Epílogo
A Fali le nace una hija el lunes ocho de noviembre a las siete y veinte de la tarde, tres kilos doscientos, en el hospital de arriba, y lo sabemos porque nos manda a los dos un mensaje con una foto de un gorrito y una lista de datos que parece un parte de incidencias, con la hora, el peso, la talla y el nombre de la comadrona.
Y por eso el martes nueve, a la una y media de la madrugada, estamos Álvaro y yo detrás del mostrador de recepción del Hotel Zambra cubriendo un turno de noche que en teoría no cubre ninguno de los dos.
Está lloviendo. Lleva lloviendo desde el veintinueve de octubre con dos días de descanso, tal y como hace aquí la lluvia todos los años en cuanto se acaba el verano de verdad, y noviembre en esta ciudad es el mes en el que los canalones se enteran de todo lo que no se hizo en agosto.
Hay cuarenta y una habitaciones ocupadas de ciento diez.
Cuarenta y dos, que se me olvida la ciento cuatro, que entró sin reserva a las once y media.
Y cuarenta y dos, para un martes de noviembre, es un número que a mí me deja dormir tranquila y que a comercial le parece una tragedia nacional.
El turno lo tenía que hacer Inma Requena, pero Inma lleva desde el jueves con la garganta, así que le dije a Marian que lo hacía yo, y Marian me dijo que ni hablar, que la directora de un hotel no hace noches, y yo le dije que la directora de este hotel hace lo que le da la gana, y ella me contestó que eso mismo decía la anterior y que a la anterior la echaron.
Luego me dejó las llaves del cuarto de mantenimiento encima de la mesa sin que se lo pidiera.
Álvaro no se apuntó. Se ofreció, mejor dicho, que en él es otra cosa y a estas alturas ya sé distinguirla.
A las ocho de la tarde, por teléfono, diciendo que tenía que revisar unos números y que los podía revisar aquí igual que en su casa, y en la hora y media que llevamos aquí no ha abierto el portátil ni una vez.
A las dos y cuarto entra un matrimonio de Zaragoza con un vuelo desviado, cabreadísimos y educadísimos a la vez, una combinación que solo se consigue después de siete horas en un aeropuerto.
Los registro yo. Él les sube las dos maletas a la tercera porque el ascensor de clientes cabe justo y no quiere que suban apretados, y cuando baja me dice que ese ascensor es el mismo modelo que el del Peñalver Malagueta, el que se aprobó reformar en el comité del quince de septiembre del año pasado y del que no se ha vuelto a hablar en catorce meses.
Le digo que lo apunte. Dice que ya lo apuntó en marzo.
A las dos y cuarenta hace café. Lo hace en la cafetera del office de recepción, que funciona, porque este hotel lo he montado yo y en este hotel la cafetera funciona.
Me lo trae en una taza de las de desayuno y se sienta en el taburete alto de al lado del mostrador, y desde ahí se ve la puerta, la lluvia cayendo en diagonal en la calle del Cuartelillo y las dos flores de mármol del terrazo, que llevan ahí desde el sesenta y ocho y que a estas horas, con la luz de noche, se ven mejor que de día.
— La ciento catorce está vendida — dice.
— Desde junio.
— Ya lo sé.
— Pues no sé por qué lo dices.
— Por decir algo.
Pasan dos minutos largos con la lluvia y nada más.
— Lo del sobre — dice-. El nombre lo escribió ella.
— ¿A mano?
— A mano. No lo rotuló la secretaría.
— Pues ya está.
Marian la volvió a meter en el inventario el diez de junio sin avisar a nadie, un jueves, y lo único que hizo fue mandarme un mensaje de tres palabras a las siete y media de la mañana.
Ya está vendible. No lo hablamos. No lo ha comentado nadie en cinco meses y nadie lo va a comentar nunca, y así es exactamente como tiene que ser.
Los martes duerme él en Lagunillas, en un tercero sin ascensor de cincuenta y cuatro metros con una higuera que en noviembre tira ramas en vez de hojas, y los viernes duermo yo en el camino del Aljibe, en una casa de doscientos ochenta metros de la que seguimos usando tres sitios y medio.
El medio es el porche. De las once cajas del descansillo hemos abierto una, en agosto, una tarde de esas en las que no hay absolutamente nada que hacer, y era la que ponía LIbrOS Y VARIOS, y dentro había libros y varios.
Las otras diez siguen cerradas y por mí se pueden quedar diez años más.
No vivimos juntos. Nos lo preguntó Yoli en septiembre, en una comida, delante de doce personas y con la naturalidad de quien pregunta la hora, y contestamos los dos a la vez cosas distintas, y hubo que dejarlo.
Y mi padre baja al hotel a comer al salón el primer domingo de cada mes, con su camisa buena, y no termina ni una sola frase en toda la comida, y Álvaro, que ya le ha cogido el aire, le termina dos o tres a lo largo de la tarde y acierta casi siempre, y las que falla mi padre se las deja pasar.
A las tres y cinco Fali nos manda otro mensaje con otra foto.
La niña tiene los ojos cerrados y una manta amarilla, y él sale al fondo, desenfocado, con la misma cara de susto que tenía el diecinueve de marzo cuando registró él solo a los dos alemanes.
Álvaro se queda mirando la foto un rato largo y luego deja el móvil boca abajo y se bebe el café de un trago, y no dice nada, y yo tampoco le pregunto nada, porque hay cosas que este hombre necesita ir contando a su ritmo y en mayo aprendí que si se lo saco antes de tiempo lo estropeo.
Lo del veintiséis de mayo, por cierto, salió bien.
Salió bien y me lo contó el veintiuno, cinco días antes, en la cocina de mi casa y con un táper de arroz de mi padre entre los dos, y tardó cuatro minutos y le costó Dios y ayuda, y luego el consejo lo confirmó por unanimidad y le levantó lo del expediente y le dejó puesta la otra cosa, la de que los cambios de organigrama los firma el consejo.
Esa se queda para siempre. Él dice que le estorba tres veces al año y que las tres veces le viene bien.
A las tres y diez baja la señora de Zaragoza en albornoz a preguntar si tenemos secador de pelo en las habitaciones.
Lo tenemos, en el cajón de arriba del escritorio, dentro de una bolsa de tela gris.
Se lo digo. Me da las gracias, se queda dos segundos mirando el vestíbulo vacío con las luces de noche y me dice que ella estuvo aquí en el noventa y cuatro, en un viaje de fin de curso, y que se acordaba de las flores del suelo y no se acordaba de nada más. Y se vuelve a subir.
A las tres y veinte suena el teléfono del mostrador y en la pantalla pone 114.
— Hotel Zambra, buenas noches.
— Buenas noches, perdone la hora. Mire, hay un ruido.
— ¿Qué clase de ruido?
— Un golpeteo. En la pared del baño. Cada poco. Llevo hora y media y pensaba que pararía.
Cuelgo y miro a Álvaro, y Álvaro ya se ha levantado del taburete y ya se ha ido al cuarto de mantenimiento, y vuelve con la llave inglesa grande y una linterna de las de cabeza que se pone en la frente y con la que está absolutamente ridículo.
— Es el bajante — dice-. Con la lluvia se llena y golpea la abrazadera de la primera. Curro lo dijo en enero.
— Curro dijo que había que poner una goma.
— Y se puso.
— Pues entonces no lo dijo bien.
— Ya lo sé — dice, y coge las escaleras-. Se lo digo el jueves.
Sube. Yo me quedo abajo con el libro de incidencias abierto, apunto la llamada, la hora y el número, y luego me quedo un rato mirando el casillero de ciento diez huecos y la lluvia.
A las tres y media baja un chaval en chanclas a preguntarme si a esta hora se puede subir a la Alcazaba.
Le digo que no, que abre a las nueve, y que además está lloviendo.
Me dice que gracias y que qué bonito el suelo, y se va escaleras arriba de dos en dos.
A las tres y media y pico me pongo a colocar en el casillero las tarjetas de las cuatro llegadas de mañana, una cosa que podría hacer perfectamente Fali el jueves y que hago yo porque me gusta hacerla, y las voy repartiendo por orden de planta en los ciento diez huecos de madera curva del sesenta y ocho, con el número grabado a fuego, y cuando paso por el ciento catorce sigo de largo sin detenerme, como llevo haciendo desde junio y como pienso hacer el resto de mi vida laboral.
Arriba, en la primera planta, se oye a un hombre de metro ochenta y siete darle a una abrazadera con una llave inglesa y pararse cada poco a comprobar si ha servido de algo.
Le da tres veces. Espera. Le da dos más.
Espera. Y a la cuarta tanda le oigo decir, en un pasillo alfombrado y a través de un tabique de 1968, una palabra que en la recepción de un hotel no se puede decir delante de nadie, y me tengo que morder por dentro para no reírme en voz alta, porque en la ciento doce hay un señor que se levanta a las cinco y media a coger un tren y que ya me ha bajado una vez esta noche a preguntar por el desayuno.
A las tres y treinta y nueve para el ruido.
El de la 114 baja en zapatillas a las cuatro menos veinte a decir que ya no se oye nada, y Álvaro, que sigue con la llave inglesa en la mano y una mancha de óxido en el puño de la camisa, le pide el nombre completo para apuntarlo en el parte, y yo cojo el bolígrafo, le tacho los dos apellidos y escribo debajo, con mi letra de siempre: habitación 114, ruido en el bajante, resuelto a las 03:41.