A mi despacho Rocío
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Rocío

El lunes por la mañana tengo puerta.

Yoli me está esperando al lado del perchero con dos cafés de los de abajo, porque la máquina de la sexta sigue estropeada.

— No he dormido — dice.

— Ya somos dos.

— Rocío, lo del viernes...

— Déjalo.

— No lo dejo.

— Pues déjalo hasta el jueves y el jueves me lo dices entero — le digo, y cojo el café-. Es que si me lo dices ahora te perdono, y no quiero perdonarte todavía, que me hace falta estar enfadada esta semana.

Se ríe con los ojos llorosos, porque Yoli se ríe así, y se va a su mesa, y a las nueve y cuarto ya está contándole a Inma Requena algo que nadie le ha preguntado.

Y aquí viene la parte que no le he contado ni a Yoli ni a mi padre ni a la almohada: el puesto es bueno.

El puesto es buenísimo. Yo llevo ocho años contestando cuatrocientas quejas al mes desde una silla rota y explicándole a la gente por qué el hotel ha hecho lo que ha hecho, y ahora, por primera vez, puedo cambiar lo que hace el hotel.

El martes me leo las quejas de febrero de los once hoteles seguidas, cuatrocientas doce, y en dos horas tengo tres cosas que llevan cinco años rompiéndose siempre igual: el desayuno de Nerja, la limpieza de los sábados de Cabo Roldán y la letra pequeña de las reservas no reembolsables, que la escribió un abogado en el dos mil catorce y que se entiende al revés.

Escribo un informe de nueve páginas. Lo mando a las once de la noche.

El miércoles a las ocho y media Elvira me contesta que sí a las tres cosas.

Tres cosas en un día. En ocho años no había conseguido tres cosas en un día.

Y me da igual. Me da exactamente igual, y no lo digo de boquilla: me da igual porque a la misma hora que yo mando ese informe hay un hombre en la calle del Cuartelillo colocando la señalética de la primera planta y colocándola mal, y yo lo sé porque me lo ha dicho Fali por un mensaje de tres líneas, y no puedo entrar en ese edificio ni con llave ni sin ella.

Marian sube a la sexta el miércoles a las once.

Marian no sube nunca a la sexta. Marian lleva treinta y dos años en esta empresa y siete de gobernanta volante por diez hoteles con una maleta pequeña de ruedas, y las oficinas le parecen un sitio donde la gente se sienta a hablar de lo que hacen otros.

Viene con la maleta, además. Directa del Peñalver Nerja.

Se planta en la puerta de mi despacho nuevo y lee el papel plastificado con la cara de quien lee una esquela.

— Bonito.

— Marian.

— ¿Puedo pasar o hay que pedir cita?

Pasa. No se sienta. Deja la maleta de pie contra la pared, con la mano encima del asa, y desde ahí me suelta lo que ha venido a soltarme, que se ha traído desde Nerja en el autobús de las nueve.

— Llevo una pechá de años entrando yo sola en ese edificio — dice-. Y el viernes te fuiste tú.

— Yo no me fui, Marian. A mí me sacaron.

— A ti te sacaron de un papel. Del hotel te has ido tú.

Llevas desde el sábado sin aparecer y el sábado había que decidir el color de la rejilla del pasillo de la primera y lo ha decidido un chaval de veinticuatro años con una foto en el móvil, y va a quedar de pena, y en octubre viene la revista esa y hace fotos y sale la rejilla.

— No tengo llaves.

— Yo tengo llaves.

Y se queda ahí, con la mano en el asa de la maleta y los pies juntos, y yo tengo treinta y dos años y ella cincuenta y ocho y en ese momento yo tengo doce.

— Marian, esto no lo puedo arreglar yo.

— Ya lo sé.

— Es un tema de organigrama, de código de conducta, de...

— Ya lo sé, Rocío — dice, y coge la maleta-. Esto no lo arreglo yo con un imperdible.

Y se va. Y yo me quedo mirando la puerta con mi nombre en un cuerpo doce, y me siento. Bueno: me tengo que sentar.

Luego me paso el resto del miércoles pensando en Marian, que en treinta y dos años aquí dentro tampoco ha pedido nunca nada: no pidió que la devolvieran al Zambra cuando lo cerraron en el diecinueve y la mandaron de volante con una maleta de ruedas por diez hoteles y cuatro provincias, ni que le pagaran los kilómetros, ni el puesto de gobernanta del Malagueta cuando quedó libre en el veintiuno y se lo dieron a una de fuera.

Y sin embargo entraba los martes en un edificio cerrado con su carro pequeño a hacerle la cama a nadie, y eso, mirado desde aquí, es la manera más silenciosa y más cara que he visto yo en mi vida de decirle a una empresa entera que un sitio no se ha muerto todavía.

El jueves Elvira me llama a la pecera, con la persiana torcida, y me suelta veinte minutos de los suyos.

Que lo aterricemos. Que el nuevo puesto tiene un plan de desarrollo a doce meses y un itinerario.

Que si quiero, me hace un ping en abril y lo revisamos.

Yo la escucho y voy diciendo que sí, y por debajo de la mesa estoy contando los cuadrados de la moqueta, y ella lo sabe, porque Elvira lleva aquí más años que yo y no es tonta ni de lejos.

Y de pronto para. Cierra la carpeta. Mira el cristal, opaco pero no tanto, porque las siluetas se ven, y espera a que pase Fali con un carrito.

— Te lo digo sin el envoltorio — dice-. El código que se firmó en septiembre tiene un artículo, el noveno, que dice que cualquier persona afectada por una decisión tomada por alguien con un conflicto de interés puede pedir al consejo que la revise.

Cualquier persona. No hace falta abogado ni sindicato ni permiso mío.

Se escribe un correo a la secretaría del consejo y el consejo tiene quince días para contestar por escrito.

— ¿Y eso lo puedo hacer yo?

— Eso lo puede hacer hasta el chico de las tarjetas.

— Elvira, ¿tú me estás diciendo que lo haga?

— Yo no te estoy diciendo nada — dice, y se levanta y se lleva la carpeta contra el pecho-.

Yo soy directora de personas y llevo dieciocho años aquí y tengo una hipoteca.

Escríbelo tú sola. No me lo enseñes antes.

Y no lo escribas desde el ordenador de la empresa, que eso no es ilegal pero es una tontería.

El jueves por la noche voy a casa de mi padre con el pan.

El Molinillo, segundo, la tele puesta desde las siete de la mañana y el sillón de él mirando a la pantalla y no a la mesa, y por eso en esta casa las frases se quedan por la mitad desde hace once años.

Hay arroz. El arroz de mi padre es lo único que sabe hacer y lo hace mejor que en ningún sitio y lo hace exactamente igual desde que murió mi madre, con las mismas cuatro cosas dentro y en el mismo orden.

— ¿Has visto lo de los autobuses? — dice-. Que este año van a desviar el tres y el once por el puente de la...

Y se va, porque en la tele están poniendo las tribunas de la Alameda y un hombre con un chaleco explicando el montaje.

— Papá.

— Cuarenta y dos años pasando yo por ahí. Y ahora resulta que el recorrido...

— Papá, me han cambiado de puesto.

— Ya me lo dijo Yoli el sábado.

Suelto el tenedor. Claro que se lo dijo Yoli el sábado. Yoli lleva llamando a mi padre todos los sábados desde hace cuatro años, y yo eso no lo sabía hasta ahora mismo, y en cualquier otro momento de mi vida esto sería un motivo de bronca y hoy no tengo sitio para más.

— Y me han subido el sueldo — le digo.

— Ah.

— Cuatrocientos treinta y seis euros.

— Eso está muy bien, hija. Con eso tú te puedes...

Y otra vez la tele.

Comemos. Recojo yo. Él se queda en el sillón y yo friego, y desde el fregadero se ve la nuca de mi padre y el bote de las horquillas de mi madre en el mueble, que sigue ahí porque tirarlo sería una conversación.

Y cuando estoy secándome las manos con el paño, sin venir a cuento y sin que yo le haya contado nada más, mi padre hace una cosa que no le he visto hacer en once años.

— Tú siempre has sido la que aguanta la puerta para que pase todo el mundo — dice, y baja la tele con el mando sin mirarlo-. Y luego te quedas fuera y dices que no querías entrar. Eso lo aprendiste de tu madre y yo os dejé.

Me quedo con el paño en la mano. En la tele hay un hombre con chaleco señalando un módulo de tribuna y no se le oye.

— Papá.

— El arroz te lo llevas tú, que a mí me sobra.

Y sube el volumen otra vez, y ya está, y no volvemos a hablar de nada en toda la noche, y a las once me voy con un táper de arroz y bajo los dos pisos y me siento en el portal a oscuras diez minutos antes de echar a andar.

Y en esos diez minutos, con el táper caliente encima de las rodillas y un vecino entrando con la bicicleta al hombro y dándome las buenas noches con toda la naturalidad del mundo, igual que si fueran las nueve de la mañana, no me pongo a pensar en mi madre ni en el ictus del once, las dos cosas en las que llevo pensando toda la vida cada vez que me pasa algo grande.

Me pongo a pensar en la puerta. En la puerta de la frase, la que yo aguanto para que pase todo el mundo.

Y en que mi padre lleva once años sentado en un sillón orientado hacia una pantalla y desde ese sillón me ha visto hacerlo todas y cada una de las veces, y ha estado callado todas y cada una de las veces, y esta noche, a las diez y media de un jueves de marzo, con un táper en la encimera y las tribunas de la Alameda en el telediario local, ha decidido que ya estaba bien.

El viernes lo escribo. Me cojo la mañana, que en ocho años no me he cogido ni una, y lo escribo en mi casa, en el ordenador viejo, con la higuera del vecino metiéndose por la barandilla y el ventilador apagado porque estamos en marzo.

Me sale de dos folios y luego lo dejo en uno.

No pido que echen a nadie, no cuento nada de agosto, no digo la palabra relación ni la palabra pareja.

Pido cuatro cosas. Las tres primeras son fáciles de escribir: que el consejo revise una decisión tomada el 5 de marzo a las 15:10 por una persona con un conflicto de interés, que se me diga por escrito quién dirige la reapertura del Hotel Zambra y por qué, y que si la respuesta es que no soy yo, conste el motivo en el acta.

Esas tres me salen en veinte minutos, porque llevo ocho años redactando escritos para gente cabreada y sé perfectamente cómo se pide una cosa por escrito sin que parezca que la estás pidiendo.

Eso es un oficio y me lo he enseñado yo sola.

Luego viene la cuarta. La cuarta la empiezo a las siete y la termino a las diez y veinte, y entre medias me levanto cuatro veces, me hago dos cafés que no me bebo, salgo a la terraza de metro y medio a que me dé el aire y la higuera del vecino me suelta una rama encima del hombro con toda la intención.

La escribo de nueve maneras distintas. En una de ellas pone «podría valorarse la posibilidad de que quien suscribe asumiera», y la leo en voz alta en mi salón, sola, a las nueve y media de la mañana, y me da tanta vergüenza que me río yo sola con la boca cerrada. Al final la dejo en tres palabras.

Pido dirigirla yo.

El viernes a las siete y veinte me lo lee Yoli en la escalera de servicio, en el descansillo entre la sexta y la séptima, sentada en un escalón con mi móvil en las dos manos y moviendo los labios.

— Está muy largo — dice.

— Es lo que hay.

— Y hay una coma después de considerando que no...

— Yoli.

Me devuelve el móvil. Le doy a enviar delante de ella, y la barrita esa gris cruza la pantalla, y ya está.

— Pues ya está — dice-. Ahora lo peor: a partir del lunes tienes que venir a trabajar todos los días a un sitio donde todo el mundo sabe que has escrito eso.