Álvaro
El tercero lo añadí el domingo por la noche. Elvira Quesada Pino me llamó el lunes a las ocho y cuarto para preguntarme si estaba seguro. Le dije que sí. Me preguntó si lo había hablado con alguien. Le dije que no. Se quedó callada tres segundos y me dijo que entonces lo mandaba así.
Entre el viernes doce y hoy han pasado cinco días y en esos cinco días no he hablado con ella.
El escrito entró en la secretaría del consejo el viernes a las siete y veinte de la tarde y Elvira me lo reenvió el sábado por la mañana con una línea encima: acuse recibido, plazo quince días.
Lo he leído catorce veces. Es un folio. Está mejor escrito que el mío.
El lunes por la mañana le llevé el cuaderno a Marian.
Fui al hotel a las siete, la hora a la que allí no hay más que ella y el del andamio, y se lo di en la puerta de servicio.
El domingo había comprado un paquete de gomas en una papelería de Carretería, de las anchas, y le había puesto una.
La pinza de tender se la dejé dentro, en la página cuarenta y uno.
Marian lo cogió con las dos manos. Lo miró por delante y por detrás.
No me preguntó nada, ni quién, ni por qué, ni desde cuándo lo tenía yo.
Se lo metió en el bolsillo del delantal, donde no cabía, y echó a andar hacia las escaleras, porque el ascensor de servicio sigue sin funcionar y lo arreglan el jueves.
La reunión es en la pecera, lo único de esta planta con una mesa para doce. La persiana veneciana sigue torcida. Pepe Nadales ha subido a las ocho con una escalera y ha estado veinte minutos dándole al cordón. La ha dejado igual. Desde fuera se nos ve a todos de cintura para abajo.
Con voto somos los seis de siempre. Mi abuela ha venido sin bastón. El de Sevilla se conecta desde su cocina y la imagen le va y le viene. Elvira no vota: levanta el acta.
A las diez y cinco mi abuela dice que ella no preside este punto.
— Yo lo traje a este chico — dice-. Que lo presida el vicepresidente.
Nadie protesta. Nacho se cambia de silla. Se sienta en la cabecera y coge el orden del día como quien coge una herramienta que ha usado mucho, y me mira, y no dice nada.
— Punto uno — dice.
Me levanto. Me abrocho el botón de la americana. Tengo un folio y me lo he aprendido de memoria, pero lo leo igual, porque si lo digo de cabeza me lo voy a suavizar por el camino.
— Mantengo una relación personal con Rocío Berrocal Cantos, responsable de calidad del grupo.
Empezó el dieciocho de agosto, dos semanas antes de mi incorporación, sin que ninguno de los dos supiera a qué se dedicaba el otro.
Se reanudó el diecisiete de octubre, y a partir de esa fecha lo sabíamos los dos.
No la he declarado hasta hoy. El cinco de marzo, a las quince y diez, firmé una modificación de estructura que la afectaba directamente.
La firmé yo solo. No la consulté. El código de conducta de esta empresa lo pedí yo por escrito antes de entrar y lo firmé el primero el tres de septiembre.
Lo he incumplido en los dos artículos que importan. Eso es todo.
Y ahí hay unos segundos que se hacen largos.
La consejera independiente escribe. El abogado se pasa la lengua por el labio de arriba y me mira sin ninguna curiosidad, como se mira un albarán.
En la pantalla del aparador, el de Sevilla se ha quedado con la taza a media altura. Mi abuela mira la persiana torcida.
— ¿Alguna pregunta? — dice Nacho.
— Una — dice la consejera-. ¿La señora Berrocal tuvo algún beneficio profesional derivado de la relación?
— Sí. Yo la puse al frente del proyecto en octubre sin ponerla en el organigrama. Fue una decisión mía y ella me dijo por escrito que no quería que la moviera de sitio.
— ¿Y perjuicio?
— El cinco de marzo.
— Gracias.
Me siento. Elvira toma la palabra sin que se la den y lo primero que hace es cerrar el ordenador. Cierra el ordenador cuando va a decir algo que todavía no quiere escribir.
— Voy a hablar claro y no me lo tomen a mal — dice-.
En el expediente hay catorce documentos.
Trece están bien hechos. Uno de esos trece es un parte de alarma del ocho de octubre, a las veintitrés cincuenta y dos, con dos personas dentro de un hotel cerrado y los dos nombres escritos enteros.
Lo redactó y lo firmó ella, pudiendo poner los cargos y sin que se lo pidiera nadie.
Esa es la persona de la que estamos hablando.
El del cinco de marzo es la única decisión de toda esta empresa en seis meses que se toma sobre una persona sin preguntarle a esa persona.
No hay entrevista, no hay conformidad, no hay firma de la interesada.
Nada. Se enteró por un correo automático a las siete y cuarenta y uno de un viernes, en la calle, y en copia con once direcciones.
— Si mañana esa mujer decide reclamar, esta empresa pierde — sigue-.
Y pierde con razón, y a mí me van a preguntar por qué lo cargué yo en el sistema y voy a tener que contestar la verdad: que me lo mandó mi jefe y que se lo advertí dos veces.
Eso por el lado de fuera. Por el lado de dentro les digo otra cosa.
Hay novecientas cuarenta personas en este grupo y el lunes por la mañana lo sabían todas.
Si ustedes deciden hoy que aquí no ha pasado nada, la próxima queja no va a entrar por el buzón ético.
Va a entrar por otro sitio. Y no la va a escribir ella.
El que lleva veinte años en el consejo se quita las gafas.
— ¿Eso es una amenaza, Elvira?
— Eso es un pronóstico — dice-. Yo llevo dieciocho años haciéndolos y no me equivoco casi nunca.
Y se calla, y abre el ordenador otra vez, y vuelve a escribir con la cara de siempre, y en esta sala hay cinco personas que acaban de entender que la directora de personas del Grupo Peñalver nunca ha sido una señora que dice ping.
Punto dos. Nacho lee el escrito de ella en voz alta, entero, y dura dos minutos y medio. No pide que echen a nadie. No cuenta agosto. No dice la palabra relación. Pide tres cosas y luego pide una cuarta, y la cuarta son tres palabras.
— ¿Debate? — dice Nacho.
Habla primero el independiente antiguo, y lo que dice es razonable y me deja sin argumentos, porque no tengo ninguno y porque además no puedo hablar.
Dice que faltan cuarenta y ocho horas para abrir un hotel de ciento diez habitaciones.
Dice que cambiar de director de proyecto dos veces en doce días es una temeridad operativa.
Dice que un consejo que revoca a un consejero delegado porque una empleada escribe un correo sienta un precedente que dentro de dos años nos va a explotar en la cara con otra persona y otro asunto.
Y termina diciendo que no tiene nada contra esa señora y que por lo que ha leído es evidente que el hotel lo ha hecho ella. Vota que no.
La consejera vota que sí, y da una razón de tres líneas. Dice que el riesgo operativo de cambiar de director cuarenta y ocho horas antes es cero, porque la persona que va a dirigir es la que lo ha dirigido durante cinco meses y medio, y que el riesgo de no cambiarlo es una demanda. Vota que sí.
Mi abuela levanta un dedo. Tiene ochenta y un años y una manta en las piernas también aquí.
— En la escritura del sesenta y ocho estoy yo la segunda — dice-. La segunda. Y el solar lo elegí yo, y la esquina que quería mi marido hoy es un aparcamiento. No he vuelto a decir esto en cincuenta y tres años y no lo voy a repetir. Voto que sí.
El de Sevilla pide la palabra desde la pantalla y se le va la imagen a la mitad.
Dice que él no conoce a la señora Berrocal, que no ha pisado esa obra ni un día y que no piensa votar a favor de quitarle la firma a un Peñalver cuarenta y ocho horas antes de abrir un hotel.
Dice también que lo lamenta y que quiere que conste que lo lamenta. Vota que no.
Dos y dos. Nacho deja el bolígrafo. Se echa hacia atrás en la silla de la cabecera y se toma su tiempo, y aquí es donde yo dejo de saber lo que va a pasar, porque mi primo lleva cuatro años ejerciendo de consejero delegado en funciones de esta empresa, y hace seis meses vine yo desde fuera con el mismo apellido y le quitaron el puesto sin una reunión, y hoy tiene el voto de calidad y lo sabe todo el mundo en esta sala.
— Antes de votar quiero decir dos cosas y quiero que las dos consten — dice-.
La primera es que yo quería ese puesto. Lo quería y lo pedí y me lo negaron, y llevo desde septiembre fichando todas las mañanas en una empresa en la que mi primo firma lo que firmaba yo.
Eso no se me ha pasado y no se me va a pasar.
Que quede claro que lo que voy a votar no lo voto por él.
No se mueve un papel. La consejera ha dejado de escribir y tiene el bolígrafo levantado dos centímetros por encima del papel, y mi abuela, que se ha pasado la reunión mirando la persiana, se ha girado por fin hacia la cabecera de la mesa.
— La segunda es esta. En septiembre, en un chiringuito de Pedregalejo, le dije a Álvaro que un proyecto sin un director con firma se cae solo, y que yo no pienso firmar lo que decide otro.
Se lo dije con la boca llena. Llevo doce días firmando lo que decidió otra.
Doce días. He firmado un pedido de lencería que negoció ella en octubre, una señalética que diseñó ella en noviembre y un cuadro de precios de apertura que está calcado de una hoja de cálculo suya de enero, y en el acta de este consejo va a constar que la reapertura la dirigí yo.
Eso no es un favor que yo le haga a ella.
Eso es una mentira que me como yo, y si el hotel sale bien no me la va a creer nadie, y si sale mal me la voy a comer entera. Así que no. Que firme quien decide.
Vota que sí. Y con el voto de calidad, la dirección del proyecto de reapertura del Hotel Zambra vuelve a Rocío Berrocal Cantos a las once y cuarenta de la mañana del diecisiete de marzo, cuarenta y siete horas antes de abrir.
— Y quiero una cosa a cambio, y también en el acta — dice Nacho, y me mira a mí-. A partir de hoy, cualquier modificación de estructura que afecte a más de dos personas la firma el consejo. No el consejero delegado. El consejo.
— Se aprueba — dice mi abuela desde su silla, sin ser la que preside, y nadie le lleva la contraria.
Punto tres. Yo salgo. Es lo que me toca y además lo pido.
Me quedo cuarenta minutos de pie en el pasillo corto, entre el office con la máquina rota y la puerta del archivo, que ahora tiene un papel plastificado con un nombre y un cargo, y desde donde estoy se ven cinco pares de piernas por debajo de la persiana torcida y no se oye absolutamente nada, porque el tabique es de cristal doble y lo pusieron así en el catorce para que las reuniones no se oyeran desde comercial.
Cuarenta minutos es mucho rato. El pasillo corto mide lo justo para que se crucen dos personas sin girarse de lado, y me lo aprendo de punta a punta con los pies.
Leo tres veces el papel de la puerta del archivo.
Cuerpo doce, centrado, el logotipo pequeño arriba a la izquierda, y debajo del nombre el cargo que le puse yo.
La puerta está cerrada porque hoy no ha venido: está en el hotel desde las siete y allí no hay cobertura en el sótano.
Miro el folio pegado en la máquina de café, que lleva desde febrero y que alguien ha repasado con bolígrafo para que se siga leyendo.
Bajo a la calle. Subo otra vez. En cuarenta minutos da tiempo a pensar muchas cosas y yo pienso una sola, en bucle, como un imbécil: que si estos cinco votan que me vaya, mañana por la mañana no tengo ninguna razón para estar en esta ciudad.
Y que esa frase, hace siete meses, no habría significado absolutamente nada.
A las doce y veinte me llaman. Sigo siendo consejero delegado.
Con tres cosas escritas en el acta. Amonestación por escrito en mi expediente por incumplimiento del código de conducta.
Revisión de mi continuidad en el consejo ordinario del veintiséis de mayo.
Y la tercera me la lee Nacho despacio, mirándome, con una satisfacción que no disimula y que se ha ganado.
— La notificación a la interesada la manda la secretaría del consejo, por escrito, hoy antes de las dos. Tú no la llamas. No le mandas un mensaje, no le mandas un ramo, no te la encuentras por casualidad en la sexta. Hasta el viernes por la tarde, tú de esto no le dices ni una palabra.
— De acuerdo.
— ¿De acuerdo o me lo estás diciendo para que me calle?
— De acuerdo, Nacho.
Y cuando ya estamos recogiendo y la consejera está guardando el portátil en la funda, mi abuela dice desde la punta de la mesa, sin levantar la voz y como si estuviera hablando del tiempo, que en la placa de la entrada del hotel quiere el nombre entero de la que lo ha hecho, con los dos apellidos, y que la placa la paga ella y que no admite discusión.
Se aprueba por unanimidad en catorce segundos y yo no voto, porque no puedo, y porque si pudiera tampoco sería mío ese voto.
Salgo el último. Nacho me alcanza en el rellano de los ascensores con la carpeta debajo del brazo y sin mirarme, y no se para, y pulsa el botón con el canto de la mano como hace siempre.
— Con todo el cariño, primo — dice-. El viernes te sientas atrás y te callas.