fue un trabajo bueno y limpio, y por eso duele contarlo.

Ruth me pidió el número de sesiones, las horas exactas de entrada y salida, la descripción física, la forma de hablar, si tenía acento, si usaba palabras de alguna región, si le vi alguna vez las manos sin manga, si llevaba anillos, si mencionó un trabajo, un barrio, una parada de metro, un gimnasio, un médico.

Contesté a todo. Tengo once páginas de notas y una memoria entrenada, y en aquella hora entregué más datos descriptivos de los que entrega el noventa por ciento de los testigos de este país.

Ninguno servía para localizar a nadie.

—¿Y el registro? —dijo Peiró, y fue lo primero que dijo.

—¿Perdón?

—Sus notas. Las once páginas.

—Están en un cuaderno.

—¿Nos las puede facilitar?

Y ahí se paró la habitación.

—Puedo facilitar un extracto —dije—. Elaborado por mí, con lo relativo a los hechos y sin el contenido clínico.

—Eso ya lo tenemos —dijo Peiró—. Le estoy pidiendo el cuaderno.

—El cuaderno tiene sesiones de otras seis pacientes.

—Se pueden separar las hojas.

—El cuaderno tiene, además, lo que esa mujer me contó de su vida durante siete sesiones. Eso está protegido y usted lo sabe.

—Protegido para proteger a una persona —dijo Peiró, con mucha calma—. Y a día de hoy no me consta que esa persona exista.

Ruth intervino, y lo hizo por mí, y creo que fue la última vez que lo hizo.

—Se pide por oficio si hace falta, y con eso hay que ir al juzgado, y no vamos a ir al juzgado hoy. —Cerró el cuaderno—. Inés, tú tráenos el extracto ampliado. Con horas, con verbatim de las frases que recuerdes, y con lo que ella dijo del sujeto. Sin lo demás.

—Lo tenéis el jueves.

—Gracias.

Otra vez «gracias».

En el pasillo, mientras esperaba el ascensor, Ruth salió detrás de mí y me acompañó hasta el rellano.

—Peiró no está en tu contra.

—No he dicho que lo esté.

—Peiró lleva veintiséis años y ha visto cuatro casos como el tuyo. —Se cruzó de brazos—. Dos eran verdad.

Me quedé con la aritmética, que es lo que ella quería que me quedara.

—¿Y tú qué le has dicho?

—Que llevo once años trabajando contigo y que no te he visto mentir nunca. —Ruth me miró de una manera nueva, que no era desconfianza, que era peor: era cuidado—. Y me ha preguntado que en qué contextos te he visto trabajar. Y le he dicho que en informes, en aulas y en juicios.

—¿Y?

—Y me ha dicho: o sea, que la has visto exponer. —Se encogió de hombros—. Es su manera de hablar.

El colegio me escribió esa misma tarde.

Es una carta de dos párrafos, correctísima, firmada por la secretaria técnica.

Dice que, a raíz de determinadas informaciones aparecidas en medios, la comisión deontológica ha acordado la apertura de un expediente informativo, que no tiene carácter sancionador, y que se me concede un plazo de quince días hábiles para formular las alegaciones que estime oportunas.

He redactado once informes para esa comisión. Sé lo que significa un expediente informativo: significa que alguien ha llamado.

Se lo enseñé a Álvaro en la cocina y se puso las gafas para leerlo, que es una cosa que hace cuando algo le parece serio.

—Esto lo contesto yo.

—Lo contesto yo.

—Inés, esto es un procedimiento administrativo y yo me dedico a eso.

—Y yo me dedico a esa comisión. —Le quité la carta—. Sé exactamente qué tono hay que usar. Tú harías un escrito perfecto y sonaría a que me defiende un abogado.

Álvaro se quitó las gafas y las dejó encima de la mesa, alineadas con el borde.

—¿Sabes lo que llevo pensando desde hace dos semanas?

—Dime.

—Que cada vez que te ofrezco algo, tú tienes preparada una razón muy buena para que no.

No dije nada, porque tenía razón y porque las razones eran muy buenas.

Comí sola, en el coche, en un aparcamiento de Príncipe de Vergara, y allí hice la cuenta entera. La hice con papel, encima del volante, porque las cuentas importantes no las hago de cabeza.

Existe una salida. Existía aquel martes y consistía en tres pasos.

Uno: coger el ejemplar subrayado del armario de mi consulta y ponerlo encima de la mesa de Ruth.

Dos: explicar que lo saqué de un piso vacío en Vallecas el lunes pasado, dando un nombre falso a un empleado de una agencia inmobiliaria que puede identificarme, y que lo he tenido nueve días en un sobre de radiografías sin decírselo a nadie.

Tres: aguantar lo que viniera después.

Y lo que viene después lo sé calcular con precisión, porque he estado sentada al otro lado en once causas.

Viene que la única prueba material del caso ha sido manipulada por la denunciante, sin testigos y sin cadena de custodia.

Viene que un perito de la defensa —de cualquier defensa, si algún día hay defensa— explique en dos minutos que ese libro no prueba nada, porque lo pudo subrayar cualquiera, incluida la mujer que lo escribió.

Viene que Peiró abra la carpeta y escriba.

Viene una diligencia por sustracción y otra por usurpación de identidad en la agencia.

Viene el colegio profesional. Viene el uno de octubre y una imprenta.

Y viene, sobre todo, una pregunta que yo no me quitaba de encima desde el domingo, y que voy a dejar escrita aquí porque en aquel aparcamiento la formulé por primera vez con todas sus palabras:

Si entrego ese libro, alguien va a preguntarse por qué el que hace esto ha elegido, entre todos los libros del mundo, el mío.

Y esa persona va a leerlo.

Va a leerlo entero, con lápiz, buscando de dónde sale todo. Y va a llegar al capítulo del primer caso, como llega todo el mundo, porque es el capítulo del que habla todo el mundo.

Doblé el papel en cuatro y me lo guardé en el bolsillo del abrigo.

Después arranqué y volví a la consulta, y trabajé hasta las nueve.

Esa noche redacté el extracto ampliado para Ruth. Once folios. Es un documento excelente.

Antes, a última hora de la tarde, atendí a Amparo. Treinta y ocho años, dos saliendo de una relación que estuvo a punto de matarla.

Amparo tiene una vista en octubre y está aterrorizada, y aquella tarde me dijo lo que dicen todas en algún momento del proceso, que es que hay una parte que no va a contar.

—¿Cuál?

—Lo del dinero. —Se miró las manos—. Cuando le firmé lo del préstamo. Eso no lo voy a decir.

—¿Por qué?

—Porque si lo digo, el juez va a pensar que yo también hice cosas.

Y yo le dije lo que llevo veinte años diciendo, y se lo dije bien, porque lo creo, y porque si dejo de creerlo no puedo volver a entrar en esa habitación.

Le dije que lo único que hunde a una mujer en una sala es que la otra parte saque un dato que ella ha escondido.

Le dije que un relato con una zona oscura se cae entero cuando alguien enciende la luz en esa zona, aunque todo lo demás sea cierto.

Le dije que la única versión que aguanta es la completa, incluida la parte que la deja a ella en mal lugar.

Amparo lloró un poco y dijo que vale, que lo iba a contar.

La acompañé a la puerta a las seis y veinte y volví a mi butaca, y me quedé un rato sentada antes de la siguiente.

No hay una sola mentira dentro. Y no hay una sola línea sobre un libro con la esquina de la página trescientos once doblada hacia dentro.

Porque la manera de demostrar que soy inocente ahora es contar lo que hice antes.

Y yo aquella tarde todavía creía que lo que había hecho antes era llevarme un libro de un piso vacío.