5. La bandeja
La bandeja
El jueves Nuria entró en la consulta a las seis y media con la carpeta del peritaje de Zaragoza y se sentó en la butaca de los pacientes, que es una cosa que hace tres o cuatro veces al año y que las dos tratamos como si no significara nada.
—Firma aquí, aquí y en la última.
Firmé. Ella recogió los folios, los cuadró contra la mesa baja con dos golpecitos y no se levantó.
—Dime.
—La chica de las siete y media.
—¿Qué pasa con la chica de las siete y media?
—Le he estado dejando un vaso de agua en la bandeja del garaje. —Lo dijo como se dicen las faltas leves, sin dramatismo—. Los martes y los jueves, antes de irme. Con una servilleta encima, por el polvo.
—Nuria.
—Ya sé lo que vas a decir.
—Voy a decir que no.
—Ya. —Se apoyó en el reposabrazos—. Es que baja temblando, Inés. Y sube temblando. Y luego se pone recta en el ascensor, como si le hubieran enseñado.
Aquí tengo que ir despacio, porque esta parte se ha contado de muchas maneras y ninguna de ellas era mía.
Yo tenía delante a una mujer de cincuenta y ocho años que llevaba veinte a cuatro metros de mi puerta y que en veinte años no me había preguntado jamás por un paciente.
Tenía delante, además, a la persona que le abre a la gente cuando la gente llega llorando, que es un puesto de trabajo que en los organigramas no existe.
Y le acababa de decir que no a algo que ella había hecho por amabilidad.
Podría haberme quedado ahí. Con el «no».
—Escúchame bien —dije—. Con esta paciente no hay contacto. Ni un vaso de agua, ni un buenas tardes, ni una nota. Nada.
—Vale.
—No lo digo por protocolo.
—Ya me imagino que no.
Y entonces se lo conté.
No todo. Nunca es todo: es la parte que uno considera indispensable, y esa consideración se hace en dos segundos y con la mejor intención del mundo.
Le dije que la chica estaba en una situación de acoso muy poco común.
Le dije que quien lo hacía tenía un método, y que el método consistía en no tocarla a ella.
Le dije, porque me pareció que Nuria necesitaba entender por qué le estaba prohibiendo un vaso de agua, que las personas que se acercaban a esa chica acababan teniendo accidentes.
Nuria me miró un rato largo.
—¿Accidentes de verdad?
—Uno grave. Verificado en prensa.
—Madre mía. —Se llevó la mano al pecho, la dejó ahí, se la bajó—. ¿Y la policía?
—No hay denuncia.
—¿Y tú qué haces entonces?
—Mi trabajo. —Cerré el capuchón del bolígrafo—. Y tú vas a hacer el tuyo, que a partir de ahora consiste en no existir para ella.
Fueron cuatro minutos. Los he cronometrado después, con el reloj en la mano, reconstruyendo las frases, y salen cuatro minutos y unos segundos.
Cuatro minutos, en mi despacho, con la puerta cerrada, en la habitación en la que llevo doce años recibiendo lo peor que le pasa a la gente y donde nada de lo que se dice sale.
Es la habitación más segura que conozco.
La elegí por eso: última planta, sin medianeras, tabique doble en el pasillo, ventanas al patio.
Lo puse en el libro. Escribí que una consulta es un espacio en el que una mujer puede oírse decir en voz alta lo que le está pasando y ese sonido no puede llegar a ninguna parte.
—Bueno —dijo Nuria, y se levantó—. Pues nada. Yo, muda.
—Tú, muda.
—Ay, hija, qué manera de hablarme.
—Perdona. —Y lo dije de verdad—. Llevo tres semanas raras.
—Se te nota en la mandíbula. —Recogió la carpeta—. Ya está. Ya me voy. Y no me mires así, que no voy a hacer nada.
En la puerta se paró.
—Oye. La chapa esa del portal. La de la alarma. ¿Quedan?
—En el cajón de las tarjetas. ¿Para qué?
—Para nada. Por saber si hay que pedir más.
Son unos llaveros pequeños, negros, con un botón hundido, que compramos por cajas de veinte y que damos a las pacientes que lo piden. Hacen un ruido espantoso. Cuestan once euros y hemos repartido más de trescientos.
—Quedan seis —dije—. Pide más.
—Vale. —Y se fue.
A las siete menos veinte volví sobre ello y no me gustó.
No por Nuria. Nuria iba a cumplir; cuando dice «yo, muda», es muda.
Lo que no me gustó fue lo mío: yo había roto el encuadre.
Se lo había contado a alguien. A alguien de mi confianza absoluta, con la puerta cerrada, sin nombres, por un motivo profesional excelente, y aun así había hecho exactamente lo que le tenía prohibido a la paciente, y la paciente me había preguntado dos días antes, en un pasillo, si lo había hecho, y yo le había dicho que no.
Eso no lo escribí en ninguna ficha.
También pensé, porque una cosa no quita la otra, que el edificio era seguro. Lo pensé con la parte antigua del cerebro, la que se ocupa de puertas. Portero automático, dos cámaras en el vestíbulo, cerradura nueva en el garaje desde la reforma. En doce años aquí no ha pasado nada.
En la consulta anterior sí. En Espronceda, en el catorce, entraron un domingo de agosto.
Forzaron la puerta del despacho con una palanca de bricolaje y dejaron el ordenador y dejaron el proyector, que era lo único que valía algo, y se llevaron dos cajas de archivo con cuadernos viejos y una caja de cintas de las de dictado, de esas microcasetes que ya no fabrica nadie.
El seguro tasó la pérdida en trescientos veinte euros por el material y por la puerta.
El agente que vino escribió en el atestado, y lo recuerdo porque me hizo gracia entonces, que los autores se habían llevado «documentación sin valor».
Se lo he contado a mucha gente esa anécdota. Queda bien en las cenas. Ladrones que entran a robar en el despacho de una psicóloga y se llevan papeles.
A las seis y cincuenta bajé al garaje a quitar el vaso de agua.
Quería quitarlo yo. Si lo quitaba Nuria era una orden cumplida y quedaba un pequeño resentimiento entre las dos; si lo quitaba yo, no había pasado nada. Llevo veinte años administrando ese tipo de aritmética.
Bajé por la escalera. Pulsé el interruptor del rellano y se encendieron los noventa segundos.
La bandeja de acero estaba en su sitio, junto al ascensor de servicio, a la altura del pecho, con su capa fina de polvo de garaje que no hay manera de quitar.
No había vaso.
Había, en cambio, la marca redonda de un vaso en el polvo, y al lado la marca rectangular de algo pequeño, y las dos marcas estaban limpias, con el borde nítido, de haber estado ahí un rato y de haberse ido hacía poco.
Miré la hora en el móvil. Las seis y cincuenta y dos.
La paciente de las siete y media tardaría todavía treinta y ocho minutos en bajar por la rampa. Nuria se había ido a las seis y cuarenta y cinco, por la puerta de arriba, y no había vuelto a bajar; el ascensor de servicio no se había movido en todo ese rato, porque estaba donde yo lo había dejado.
Me quedé quieta el tiempo que tardó la luz en apagarse.