2. Verificable
Verificable
La primera regla del oficio es que a los pacientes se les cree. La segunda es que se les comprueba.
No hay contradicción entre las dos, aunque a la gente le cueste.
Creer significa no ponerle a nadie la carga de demostrar su propio miedo.
Comprobar significa que, si un día tengo que sentarme delante de un juez y sostener lo que dice esa persona, no me tiemble nada.
He visto a colegas hundir un procedimiento entero por no haber dedicado veinte minutos a una hemeroteca.
Yo les dediqué cuarenta.
Busqué atropellos con fuga en Madrid en los once días posteriores a la fecha que Eva me había dado.
Salieron nueve. Descarté cinco por zona, dos por edad de la víctima y uno porque el conductor se entregó esa misma tarde.
El noveno estaba en la edición digital de un diario regional, con doce líneas y una foto tomada desde la acera de enfrente: un paso de cebra, dos conos, la mancha oscura del asfalto mojado.
Mujer de veintisiete años, herida grave, vehículo dado a la fuga.
Barrio correcto. Hora correcta. Fecha exacta.
Amplié la foto hasta que se deshizo en cuadrados y no saqué nada de ella, porque las fotos no son para eso: son para saber que la cosa ocurrió en un sitio con conos y con vecinos.
Ocurrió.
Reconozco que sentí alivio, y el alivio en mi profesión es una señal que hay que auditar.
Lo audité. Concluí que el alivio venía de haber descartado un cuadro delirante en una mujer joven, que es de las pocas cosas de mi trabajo que todavía me quitan el sueño.
Lo apunté en el margen del cuaderno: hecho externo verificado; sin correlato de identidad del agresor . Y me fui a comer.
En ningún momento se me ocurrió comprobar lo contrario. Que aquella mujer atropellada un martes a las nueve y diez de la noche compartiera piso con mi paciente. Es que no se le ocurre a nadie. Uno verifica el hecho; el vínculo lo trae la persona que se sienta delante y llora.
La segunda sesión fue tres días después, un jueves, a las siete y media.
Bajó por la rampa a las siete y veinticinco.
Lo sé porque yo estaba en el rellano del garaje, junto a la bandeja, esperando: la primera vez que un paciente hace el recorrido conviene que haya alguien al final, porque el temporizador de la luz, con los noventa segundos, produce en gente asustada un pequeño ataque de pánico perfectamente evitable.
—¿Ha venido alguien detrás? —le pregunté.
—Un coche entró en el aparcamiento en Fernández de los Ríos, pero era una señora con un carro de la compra.
—¿Matrícula?
—No.
—La próxima vez, matrícula —dije—. No para la policía. Para usted. Los números ordenan.
Subimos. La consulta a esa hora huele a café de cápsula y a la tapicería nueva de las butacas, que llevo dos años esperando que deje de oler a nueva. Encendí solo la lámpara de pie. En las segundas sesiones bajo la luz; se habla distinto.
Trabajamos el mapa. Es un ejercicio mío, está en el manual, y consiste en dibujar en un folio los círculos concéntricos de la vida de alguien y marcar en cada uno quién sabe qué.
En el centro, ella. Después las personas a las que se lo ha contado.
Después las que lo intuyen. Después el resto del mundo.
El folio de Eva quedó casi vacío. Dos nombres en el primer círculo, tachados los dos: Rocío, la hermana. Nada en el segundo. En el tercero puso «todos» y dibujó una raya larga alrededor.
—¿Y yo dónde voy? —pregunté.
Se quedó mirando el papel un rato largo. Después dibujó un cuadradito fuera de todos los círculos, en el margen, y escribió dentro: aquí .
—Usted no está en mi vida —dijo—. Usted está en una habitación.
Hay pacientes que tardan dos años en formular el encuadre terapéutico y hay pacientes que lo dibujan en el minuto veinte de la segunda sesión. Los segundos no suelen ser los más sanos.
A las ocho menos diez me levanté a por agua.
Lo hago siempre en las primeras visitas y lo hago a propósito.
Es la técnica más barata que conozco y la enseño en todos los cursos: se sale de la habitación durante dos minutos con una excusa doméstica y se observa qué ha cambiado al volver.
La gente que está fingiendo un cuadro aprovecha para descansar la cara.
La gente que está aterrada de verdad no descansa: se queda exactamente igual, mirando la puerta por la que te has ido, calculando cuánto tardas.
Tardé ciento veinte segundos. La botella está en la cocina de la planta, al final del pasillo, y volví con dos vasos.
Eva estaba igual. Sentada, recta, las manos donde las había dejado. Mirando la puerta.
El bolso lo tenía en la otra mano.
Lo registré como se registran esas cosas, sin darle categoría: había entrado con el bolso colgado del hombro izquierdo y ahora lo tenía en el suelo, a su derecha, con el asa hacia arriba.
Y la butaca —la suya, la de las visitas— estaba girada unos dos dedos hacia la mesa baja, lo que en una butaca de setenta kilos con las patas sobre parqué significa que alguien se ha levantado y se ha vuelto a sentar.
Se había levantado. Claro que se había levantado: estaba sola en el despacho de una desconocida a la que le acababa de contar lo peor de su vida, con la puerta abierta y una lámpara encendida.
La gente hipervigilante no se queda quieta cuando la dejas sola.
Se levanta, mira, se sienta antes de que vuelvas.
Es exactamente lo que yo habría escrito en un informe. Es exactamente lo que escribí.
—¿Está bien? —dije, y le di el vaso.
—Sí. —Bebió—. Es que sin usted aquí se oye todo.
—¿El qué se oye?
—El ascensor. La calle. —Se rio, una risa corta, sin ganas—. La habitación de al lado no está insonorizada, ¿verdad?
—No hay habitación de al lado. Somos toda la planta.
—Ah. —Miró la pared—. Mejor.
Terminamos a las ocho y veinte. Me pagó en efectivo, billetes doblados por la mitad que sacó del bolsillo del abrigo y no del bolso, y quedamos para el martes.
La ficha la escribí esa misma noche, en casa, con el dictáfono y después a mano. La tengo delante ahora. La he tenido delante muchas veces desde entonces y hay una parte de mí, la parte que sigue siendo buena en esto, que sabe reconocer un buen trabajo aunque no sirviera para nada.
Escribí: paciente colaboradora, orientada, sin alteración del curso del pensamiento.
Escribí: relato estable en las dos sesiones, sin inflación de detalles ni contradicciones internas, lo cual es más de lo que puede decirse del ochenta por ciento de los relatos verdaderos.
Escribí: hecho externo verificado en prensa.
Y escribí, en la línea de abajo, subrayado con la regla porque es lo que hago cuando algo no me cuadra y quiero encontrarlo rápido: miedo genuino, vector confuso .
Quiere decir que el miedo era real y que yo no conseguía ubicar hacia dónde apuntaba. Es un apunte técnico. Lo he usado en cuarenta informes.
Había otra cosa, y también la anoté, aunque en el margen y con letra más pequeña, que es donde uno pone lo que no piensa desarrollar.
Cuando Eva dijo aquello de que contarle a una psicóloga no es contarlo, y cuando dijo lo de la habitación, y cuando dibujó el cuadradito en el margen del folio, yo tuve la sensación exacta de estar oyendo algo que ya había oído. No parecido. El mismo.
Me sonaba de algo.
Es lo más normal del mundo, por otra parte.
Llevo veinte años escuchando a mujeres asustadas describir el miedo, y el miedo tiene un vocabulario más pobre de lo que la gente cree; se repite, como se repiten los sueños.
Y hay otro motivo, menos halagador y más probable, que es el que anoté: mis pacientes me han leído.
Casi todas llegan con el libro subrayado.
Repiten mis palabras porque son las palabras que les enseñé a usar en un libro que compraron en la estación de Atocha.
Ese es el problema de escribir un manual sobre cómo hablan las víctimas.
Subrayé la línea con la regla, cerré el cuaderno y me fui a la cama.