8. Mi fracaso
Mi fracaso
Es una frase pequeña con mucho dentro. Nadie cogió el teléfono entre las nueve y las diez y media.
La paciente de las once encontró la puerta abierta y a nadie detrás del mostrador y se quedó de pie en el recibidor, con el bolso, sin atreverse a sentarse, porque una sala de espera sin recepcionista no parece una sala de espera: parece una casa en la que te has metido.
A Nuria la operaban el miércoles. Tercer y cuarto metacarpianos, dos agujas, siete semanas de férula y después rehabilitación. El parte lo leí de pie, en el pasillo del hospital, con Marisa al lado, y hay una línea en el apartado de exploración que dice «aplastamiento por mecanismo de cierre».
Cancelé la tarde del lunes. No cancelé el martes.
Aquella tarde de lunes la pasé en la consulta con la puerta abierta y sin nadie en toda la planta.
Contesté catorce correos. Ordené la carpeta del peritaje de Zaragoza. Recoloqué los recibos del cajón, que era lo de Nuria y que estaba perfecto.
A las siete y media miré el reloj sin darme cuenta de que lo estaba mirando.
Es la hora de ella. Los martes y los jueves.
Aquel lunes no tocaba, y aun así levanté la cabeza a las siete y media, y me quedé escuchando el hueco del ascensor durante unos segundos.
—Podemos moverlo —dijo Cecilia, de la productora, cuando la llamé—. Es una radio, Inés, no es el Congreso.
Y yo dije que no hacía falta.
Ahora tengo que explicar por qué no hacía falta, y voy a hacerlo bien, porque después se ha publicado que yo estuve dando entrevistas mientras mi recepcionista estaba en quirófano y eso es cierto y es la parte fácil de decir.
La razón profesional era buena: la promoción de la serie estaba cerrada desde marzo, con cinco medios encadenados, y caerse de uno era caerse de todos, y detrás había cuarenta personas trabajando.
La razón personal era peor y también la sabía: llevaba treinta horas sin poder pensar en línea recta, y hay un sitio en el mundo donde yo pienso en línea recta aunque me esté cayendo la casa encima, y es delante de un micrófono, contando la historia que llevo doce años contando.
Salió a las once y veinte de la mañana, en directo, veintidós minutos.
La periodista era buena. Se llama Adela Pineda y prepara las entrevistas, que ya no es lo normal.
Empezó por la serie, siguió por los datos —el sesenta y uno por ciento de las mujeres acosadas en España no denuncia; lo digo tantas veces que ya no sé de qué informe salió— y a los catorce minutos hizo lo que hacen los buenos: se calló medio segundo y cambió de temperatura.
—El libro termina con una frase que mucha gente se sabe de memoria —dijo—. «El mar no devolvió respuestas.» ¿Sigue usted pensando en ella?
—Todos los días.
—¿Todos?
—Todos.
Y le conté a Adela Pineda, y a doscientas mil personas, la historia que he contado en cuatro idiomas.
Que en 2013 vino a mi consulta una mujer de treinta y dos años a la que llamé Marta.
Que la acosaba un hombre casado con el que había tenido algo breve y que no aceptaba que se hubiera terminado.
Que era el manual entero: presencia, mensajes, la vida laboral desmontada pieza a pieza, el aislamiento.
Que denunciamos dos veces y las dos se archivaron.
Que yo hice lo que se podía hacer con las herramientas que había en 2013, que eran pocas, y no bastó.
Que un sábado de octubre su coche apareció en el mirador de un acantilado, en la costa de Cantabria, con las llaves puestas y el bolso en el asiento.
Que nunca la encontraron.
—El mar no devolvió respuestas —repitió Adela, y dejó tres segundos de silencio de radio, que en radio son un lujo.
—Escribí el libro porque no fui capaz de salvarla —dije—. Es así de simple y así de feo. Escribí un manual para que la siguiente mujer se encontrara con una profesional mejor de la que se encontró ella.
—¿Y lo consiguió?
—A veces. —Pausa mía, esta vez calculada—. Nunca con ella.
Colgué el micro, di las gracias a la técnica, firmé un libro para su madre y salí a la calle Génova a las doce menos cuarto.
Todo lo que dije es verdad. Cada frase se sostiene una por una. Lo he comprobado con lupa, y no por escrúpulo: por supervivencia.
Lo que no dije es esto, y no lo dije porque no me lo preguntaron y porque hay cosas que uno se guarda por decencia y porque después se convierten en otra cosa.
En doce años no he contado nunca cómo era ella en la habitación.
Que ordenaba los sobres de azúcar por colores cuando quedábamos en la cafetería de abajo, los blancos con los blancos y los morenos con los morenos, y los dejaba alineados en el borde del platillo antes de empezar a hablar.
Que esperaba su turno para hablar incluso estando las dos solas, como si hubiera una tercera persona en la mesa que también tuviera derecho.
Que en cinco meses no llegó tarde ni una vez.
Y que la última tarde, al salir, me dio las gracias por no haberle contado a nadie lo nuestro.
Eso lo he tenido guardado doce años sin decírselo a un solo periodista.
Yo creía que lo guardaba por respeto.
Por la tarde, en la consulta vacía, me puse a hacer lo único útil que se me ocurría, que era ordenar el caso.
Saqué la ficha de Eva y la pasé a limpio. Nombre, apellidos, teléfono, correo, dirección. Lo hice como se hace cuando uno prepara un expediente para que lo lea otro, aunque no fuera a leerlo nadie: si el jueves aparecía un juzgado pidiéndome algo, yo quería tenerlo todo cuadrado.
La dirección la había escrito ella misma en la hoja de datos de la primera visita, con su letra, apretada y pequeña, inclinada hacia la derecha.
La busqué en el callejero para poner el distrito.
La calle existe. Es una calle larga de Tetuán, con su tramo feo y su tramo reformado, y la conozco porque hay un centro de día en el que di un curso hace cinco años.
El número no.
Los impares terminan en el ochenta y siete, en un solar con una valla verde y un cartel de promoción inmobiliaria de 2019. Ella había escrito ciento doce.
Lo comprobé tres veces. En el callejero municipal, en dos mapas y en el padrón de locales comerciales. Después llamé a la centralita del centro de día y le pregunté a una mujer muy amable, que llevaba veinte años allí, hasta dónde llegaba la numeración por ese lado.
—Hasta el ochenta y siete, hija —dijo—. Y gracias.
Colgué. Fuera había empezado a llover y las ventanas de la consulta dan al patio, así que no se veía nada, pero se oía.
Me quedé mirando el ciento doce escrito con letra apretada.
Después cogí el bolígrafo, lo rodeé con un círculo y escribí al lado, en el margen: comprobar el martes .