Álvaro
Dejo el coche en Muelle Heredia y subo andando, porque a partir de las cinco de la tarde el centro de esta ciudad no es de los coches.
Hay vallas en la Alameda y tribunas llenas hasta arriba.
Hay gente con silla plegable ocupando esquinas desde las tres.
Huele a incienso, a azahar y a fritanga de puesto, y no hay manera de separar un olor del otro, y por la calle del Cuartelillo bajan dos hombres de trono con la faja puesta y un bocadillo en la mano. Tardo once minutos en hacer siete.
Me he levantado a las cinco y media sin tener nada que hacer.
Es la primera vez desde el uno de septiembre.
La reapertura no es mía. El plan de sala no es mío.
La lista de invitados no es mía. A las nueve he subido a la sexta y he firmado cuatro cosas y ninguna de las cuatro cambia nada.
A las once he contestado a un proveedor de Estepona.
A la una he comido de pie en la cocina. A las tres me he cambiado de camisa dos veces, y eso no lo he hecho en mi vida, y lo he hecho porque no tenía otra cosa que hacer con las manos.
El acta del consejo la firmé ayer. Tiene tres párrafos que me nombran.
Amonestación por escrito por incumplimiento del código de conducta, con constancia en el expediente.
Revisión de mi continuidad como consejero delegado el veintiséis de mayo.
Y, desde el diecisiete de marzo, cualquier modificación de estructura que afecte a más de dos personas la firma el consejo y no yo.
Ese tercero es el que me va a estorbar durante diez años.
Y es el único de los tres que habría votado yo.
La puerta del Zambra está abierta de par en par por primera vez desde el dos mil diecinueve.
En el gresite ocre de la derecha hay una placa de latón de treinta por veinte con cuatro renglones y no la miro al entrar.
Entro como entra todo el mundo, por el medio, y no me dice nadie dónde me tengo que sentar, porque no hay plano de sala, porque el plano de sala lo hacía siempre Rocío Berrocal Cantos y esta vez tenía otras cosas que hacer.
Hay unas doscientas personas. Ciento veinte sillas en el vestíbulo, en filas de diez, encaradas al mostrador de recepción, y detrás de las sillas la gente de pie: el gremio, doce o catorce hoteleros de la ciudad con la chaqueta al hombro, tres de la Diputación, el hombre del taller de Teatinos, dos de una agencia mayorista y el padre de Pepe Nadales, que tiene noventa y un años y ha venido en taxi.
La prensa está a la izquierda. Costa Directo, el Cuaderno Hostelero y una chica de Radio Boquerón con una pértiga.
Al fondo del todo, contra la pared del salón, hay cuatro sillas sueltas que ha puesto alguien por si acaso. Me siento en la de la punta.
Mi abuela está en primera fila. Se ha puesto el broche. La lleva Elvira Quesada Pino del brazo y le ha traído un cojín de casa.
A las seis y cinco Ignacio Peñalver Salas coge el micrófono. En diecinueve años lo he oído hablar en público muchas veces.
— Buenas tardes — dice-. Yo aquí hoy no pinto gran cosa, así que voy a tardar medio minuto.
Este hotel abrió en el sesenta y ocho y lo cerramos en el diecinueve, y desde entonces esta empresa se ha pasado siete años diciendo que lo iba a abrir.
La reapertura la ha dirigido Rocío. La ha dirigido entera.
Yo he firmado papeles doce días y eso no es dirigir nada. Ella os cuenta el resto.
Y le da el micrófono y se aparta y se pone al lado de la columna con las manos cruzadas por delante, y nadie en esta sala le encuentra nada raro a lo que acaba de pasar, porque solo cinco personas de las doscientas saben lo que acaba de pasar.
Ella sale de detrás del mostrador. Lleva un vestido verde oscuro y unas zapatillas blancas, porque lleva desde las cinco y cuarto de ayer de pie, y trae un papel doblado en cuatro. Lo abre. Lo mira. Lo vuelve a doblar y se lo mete en la mano izquierda y no lo lee.
— Buenas tardes. Voy a decir cuatro cosas y luego hay cerveza.
Se ríe media sala.
— Este hotel ha estado cerrado dos mil setecientos ochenta y ocho días.
Tiene ciento diez habitaciones, siete plantas y una piscina de doce metros en la azotea que hasta noviembre tenía dos dedos de agua verde.
Hemos cambiado novecientos veinte juegos de sábanas, ciento diez colchones, la instalación eléctrica de tres plantas y el ascensor de servicio, que arrancó ayer a las siete y diez de la mañana después de siete años parado.
La fachada es la misma. El terrazo del suelo que están ustedes pisando es el original del sesenta y ocho y lo hemos pulido, no lo hemos cambiado, y les pido por favor que no arrastren las sillas.
Se ríe otra vez media sala, y esta vez la otra media también.
— La segunda cosa. Ahí detrás, al lado de la columna, está Marian, la gobernanta de este hotel desde que entró aquí con veintiséis años.
Durante los siete años que hemos tenido esto cerrado, ella ha entrado los martes con su llave y ha mantenido hecha la habitación ciento catorce.
Los martes. Siete años. No se lo pidió nadie y no se lo pagó nadie y no se lo preguntó nadie, y hoy la ciento catorce es la única habitación de este edificio que no está a la venta, y mañana tampoco.
En la fila cuatro hay una señora que se lleva la mano a la boca. Marian mira al suelo con la cara de alguien a quien le están haciendo algo espantoso.
— La tercera. Este edificio lo abrieron en el sesenta y ocho dos personas y una de las dos está sentada en la primera fila con un broche que le he visto tres veces y que cada vez me gusta más.
Mi abuela levanta una mano quince centímetros y la vuelve a bajar. No dice lo que costó el broche. No dice lo que costó nada.
— Y la cuarta — dice ella, y aquí para un segundo, y se cambia el papel doblado de mano-.
La cuarta es que llevo ocho años en esta empresa arreglando cosas que se rompían en once hoteles a la vez, y las arreglaba por teléfono y no salía en ningún papel, y a mí eso me parecía bien porque no sabía que se pudiera hacer de otra manera.
Este es el primer sitio en el que he trabajado donde mi nombre está escrito en la puerta.
Está en una placa que hay ahí fuera, a la derecha, encima del gresite.
Tiene mis dos apellidos. Salgan a verla cuando terminemos, porque yo llevo desde ayer sin salir por esa puerta y todavía no la he mirado.
Rocío.
Eso es lo que hay en mi cabeza, ahí, en la silla suelta de la última fila, contra la pared del salón, con doscientas personas delante y el sonido de una banda entrando por la puerta abierta desde dos calles más allá. Nada más. Ni el resto. Rocío, y ya está.
Aplauden. Aplauden mucho más de lo que se aplaude en estas cosas, y luego se levanta todo el mundo a la vez y el vestíbulo se convierte en lo que se convierten estos sitios, doscientas personas de pie con una copa buscando a alguien conocido, y Fali sale de la nada con dos bandejas y una camisa que le queda enorme.
Un chico de Costa Directo me pilla al lado de la columna. Tiene veintitantos y una grabadora en el móvil.
— Álvaro, ¿unas palabras? Del plazo. Se decía en octubre que no llegaban.
— Hemos llegado.
— ¿Y cómo se llega?
— Eso pregúnteselo a Rocío — le digo-. Yo he firmado cheques. Ella ha abierto el hotel.
Se va contento. Es la primera vez en seis meses y medio que digo su nombre delante de alguien de esta empresa, y en esta sala hay ciento ochenta personas que no se han enterado de nada y unas veinte que sí, y las veinte están mirando para otro lado con muchísima educación.
Mi abuela me hace una seña con la mano desde la primera fila. Voy. Se ha quedado sentada porque levantarse con doscientas personas de pie es una tontería a los ochenta y uno.
— ¿Tú vas a hacer algo o vas a estar ahí atrás toda la tarde? — dice.
— Voy a estar aquí atrás toda la tarde.
— Bueno. Pues tráeme un vino.
Le traigo un vino. Elvira me quita el vaso de la mano y se lo da ella, porque a mi abuela no se le puede dar nada en la mano izquierda desde la caída de enero, y eso lo sabe Elvira y no lo sé yo.
Marian me pone en la mano una copa que no le he pedido. No dice nada. Se va. En la fila dos hay un hotelero de Fuengirola dormido con la boca abierta y una copa en equilibrio encima de la rodilla. Nadie lo despierta. Su mujer le hace una foto y luego le hace otra.
Y así se pasan cuarenta minutos. Yo no cruzo el vestíbulo.
Ella está en el centro, con seis personas alrededor todo el rato y un hotelero de Torremolinos que no la suelta, y contesta y se ríe y señala el techo y explica lo del terrazo por cuarta vez, y desde aquí no oigo nada de lo que dice y no me hace ninguna falta.
A las siete menos diez salgo un momento a la acera. Todavía hay poca gente en la puerta. La placa está a la derecha, a la altura de los ojos, atornillada al gresite con cuatro tacos. Es de latón y tiene cuatro renglones.
HOTEL ZAMbrA
Abierto en 1968 por Antonio Peñalver y Carmela de la Riva
Reabierto el 19 de marzo
Dirección del proyecto de rehabilitación: Rocío Berrocal Cantos
La ha pagado mi abuela. La ha elegido mi abuela.
El texto lo redactó Elvira Quesada Pino en catorce minutos el jueves por la mañana y yo no lo he visto hasta ahora mismo, porque no podía verlo, porque hay un acuerdo escrito que dice que yo no toco nada que la afecte a ella.
No he puesto ni una coma. Paso el pulgar por el renglón de abajo, por los dos apellidos, y en la ese del final hay una rebaba pequeña que el hombre de Teatinos no ha limado bien.
Se nota con el dedo y no se ve. Vuelvo a entrar.
A las siete menos veinte hay que ir terminando, porque a las siete y media cortan la calle de arriba y la gente quiere colocarse.
La sala se va vaciando por la puerta grande y en la acera se forma un tapón de doscientas personas mirando la placa, una cosa que no había previsto ni yo y que a Marian la pone nerviosa porque está la puerta llena.
Me levanto. No me abrocho el botón.
Salgo el último por costumbre, con la americana ya en el brazo porque dentro hacen veintiséis grados con doscientas personas.
En la acera queda poca gente. Y ella viene desde la puerta hacia la calle con cuatro personas detrás y una copa vacía en la mano, hablando con el del taller de Teatinos sobre los tacos de la pared.
Pasa por delante de mí sin pararse. Me mete el papel doblado en cuatro en el bolsillo de la americana que llevo en el brazo, con dos dedos, sin mirarme, sin decir nada, y sigue andando y sigue hablando de los tacos.
Se lo guardo.