A quien se lo cuentes 7. Visitas
13%

7. Visitas

Visitas

Llegué al Clínico a la una y cincuenta y en urgencias, de madrugada, hay un tipo de silencio que no es silencio: es gente hablando bajo delante de puertas.

Marisa, la hija, estaba en el pasillo con un abrigo encima del pijama y un móvil en cada mano, el suyo y el de su madre.

Nos conocemos desde que tenía catorce años.

Me dio dos besos con una eficacia que a esa hora vale más que un abrazo y me contó lo que sabía, en el orden en que se lo habían contado a ella, que es como cuenta la gente cuando lleva dos horas repitiendo.

Su madre había salido a las once y media a bajar la basura y a acompañar a Fer al coche.

Volvió sola. Entre la puerta de la calle y el ascensor hay cuatro metros y medio y una segunda puerta, la de cristal, que tiene un muelle duro desde siempre.

Un vecino del primero la encontró a las doce y veinte cuando bajó a sacar al perro.

Estaba sentada en el suelo, apoyada en los buzones, consciente.

No le habían robado nada. El bolso estaba a su lado, con el monedero y las llaves dentro.

—La mano —dijo Marisa—. Se la han hecho polvo. Con la puerta.

—¿Y la cabeza?

—Un golpe. Le van a hacer un TAC ahora. Dicen que está bien. —Se pasó el dorso de la muñeca por debajo del ojo—. Dicen «está bien» de una manera que no sé si es que está bien.

En el box, mi recepcionista de veinte años tenía la mano derecha inmovilizada y elevada sobre una almohada, con los dedos hinchados hasta perder los nudillos, y una brecha por encima de la ceja cerrada con puntos de aproximación.

Estaba despierta. Me buscó con los ojos antes de girar la cabeza, que es lo que hace la gente cuando le duele girar la cabeza.

—Ya está —dije—. Ya estás aquí.

—Inés. —La voz le salía de más abajo de lo normal—. No he visto nada.

—No hace falta.

—Estaba dentro. En el portal. —Tragó—. Cuando entré ya estaba dentro.

Le puse la mano en el brazo bueno y le dije lo que se le dice a alguien en esa situación, que no es información: es ritmo. Le dije que la iban a mirar bien, que Marisa estaba fuera, que del trabajo no se preocupara. Le dije que mañana lo vería todo distinto, que es mentira y que funciona.

Nuria movió los dedos de la mano izquierda buscando algo sobre la sábana y no encontró nada, porque no había nada que encontrar.

El agente se llamaba Villar y tenía veintipocos años y una libreta de anillas.

Fue correcto y fue rápido. Robo con violencia en grado de tentativa, esperando en el portal, huida sin sustracción; probablemente la víctima gritó o el vecino bajó antes de tiempo.

Preguntó si Nuria había tenido problemas con alguien.

Preguntó por la expareja, que lleva muerta cuatro años.

Preguntó si el portal tenía cámara, y no la tiene, porque en las juntas de vecinos las cámaras cuestan cuatrocientos euros y la unanimidad.

Después me preguntó a mí, porque yo estaba allí a las dos de la mañana y porque en la ficha figuraba como primer contacto.

—¿Usted sabe de algo? ¿Alguien que pudiera tenerle manía?

Y aquí está el momento.

Lo he reconstruido tantas veces que ya no sé si recuerdo el pasillo o recuerdo la reconstrucción. Sé que había una máquina de café con un cartel de «avería» pegado con esparadrapo. Sé que Villar tenía el bolígrafo levantado y que llevaba la libreta apoyada en el antebrazo, no en la pared.

Y sé lo que pensé, porque lo pensé entero y en orden, como pienso yo.

Pensé: si digo la regla, digo el caso. Si digo el caso, digo a la paciente, y la paciente no ha denunciado, y su historia entera está protegida por un secreto profesional que en España no se levanta porque a una le parezca urgente.

Pensé: si digo la regla sin decir el caso, estoy diciéndole a un agente de veintitrés años, en un pasillo de urgencias, que a mi recepcionista le han destrozado la mano porque yo hablé de una paciente en mi despacho.

Sin un nombre. Sin un atestado previo. Sin una sola prueba material en el mundo.

Pensé lo siguiente, que es lo que a mí me convenció: yo he peritado once causas de acoso.

Sé exactamente qué pasa con una declaración así.

Se recoge. Se archiva. Y a partir de ese momento el atestado de Nuria lleva pegada la palabra de una psicóloga famosa hablando de un acosador invisible sin identificar, y todo lo que venga después —todo— se leerá a la luz de ese párrafo.

Y pensé, por último, lo que era verdad: que la persona que había hecho aquello sabía lo que se había dicho en una habitación cerrada.

Que si lo sabía, era porque tenía una manera de saberlo.

Y que mientras yo no supiera cuál era esa manera, cada persona a la que se lo contara pasaba a estar exactamente donde estaba Nuria.

—No —dije—. No sé de nadie.

Villar lo apuntó. Tardó menos en apuntarlo que yo en decirlo.

Firmé la comparecencia a las tres menos cuarto, en una mesa de formica, con un bolígrafo que no escribía bien y que tuve que apretar.

Dos folios. En el segundo hay una casilla que dice «¿desea manifestar algo más?

» y yo escribí «no» y puse la rúbrica al lado, que es lo que hago siempre, incluso en los documentos que no importan.

He revisado esa firma. Es idéntica a la de todos mis informes.

A las cuatro y diez, desde el aparcamiento, llamé a Eva.

Buzón. Volví a llamar. Buzón otra vez, sin siquiera un tono, que es lo que suena en un teléfono apagado y no en uno que rechaza la llamada. Le escribí un mensaje pidiéndole que me llamara a cualquier hora. Se quedó en un tic gris.

Me quedé en el coche con las manos en el volante y sin arrancar, y me hice el resumen del día, que es una manía mía y que aquella noche funcionó mal.

Empecé bien. Establecí que la nota había estado en la bandeja el jueves entre las seis y cuarto y las seis y cuarenta y cinco.

Establecí que la paciente la había cogido y la había tirado, según ella.

Establecí que el sábado por la tarde aparecía en un buzón a nueve kilómetros de allí, con cuatro palabras añadidas por una letra pequeña y muy regular.

De modo que entre el jueves y el sábado alguien había recuperado un papel tirado por mi paciente, había averiguado quién era la ene que lo firmaba, había localizado su domicilio y

Y ahí se me acabó la frase.

No es una manera de hablar. Estaba construyendo la explicación con la sintaxis con la que las construyo siempre, encadenando, y llegué al verbo siguiente y no había verbo siguiente. Me quedé con la boca cerrada y las manos en el volante del coche.

Lo anoté después, en casa, a las cinco y cuarto, en la ficha del caso: no dispongo de hipótesis que explique el acceso . Es una frase que había escrito antes cuatro o cinco veces en mi vida profesional, siempre sobre casos de otros.

Y debajo escribí lo que iba a hacer, que era seguir.

Seguir viendo a la paciente el martes. Seguir sin decírselo a Ruth.

Seguir sin decírselo a Álvaro, que dormía a tres metros y que a las once de la noche me había preguntado, con la lámpara ya apagada, si aquello del hospital tenía algo que ver con el trabajo, y a quien yo le había dicho que Nuria vivía en un barrio con mucho tirón de bolso.

Eso último no lo escribí en la ficha.