13. La mesa de al lado
La mesa de al lado
Álvaro me llamó el sábado a las once y cuarto de la mañana.
No dijo hola.
—Inés, ¿dónde estás?
—En el coche. Voy al gimnasio.
—Para el coche.
Paré en doble fila en Bravo Murillo, con los intermitentes puestos, y él tardó cuatro segundos en empezar a hablar. Los conté porque en cuatro segundos a mí me da tiempo a pensar cosas muy concretas.
—Me ha llegado un audio.
—¿De quién?
—De un número que no conozco. —Se oía papel de fondo, y su voz tenía un tono que yo no le había oído nunca por teléfono—. Lo he abierto pensando que era del despacho.
—¿Qué era?
—Nosotros.
Llegué a su oficina en veinte minutos. Es un cuarto con una mesa larga, dos ventanas a Génova y una estantería de tomos de jurisprudencia que ya no abre nadie. Álvaro estaba de pie. En veintiséis años de matrimonio le he visto trabajar de pie tres o cuatro veces.
Sobre la mesa tenía, en fila y perfectamente alineados: su móvil, un pósit, un bolígrafo y su reloj, que se había quitado.
—Cuéntamelo en orden.
—A las once y seis me entra un mensaje. Número largo, con prefijo, no de aquí. —Señaló el pósit—. Lo apunté antes de nada. Aprendí algo en la facultad.
En el pósit había un número de trece cifras escrito con su letra de contratos.
—Sigue.
—Era una nota de voz. Ponía «un solo uso». Lo abrí. —Se pasó la mano por la boca—. Cuarenta y siete segundos.
—¿Y?
—Éramos nosotros dos, en la terraza del jueves. —Me miró—. Estaba yo diciendo «menos mal, llevo dos semanas pensando que te habían encontrado algo en una analítica». Y estabas tú diciendo «no es tan fácil». Y se oían los del fútbol de fondo, y el perro.
—¿Lo tienes?
—Ha desaparecido en cuanto ha terminado. La ventana se ha cerrado sola y en el chat pone «caducado». —Cogió el móvil, lo desbloqueó y me lo puso delante—. Mira. No hay nada.
No había nada. Un globo gris, una hora, y la palabra caducado en letra pequeña.
—¿Grabaste algo? ¿Pantalla, foto?
—No se me ocurrió. —Y entonces se le rompió un poco la voz, por primera vez en toda la mañana—. Estaba escuchándonos, Inés. Estaba escuchándonos cenar.
Trabajamos dos horas. Yo puse el método y él puso el orden, y fuimos razonablemente buenos.
Primero, mi teléfono. Lo revisé delante de él: aplicaciones instaladas por fecha, permisos de micrófono, consumo de batería en segundo plano, dispositivos vinculados a las cuentas, sesiones abiertas. Nada. Después el suyo, igual. Nada.
—¿Y si es de los que no se ven?
—Los que no se ven se ven en la factura de datos o en la batería —dije—. Y si tuvieran mi micrófono, no habrían necesitado esperar a que nos sentáramos en una terraza. Nos tendrían todo el día.
Lo dije y me oí decirlo, y era verdad.
Segundo, la terraza. Fuimos. A la una de la tarde Ponzano es otra ciudad, con las sillas apiladas y un chico fregando el suelo con una manguera. El encargado se acordaba de nosotros porque Álvaro había pagado con tarjeta y porque los jueves cierran caja a la una.
—¿Cámaras?
—Una. —Señaló detrás de la barra, dentro—. Enfoca al cajón. Es lo que dice el seguro.
—¿Y las mesas de fuera?
—Las mesas de fuera son de la calle, señora.
Le enseñé un billete de veinte y le pregunté si guardaban los tiques del jueves.
Los guardaban. Estuvimos veinte minutos con el rollo del datáfono y el listado del TPV, buscando las mesas ocupadas entre las nueve menos cuarto y las once menos cuarto.
Salieron consumiciones de seis mesas. Cinco pagaron con tarjeta.
La mesa de dentro, la de la cristalera, la de la mujer sola con la copa de vino y el libro, pagó en efectivo a las once y cuatro minutos.
Cuatro euros con cincuenta. Una copa de tinto de la casa.
—Del jueves no me acuerdo de nadie —dijo el encargado—. Los jueves entra y sale doscientas personas.
Salimos a la calle. Álvaro se quedó parado en la acera, mirando la fila de mesas vacías, contando con la barbilla.
—Estaba a cuatro metros —dijo.
—A cinco y medio.
—¿Y tú la miraste?
—La miré. —Y esto lo tengo que escribir tal cual, porque es la frase que sí es mía—.
La miré, la evalué y la descarté en dos segundos, y lo hice bien.
Mujer sola, cena temprano, libro, una copa.
Es el perfil más inofensivo de una terraza.
Es el perfil que yo defiendo en los cursos cuando digo que no hay que sospechar de todo el mundo.
—Ya.
—Álvaro, es que una mujer con un libro es una mujer con un libro.
—Ya te he dicho que ya.
El domingo hice el experimento.
Necesitaba saber si aquello se podía grabar con un móvil o si hacía falta equipo, porque las dos respuestas llevan a sitios muy distintos: un móvil lo tiene cualquiera y un micrófono direccional lo tiene alguien que ha comprado un micrófono direccional.
Volví a Ponzano el domingo a las nueve menos cuarto, que es la hora que era, con Álvaro y con dos móviles.
Nos sentamos en nuestra mesa. Dejé el mío grabando en la mesa de dentro, la del jueves, boca arriba, apoyado en un libro para que quedara ligeramente inclinado, y le pedí al camarero que no lo retirara.
Cinco metros y medio. Dos parejas al lado, gente pasando, una moto.
Hablamos veinte minutos. Álvaro leyó en voz alta el periódico y yo le contesté con lo primero que se me ocurría, y a las nueve y cinco pedimos y a las nueve y veinte pagamos.
En el coche lo escuchamos.
Se oye el tráfico. Se oye una risa. Se oye a un hombre pidiendo dos cañas en el minuto once, con las palabras «dos cañas» perfectamente distinguibles, porque estaba a metro y medio del teléfono.
De nosotros, nada. Ni una sílaba. Veinte minutos de ruido gris.
—Entonces no fue un móvil en esa mesa —dijo Álvaro.
—No con el micro de fábrica.
—¿Y entonces qué?
Le di las tres opciones, en el orden en que las tenía: un micrófono direccional de los que se compran por doscientos euros en internet; una grabadora con micro de solapa colocada mucho más cerca de nosotros que cinco metros; o alguien sentado a metro y medio de nuestra mesa.
Álvaro se quedó mirando el volante.
—Había mesas a metro y medio.
—Había dos.
—¿Y quién estaba?
—Los del fútbol y una pareja de unos treinta.
—O sea, que puede ser cualquiera.
—Puede ser cualquiera con doscientos euros y una tarde libre —dije—. Que es la peor frase que puedo decirte, porque no descarta a nadie.
Arrancó. Y a la altura de Cuatro Caminos, sin apartar la vista de la calle, dijo una cosa que yo llevaba tres días evitando decirme a mí misma.
—Inés, para grabarnos el jueves había que saber que íbamos a estar allí el jueves.
—Nadie lo sabía.
—Lo decidiste tú por la tarde.
—Sí.
—¿Y se lo dijiste a alguien?
—No.
—Pues entonces te siguieron desde casa. —Puso el intermitente—. O desde la consulta.
Esa noche hice la lista de quién puede seguirme desde la consulta.
Es una lista corta y desagradable. Para seguir a alguien desde un sitio hay que saber que esa persona va a salir de ese sitio, y a las siete y media de la tarde de un jueves de aquel mes solo salían dos personas de mi planta: yo y mi paciente.
Lo escribí. Lo miré. Y a continuación escribí, debajo, las razones por las que aquello no tenía ningún sentido.
Uno: es la persona a la que le están haciendo esto.
Dos: cada vez que yo hablo con alguien, esa persona pierde; ha perdido a su compañera de piso, a su hermana y a la mujer que le dejaba un vaso de agua.
Tres: el jueves de la terraza ella estaba en la consulta conmigo hasta las ocho y veinte y nosotros nos sentamos a las nueve menos cuarto en una mesa que yo elegí a las siete de la tarde, sin decírselo a nadie.
El tres era el bueno. El tres lo cerraba.
Salvo por una cosa que anoté en el margen y que no desarrollé, porque a esas horas ya no desarrollaba nada: para saber dónde iba a cenar aquella noche no hacía falta que me lo hubiera oído decir a mí.
Hacía falta que alguien me hubiera visto salir de casa con mi marido.
Fue el sábado por la tarde cuando cambió lo suyo.
Hasta la una del mediodía Álvaro había estado en modo problema: pósit, orden, listado del TPV, dos horas de trabajo limpio.
A partir de las cinco empezó a hacer otra cosa.
Se levantó tres veces a mirar por la ventana del salón.
Fue al portal a preguntarle a Damián, el portero, si había venido alguien preguntando por nosotros.
Volvió y me dijo que a Damián le iba a dar la propina de Navidad por adelantado.
Y a las nueve, en la cocina, dejó la sartén en el fuego y se giró.
—¿Por qué me contaste solo la mitad?
—No te conté la mitad.
—Inés. —Cerró el gas—. Yo te escuché cuarenta minutos el jueves y hoy he descubierto que alguien nos grabó cenando. Y en cuanto lo he oído, ¿sabes lo que he pensado? No he pensado «qué horror». He pensado: esto va de lo que me contó y ella sabe más.
Hay un momento en las conversaciones en el que se puede parar. Ese fue el mío. Lo dejé pasar y me oí decir:
—Te conté lo que te podía contar.
—Que no es lo mismo que lo que sabes.
—No.
—Vale. —Se apoyó en la encimera con las dos manos, mirando al suelo, y se quedó así unos segundos—. El lunes vamos a la policía. Los dos.
—Álvaro...
—Los dos. —Levantó la cabeza—. Yo también estaba en esa mesa.
Y ahí se acabó la discusión, porque tenía razón, y porque de las dos frases que dijo en aquella cocina la peligrosa no era la de la policía.
Era la otra.