A quien se lo cuentes 15. Peritaje
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15. Peritaje

Peritaje

Científica vino el miércoles a las nueve y estuvo en casa dos horas y veinte minutos.

Fueron tres. Uno de ellos, el mayor, me reconoció y no dijo nada hasta el final, cuando ya estaba recogiendo el maletín, y entonces me dijo que su mujer se había leído mi libro dos veces y que si le firmaba algo.

Le firmé una hoja de su libreta. Es la única persona de todo este asunto que me pidió una firma y a la que se la di sin pensar en las consecuencias.

Trabajaron bien. Bombín, marco, hoja, los cuatro puntos de anclaje, los cercos de las seis ventanas. Levantaron huellas en el pomo interior, en la balda de la estantería, en las tapas del libro, en el canto de mi mesilla y en la base del enchufe del dormitorio.

De la base del enchufe la levantaron porque yo se lo pedí, y voy a apuntarme ese acierto porque no me quedan muchos.

El informe llegó el jueves por la tarde. Ruth me llamó y me lo leyó por teléfono, y después me mandó copia, y yo la leí cuatro veces en la consulta con la puerta cerrada.

Iba así.

En la cerradura, ausencia de marcas compatibles con manipulación. Sin estrías de ganzuado. Sin deformación del bombín por bumping . Sin restos metálicos en el mecanismo. Los tres puntos de anclaje inferiores presentan desgaste normal de uso.

En las ventanas, nada.

En la puerta de servicio de la cocina, pintura íntegra sobre el pestillo.

Huellas: las mías, las de Álvaro, y catorce aprovechables de una tercera persona identificada a las cuarenta y ocho horas como Delia Ocaña Fresneda, cincuenta y tres años, sin antecedentes, once años trabajando en el domicilio, coartada de once a siete en dos casas de Argüelles con dos personas dispuestas a firmarlo.

En las tapas: mías y de Álvaro.

De las catorce huellas de Delia me enteré yo por el informe, y Delia se enteró por dos agentes que se presentaron en su casa un viernes a las ocho de la tarde, delante de su marido, a pedirle una reseña decadactilar y una relación de sus movimientos del martes.

Me llamó a las nueve y media, llorando.

—Yo no he cogido nada, Inés.

—Delia, nadie ha dicho eso.

—Han venido a mi casa. Ha bajado mi vecina a preguntar.

Estuve veinte minutos al teléfono explicándole qué es un descarte, y que sus huellas tenían que estar en mi casa porque lleva once años limpiándola, y que precisamente por eso hacía falta tenerlas identificadas. Todo cierto. Todo inútil, porque lo que Delia me estaba diciendo no era eso.

—¿Tú sabes lo que es que venga la policía a tu portal?

—Sí —dije—. Empiezo a saberlo.

Vino a trabajar la semana siguiente y las siguientes. Sigue viniendo. Pero desde aquel viernes deja las llaves encima de la mesa de la entrada cuando entra y me manda un mensaje cuando se va, y no se lo he pedido yo.

A Vanesa la citaron un martes por la mañana. Fue, contestó, la descartaron en cuarenta minutos y no volvió a la consulta: la agencia me mandó a otra chica el jueves y me dijeron que Vanesa había pedido cambio de destino. Nadie me explicó por qué y no hacía falta que me lo explicaran.

Dos personas en once días. Ninguna de las dos tenía nada que ver, ninguna de las dos sabía nada, y a las dos les había pasado algo por estar cerca de mí.

Eso no lo hizo nadie desde una terraza. Eso lo hice yo, con una denuncia.

En la base del enchufe: ninguna. Ni siquiera las mías, que es lo normal, porque nadie toca la parte de atrás de su mesilla.

El adaptador blanco figura en el acta con dos líneas: «se observa adaptador tipo ladrón en base de enchufe de dormitorio.

Se fotografía. No se recoge por no constar denuncia de sustracción ni indicio de manipulación. »

Se fotografía.

Yo tengo esa fotografía. Es la foto número once de veintiséis y en ella se ve una moldura, un rodapié, un cable gris y un adaptador blanco de tres tomas, con las dos superiores vacías.

Nadie miró esa foto durante cuatro meses.

Del número de trece cifras salió lo que sale siempre.

Tarjeta prepago, activada dieciocho días antes, sin titular. Adquirida en un estanco de la calle Amaniel junto con un terminal de treinta y nueve euros. Pago en efectivo.

—¿Cámaras? —pregunté.

—Del estanco, no. De la calle, hay una del ayuntamiento a cuarenta metros que no enfoca la puerta. —Ruth hablaba con el informe delante—. Y aunque enfocara, tenemos dieciocho días. Se sobrescribe a los treinta, pero hay que pedirlo por oficio y tarda.

—Pídelo.

—Está pedido desde el lunes. —Una pausa—. Inés.

—Dime.

—Te voy a leer una línea del informe de análisis, y te la leo porque prefiero que la oigas de mí.

—Léela.

—«El terminal emisor corresponde a un dispositivo de prepago adquirido en efectivo, modalidad de uso habitual tanto en actividades de acoso como en supuestos de simulación de acoso por parte del propio denunciante.»

Nos quedamos las dos calladas. Se oía su ordenador.

—Es una frase estándar —dijo—. Va en todos.

—Ya sé que va en todos, Ruth. La he redactado yo en cuatro informes.

—Pues por eso te la leo.

Y esto es lo que quiero dejar dicho con precisión: Ruth Salgado no me estaba acusando de nada. Ruth Salgado me estaba haciendo un favor. Me estaba avisando, con once años de trabajo juntas por delante, de lo que iba a estar escrito en un expediente que iban a leer otras personas que no me conocían.

Eso lo entendí en ese momento. Se lo agradecí en ese momento. Le dije «gracias, de verdad», y era verdad.

Y colgué, y me quedé sentada en mi butaca, en la consulta vacía, con veintiséis fotografías y un informe de nueve páginas, y a los pocos minutos hice lo que no había que hacer.

Abrí el archivo del curso.

Lo doy dos veces al año desde 2017 y tiene un módulo de hora y media que se llama «Denuncias no confirmadas: valoración diferencial».

No es un módulo sobre mujeres que mienten.

Es un módulo sobre cómo distinguir a una mujer que no puede probar lo que le pasa de una mujer que está construyendo lo que dice que le pasa, y existe porque hay un porcentaje pequeño y real de casos del segundo tipo, y porque cuando uno de esos casos llega a juicio y se cae, se lleva por delante la credibilidad de las trescientas mujeres siguientes.

En la diapositiva veintidós hay una lista. La escribí yo. Se titula «Indicadores de baja confirmabilidad» y tiene ocho puntos.

Los fui bajando con el dedo.

Uno. Ausencia de daño físico en la denunciante, con daño concentrado en su entorno.

Dos. Ausencia de acceso material demostrable: sin fractura, sin llaves comprometidas, sin registro de intrusión.

Tres. Soportes de prueba efímeros o de imposible recuperación.

Cuatro. Única testigo relevante no localizable o no identificada.

Cinco. Denunciante con conocimiento técnico del procedimiento policial.

Seis. Documentación aportada de calidad inusualmente alta.

Siete. Beneficio secundario objetivable —económico, profesional o reputacional— vinculado temporalmente a los hechos.

Ocho. Relato coherente que se degrada al ser sometido a contraste externo.

Los ocho puntos son míos. Las palabras son mías. La diapositiva tiene mi apellido en el pie.

Del uno al siete, siete de siete.

A Nuria le rompieron una mano y a mí no me han tocado un pelo.

En mi casa no hay marca de entrada. Los audios se borran solos.

La única persona que puede explicar de dónde viene todo esto es una paciente que no existe en ningún registro porque yo diseñé el circuito para que no existiera.

Doy clases a la policía. La cronología que le entregué a Ruth el lunes estaba mecanografiada, con horas y con formato pericial.

Y dentro de once semanas sale una serie de seis episodios sobre mi primer libro, y en octubre entrego el segundo, y mi editora lleva desde marzo pidiéndome un gancho para la promoción.

El ocho todavía no. El ocho es el único que depende del futuro.

Cerré el archivo.

Después me levanté, fui a la ventana, la abrí —da al patio, no hay nada que ver— y estuve un rato de pie con las manos en el alféizar.

Yo escribí esa lista para que a ningún compañero se le escapara una mujer que se acosa a sí misma.

Funciona. Es la parte que nadie entiende cuando cuento esto. Funciona perfectamente.

Ruth me llamó otra vez el viernes, a última hora, con esa voz que pone cuando ha estado dándole vueltas a algo todo el día y ha decidido decirlo.

—Inés, necesito a tu paciente.

—No puedo.

—No te estoy pidiendo su historia. Te estoy pidiendo que exista. —Se oía tráfico: estaba en la calle—. Que venga, que diga «yo soy la paciente de Inés Beltrán» y se vaya. Diez minutos. Ni siquiera hace falta que denuncie.

—Sabes que no puedo obligarla.

—Sé que no puedes obligarla. Te estoy pidiendo que se lo pidas.

Me quedé mirando el patio por la ventana abierta.

—¿Y si no quiere?

Hubo un silencio de tres o cuatro segundos, que por teléfono son muchos.

—Pues entonces tenemos una denuncia por allanamiento sin allanamiento, un audio que no existe, una agresión archivada y a una experta nacional en acoso diciendo que la persigue alguien a quien nadie ha visto.

—Ruth no lo dijo con dureza. Lo dijo como se lee una lista de la compra—.

Y yo voy a tener que llevarlo así a mi jefe el lunes.

—Se lo pediré el martes.

—Gracias.

Colgamos. Y ya con el teléfono en la mano, antes de guardarlo, me di cuenta de que llevaba once años trabajando con aquella mujer y era la primera vez que Ruth Salgado me había dicho «gracias» al final de una conversación.

A los testigos se les da las gracias. A las compañeras, no.