A quien se lo cuentes 14. Salgado
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14. Salgado

Salgado

Se sentó en la tercera fila y no tomó una sola nota durante la primera hora.

En la segunda levantó la mano y me dijo, delante de treinta compañeros, que mi escala de indicadores estaba muy bien pero que en su unidad tenían nueve minutos para atender a cada mujer y que a ver cómo se aplicaban veintidós ítems en nueve minutos.

Reescribí la escala aquel verano. La versión corta tiene seis ítems y la usan en cuatro comunidades autónomas. En los créditos pone «con la colaboración de la inspectora R. Salgado», y ella me pidió que quitara el nombre y yo no lo quité.

Desde entonces hemos hecho once informes juntas, dos causas que se sostuvieron porque mi firma estaba debajo de la suya, y unas cuarenta comidas.

Ruth es la única persona del ámbito policial a la que llamaría un domingo. La llamé un lunes.

Nos recibió a las nueve y media en un despacho de la unidad con dos mesas, una de ellas vacía, y una ventana que da a un patio de maniobras. Nos dio la mano a los dos. A Álvaro le trajo un café de máquina sin preguntarle.

Sacó un cuaderno de anillas, lo abrió por una hoja nueva y lo dejó ligeramente girado, y a partir de ahí no volvió a mirarlo. Escribe sin mirar. Lo hace desde que la conozco y no sé si es una técnica o una manía, y el efecto es el mismo: uno habla creyendo que la otra le está mirando solo a él.

—Empieza por donde quieras —dijo—. Yo ordeno luego.

Empecé por Nuria.

Le conté la agresión, el archivo, la nota devuelta con las cuatro palabras.

Le conté el libro boca abajo, la ausencia de marcas en la cerradura, el inventario de lo que no faltaba.

Le conté la terraza y el audio de cuarenta y siete segundos, y Álvaro le dio el pósit con el número de trece cifras, y ella lo cogió por el borde, como se coge un pósit que va a ir a un sobre.

Y le conté que tenía una paciente en una situación de acoso muy grave, y que había motivos profesionales para pensar que todo aquello procedía de ese caso.

—¿Ha denunciado?

—No.

—¿Va a denunciar?

—No.

—¿Me puedes dar su nombre?

—No.

Ruth no discutió. Se le mueve una cosa en la mandíbula cuando algo le complica el día, y se le movió.

—Vale —dijo—. Sigue.

A Álvaro le tomó declaración primero, y fue una lección de oficio.

No le preguntó por el audio. Le preguntó por su trabajo, por el horario del despacho, por quién tiene acceso a su móvil personal, por si comparte el número en tarjetas de visita, por si había recibido alguna vez mensajes raros, por si en el bufete llevaban algún asunto que pudiera generar enemistades.

Diecisiete minutos. Álvaro contestó en frases completas, como habla él, y en el minuto catorce se dio cuenta de que llevaba catorce minutos hablando de sí mismo.

—Perdona, Ruth, ¿esto para qué es?

—Para descartarte a ti —dijo ella, sin levantar la vista del cuaderno que no miraba—. Es lo primero que hay que hacer y es mejor hacerlo delante.

Álvaro se rio. A mí no me hizo gracia, no porque me pareciera mal, sino porque me di cuenta de que a mí no me había descartado nadie.

Y aquí está lo que hice, que no fue mentir.

Le di la estructura sin darle el contenido.

Le dije que el sujeto vigilaba, que tenía acceso a información privada y que atacaba al entorno.

No le dije que atacaba al entorno de quien lo contaba .

No le dije que existía una regla, ni que la regla se me había transferido, ni que yo tenía una hipótesis numerada en un cuaderno con siete puntos y que el punto seis decía lo que decía.

Y no le hablé de 2013.

Le entregué, en cambio, todo lo que sí podía entregar, que era bastante: cronología en una hoja, con horas; el informe de mi propia revisión de la casa, redactado en formato pericial; la referencia del atestado de Nuria; el contacto del administrador para las cámaras del vestíbulo; el listado del TPV de la terraza con la consumición pagada en efectivo a las once y cuatro.

Ruth leyó la cronología entera sin decir nada. Cuando terminó, la dejó encima de la mesa y puso el dedo en una línea.

—Esto está muy bien hecho.

—Es mi trabajo.

—Ya. —Levantó la vista—. Es que está hecho por alguien que sabe lo que voy a necesitar.

Lo dijo sin ninguna intención. Estoy razonablemente segura de que lo dijo sin ninguna intención.

A las diez y diez le pidió a Álvaro que saliera un momento.

Lo hizo con la fórmula amable, la de manual: «Álvaro, ¿te importa?

Voy a hacerle a Inés unas preguntas de rutina y a veces la gente responde distinto delante de su pareja.

» Álvaro dijo que por supuesto y salió, y cerró la puerta despacio, y por el cristal le vi sentarse en una de las sillas del pasillo y sacar el móvil y no mirarlo.

Ruth cerró el cuaderno.

—¿Quién sabía que ibais a esa terraza?

—Nadie. La elegí yo esa misma tarde.

—¿Lo escribiste en algún sitio? ¿Un mensaje, un calendario?

—No.

—¿Habías estado antes?

—Dos veces en cinco años.

—¿Quién tiene llaves de tu casa?

Le di los cuatro nombres y el juego del cajón.

—¿La chica de la limpieza tiene llaves de la consulta?

—No. La consulta la limpia una empresa, por la mañana, y les abre recepción.

—¿Y en la consulta quién entra?

—Yo, la recepcionista y los pacientes.

—¿Cuántos pacientes a la semana?

—Veintidós, veinticuatro.

—¿Alguno con historial de conducta intrusiva hacia ti?

Le hablé de Íker. Le di el nombre completo, las fechas del tratamiento, el número aproximado de cartas y la ubicación de la carpeta azul en el cajón de abajo de recepción.

Le dije que llevaba seis años escribiendo, que nunca se había presentado, que nunca había llamado y que las cartas eran corteses.

Ruth escribió durante bastante rato.

—¿Y por qué no me habías hablado nunca de esto?

—Porque no hay delito.

—Ya. —Pasó de hoja—. ¿Tiene coche?

—No lo sé.

—¿Sabes dónde vive?

—Sé lo que ponía en su historia hace seis años.

—Dámelo.

Se lo di. Y aquí tengo que ser precisa: yo no creía que fuera Íker.

No lo creí en ningún momento, ni entonces ni después, y mis razones eran técnicas y eran buenas.

Se lo di igual, y se lo di rápido, y noté mientras se lo daba el pequeño alivio de estar poniendo por fin un nombre encima de aquella mesa.

Es el mismo alivio que describen las mujeres a las que la policía deja de creer. Lo he anotado en once informes. Se llama necesidad de sospechoso.

—La recepcionista está en su casa con la mano rota.

—Sí.

—¿Y quién la ha sustituido?

Le di el nombre de Vanesa y el de la agencia, y la fecha de alta, y Ruth lo apuntó y siguió, y a mí me dio tiempo a pensar, mientras lo apuntaba, que acababa de meter en un atestado a una chica de veintiséis años que llevaba nueve días contestando el teléfono en dos tonos.

—Última —dijo Ruth—. ¿Se lo has contado a alguien más?

—A mi marido.

—¿Solo?

—Solo.

—¿Y a Nuria?

Hay preguntas que no se hacen para saber la respuesta. Se hacen para ver cuánto tarda uno.

—Nuria sabía que yo tenía un caso complicado —dije—. Nada más.

Ruth apuntó eso también. Escribió más de lo que yo había dicho, porque escribió durante bastante más tiempo del que se tarda en escribir «nada más».

Nos levantamos a las diez y media. Me acompañó hasta la puerta con la mano en el pomo, y ahí, con la puerta ya abierta y Álvaro levantándose de la silla del pasillo, hizo lo de siempre: dejó caer la buena en el último metro.

—Oye, una cosa que me ronda. —Tenía el tono de quien pregunta por curiosidad—. En un mes y pico le han roto la mano a tu recepcionista, han entrado en tu casa y han grabado a tu marido.

—Sí.

—¿Y a ti por qué no te ha pasado nada?

Tardé un segundo. Uno solo. En un interrogatorio eso no significa nada; el noventa por ciento de la gente tarda un segundo en las preguntas fáciles y el que contesta antes de que le acaben de preguntar es el que miente.

Yo llevo doce años explicando eso en las aulas.

También llevo doce años explicando que el que tarda un segundo delante de un policía que le está mirando la cara ya no puede recuperar ese segundo.

—Porque no soy yo lo que quiere —dije.

Ruth se quedó con eso. Después sonrió, me dio dos besos, le dio la mano a Álvaro y nos dijo que el jueves tendríamos noticias de científica.

Bajamos las escaleras. Álvaro me apretó el hombro y me dijo que ya estaba, que a partir de ahora lo llevaba gente que cobra por llevarlo.

Yo iba pensando en mi propia frase. No en el segundo: en la frase.

Porque me había salido sola, sin construirla, que es como salen las que ya están hechas. Y porque un mes antes yo no sabía que había un «lo» que alguien quisiera, ni sabía que ese alguien fuera capaz de querer nada.

Y sin embargo la frase estaba entera, en presente, y la dije como quien confirma un dato.