A quien se lo cuentes 12. La terraza
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12. La terraza

La terraza

La sustituta se llamaba Vanesa, tenía veintiséis años y era rápida, ordenada y absolutamente correcta.

En cuatro días aprendió el sistema de citas, la lista de mutuas y el truco de la fotocopiadora.

Contestaba el teléfono en dos tonos. No dejaba notas a mano porque nadie deja notas a mano, y cuando yo salía de una sesión me encontraba el recado en la pantalla, con la hora exacta y la etiqueta de prioridad.

Yo entraba en recepción cuatro o cinco veces al día sin ningún motivo.

—¿Necesitas algo, Inés?

—No, nada. Perdona.

El lunes llamé a Marisa para preguntar por la revisión de su madre. Me contestó con frases completas y sin una sola pregunta al final, que es la manera más limpia que existe de cerrar una conversación.

—Está mejor. Le quitan los puntos el jueves.

—¿Necesitáis algo?

—Ahora mismo no.

El sábado fui de todas formas. Compré una tarta en la pastelería de Cardenal Cisneros, la de manzana, que es la que le gusta, y me planté en su portal a las seis de la tarde sin avisar, que es una cosa que no había hecho en veinte años.

Me abrió Marisa.

—Está durmiendo.

—Le he traído esto.

—Se lo doy yo. —Cogió la caja con las dos manos y no se apartó del quicio—. Inés, no te lo tomes a mal.

—No me lo tomo a mal.

—Es que se pone nerviosa. —Miró un segundo hacia dentro y volvió—. El otro día le sonó el telefonillo y se levantó de la mesa. Con la escayola y todo. Y luego no quiere que yo lo comente.

—¿Y qué dice ella?

—Que no ha visto nada. —Marisa se sujetó el codo con la otra mano—. Dice eso todo el rato. «No he visto nada.» Como si alguien le estuviera pidiendo cuentas.

Bajé las escaleras andando, cuatro pisos, y me metí en el coche y estuve un rato sin arrancar.

Nadie le estaba pidiendo cuentas a Nuria. Se las estaba pidiendo ella, y se las pedía por haber dejado un vaso de agua y un papel en una bandeja, y yo era la única persona del mundo que podía decirle que se equivocaba de culpable.

Y no podía decírselo, porque decírselo era contárselo.

Y el martes llegó lo del atestado. Me lo contó la propia Marisa, en un mensaje, y luego lo confirmé yo: la nota del buzón, entregada dentro de una bolsa de congelados con toda la cadena de custodia que yo le había dictado por teléfono, no dio nada.

Sin huellas aprovechables. Sin ADN de contacto.

El papel es un folio comercial de los que hay en cuarenta millones de casas.

La caligrafía de las cuatro palabras se describe en el informe como «escritura manuscrita en letra pequeña, trazo regular, sin rasgos idiosincrásicos suficientes para cotejo».

Diligencia de archivo provisional a los once días de la agresión.

Yo he peritado once causas. Yo sabía perfectamente que iba a pasar eso. Aun así, cuando lo leí, me tuve que sentar.

Con Eva seguí. Martes y jueves, siete y media, como si no pasara nada, que es una expresión que ahora entiendo mejor.

Aquellas dos sesiones fueron técnicamente buenas y me avergüenzan. Trabajamos su aislamiento, su culpa, su insomnio. Le enseñé a llevar un registro de incidentes con hora, lugar y testigo. Le di herramientas.

Y no le conté nada.

No le conté que habían entrado en mi casa. No le conté lo del libro. Cuando me preguntó por Nuria —lo preguntaba cada sesión, siempre al principio, siempre con esa manera suya de no adornarlo—, le di el parte médico y nada más.

—¿Y usted? —dijo el jueves—. ¿A usted le ha pasado algo?

—A mí no.

Me miró un segundo de más.

—Dígamelo si le pasa.

—¿Por qué?

—Porque yo llevo ocho meses siendo la única que lo sabe todo —dijo—. Y es un asco.

Lo anoté como inversión de roles de cuidado, que es un fenómeno frecuente y que se trabaja devolviendo el encuadre. Le devolví el encuadre.

Ahora sé leer esa frase de otra manera y me sigue pareciendo la más honrada que me dijo nunca.

Álvaro me esperó el jueves con el ordenador cerrado encima de las rodillas, que ya he dicho lo que significa.

—Llevo dos semanas mirándote —dijo—. Vamos a hablar.

—Estoy cansada.

—Ya. —Dejó el ordenador en la mesa y lo alineó con el borde—.

Llevas dos semanas comprobando las ventanas.

Las comprobaste anteayer dos veces, la segunda después de acostarte.

Te has levantado a las cuatro de la mañana tres noches.

Y el domingo, cuando fui a coger las llaves del coche, me preguntaste que para qué las quería.

—Álvaro.

—Y he llamado a Nuria.

Me quedé quieta.

—¿Cuándo?

—El martes. —Me miraba muy tranquilo, que es como mira cuando ha decidido algo—. Le pregunté qué tal iba la mano y me dijo que bien. Le pregunté si sabía por qué estabas rara y me dijo que eso me lo tenías que contar tú.

Es exactamente lo que Nuria tenía que decir. Es, además, la frase más elegante que se puede decir en esa situación, y me la habían enseñado a mí, y no se la había enseñado yo a ella.

—Vamos a cenar fuera —dije.

—Hay comida.

—Vamos a cenar fuera.

Elegí la terraza y elegí la mesa, y voy a explicar cómo lo hice porque después se ha dicho que fui imprudente.

No fui imprudente. Fui experta.

Llevaba dieciocho días con una sola certeza operativa: alguien sabía lo que se había dicho en una habitación cerrada. Una habitación con la puerta cerrada, sin medianeras, en la última planta. Si el punto de fuga era una habitación, la solución era no estar en una habitación.

Eso está en el capítulo diecinueve. Se llama desplazamiento del canal. Es lo que se le dice a una mujer cuyo teléfono puede estar intervenido y cuyo salón puede tener oídos: hable en la calle, hable andando, hable en un sitio con ruido de fondo, no repita el mismo sitio dos veces.

Lo he dicho en dos congresos. Lo he dicho en una comisión. Una vez se lo dije a una mujer de Alcorcón cuyo exmarido le había puesto un rastreador en el coche, y aquella mujer hoy vive tranquila en otra provincia porque aprendió a hablar en la calle.

Es un buen consejo. Sigue siéndolo. El único fallo que tenía en mi caso concreto es que yo estaba protegiendo el canal equivocado, y que un canal equivocado bien protegido es exactamente igual de inútil que ninguno.

Elegí Ponzano un jueves a las nueve menos cuarto, que es el peor momento de la semana en la peor calle de Madrid para escuchar a nadie.

Cogimos la mesa del extremo, contra la jardinera, con la pared a mi espalda.

Conté las mesas ocupadas: seis de nueve.

Dos parejas, un grupo de cinco con un perro atado a una silla, dos hombres de traje discutiendo de fútbol a un volumen que hacía imposible cualquier otra cosa, y una mujer sola en la mesa de dentro, junto a la cristalera, con una copa de vino y un libro.

Miré las seis. Las miré como se mira en mi oficio, que es despacio y sin que se note.

De la mujer sola pensé lo que pensaría cualquiera. Que hay que tener valor para cenar sola un jueves en Ponzano y que ojalá tuviéramos todas ese valor.

Pedimos. Y a los diez minutos se lo conté.

Le conté que tenía una paciente en una situación de acoso muy grave.

Le conté que el caso era anómalo y que el sujeto era organizado, meticuloso y probablemente peligroso.

Le conté que tenía razones profesionales para pensar que lo de Nuria estaba relacionado con ese caso, y que por eso estaba como estaba.

No le dije el nombre. No le dije la regla. No le dije lo del libro boca abajo. No le dije que Nuria estaba en el hospital porque yo había hablado cuatro minutos en mi despacho.

Le di cuarenta por ciento. Lo había calculado por la mañana, en el coche, y ese porcentaje lo elegí como se elige una dosis: lo suficiente para que no volviera a preguntar, lo bastante poco para que no pudiera repetirlo.

Álvaro me escuchó entero. No interrumpió una vez.

Cuando terminé, dejó el tenedor, se pasó la mano por la boca y se rio con la mitad de la cara. Después me di cuenta de que se estaba riendo de alivio.

—Joder —dijo—. Menos mal.

—¿Menos mal?

—Inés, llevo dos semanas pensando que te habían encontrado algo en una analítica.

Me quedé sin nada que decir.

—O eso —siguió, y cogió otra vez el tenedor—, o que te habías enamorado de alguien y no sabías cómo decírmelo. Y te juro que no sabía cuál de las dos me daba más miedo.

—Álvaro.

—Es lo que hay. Uno piensa mal. —Se encogió de hombros—. Que sea trabajo lo arreglo yo en una tarde. Mañana llamamos a Ruth.

—No es tan fácil.

—Nunca es fácil y siempre se hace. —Y ahí le salió el abogado, que en dieciocho años ha ganado todas las discusiones que ha querido ganar—.

Tienes a una empleada tuya con la mano destrozada, tienes una paciente que no denuncia y tienes a una mujer de cuarenta y nueve años levantándose a las cuatro de la mañana a mirar por la ventana. Se llama a Ruth. Se llama mañana.

Los dos hombres de la mesa de al lado gritaron algo sobre un penalti. El perro se levantó y volvió a echarse. La mujer de la cristalera pasó una página.

—Vale —dije.

—¿Vale de verdad o vale de las tuyas?

—Vale de verdad.

Pagamos a las once menos cuarto y volvimos andando por Santa Engracia, que son veinte minutos y él los hizo hablando de la casa de Rotterdam.

En el portal, mientras yo buscaba las llaves, me puso la mano en la nuca, que es una cosa que hace desde el segundo año.

—Oye —dijo—. Gracias por contármelo.

Me dio las gracias por contárselo.