A quien se lo cuentes 10. Hipótesis de trabajo
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10. Hipótesis de trabajo

Hipótesis de trabajo

La operación salió bien. Dos agujas, escayola hasta el codo, alta el jueves por la tarde. Marisa me escribió para decírmelo y añadió que su madre estaba animada y que preferían no tener visitas el fin de semana, para descansar.

Contesté que por supuesto. Releí el mensaje tres veces buscando el tono y no lo encontré, que es lo que uno hace cuando el tono está ahí y no le conviene verlo.

El resto de aquella semana lo dediqué a lo único que sé hacer cuando no sé qué hacer, que es montar el expediente.

Primero: las cámaras.

Llamé al administrador del edificio el jueves a las nueve y cuarto. Le pedí las grabaciones del garaje del jueves anterior, entre las seis y las siete de la tarde.

—¿Ha pasado algo?

—Un tema de seguridad de mi consulta.

—Es que del garaje no hay.

Me lo explicó con la paciencia de quien lo ha explicado en cuatro juntas.

La cámara del garaje enfoca la rampa de entrada de vehículos, para las matrículas, y no llega al rellano del ascensor de servicio; se instaló así en 2018 porque los vecinos discutieron si grabar el aparcamiento entero era legal y decidieron que no.

Las dos del vestíbulo cubren la puerta principal y el buzón.

Todo se sobrescribe cada setenta y dos horas.

—De la puerta de la calle sí le puedo sacar lo que quiera —dijo—. Eso lo tengo bien.

Le di las gracias.

Mi paciente lleva ocho semanas entrando en este edificio y no existe un solo fotograma suyo.

Entra por la rampa lateral, cruza el aparcamiento por debajo del campo de la cámara, coge el ascensor de servicio y sube directamente a mi planta.

No pasa por el vestíbulo. No pasa por recepción.

Paga en efectivo, no aparece en la agenda digital, y su dirección la tengo apuntada a mano en un cuaderno porque me pidió que no la metiera en el ordenador y yo accedí.

Ese circuito lo diseñé yo. Está descrito, con un plano, en las páginas doscientos cuatro y doscientos cinco de mi libro. Lo he defendido en dos congresos. Sirve para que una mujer pueda venir a contar lo que le pasa sin dejar rastro de que ha venido.

Escribí en el cuaderno: el protocolo funciona .

Lo subrayé, además, que es lo que hago con lo que quiero encontrar rápido.

Segundo: el piso.

Antes había hecho otra cosa el miércoles, y la pongo aquí porque fue lo único de aquella semana que me devolvió algo parecido a la sensación de estar trabajando.

Llamé a la mutua y pedí el listado de mis derivaciones de los últimos seis meses.

Quería comprobar una cosa: si en algún momento alguien me había mandado a esa paciente. Si existía un correo, una llamada, un nombre de compañero.

Salieron veintinueve derivaciones en seis meses. Las repasé una por una, con el teléfono en la mano, cotejando fechas.

Ninguna es ella.

Llegó por el teléfono de la consulta, un martes por la tarde, sin que la mandara nadie.

Y eso, que en mayo apunté como «acceso directo, sin derivante», es justo lo mismo que escribí en un cuaderno en octubre de 2012, con otra letra y con otra mujer.

La calle Puerto de Canfranc existe y el número existe. Busqué el edificio en los portales inmobiliarios por costumbre profesional, para saber cómo era el sitio antes de ir.

El tercero exterior estaba anunciado. Cuarenta y dos metros, sin muebles, disponible desde marzo.

Nueve fotos hechas con gran angular, de esas que ensanchan los pasillos: cocina con los electrodomésticos puestos, dormitorio vacío, salón vacío, un radiador, un enchufe suelto en la pared del fondo. Anuncio actualizado hacía once días.

Ella me había dicho que lo alquiló en enero por seis meses.

Podía significar cinco cosas. Que la agencia no hubiera retirado el anuncio, que pasa constantemente. Que hubiera dos terceros. Que se estuviera mudando. Que hubiera mentido otra vez por el mismo motivo por el que mintió la primera. O la quinta.

Guardé las nueve fotos en una carpeta del ordenador. No fui.

Y esto tengo que dejarlo escrito con precisión, porque después se me ha preguntado mucho por qué no fui, y la respuesta no es cobardía ni negligencia: yo tenía sesión con ella el martes siguiente.

Presentarme sin avisar en el domicilio de una paciente en situación de acoso, sin más motivo que una discrepancia en un anuncio inmobiliario, es una intromisión que en mi profesión se paga con expediente y que en su caso concreto podía costarle a ella lo que le costó a Nuria.

Eso también lo escribí. Es verdad. Es toda la verdad menos una parte.

Tercero: la gente.

Hice la lista de a quién podía recurrir. La hice en la última hoja del cuaderno, en columna, con el bolígrafo de la mesa baja.

Ruth Salgado. Le doy el caso y el caso lleva dentro a la paciente, y la paciente no ha denunciado. Y aunque saltara por encima de eso —que se puede, hay una vía, la conozco—, el resultado sería una conversación de dos horas entre Ruth y yo, a solas, en la que yo le cuento todo.

Teresa Roldán, supervisión clínica. Lleva la unidad de agresiones de la mutua desde hace quince años y es la única persona a la que llamo cuando un caso me supera. Una llamada de cincuenta minutos. A solas. Contándoselo todo.

Un detective. Hay dos con los que he trabajado en causas. Para que sirva de algo, hay que darle el caso entero. A solas. Contándoselo todo.

Marisa, que sabe lo del buzón y no sabe nada más.

Álvaro.

Miré la columna un rato largo. Después tracé una raya vertical a la derecha y encabecé la segunda columna, y escribí en cada línea, a la altura de cada nombre, la misma palabra. Tardé menos de un minuto en escribirla cinco veces.

Siguiente.

El viernes por la noche, en la consulta, con la luz de la lámpara de pie y sin nadie en toda la planta, monté por fin la hipótesis. La copio tal cual, porque el cuaderno está en un armario de pruebas desde hace tiempo y yo tengo la fotocopia.

Hipótesis de trabajo. Caso E.

1. El sujeto no persigue a la paciente. La paciente es el instrumento.

2. El sujeto castiga a quien recibe la confidencia, no a quien posee la información.

3. Distinción operativa: contarlo a una persona ≠ declararlo en un sistema. Comisaría, mostrador, formulario, informe: sin consecuencia registrada. Cocina, teléfono, despacho cerrado: consecuencia en 2–11 días.

4. Corolario: el daño no lo determina el contenido. Lo determina la intimidad del acto de contar.

5. Vector de acceso: desconocido. Sin hipótesis. (Ver ficha 12/6.)

6. Alcance: la regla se ha transferido de la paciente a la terapeuta. Confirmado con un caso.

Me quedé mirando el punto seis.

Hay un momento, en algunos casos, en que uno deja de estar delante del cuadro y pasa a estar dentro.

Yo he acompañado a mucha gente en ese momento y siempre les he dicho lo mismo: que reconocerlo no empeora nada, que lo que estaba pasando ya estaba pasando, que nombrarlo es lo único que devuelve un poco de suelo.

Es un buen discurso. Yo, aquella noche, lo que hice fue añadir un punto siete.

7. Actuación: continuar en solitario. No derivar. No supervisar. No informar. Revisar semanalmente.

Y debajo, porque en aquella época todavía me escribía la verdad en los márgenes, aunque ya la escribía cada vez más pequeña:

No es que no pueda pedir ayuda. Puedo. Lo único que tengo que decidir es a quién y qué le pasa después.