A mi despacho Rocío
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Rocío

Llamo a la secretaría a las dos y cuarto y una señora muy amable me explica que las actas no se facilitan hasta su aprobación en la sesión siguiente y que la siguiente es el veintiséis de mayo.

Le doy las gracias. Cuelgo. Me quedo sentada en el bordillo de la calle del Cuartelillo con el móvil en la mano quince minutos, y en esos quince minutos no me llama nadie, y sobre todo no me llama él, la única persona de esta empresa que sabía lo que yo había escrito y por qué, y saco de ahí la conclusión que saca cualquiera y que además es la conclusión razonable: que se ha lavado las manos, que ha dejado que decidieran otros y que ya está.

Y sigo sacando esa conclusión durante cuarenta y ocho horas, mientras abro un hotel.

Porque llevo desde el martes dieciséis entrando aquí a las siete de la mañana sin que me lo haya pedido la empresa, con las llaves de Marian, que me las puso en la mano en el vestíbulo el lunes por la tarde sin decir ni media palabra y se fue a la primera planta a discutir con un chaval de los toldos.

He entrado tres días seguidos a un edificio en el que oficialmente yo no pintaba nada, he contestado catorce preguntas de Curro Salcedo, he movido dos plazos y he mandado seis correos desde mi cuenta personal, y el miércoles a la una y cincuenta un ordenador me dice que puedo hacer legalmente lo que llevo haciendo tres días de matute.

El jueves empieza a las cinco y cuarto de la mañana y termina el viernes. Termina el viernes a mediodía, para ser exactos, aunque el jueves a las cinco y cuarto yo eso todavía no lo sé.

Cinco y cuarto: viene el camión de la lencería de Antequera y no puede entrar.

Desde ayer a las doce el Ayuntamiento tiene cortado el acceso por la Alameda para las tribunas, con las vallas puestas y un señor con chaleco que no discute, así que el camión tiene que dar toda la vuelta por el puerto, subir por Casas de Campos y descargar a doscientos metros.

Novecientos veinte juegos de sábanas y todo lo demás, a doscientos metros y a pulso.

Llamo a Nacho a las cinco y media. En ocho años no había llamado nunca a un director a las cinco y media de la mañana para pedirle nada.

— Necesito seis personas hasta la una y las necesito ahora.

— ¿Seis?

— Ocho.

— ¿En qué quedamos?

— En ocho, Nacho.

Me manda nueve. Cuatro de recepción del Malagueta, tres de mantenimiento y dos de comercial que no habían cargado una caja en su vida y que a las once están sentados en el bordillo con las manos coloradas y una cara de felicidad absurda.

Siete y diez: el ascensor de servicio arranca.

Lleva parado desde el dos mil diecinueve y el técnico lleva desde el lunes con la puerta abierta y la placa fuera, y a las siete y diez pulsa el botón, y sube, y baja, y hace un ruido de máquina antigua trabajando, y Marian, que ha subido siete años esa escalera con un carro, se queda mirándolo desde el vestíbulo con los brazos cruzados y sin decir una palabra.

Nueve y cuarenta: el terrazo. Lo sellaron el martes y el sellador necesita setenta y dos horas y nosotros tenemos que meter por ahí ciento veinte sillas, dos mesas de catering, el sonido, ochenta cajas y a doscientas personas el viernes por la tarde.

Curro dice que si pasamos por encima se raya y se queda rayado para siempre.

Yo digo que pongamos moqueta. Amalia dice que no hay moqueta hasta el lunes.

Y Fali, que lleva desde las seis sin sentarse, levanta la mano como en el colegio y dice que en el sótano hay cuatrocientos albornoces.

Y así es como el jueves a las diez de la mañana el vestíbulo del Hotel Zambra, con su terrazo original de mil novecientos sesenta y ocho y sus dos flores de mármol en el centro, queda cubierto de punta a punta por doscientos ochenta albornoces de rizo color mostaza puestos boca abajo y solapados como escamas, y por encima de los albornoces pasa todo: las sillas, las cajas, el sonido, dos carretillas y una señora del catering con tacones.

Se lavan el viernes por la mañana en las lavadoras nuevas.

Salen bien. No vuelve a hablar de ellos nadie.

Once y veinte: abro el cajón del mostrador de recepción buscando un bolígrafo y ahí está mi cuaderno.

Con una goma nueva. De las anchas. Y la pinza de tender dentro, marcando la cuarenta y uno.

Y al lado, sin estrenar, hay un libro de incidencias de recepción de tapa dura, el mismo formato, la misma tela, el mismo tamaño, uno de esos que se compran en la papelería de Carretería y que valen tres euros con veinte.

No pregunto. No lo pregunto y no lo voy a preguntar, y me lo llevo a la primera planta y me siento en el suelo del pasillo con la espalda en la pared cinco minutos, sola, y luego me levanto y sigo.

Dos y media: prueba de agua caliente en las ciento diez habitaciones. Sale fría en la segunda planta entera y hay que vaciar el circuito.

Cuatro: llega la placa.

Viene en una caja de madera y la trae un hombre de un taller de Teatinos, y Marian y yo la abrimos en el office de recepción con un destornillador, y es de latón, de treinta por veinte, y yo la miro cuatro segundos y me tengo que ir al almacén.

Al almacén de los albornoces, que ya está vacío.

Y ahí dentro, con la puerta cerrada y la luz apagada, lloro por primera vez desde el cinco de marzo, dos minutos y medio, de pie, con la frente en una estantería metálica, y luego me lavo la cara en el grifo del almacén y salgo y le digo a Marian que la coloquen el viernes a las nueve y no antes.

Ocho de la tarde: Yoli aparece con dos bolsas de comida para todo el mundo, por su cuenta y riesgo, y me arrincona detrás del mostrador.

— Te aviso y me callo — dice-. El catering ha mandado ciento cuarenta canapés de queso y tú pediste ochenta, e Inma dice que hay una del Cuaderno Hostelero que es intolerante y que lo va a poner.

— Que lo ponga.

— Rocío.

— Yoli, que ponga lo que quiera. Yo el viernes tengo ciento diez habitaciones y una banda ensayando debajo de la ciento catorce. Los canapés que se los coma Fali.

Diez de la noche: el casillero. Me pongo detrás del mostrador a colocar las tarjetas en los huecos, ciento diez huecos numerados en madera curva del sesenta y ocho, y voy metiéndolas de izquierda a derecha y de arriba abajo, y cuando llego a la primera planta me encuentro con que del ciento uno al ciento dieciocho están todas menos una, porque el hueco de la ciento catorce está vacío y en el sistema esa habitación aparece bloqueada indefinidamente y sin motivo, una cosa que en un hotel de ciento diez habitaciones el fin de semana más caro del año no se le ocurre hacer en su sano juicio.

Se lo pregunto a Marian por el interfono.

Me contesta que ya hablaremos. Y no hablamos.

Y ahora que lo pienso, en cuarenta y ocho horas he pedido más cosas que en ocho años: nueve personas a Nacho a las cinco y media de la mañana, dos días de prórroga al de los toldos, que Elvira me apruebe las horas extra de tres camareras de pisos antes de que las hagan y no después, que el de la placa la traiga el jueves y no el viernes, y que mi padre no venga a la reapertura porque no voy a poder atenderle.

Esa última se la pido por teléfono el jueves a las ocho de la tarde, con la tele de fondo, y me cuesta más trabajo que las otras cuatro juntas, y él me dice que bueno, que ya irá otro día cuando no haya tanto lío, y por primera vez en once años que mi padre me quite un peso de encima no me parece una puñalada.

Once y media de la noche: Curro Salcedo se va y me da la mano, que en tres meses de obra no me la había dado nunca, y ya con el casco debajo del brazo y a medio salir por la puerta de servicio me suelta, sin ninguna intención, la cosa que me va a tener despierta hasta las tres.

— El domingo del otro fin de semana estuvo aquí el jefe nueve horas — dice-. Subiendo sacos. Se cargó un rodapié.

— ¿Qué domingo?

— El siete. El de después de aquello. Se presentó a las siete de la mañana y no se fue hasta las seis. Y no dijo ni pío en todo el día. Ni pío.

Se va, y yo me quedo con el libro de incidencias abierto y el bolígrafo en la mano y sin apuntar nada durante un rato largo, porque el siete de marzo era el domingo de después de la habitación ciento catorce, y porque un hombre que sube sacos nueve horas un domingo en un edificio en el que ya no trabaja la persona por la que los sube es un hombre del que yo no sé absolutamente nada.

El viernes, Viernes de Dolores, la ciudad amanece cortada.

A las ocho de la mañana ya hay tribunas montadas en toda la Alameda, con la madera clara y los números pintados, y hay familias enteras plantando sillas de camping en las esquinas para esta tarde, y hay dos bandas ensayando a la vez a cuatro calles de distancia, y por la calle del Cuartelillo pasea un chaval de doce años con un tambor colgado esperando a alguien que no llega.

La ciudad huele a incienso desde antes de que salga nada.

Marian sube a la primera a las nueve con un imperdible en la boca porque a la camarera de pisos nueva se le ha descosido el bolsillo del uniforme, se lo apaña en doce segundos sin quitárselo y le dice que se esté quieta y que ande aliquindoi con el carro en el pasillo de la ciento catorce, que la moqueta es nueva.

A las nueve y cuarto atornillan la placa a la derecha de la puerta, a la altura de los ojos, sobre el gresite ocre.

Yo estoy dentro, en el mostrador, dándole el alta a un grupo de doce que llega a las once, y desde donde estoy se ve por el cristal la espalda del hombre del taller de Teatinos con el taladro, y no salgo.

Sale Fali. Sale Marian. Sale una camarera de pisos que no me sé todavía el nombre.

Yo me quedo dentro con la pantalla delante metiendo doce nombres a mano porque el fichero que nos han mandado viene con los apellidos en la casilla del nombre, y tardo veinte minutos, y cuando termino ya está puesta y ya no hay nadie mirándola, y sigo sin salir.

A las diez llegan los primeros clientes de verdad, dos alemanes de sesenta años con una maleta cada uno que han reservado hace cinco meses sin saber que el hotel llevaba siete años cerrado, y Fali los registra él solo, temblando, y luego viene a decirme que les ha metido mal el régimen, que les ha puesto el desayuno cuando no lo llevaban, y que ya lo ha corregido y que no ha pasado nada.

A las once y media están las ciento nueve listas.

Y a las doce menos cuarto pasa una cosa que no significa nada y que me acompaña el resto del día: por la calle del Cuartelillo bajan cuatro hombres de trono con la camiseta del ensayo, sin trono, hablando de un partido, y uno de ellos se para delante de la puerta, mira la fachada de gresite entera de abajo arriba con las manos en los bolsillos y le dice a los otros tres que su madre trabajó ahí de camarera de pisos.

Los otros tres siguen andando. Él se queda diez segundos más y luego echa a correr para alcanzarlos.

A las doce y cuarto entra por la puerta un señor de unos setenta años con una carpeta de plástico debajo del brazo, mira el vestíbulo, mira el casillero, mira las dos flores de mármol del suelo y se planta delante del mostrador.

— ¿Es aquí donde dan las sillas de la tribuna?

— No, señor. Eso es en la Agrupación.

— Ah. Me han dicho que aquí.

— Pues le han dicho mal.

— Bueno — dice, y se queda mirando el techo un momento-. Pues muy bonito les ha quedado.

Y se va por donde ha venido, con la carpeta de plástico debajo del brazo, y desde el mostrador lo veo pararse en el bordillo a esperar que pase una furgoneta de reparto marcha atrás, y cruzar, y meterse por la calle de arriba camino de una Agrupación que le pilla a un cuarto de hora andando y en dirección contraria.