A mi despacho Rocío
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Rocío

A las once de la noche Marian se va a su casa, y antes de irse deja encima del mostrador, delante de mí, la tarjeta de la ciento catorce, la única que no ha entrado en el casillero, y no dice nada, y coge su bolso y se va andando hacia Casas de Campos con los zapatos planos que se pone para volver.

A la una menos veinte cierro el turno con Fali.

Ciento ocho habitaciones ocupadas, dos incidencias, una de ellas un señor de Bilbao que quería una cama supletoria a las once y media de la noche en Viernes de Dolores.

Las apunto en el libro nuevo con la letra que tengo desde los quince años.

Le digo a Fali que se vaya a dormir tres horas al despacho de dirección, que hay un sofá, y me dice que qué va, que él aguanta, y a los veinte minutos está frito con la boca abierta y una manta de avión por encima.

Y entonces le escribo. Un mensaje de tres caracteres. Exactamente lo mismo que me hizo él a mí el cinco de marzo, pero al revés, aunque eso él no lo sabe y yo tampoco lo había pensado hasta ahora mismo.

Tarda dieciséis minutos. Sube por las escaleras porque el de clientes hace ruido y a esta hora hay gente durmiendo en la primera, y cuando abro la puerta está ahí con la camisa por fuera y sin americana, y trae una bolsa de papel de la panadería de guardia de Casas de Campos con dos bollos, porque desde luego no se le ha ocurrido otra cosa que traer a la una de la mañana.

— Es lo único que había abierto.

— Pasa.

La habitación está como estaba el cinco de marzo por la noche, con la butaca verde en el rincón y la lámpara de la mesilla y el balcón entornado, y no está como estaba, porque ahora hay ciento ocho habitaciones ocupadas debajo y encima y al lado, y un edificio lleno de gente hace un ruido de fondo que un edificio vacío no hace. Eso lo he aprendido esta noche.

Nos sentamos. Él en la butaca y yo en el borde de la cama, igual que la última vez, en el mismo sitio y con la misma luz, y ninguno de los dos lo dice.

— ¿Qué pasó el diecisiete? — le digo.

— El consejo votó.

— Álvaro.

— ¿Qué?

— Que eso ya lo sé. Que llevo dos días con un correo de cuatro líneas y una señora muy amable de la secretaría diciéndome que el acta se aprueba el veintiséis de mayo. Que qué pasó.

Y entonces le pasa algo que no le había pasado nunca delante de mí: empieza tres veces.

Empieza, se para, dice que no es fácil de contar, empieza otra vez por el final, se lía, y al cuarto intento lo cuenta en orden y en cuatro minutos y sin una sola palabra de más, y yo lo escucho entero sin abrir la boca, con las manos debajo de los muslos.

Que declaró la relación por escrito y de pie, con las dos fechas.

Que se apartó de todo lo que me afectara y que por eso el correo me lo mandó la secretaría.

Que el punto tres del orden del día lo puso él el domingo por la noche y que el punto tres era si seguía o no seguía.

Que su abuela votó que sí y dijo por qué.

Que quedó dos y dos y que desempataba Nacho.

— Nacho — digo.

— Nacho.

— ¿Y qué dijo?

— Que él no firma lo que decide otro. Y que llevaba doce días firmando lo que decidiste tú.

Me levanto. Voy al balcón y lo abro entero y entra el aire de marzo y no entra nada más, porque a esta hora ya no hay bandas y solo se oye, muy lejos, hacia el río, un tambor solo que alguien no ha guardado todavía.

— ¿Y lo de la placa?

— Tu abuela.

— Mi abuela no. La tuya.

— Mi abuela — dice-. Lo propuso al final, cuando estábamos recogiendo, y dijo que la pagaba ella y que no admitía discusión. Yo no voté. Yo no he tocado nada de eso, Rocío. No he podido y no he querido.

— ¿Y por qué no me lo has dicho en dos días?

— Porque me lo prohibió el consejo.

Y ahí me tengo que sentar otra vez, en el borde de la cama, porque en seis meses y medio este hombre no me había dado nunca una razón para no haber hecho una cosa, y menos esta razón, que consiste en que se lo prohibieron.

Y me cabrea. Me cabrea muchísimo durante unos ocho segundos y luego se me pasa, y no me lo esperaba.

— Menuda semana llevas — le digo.

— Sí.

— Yo te iba a decir tres cosas y me las he preparado y ahora no sirve ninguna.

— Dilas igual.

— No.

— Rocío, dilas igual, que las llevas encima desde el cinco de marzo y si no las dices esta noche no las vas a decir nunca y yo me voy a pasar diez años adivinando cuáles eran.

Y tiene razón otra vez, el tío, y me está empezando a cansar.

— La primera es esta — le digo-. Cuando me quieras arreglar algo, me lo preguntas antes.

Antes, no después de tenerlo pensado y con los números hechos.

Y ya sé que va a ser más lento y ya sé que a veces vas a tener razón tú y lo vamos a hacer peor y más tarde por hacerlo hablando.

Me da igual. Prefiero equivocarme contigo delante que acertar por correo automático.

— Hecho.

— No digas hecho tan rápido, que eso es lo mismo de siempre en otra postura.

Se ríe. Es la primera vez que se ríe desde que ha entrado.

— Entonces la segunda — dice.

— La segunda es que el veintiséis de mayo, cuando el consejo te revise, me lo cuentas antes. Antes, Álvaro. La semana de antes.

— De acuerdo.

— ¿Y tú?

— ¿Yo qué?

— Que tú también tendrás algo — le digo-. No me hagas sacártelo con sacacorchos, que llevo cuarenta y ocho horas de pie.

Se queda callado un momento. Se pasa la lengua por dentro del labio, por el sitio donde tiene la muela partida desde hace tres años. Lo hace cuando está buscando la manera de decir algo corto.

— Pídeme cosas — dice-. Eso es lo mío. No quiero adivinarte más, porque adivino fatal y porque cada vez que adivino la lío. Pídeme una ahora.

— ¿Ahora?

— Ahora.

— El domingo comes en casa de mi padre.

— Allí estaré.

— Y no friegas.

— ¿Cómo que no friego?

— Que no friegas, Álvaro. Que en febrero te pusiste a fregar y mi padre se quedó en el sillón sin saber dónde meterse y luego estuvo dos semanas diciéndome que en su casa no friega una visita, y no terminaba la frase, pero yo sé cómo acababa.

Y se ríe otra vez, y esta vez me río yo, y llevo cuarenta y ocho horas de pie y dos semanas sin dormir bien y me río tanto y tan mal que me tengo que tapar la boca con las dos manos porque en la ciento once hay una pareja de Vitoria que se levanta a las siete.

Cuando paro, él ya no está en la butaca. Está de pie, delante de mí, a medio metro, y no me ha tocado todavía.

— Quítate los zapatos — le digo.

Se los quita. Yo me quito las zapatillas y me quedo de rodillas en la cama para llegarle a la altura de la cara, y le desabrocho la camisa desde arriba, botón a botón, sin ninguna prisa, porque por primera vez en siete meses no hay nadie esperando en ningún sitio, no hay un ascensor que pueda abrirse, no hay un turno que empiece, no hay una puerta de cristal esmerilado con siluetas pasando por detrás.

Hay una habitación con la llave en el bolsillo de mi pantalón y un edificio entero que es mío hasta el lunes.

— Estás muy seria — dice.

— Estoy concentrada.

Estoy concentrada y estoy muerta de miedo, y de las dos cosas solo pienso enseñarle una.

Le saco la camisa de los pantalones y se la bajo por los brazos y la dejo en la butaca, doblada, porque soy incapaz de dejar la ropa tirada aunque me esté quemando.

Él me mira hacerlo. Le pongo las dos manos en el pecho y noto lo que lleva ahí desde que ha entrado por la puerta, que va bastante más rápido que su cara.

Me besa. Me besa sin cogerme la cara, con las manos quietas a los lados, y eso dura poco porque le cojo yo las manos y me las pongo donde las quiero, y a partir de ahí la cosa deja de ser educada.

El vestido verde tiene una cremallera lateral que se atasca a la altura de la cintura, y se atasca, y él tira, y no sale.

— Espera.

— Está enganchada la tela.

— Que esperes, hombre, que este vestido me ha costado sesenta euros.

Lo sacamos entre los dos, riéndonos, y en algún momento del proceso yo tengo el vestido por la cabeza y los brazos atrapados dentro y él se está aprovechando descaradamente de la situación con la boca en un sitio en el que no tendría que estar todavía, y cuando por fin salgo con el pelo hecho un desastre lo tengo de rodillas en el suelo delante de mí, agarrándome por detrás de los muslos.

— Túmbate — dice.

— No.

— Rocío.

— Que no. Que hoy mando yo, que llevo dos días mandando y le he cogido el gusto.

Lo tumbo yo a él. Le desabrocho el pantalón, se lo bajo, y me siento encima con las rodillas a los lados de sus caderas, y no hago nada durante unos segundos, solo mirarlo, porque quiero verle la cara ahora que hay luz encendida y nadie a quien darle explicaciones.

En Antequera fue a oscuras. En el despacho fue con los cuatro focos dados y él pidiéndome que los apagara.

En su casa fue con una lámpara. Aquí está la luz de arriba dada, la de la mesilla y la del baño, y esta noche no pienso apagar ninguna.

— ¿Qué miras?

— A ti. Cállate.

Lo beso despacio, y le muerdo el labio de abajo, y bajo por el cuello y por el pecho y le hago con la boca lo que le llevo haciendo desde octubre, pero por primera vez con tiempo, sin oreja puesta en la puerta y sin calcular cuánto tarda alguien en subir seis plantas.

Se le va la mano a mi pelo y se le cierra, y no dice nada durante un rato largo.

Lo hago como me da la gana. Con la mano y con la boca y parando cuando quiero parar, y cada vez que paro él levanta la cabeza de la almohada y la vuelve a dejar caer, y a la tercera se le escapa una palabra que no le he oído decir en siete meses ni en una reunión ni en una discusión ni en un aparcamiento.

Luego dice mi nombre dos veces y la segunda le sale rota.

— Para — dice-. Rocío, para, que...

— Ya.

Me levanto y me quito lo que me queda y él se incorpora sobre un codo y me dice que espere, así, un segundo, y me mira como se mira una cosa que has estado a punto de perder.

Y luego me coge de la muñeca y tira y me tumba, y esta vez me dejo, y baja él, y a partir de ahí el que tiene tiempo es él y lo usa entero.

Y en mitad de eso se para. Levanta la cabeza y me mira desde ahí abajo con una tranquilidad que pienso hacerle pagar en algún momento de los próximos cuarenta años.

— Pídemelo.

— Serás cabrón.

— Pídemelo.

— Álvaro, te juro que...

— Entonces espero — dice, y apoya la mejilla en la parte de dentro de mi rodilla y se queda quieto.

Y espera. No hace absolutamente nada. Respira ahí, y me tiene sujeta por encima de las caderas con el antebrazo, y yo aguanto once segundos, que los cuento porque soy así, y a los once me rindo y se lo pido, y se lo pido con todas las letras y bastante peor dicho de lo que lo estoy contando ahora.

— Muy bien — dice.

Y vuelve.

No es rápido. No tiene ninguna intención de que sea rápido.

Me sujeta con un antebrazo por encima de las caderas cada vez que intento levantarme de la cama, y me hace esperar dos veces, y a la tercera le digo algo que no pienso repetir en voz alta delante de nadie más y él se ríe contra mi muslo y sigue, y me corro con las dos manos en el cabecero de una cama que Marian ha hecho todos los martes durante siete años.

Cuando puedo hablar, digo lo primero que se me ocurre y es una tontería.

— Se va a oír en la ciento trece.

— La ciento trece está vacía. La bloqueé yo el miércoles a las nueve de la mañana, antes del consejo, y es la última cosa que he firmado en este hotel.

— Serás...

— Ven aquí.

Vengo. Me pongo encima otra vez y ahora sí, y entra despacio y yo bajo despacio y los dos nos quedamos quietos un segundo en el sitio donde ya no hay nada que negociar.

Y lo hacemos así, de frente, sin prisa, con las rodillas clavadas en el colchón y las manos de él en mi cintura sin apretar, mirándonos, en la postura más difícil de todas porque no hay dónde esconder la cara.

Y hablamos. Hablamos todo el rato, tonterías y cosas serias mezcladas, que si más despacio, que si así no, que si me pesas, que si te callas, que si esto lo tenías pensado, que si desde el jueves.

Él tiene la mano abierta en mi espalda y la sube y la baja siguiendo la columna, y en algún momento cierra los ojos y yo le digo que los abra, y los abre, y no los vuelve a cerrar.

Y en mitad de eso, sin ceremonia, sin sentarse, sin cogerme la cara, con la mano abierta en mi espalda y la voz de alguien que está diciendo la hora, lo dice.

— Te quiero, Rocío Berrocal Cantos — dice, con los dos apellidos.

Y yo no digo yo también. No lo digo porque no me sale y porque además no es verdad que sea lo mismo, y porque llevo ocho años apuntando cosas que pasan en libros de tapa dura y hay una sola manera en que yo sé decir que una cosa ha ocurrido de verdad.

— Anótalo — le digo-. Con la hora.

Se ríe con la cara metida en mi cuello y se le va el ritmo del todo y ya no lo recupera, y nos vamos los dos a la vez o casi, y el casi es mío y no se lo voy a contar nunca.

Después nos quedamos así, sin separarnos, respirando fatal, y en algún momento me dice al oído que son las tres y cuarenta de la madrugada, y yo le digo que no, que son las tres y treinta y ocho, porque tengo el reloj del móvil boca arriba en la mesilla y el suyo va adelantado desde noviembre, y él dice que le da igual y que lo apunte como quiera, y luego nos quedamos callados un rato larguísimo escuchando ese tambor solo que sigue sonando en alguna parte hacia el río, y yo pienso en la lista de mañana, que empieza a las siete con el desayuno de ciento ocho habitaciones y un catering que ha mandado ciento cuarenta canapés de queso, y en que el lunes hay que llamar al de los toldos, y en que a mi padre le tengo que decir el domingo que este es el que fregó los platos en febrero, y en que hay una placa de latón ahí abajo, atornillada al gresite, con mis dos apellidos escritos en un sitio del que no la va a poder quitar nadie, y que no he mirado todavía, y que no pienso mirar hasta mañana por la mañana, sola, con el sol dándole de frente y la calle todavía sin gente.