3. Régimen de gananciales
Régimen de gananciales
Álvaro cocina los viernes. Es un acuerdo de hace dieciocho años que ninguno de los dos ha revisado nunca, como esas cláusulas de un contrato antiguo que siguen vigentes porque nadie tiene interés en abrir el documento.
—¿Qué tal el plató? —preguntó.
—Requena me llamó «la mujer que enseñó a España a mirar». En directo.
—Menudo elogio.
—Menuda condena. —Le quité un trozo de pimiento de la tabla—. Si enseñas a mirar, luego te miran.
Él se rio con la mitad de la cara, que es como se ríe cuando está de acuerdo pero le parece que la frase está demasiado bien hecha.
Álvaro lleva veintiséis años de abogado mercantil y tiene un oído infalible para las frases que alguien ha dicho antes en otro sitio.
Es un hombre grande y tranquilo que ordena mientras habla: mientras me contaba lo de la junta del jueves y lo del socio que quiere jubilarse sin decirlo, iba alineando el aceite con el vinagre y el vinagre con la sal, los tres tapones mirando hacia la ventana.
Cenamos en la cocina. Hablamos de la serie: seis episodios, una productora que ya había hecho dos cosas buenas y una infame, la actriz que sonaba para el papel. Hablamos de si íbamos a ir a Cadaqués en septiembre. Hablamos de su madre.
De Eva no hablé.
Y no hablé por el motivo de siempre, que es la ley: lo que pasa en esa habitación no sale de esa habitación, y el hecho de que a uno le cueste no es un argumento, es el precio.
Álvaro sabe desde el principio que hay una zona de mi vida en la que él no entra, y nunca ha hecho de eso un drama.
Al contrario. Creo que le tranquiliza. Un matrimonio con una puerta cerrada dentro es un matrimonio con un sitio donde no puede haber discusiones.
Lo único que dije fue:
—Hoy he cogido un caso raro.
—¿Raro cómo?
—Raro de los que están en ningún libro.
—¿Ni siquiera en el tuyo?
—Sobre todo no en el mío.
Álvaro cogió la botella, me sirvió sin preguntar y volvió a dejarla con la etiqueta hacia mí, que es un gesto de restaurante que hace desde antes de que nos conociéramos y que a mí me sigue pareciendo, después de dieciocho años, discretamente elegante.
—Pues no me lo cuentes —dijo—. Y come.
Éramos muy felices. Lo escribo así, sin ironía, porque después me han preguntado mucho por aquellos meses y he visto cómo la gente busca en tu cara la grieta que justifique lo que vino luego.
No había grieta. Había una pareja de mediana edad que cenaba en la cocina los viernes y que tenía la casa pagada y una hija de él, mayor, en Rotterdam, y un acuerdo tácito sobre las zonas en las que cada uno operaba sin testigos.
Yo llamo a eso régimen de gananciales. Álvaro lo llamaba «lo nuestro funciona porque no lo tocamos».
La consulta la lleva Nuria desde el año dos mil cuatro.
Cuando empecé, ella tenía treinta y ocho años y venía de doce en una gestoría, y yo tenía una sala alquilada por horas y una lista de espera de cero personas.
Ha visto pasar el primer libro, el segundo, la mudanza a Chamberí, la reforma, los años en que sonaba el teléfono cada cuatro minutos.
Es la única persona del mundo que me ha visto llorar por trabajo, y fue una sola vez, y las dos hemos tenido el buen gusto de no mencionarlo nunca.
Escribe a mano. Es su rareza. Tenemos agenda digital, sistema de citas, todo, y aun así Nuria me deja los recados en cuartillas dobladas por la mitad, con una letra grande y redonda de colegio de monjas, y las pone en la bandeja de acero del rellano cuando yo estoy en sesión y no quiere interrumpir.
«Ha llamado el juzgado, no urge. N.» «La señora Prats cambia al 12.
N.» Firma con la inicial. Todas. Llevo veinte años recibiendo notas firmadas por una mujer que está a cuatro metros de mí.
El lunes por la mañana había tres cuartillas.
La primera era del gabinete de Zaragoza, por un peritaje. La segunda, del programa: querían repetir la entrevista en septiembre, con Requena. La tercera decía: «Han vuelto las cartas de Íker. Dos esta semana. He abierto las dos. Nada nuevo. ¿Las guardo o las tiro? N.»
Íker es un hombre de cuarenta y un años que fue paciente mío durante cinco meses en 2019 y que desde entonces me escribe entre seis y diez cartas al año.
No son cartas amenazantes. Son peores: son cartas educadas.
Me cuenta lo que ha leído, me pregunta por mi salud, me explica con mucho orden por qué él y yo tenemos un vínculo que las circunstancias han interrumpido.
Nunca ha aparecido en la consulta. Nunca ha llamado.
La psicología forense tiene un nombre para ese perfil y la ley española tiene otro, y el problema es que no coinciden.
—Guárdalas —le dije, asomándome a recepción—. Con las otras.
—Ya me imaginaba. —Nuria abrió el cajón de abajo, donde vive una carpeta azul con doce centímetros de correspondencia—. ¿Este año no quieres hacer nada?
—Este año tampoco.
—Vale.
Se lo dije con la voz que uso para las cosas resueltas, y era verdad que estaba resuelta: Íker escribe, yo archivo, la carpeta engorda, y ese equilibrio lleva seis años sin romperse.
Lo que no le dije a Nuria fue que aquella mañana, con la cuartilla en la mano, se me pasó por la cabeza que era una suerte tener un caso así de ordenado en el cajón.
Un acosador con nombre, dirección y letra reconocible. Casi un lujo.
—Ah, y la de las siete y media —dijo Nuria.
Me quedé quieta medio segundo. Es un medio segundo que he repasado mucho.
—¿Qué pasa con ella?
—Nada. Que la vi el jueves en el garaje, cuando salía yo a por los sobres. —Estaba ordenando los recibos y no levantó la vista—. Iba a decirle buenas tardes y me pareció que mejor no.
—Hiciste bien.
—Ya. —Puso el montón boca abajo y le dio dos golpecitos contra la mesa para cuadrarlo—. Pobre criatura. Iba temblando.
No dije nada. Nuria tampoco. Y ahí se habría acabado, y estoy razonablemente segura de que si aquello se hubiera acabado ahí muchas cosas habrían sido distintas, pero yo tenía la mañana llena y el episodio duró siete segundos y no volví a pensar en él hasta mucho después.
Esa noche, en casa, mientras me desmaquillaba, me oí decir en voz alta:
—Marta merece que su caso se cierre de una vez.
No pensarlo. Decirlo. Con la entonación exacta del plató, la pausa antes de «de una vez», la cabeza ligeramente girada hacia una cámara que no estaba en el cuarto de baño de mi casa.
Estaba ensayando. A las once y media de la noche, sola, delante del espejo del lavabo, para nadie.
Me quedé mirándome con el algodón en la mano y me hice el diagnóstico que le habría hecho a cualquiera: sobreexposición mediática, sedimentación del personaje público sobre el privado, deriva del discurso hacia la fórmula.
Es un cuadro frecuente en gente que lleva doce años contando la misma historia. Se recomienda descanso.
Después tiré el algodón, apagué la luz y me acosté al lado de mi marido.
Lo que no me dije, porque a esa hora ya no me lo decía nunca, es que nadie ensaya una frase que sea verdad.