11. Boca abajo
Boca abajo
El libro estaba boca abajo sobre mi mesilla.
Lo vi desde la puerta del dormitorio, con el abrigo todavía puesto, a las once y veinte de un miércoles, y lo primero que hice fue lo que hace todo el mundo: buscar la explicación normal.
Es un ejemplar de «Todas las señales», tapa dura, primera edición.
Vive en el salón, en la balda de arriba de la estantería de la izquierda, entre los dos diccionarios y la caja de fotos.
Me acerqué sin quitarme el abrigo.
Estaba abierto por las últimas páginas, con el lomo hacia arriba, sostenido por su propio peso, en el epílogo. Lo levanté y miré el número. Trescientos once. El epílogo son cuatro páginas y esa es la última.
La última línea del libro está en la trescientos once.
Lo cerré y me quedé con él en la mano.
Y entonces me acordé de cómo se hace.
Se fotografía primero. Se fotografía la posición exacta, con un objeto de referencia al lado para la escala, antes de tocar nada; y si hay que tocar, se toca por los cantos y se anota la hora.
Lo explico en el curso de valoración con una diapositiva que enseña una taza sobre una mesa y otra taza dos centímetros más allá, y digo siempre lo mismo: la memoria no es prueba, la memoria es un relato.
Yo lo llevaba en la mano derecha desde hacía cuarenta segundos.
Lo dejé sobre la mesilla e intenté reconstruir el ángulo. Lo tenía. La esquina inferior a dos dedos del borde, el lomo hacia la ventana, el pico de la sobrecubierta doblado hacia dentro. Hice cuatro fotos con el móvil, sabiendo mientras las hacía que eran fotos de un libro que había colocado yo.
Es un detalle pequeño. Lo pongo porque quiero que se entienda a qué velocidad ocurre: yo he entrenado a cuatrocientos profesionales para ese medio minuto, y me lo comí entero antes de acordarme de que existía.
Después hice la revisión de retorno, que es un procedimiento mío y que doy en cursos: cuando alguien sospecha que han entrado en su casa, no se busca lo que falta.
Se busca lo que sobra, lo que se ha movido y lo que se ha tocado.
La gente que roba se lleva cosas. La gente que entra a decirte algo, no.
Empecé por la puerta. Cerradura de seguridad de cinco puntos, instalada en la reforma de 2019.
Ni una marca en el bombín, ni polvo de latón en el felpudo, ni el arañazo alrededor del ojo que deja el ganzuado y que sale en todas las fotos de todos los informes.
La puerta de servicio de la cocina, condenada desde que compramos el piso, con el pestillo pintado por encima.
Ventanas. Seis. Las seis cerradas con la manilla en vertical, que es como las dejo yo, porque Álvaro las deja a cuarenta y cinco grados y a mí me pone nerviosa.
Después, el inventario de lo que estaba.
Mis pendientes, en el plato del baño. El anillo de su madre, en la caja de terciopelo del segundo cajón.
Ciento ochenta euros en billetes, en el sobre de la carpeta de las escrituras, contados.
El ordenador portátil, encima de la mesa del despacho.
Su reloj bueno, el que no se pone nunca, en su estuche. El pasaporte de los dos.
No faltaba nada. Nada estaba desordenado. La cama, hecha por Delia el martes, seguía con la esquina remetida a su manera.
Y luego estaba el enchufe.
En el dormitorio, detrás de mi mesilla, hay una base doble a la que llegan el flexo y el cargador del móvil.
Cuando aparté la mesilla para mirar el rodapié —porque en el rodapié se ven las marcas de haber arrastrado los muebles y no las había—, vi que en el segundo hueco había un adaptador pequeño, blanco, cuadrado, de esos que hacen de dos enchufes tres.
Me quedé mirándolo unos segundos.
En esta casa hay ocho o nueve de esos, comprados en distintas décadas.
Álvaro los pone y los quita según le pilla el cargador.
Yo tengo la impresión de que en ese enchufe no había nada, pero la impresión que uno tiene de la parte de atrás de su propia mesilla es la peor impresión del mundo, y así lo anoté esa noche, con esas palabras: adaptador en base del dormitorio; no recuerdo haberlo visto; sin valor probatorio .
Es la anotación más cara de mi vida. Once palabras.
Volví a colocar la mesilla en su sitio, con las patas en las marcas del parqué, y salí al salón.
Álvaro llegó a las doce menos veinte. Traía la corbata en el bolsillo y la cena en la mano, porque los miércoles cena en el despacho y siempre le sobra la mitad.
—¿Y tú por qué no te has quitado el abrigo?
—Acabo de llegar.
Dejó la bolsa en la encimera, la alineó con el borde y abrió la nevera. Yo tenía el libro en la mano derecha, contra la pierna. Fui al salón, alargué el brazo y lo metí en la balda de arriba, entre los dos diccionarios, y volví a la cocina antes de que él cerrara la nevera.
—¿Cómo ha ido la junta?
—Larga y gratis. —Sacó una cerveza—. ¿Tú qué tal?
—Bien.
Y en ese momento hice la operación completa.
La hice de pie, en mi cocina, con el abrigo puesto y un hombre de cincuenta y cuatro años sirviéndose una cerveza a metro y medio de mí, y me llevó lo que se tarda en abrir una botella.
Si le digo que han entrado en casa, hay que llamar a la policía, y hay que explicar por qué alguien entra en una casa a poner un libro boca abajo, y hay que explicar de qué libro estamos hablando, y hay que explicar lo de Nuria.
Si le digo todo eso, se lo he contado. Y si se lo he contado, tengo dos casos verificados en dieciocho días y el segundo duerme a mi lado.
Después hice la operación contraria, porque yo también sé hacer esa. Si no se lo digo, Álvaro va a seguir entrando en esta casa todos los días sin saber que otra persona entra también.
Las dos operaciones son correctas. Ese es el problema de la aritmética: no tiene opinión.
—Oye —dije—. ¿Tú has bajado el libro?
—¿Qué libro?
—El mío. El de arriba.
Se quedó con la botella a medio camino, sinceramente perplejo, y después se rio.
—Inés, ese libro me lo sé de memoria. Me lo leíste dos veces.
—Una.
—Dos. La segunda con voz de radio.
Me reí. Me salió bien, incluso.
—Es que estaba fuera de sitio.
—Habrá sido Delia. —Bebió—. Delia quita el polvo de la estantería y no vuelve a poner nada donde estaba. Llevo diez años diciéndotelo.
—Tienes razón.
—Claro que tengo razón.
—Se lo voy a preguntar de todas formas.
—Pregúntaselo. —Se sirvió lo que quedaba en la botella—. Y no le digas nada raro, que Delia se disgusta.
A Delia la llamé el jueves por la mañana, con la excusa de cambiarle el día. Le pregunté de pasada si el martes había tocado los libros del salón.
—Los quito y los pongo cuando limpio la balda, Inés, como siempre. Pero eso lo hago en la balda. Yo no me llevo un libro a la habitación, mujer.
—Ya lo sé. Perdona.
—¿Ha pasado algo?
—Nada. Cosas mías.
Colgué. Once años. Ni siquiera me quedó la duda: me quedó la vergüenza de haber gastado quince segundos en ella.
Delia quita el polvo los martes. Delia no abre los libros por el epílogo ni los deja abiertos boca abajo sobre una mesilla que está a doce metros de la estantería, y Delia limpia esta casa desde hace once años y tiene llave y tiene mi confianza absoluta y ese día pasé quince segundos considerándola.
Le dije que sí a Álvaro y me fui a quitar el abrigo.
En la cama, con la luz apagada, hice la lista de las llaves.
Álvaro. Yo. Delia. Ana, la hija de Álvaro, que vive en Rotterdam y que estuvo aquí en Navidad. Un juego de repuesto en el cajón de la cocina, el que se le deja al vecino cuando te vas de viaje, y que estaba en el cajón de la cocina, porque lo había mirado.
Cinco. Cuatro personas.
El viernes por la mañana repetí la revisión en la consulta, antes de abrir.
Puerta de la planta: cerradura de seguridad, sin marcas.
Ventanas al patio, las tres con el cierre echado.
El armario de las historias, cerrado con llave, y la llave donde tiene que estar.
Los cuadernos, en su balda. El material de la empresa de limpieza, en el cuarto de la izquierda, con su horario colgado en la puerta: martes y viernes, de siete a nueve de la mañana, dos personas, siempre las mismas desde hace cuatro años.
Miré, medí, apunté y no encontré nada. Y no encontré nada porque estuve cuarenta minutos buscando por dónde entra alguien.
No busqué qué se queda dentro. No se busca lo que no se te ha ocurrido.
Después conté las veces que había sacado las llaves de casa delante de otro ser humano en las últimas tres semanas, que es una cosa que no se puede contar, y me quedé un rato con eso.
Álvaro se durmió antes que yo, como siempre, con el brazo por fuera del edredón.
Y esto es lo que pensé, y lo escribo porque es la parte que sí me pertenece.
Pensé que le estaba mintiendo para protegerlo. Pensé que había otras cosas más importantes que la verdad, que la verdad podía esperar unos días, que él estaría mejor sin saberlo, que yo controlaba la situación y que se lo contaría todo en cuanto tuviera algo sólido.
Llevo veinte años oyendo esas cuatro frases en mi consulta. Nunca en boca de una víctima.
Álvaro se dio la vuelta en sueños y me puso el brazo encima.