4. Anomalías
Anomalías
El martes le pedí la denuncia.
—¿Cuál?
—La que puso con Rocío. —Tenía el cuaderno abierto por la página del mapa—. El número de atestado, la comisaría, la fecha. Con eso puedo pedir copia y trabajar con el expediente en vez de con su memoria.
Eva se miró las manos. Tardó lo que tarda alguien en decidir entre dos frases.
—No la puse.
—Me dijo que Rocío la acompañó a poner la denuncia.
—Me acompañó. Fuimos. Estuvimos hora y media en la sala esa de las sillas azules. —Levantó la vista—. Y cuando me llamaron, me fui.
—¿Por qué?
—Porque el agente que estaba de cara al mostrador tenía delante un ordenador con la pantalla girada hacia el pasillo. —Lo dijo despacio, como quien explica algo que ha explicado antes y no le han creído—. Si yo digo lo que me pasa, eso se escribe. Y lo que se escribe lo lee gente.
Anoté: evitación de sistemas formales por creencia de permeabilidad; sin correlato delirante . Y después, porque era martes y yo todavía era muy buena en esto, le hice la pregunta que hay que hacer.
—¿Y por qué no le pasó nada a Rocío el día que la acompañó a la comisaría, y sí once días después de la conversación en la cocina?
—Porque en la comisaría no me creyó nadie. —Se encogió de hombros—. Ni yo dije nada, ni ella dijo nada. Fuimos dos mujeres a una sala a esperar. Eso no es contarlo.
Ahí está otra vez, pensé. La distinción.
Y aquí es donde tengo que ser honesta sobre lo que hice, porque lo hice bien y ese es el problema.
Cogí una hoja nueva y monté la lista de anomalías del caso.
La monto siempre. Consiste en escribir en columna todo lo que en un relato no encaja con el cuadro que estás manejando, sin interpretarlo, y después ir explicando línea por línea hasta que se acaban las explicaciones.
Lo que sobra al final es el caso de verdad.
Aquel día la lista tenía cinco entradas.
Uno: el agresor no tiene nombre. En ocho meses no ha habido una identificación, ni una sospecha firme, ni un candidato descartado.
Dos: no hay contacto directo. Ninguno. Ni mensaje, ni voz, ni presencia reconocible.
Tres: no hay una sola prueba material en manos de la paciente. Ni una foto, ni una captura, ni un objeto. Nada.
Cuatro: no hay denuncia previa, pese a haber estado físicamente dentro de una comisaría.
Cinco: la paciente no puede describir a la persona que la sigue, pero sí puede describir con precisión de perito el sistema por el que la sigue.
Después empecé a explicar.
La uno y la dos se explican juntas y son de manual: hay un perfil de acosador que trabaja precisamente así, sin firma, porque su objetivo no es el contacto sino el control ambiental.
Lo he descrito en congresos. Le llamamos acoso de campo.
Es raro, no es imposible, y produce víctimas que parecen inventarse a un fantasma porque literalmente están describiendo un fantasma.
La tres se explica sola: no hay pruebas porque quien hace esto no deja pruebas, y ahí está lo insoportable. Las víctimas de acoso llegan sin pruebas. Si llegaran con pruebas irían al juzgado y no a mi consulta.
La cuatro la acababa de explicar ella y lo había hecho mejor que yo.
La cinco es la clásica. La víctima que protege al agresor.
Es lo primero que se aprende: hay mujeres que pueden dibujarte el plano de su propia vigilancia y se quedan mudas cuando les pides un nombre, porque el nombre es lo último que se entrega.
A veces es miedo. A veces es que el nombre las implica a ellas.
A veces es amor, que en esta consulta es una palabra técnica.
Hay una sexta que no escribí aquel martes y que me apunté dos días después, cuando ya no venía a cuento y me dio pereza abrir otra vez la hoja.
Es esta: la paciente sabe cómo funciona un caso de acoso.
No sabe lo que sabe una víctima, que aprende a golpes y a destiempo. Sabe lo que sabe alguien que ha leído.
Distingue entre denunciar y contar. Sabe que las pruebas efímeras no valen. Sabe qué es un archivo provisional. Usa la palabra «sistema» para hablar de una persona.
Eso, en mayo, me pareció una ventaja. Anoté que era una paciente con la que se podía trabajar deprisa.
Miré la lista terminada. Cinco anomalías, cinco explicaciones, cero residuo.
Un caso limpio. Eso escribí: cuadro internamente coherente .
Y era verdad. Lo sigue siendo. Cualquier compañero mío habría llegado a lo mismo con esa información, y me he agarrado a esa idea muchas veces desde entonces, en habitaciones peores que aquella.
Lo que no hice fue lo otro. Lo que se hace cuando un caso es demasiado coherente.
A las ocho y cuarto, cuando ya estábamos cerrando, Eva preguntó:
—¿Se lo ha contado a alguien?
Estaba de pie, con el abrigo puesto, delante de la lámpara. La luz le daba por detrás y no le veía bien la cara.
—¿A quién iba a contárselo?
—No sé. Colegas. Su marido. —Una pausa—. Yo he leído su libro. Usted dice que los casos difíciles hay que llevarlos entre varios.
—Digo que hay que supervisarlos, no que haya que contarlos. No es lo mismo.
—Ya. —No se movió—. ¿Pero se lo ha contado?
—No.
—Vale. —Y entonces sonrió por primera vez en tres sesiones, y fue una sonrisa muy joven, casi de agradecimiento—. Perdone. Es que necesitaba oírlo.
La acompañé al ascensor. Bajó los noventa segundos de luz sin correr.
Aquella pregunta, hecha en un pasillo, con el abrigo ya puesto, me pareció clínicamente impecable.
Una paciente que ha vinculado su seguridad al secreto necesita comprobar el perímetro del secreto; comprobarlo es un síntoma, no una impertinencia.
Se lo permití porque era terapéuticamente correcto permitírselo.
He dado clases sobre eso. Sobre cómo el paciente pone a prueba el encuadre y cómo la respuesta del terapeuta funda o destruye el vínculo. Podría dar la clase mañana.
Esa noche escribí un correo.
Era para Ruth Salgado, inspectora, unidad de familia y mujer, once años trabajando conmigo en informes, cursos y dos causas que se sostuvieron porque mi firma estaba debajo. Nos tuteamos desde el segundo café. Es la única persona del ámbito policial a la que llamaría un domingo.
Escribí: «Ruth, tengo un caso que no sé por dónde coger. Sin identificación del agresor, sin contacto directo, con daño desplazado al entorno. ¿Te suena algo así de tus archivos? Te invito a comer y te lo cuento.»
Lo leí tres veces.
Después lo borré palabra por palabra, empezando por el final, que es como se borran las cosas que uno no quiere dejar en un borrador.
Los motivos eran buenos, y los tengo escritos en la ficha de esa noche, porque yo documento hasta lo que hago mal: para hablar con Ruth de un caso hay que dar datos, y los datos de Eva eran su historia entera; no existía consentimiento firmado; no existía un delito denunciado sobre el que consultar; y existía, sí, una paciente que aquella misma tarde me había pedido en un pasillo que no se lo contara a nadie y a la que yo acababa de decirle que no lo había hecho.
Todo eso es cierto. Todo eso lo firmaría hoy un comité de ética.
Y debajo de todo eso escribí una línea más, en el margen, porque en aquella época yo todavía me escribía la verdad en los márgenes.
Llevo doce años siendo la mujer a la que llaman cuando un caso no tiene explicación.