20. El ejemplar
El ejemplar
Puerto de Canfranc es una calle de Vallecas con bloques de los sesenta, portales estrechos y una farmacia en la esquina.
Fui el lunes a las once de la mañana. Llamé al tercero exterior tres veces y no contestó nadie.
Llamé a la portería y no hay portería. Llamé al primero derecha y me abrió una señora de unos setenta años que no me dejó pasar del descansillo y que me dijo dos cosas útiles: que en el tercero no vivía nadie desde antes de Navidad, y que el piso lo llevaba una agencia que tiene la oficina en Puente de Vallecas.
—¿Y desde antes de Navidad no ha entrado nadie?
—Los de la agencia, con gente a verlo. —Se ajustó la rebeca—. Este año lo han enseñado mucho.
La señora del primero derecha me contó dos cosas más antes de cerrar, y las dos me las contó gratis, apoyada en la puerta, porque estaba sola en casa un lunes por la mañana.
Que en marzo estuvieron pintando el piso dos hombres de mono blanco, dos días. Y que en el buzón del tercero no ha habido nombre desde que se fue la pareja que vivía allí antes.
—¿Y correo?
—Publicidad. —Se ajustó la rebeca—. La quito yo, que si no se sale y ensucia el portal.
—¿Nunca ha visto entrar a una chica joven? Veinticinco años, delgada.
—Hija, aquí entra gente todo el rato con los de la agencia. —Se lo pensó un momento—. Chicas jóvenes vienen muchas. Es un piso de chica joven.
La agencia se llama Vallecas Hogar y ocupa un local con dos mesas. Me atendió un chico de treinta años con corbata fina.
—¿El tercero exterior del catorce? Sí, está libre. Cuarenta y dos metros, seiscientos ochenta al mes, dos meses de fianza. ¿Lo quiere ver?
—¿Ahora?
—Ahora mismo si quiere.
Aquí tengo que explicar lo que hice, y lo voy a explicar sin adornarlo.
Le dije que buscaba algo para mi sobrina, que empezaba a trabajar en septiembre. Le dije un nombre que no era el mío. Me subió al tercero, abrió con una llave maestra y me dejó dar una vuelta mientras él contestaba mensajes en el descansillo.
Ninguna de esas tres cosas es delito. Las tres son mentiras.
El piso era el de las fotos. Cuarenta y dos metros, suelo de gres, un salón con dos ventanas a la calle, un dormitorio, una cocina con los electrodomésticos puestos y un baño con la alcachofa de la ducha suelta, colgando del flexo.
Estaba vacío del todo. No vacío de casa deshabitada, con el cerco de los muebles en el suelo y polvo en los rincones: vacío de piso limpiado a fondo. Olía a lejía y a cerrado.
Abrí los armarios de la cocina, que estaban vacíos. Abrí los cajones, vacíos. Miré detrás de la puerta del baño, encima del calentador, dentro de la cisterna. Levanté la tapa del contador. Miré debajo del fregadero.
Once minutos. Cuando ya me iba, miré la balda alta del armario empotrado del dormitorio, la que está a dos metros y medio y a la que no llega nadie sin subirse a algo.
Y ahí estaba el libro.
Tapa dura. Primera edición, la de 2014, con la sobrecubierta naranja que a mí no me gustó nunca. «Todas las señales». Cuatrocientas doce páginas.
Lo bajé estirándome, con las yemas, y me senté en el suelo del dormitorio con la espalda contra la pared, debajo de la ventana, porque no había otro sitio donde sentarse.
Estaba subrayado a lápiz. No entero: a rachas, con una regla, con un trazo fino y muy recto que no se sale ni una vez.
Empecé por el principio y en la página cuarenta y uno dejé de leer y empecé a hacer otra cosa.
Página cuarenta y uno, capítulo tres. Subrayado: «las víctimas de acoso de larga duración desarrollan una capacidad descriptiva del sistema muy superior a su capacidad de identificar al sujeto» .
Eso es lo que hizo ella en la tercera sesión. Puede describirme el sistema y no puede describirme al hombre. Yo lo anoté como anomalía número cinco y lo expliqué con esta frase, que es mía.
Página noventa y uno. Subrayado dos veces: «un espacio en el que una mujer puede oírse decir en voz alta lo que le está pasando y ese sonido no puede llegar a ninguna parte» .
Eso me lo dijo el martes de la cuarta semana, palabra por palabra, y yo levanté la vista y le pregunté si había leído mi libro y ella me contestó que si no lo hubiera leído no habría venido.
Página ciento sesenta y tres, sobre la documentación identificativa.
Página ciento sesenta y siete, sobre el efectivo.
Páginas doscientos cuatro y doscientos cinco, el circuito del garaje, con el plano, y en el plano una crucecita a lápiz junto al rectángulo que en el dibujo representa la bandeja del rellano.
Página doscientos cuarenta. Subrayado: «el terapeuta que recibe a una víctima de acoso debe asumir que se convierte, desde la primera sesión, en parte del entorno vigilado» .
Y en la doscientos setenta y uno, en el capítulo sobre la relación terapéutica, una frase con la que yo cerraba conferencias durante tres años: «contárselo a un profesional no es contarlo: es depositarlo» .
Eso me lo dijo en la primera visita, sentada delante de mí, con las manos quietas.
Estuve cuarenta minutos en el suelo de aquel dormitorio.
No estaba leyendo un libro subrayado por una lectora. Estaba leyendo el guion. Cada cosa que aquella mujer me dijo en siete sesiones está en ese ejemplar, marcada con regla, en el orden en que me la dijo. Alguien se sentó con mi libro y sacó de él la paciente exacta que yo no podría dejar de creer.
Con mis propias frases. Con mi propio circuito. Con mis propias recomendaciones de seguridad.
Yo escribí el manual de cómo entrar en mi consulta sin dejar rastro y lo vendí en las estaciones.
Hay una cosa más y la dejo aparte porque no encajaba con lo demás y sigue sin encajar.
En el epílogo, en la página trescientos once, que es la última, está subrayada una sola línea, esta vez a bolígrafo y no a lápiz, y con dos rayas en lugar de una:
El mar no devolvió respuestas.
Y la esquina de esa página está doblada hacia dentro.
En las cuatrocientas doce páginas del ejemplar no hay ninguna otra esquina doblada. Ni una.
El diez de junio, en mi dormitorio, ese libro estaba boca abajo, abierto por la trescientos once.
El chico de la agencia me llamó desde el descansillo para preguntarme si me había perdido.
—¡Ya voy!
Y en los cuatro segundos que tardé en levantarme del suelo tomé la decisión.
Me abrí la chaqueta, me metí el libro por la cintura, contra la espalda, y me la abroché. Salí al descansillo, le dije que el piso estaba muy bien pero que la habitación se le quedaba pequeña a mi sobrina, le di las gracias, bajé tres pisos andando y salí a la calle.
En el coche lo saqué y lo puse en el asiento del copiloto y me quedé un rato mirando la sobrecubierta naranja.
Aquello era una prueba. Era, de hecho, la única prueba material que ha existido nunca de que mi paciente fue construida, y estaba en un domicilio que consta en un cuaderno mío, en un edificio con testigos, y yo acababa de sacarla de allí mintiendo sobre mi nombre.
Podría haber llamado a Ruth desde ese coche. Tenía el teléfono en la mano.
Lo que hice fue arrancar.
Lo escondí en la consulta, en el armario de las historias, dentro de un sobre de radiografías, entre dos carpetas de casos cerrados de 2016.
Tardé veinte minutos en decidir dónde. Consideré la casa y la deseché en cuatro segundos, porque en aquella casa había entrado alguien y porque en aquella casa vive un abogado que ordena.
Y tres días después estuve a punto de que se acabara todo, por un sobre.
Álvaro pasó a recogerme el jueves para ir a cenar y llegó veinte minutos antes, y yo estaba con el armario abierto y el sobre en la mano, y él entró en la consulta sin llamar porque nunca ha tenido que llamar.
—¿Nos vamos?
—Dame dos minutos.
Metí el sobre en la balda y cerré. Con llave, delante de él.
—¿Desde cuándo cierras eso con llave?
—Desde siempre.
—Inés, yo he estado aquí cuatrocientas veces.
Y ahí me oí decir, con una naturalidad que después me ha dado que pensar:
—Desde que salió lo del periódico. Por si acaso.
Álvaro se quedó mirando el armario un segundo. Después dijo que vale, y bajamos, y cenamos bien, y hablamos de Rotterdam.
Es la primera mentira que le dije mirándole a la cara. Las anteriores habían sido todas por omisión, que es un género distinto y que yo, hasta aquella noche, había considerado sinceramente que era otra cosa.
Y por el camino, en la M-30, pensé una cosa que no había pensado en doce años y que aquel día me llegó entera, sin avisar, mientras cambiaba de carril:
Es la segunda vez en mi vida que me llevo un papel de un sitio del que no tenía que sacarlo.
Y hay algo que no puedo escribir con honradez de otra manera.
Cuando me senté en el coche con aquel libro en el asiento del copiloto, lo primero que sentí no fue miedo.
Fue alivio.
Porque durante veinte días yo había sido una mujer a la que ya no creía la policía, y en aquel momento tenía en la mano la prueba física de que existía un plan, y de que el plan era enorme, y de que estaba dirigido contra mí desde antes de la primera sesión.
Tardé exactamente lo que se tarda en salir de Vallecas en entender la otra mitad.
Que un libro subrayado no prueba que exista un acosador. Que un libro subrayado con mis propias frases, encontrado en un piso vacío por mí sola, sin testigos, y trasladado a mi consulta por mí misma, es exactamente el objeto que fabricaría una mujer que se está inventando un acoso.