A quien se lo cuentes 9. Se lo dije
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9. Se lo dije

Se lo dije

El martes subió llorando, que era la primera vez.

No se sentó. Se quedó de pie junto a la butaca con el abrigo puesto y el bolso todavía colgado y me miró desde ahí.

—La señora del vaso de agua —dijo.

Yo tenía preparadas cuatro maneras de empezar aquella sesión y ninguna servía.

—Siéntese.

—¿Está viva?

—Sí.

—¿Muy grave?

—La mano. —Me oí administrando la información como se administra en un box, en gramos—. La operan mañana. Se va a recuperar.

Eva se sentó entonces, de golpe, sin quitárselo, y lloró durante casi dos minutos sin taparse la cara, que es una manera de llorar que no se ve mucho. Yo me quedé quieta y la dejé, porque es lo que hay que hacer y porque no se me ocurría otra cosa.

—Se lo dije. —Se limpió con el dorso de la mano—. Se lo dije el primer día y usted me dijo que no se lo había contado a nadie.

—Y era verdad cuando se lo dije.

—Ya. —Se rio con la garganta, sin nada de risa dentro—. Es culpa mía. Por venir aquí. Yo sabía cómo funciona esto y vine igual.

Le dije que no. Se lo dije con las palabras exactas que uso con las víctimas que se atribuyen los daños de su agresor, que son buenas palabras y que llevo veinte años puliendo, y por primera vez en veinte años las dije sabiendo que la culpa que estaba desmontando era mía y no de ella.

Funcionó. Ese es el detalle que me interesa. Funcionó igual.

—¿Cómo se ha enterado? —pregunté.

Levantó la cabeza.

—Porque me lo hace saber.

—Explíquemelo.

—Siempre me lo hace saber. —Buscó el móvil en el bolsillo del abrigo y lo dejó en la mesa baja, boca arriba, apagado, y lo empujó dos centímetros hacia mí—. Con Rocío fue igual. Con mi hermana fue igual. Antes de que me enterara por ellas, ya lo sabía yo.

—¿Cómo?

—El domingo por la mañana me llegó una foto. De un número que no era un número, de esos que salen con el prefijo raro. —Se pasó la lengua por el labio—. Era la bandeja del garaje. Con el vaso y la servilleta encima.

—¿La tiene?

—Se borran solas. Se abren una vez y desaparecen. —Empujó el móvil un poco más—. Míremelo si quiere. No hay nada. Nunca hay nada.

Cogí el teléfono. Estaba apagado del todo, como el primer día.

Se lo devolví sin encenderlo, porque encender el móvil de una paciente sin su permiso escrito no se hace ni aunque te lo ponga en la mano, y porque —esto lo escribo entero, ya que estoy— yo di por hecho que no habría nada, y tenía razón, y tener razón me ahorró una discusión y me costó lo único que había.

Ahí perdí once minutos. Los conté después.

Once minutos preguntándole por prefijos, por aplicaciones, por si había hecho captura, por si el operador guarda registro de los mensajes que se autodestruyen, que lo guarda, y por si estaba dispuesta a pedir esos registros, que requiere denuncia y ella no iba a denunciar.

Once minutos en el teléfono.

Y ni uno en la única pregunta que importaba, que estaba delante de mí encima de la mesa: cómo sabía él lo que se había dicho, un jueves a las seis y media, en una habitación con la puerta cerrada, en la última planta de un edificio sin medianeras.

A las ocho menos cuarto le puse delante la hoja de datos de la primera visita.

—Ciento doce —dije—. Esa calle acaba en el ochenta y siete.

Se puso muy roja. No como quien miente y lo pillan: como quien ha hecho algo vergonzoso por un motivo que le parece bueno.

—Lo siento.

—No lo sienta. Explíquelo.

—Usted tiene una ficha mía en un ordenador —dijo—. Y una recepcionista, y un gestor, y una gente que le hace las facturas. Y él entra donde quiere.

—Nadie ha entrado en mi consulta.

—Ya. —Me miró—. Y en mi casa nadie ha forzado nada nunca, y yo tengo la ropa del armario cambiada de balda dos veces al mes.

Le pedí la dirección de verdad. Me la dio: un piso en Vallecas, en la calle Puerto de Canfranc, tercero exterior, alquilado desde enero por seis meses. Lo escribió ella misma debajo de la otra, tachando la falsa con dos rayas, y me pidió que no lo pasara al ordenador.

Le dije que no lo pasaría al ordenador. Lo apunté a mano, en el cuaderno, en la página del mapa de círculos.

Después trabajamos veinte minutos más y ella se calmó, y hacia el final, cuando ya estaba recogiendo, dijo:

—Es que aquí es el único sitio donde puedo oírme decirlo en voz alta y que no llegue a ninguna parte.

Levanté la vista.

Es una frase mía. No parecida: mía. La escribí para describir lo que tiene que ser una consulta y la he leído en voz alta en cuatro presentaciones, porque es de las que funcionan.

—Eva.

—¿Qué?

—¿Ha leído usted mi libro?

—Claro que lo he leído. —Se colgó el bolso—. Si no lo hubiera leído, no habría venido.

Y eso, señoras y señores, es una respuesta perfecta.

Lo pensé así en aquel momento, con esa sorna que gasto conmigo cuando algo me incomoda y quiero cerrarlo rápido.

Mis pacientes me han leído. Vienen porque me han leído.

Repiten mis frases porque son las frases que les di, del mismo modo que un hijo repite las muletillas de su madre y no por eso hay que llamar a nadie.

Le pasa a cualquier autor que ejerce. Es, si acaso, un problema metodológico: contamino el discurso de las personas a las que después evalúo.

Lo apunté así, con esas palabras. Contaminación del relato por lectura previa. Vigilar.

Es la anotación más inteligente de toda la ficha y es la que me costó cuatro meses.

En la puerta del ascensor se volvió.

—Doctora. Gracias por decírmelo. Lo de la mano. —Tenía los ojos otra vez llenos y la voz muy tranquila—. Se lo digo porque me lo podía haber ocultado y no me lo ha ocultado, y eso no lo hace casi nadie.

—Es su caso. Tiene derecho a saberlo.

—No es mi caso. —Metió la mano para sujetar la puerta—. Ahora es el suyo.

Bajó. Yo me quedé en el rellano hasta que se apagaron los noventa segundos.

Álvaro me esperaba levantado, con el ordenador cerrado encima de las rodillas, que es su manera de decir que lleva un rato sin trabajar.

—Llevas cinco días con la mandíbula así —dijo, y se tocó la suya.

—Ha sido una semana rara.

—Ha sido una semana en la que a Nuria le han roto una mano en su portal. —Dejó el ordenador en la mesa y lo alineó con el borde—. Eso no es raro. Eso es horrible y tiene nombre.

—Ya.

—¿Tú estás bien?

Y yo le dije que sí. Le dije que estaba cansada, que la operación era al día siguiente, que tenía la agenda descuadrada y a una paciente complicada. Todo cierto. Le pregunté si había bajado la basura.

Él me miró un segundo más de lo que dura mirar a alguien a quien crees.

—La he bajado —dijo.