6. Devuelta
Devuelta
—Sí. Los cogí yo.
Eva lo dijo sin ninguna alarma, sentada ya, con el abrigo todavía puesto porque la consulta a esa hora está fría los jueves.
—¿A qué hora bajó?
—A las siete menos veinte. —Se soltó el primer botón—. Perdone. Salí antes del trabajo y no sabía dónde meterme, y en la calle no me quedo quieta. Estuve en el garaje, junto a la columna.
—¿Cuarenta minutos?
—Cincuenta.
Le pregunté qué había en la bandeja. Enumeró: un vaso de agua con una servilleta encima, un llavero negro con un botón, y un papel doblado por la mitad.
—¿Lo leyó?
—Sí. —Bajó los ojos—. Ponía «Estamos contigo». Y una letra, una ene.
—¿Y dónde está?
—Lo tiré. —Levantó la cabeza y me sostuvo la mirada, y aquello me pareció entonces lo más sano que había hecho en tres sesiones—. No quiero papeles míos por ahí con letra de otra persona.
Le dije que había hecho bien. Le dije que aquello había sido un error de organización de mi consulta y que no se repetiría. Trabajamos cincuenta minutos sobre otra cosa y a las ocho y veinte bajó por la rampa con los noventa segundos justos.
El viernes por la mañana entré en recepción y cerré la puerta detrás de mí, que es un gesto que Nuria y yo no habíamos usado nunca en veinte años.
—Te dije que nada.
—Y no le he dicho nada.
—Le dejaste un llavero de alarma y una nota firmada.
Nuria dejó el bolígrafo encima de la mesa. Tiene una manera de dejar los objetos que es en sí misma una respuesta.
—Le he dejado once euros de plástico y un papel sin nombre —dijo—. Ni el suyo ni el mío.
—Firmaste.
—Firmé con una letra. —Se le puso rojo el cuello, no la cara: a Nuria siempre le empieza por el cuello—.
Perdóname mucho, Inés, pero yo por esa puerta veo bajar a una criatura temblando dos veces por semana, y tú me dices que la gente que se le acerca tiene accidentes, y yo me voy a mi casa a cenar tan tranquila. Pues no.
—Es exactamente lo que tienes que hacer.
—Ya lo sé. —Cogió otra vez el bolígrafo—. Por eso lo he hecho a escondidas.
Nos quedamos las dos calladas. Después le dije que no volviera a pasar y ella dijo que no volvería a pasar, y las dos sabíamos que era verdad, porque el papel ya estaba tirado y la chica ya tenía su alarma y no había nada que repetir.
Es el único encontronazo que tuvimos en veinte años. Duró cuatro minutos y lo gané yo.
Los dos días siguientes no ocurrió nada, que es una frase que uno solo puede escribir después.
El sábado por la tarde Álvaro y yo fuimos a ver un piso que su hija quiere comprar en Rotterdam, en fotos, con ella al otro lado de la pantalla explicándonos los metros. Comimos tarde. Contesté cuatro correos del gabinete de Zaragoza. A las siete y cuarto me llamó Nuria.
—Inés. —Y en cómo dijo mi nombre ya estaba todo—. ¿Puedes hablar?
—Dime.
—Me han metido una cosa en el buzón.
—¿Qué cosa?
—Mi nota. —Oí papel—. La de la chica. La que dejé en la bandeja.
Me senté en la butaca del salón. Álvaro levantó la vista del ordenador y yo le hice un gesto de que no era nada.
—¿Estás segura de que es la misma?
—Inés, es mi letra. Es mi papel. Es el trozo de folio que corté yo del borrador de las facturas, que tiene la raya del sello por detrás. —Respiraba mal—. Y hay algo escrito debajo.
—¿Qué pone?
—Pone: «Ella no te lo pidió.»
—¿Con qué letra?
—Pequeña. Muy igual. Con boli azul, como la mía, pero muy pequeñita y muy derecha. —Silencio—. No es letra de hombre.
Aquí es donde tengo que contar exactamente lo que hice, porque lo he contado dos veces en sede judicial y las dos veces me creyeron.
Hice lo que enseño. Punto por punto y en su orden.
Le dije que respirara y que no colgara. Le pedí que me describiera el buzón: si estaba forzado —no lo estaba—, si la nota venía en sobre —no venía—, si se veía desde la calle —el portal tiene puerta de cristal y el buzón es el segundo por la izquierda, así que sí.
Le dije que aquello no era una amenaza. Y no lo era: no hay amenaza en cuatro palabras que no anuncian nada, no piden nada y no describen ningún daño, y eso también lo enseño, porque una de las cosas que más asusta a la gente es lo que sí es amenaza y una de las que más la agota es lo que no.
Le dije que metiera la nota en una bolsa de congelados y no la tocara más.
Le dije que llamara a la policía el lunes, con la nota, y que pidiera copia del atestado.
Le dije que subiera a casa, cerrara y me llamara si volvía a pasar cualquier cosa, cualquiera, a la hora que fuera.
—¿Y no llamo hoy? —preguntó.
—Un papel en un buzón sin sobre y sin firma un sábado por la tarde, Nuria.
Te van a tener tres horas en la sala de las sillas azules para tomarte una comparecencia que van a archivar el martes.
—Yo tenía la voz de trabajo puesta, la buena, la que ha calmado a doscientas personas—.
El lunes vas por la mañana, pides que lo unan a un número de atestado y les das mi teléfono.
Conmigo delante te lo van a coger de otra manera.
—Vale.
—¿Estás sola?
—Está Fer, que ha venido a por la escalera.
—Que se quede a cenar.
—Ay, hija, si es mi cuñado.
—Que se quede.
Se rio un poco. Fue la última vez que la oí reírse por teléfono. Antes de colgar me dijo: «Oye, ¿y la chica está bien?», y yo le dije que sí, y ella dijo «menos mal», y colgamos a las siete y veintinueve.
No la llamé después. No la llamé porque no había motivo para llamarla, y no lo había porque yo tenía razón en todo lo que le dije.
Un papel no es una amenaza. Un sábado no es un lunes.
La policía archiva. Todo eso es cierto, y sigue siendo cierto, y lo he vuelto a explicar en un aula desde entonces con las mismas palabras y la misma seguridad, y solo yo sé que mientras las digo estoy contando una hora exacta.
A las nueve cenamos sopa fría. A las diez y media vimos media película. A las doce me dormí.
El teléfono sonó a la una y doce.
Número largo, empezado en 91. Una voz de mujer, joven, con ese tono administrativo y compasivo que solo se aprende en dos o tres oficios.
—¿Hablo con Inés Beltrán?
—Sí.
—La llamo del Clínico San Carlos. ¿Conoce usted a Nuria Elorza Sáenz?
Álvaro encendió la lámpara de su lado. Yo me había sentado en la cama sin darme cuenta de que me había sentado.
—Trabaja conmigo —dije—. Desde hace veinte años.
—Figura usted como su primer contacto.
Me quedé con eso un segundo, que es un segundo que también he repasado mucho. Primer contacto. Por delante de su hija, por delante de su hermana, por delante de Fer, que estaba allí mismo por una escalera.
—¿Qué ha pasado?
—Ha ingresado esta noche. La ha atendido el equipo de guardia. —Una pausa muy corta, la que dejan cuando lo siguiente lo tienen que decir igual—. ¿Puede usted acercarse?