A mi despacho Álvaro
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Álvaro

Salgo del Zambra a las seis y cuarto de la mañana del sábado.

Giro antes de empujar y la puerta de servicio entra a la primera.

En la calle del Cuartelillo hay un camión de reparto y un hombre bajando cajas de agua, y me mira, y le digo buenos días.

La Alameda a esta hora está cortada por la mitad con las tribunas a medio montar y el olor a madera nueva se lleva todo lo demás.

Un operario le grita a otro que el módulo siete va del revés. Hay gaviotas.

Vuelvo andando hasta el aparcamiento de Muelle Heredia con la carpeta y el cuaderno de tapa dura debajo del brazo. Doce minutos hasta El Limonar, camino del Aljibe, la última casa antes de que la calle se convierta en cuesta. Abro con el mando. El mando funciona.

Esta casa tiene doscientos ochenta metros y la compré hace dos años por teléfono desde la sala de embarque de un aeropuerto, con la empresa ya vendida y sin saber muy bien qué hacer con lo que me habían pagado por ella.

La vi tres veces antes de firmar. La primera fue en fotos.

Tiene dos plantas, un jardín con seis limoneros que no planté yo, un porche con un banco de obra y una piscina de nueve metros que se limpia sola con un robot que sube y baja todos los días de siete a ocho de la mañana haciendo un ruido de bicho.

El seto lo corta un hombre cada quince días.

No sé cómo se llama ese hombre. Le pago por transferencia desde hace veinticuatro meses.

Dejo el cuaderno de Rocío Berrocal Cantos encima de la isla de la cocina. Me siento en el sofá con el abrigo puesto. El robot de la piscina se pone en marcha a las siete y lo oigo desde dentro.

El sábado hago tres cosas y las tres son inútiles.

Escribo la revocación entera, dos folios, con el texto que ella me dijo que no escribiera, y la dejo en borradores.

Llamo a Elvira y no lo coge, y no vuelvo a llamar, porque es sábado y porque no la llamaba para nada bueno.

Y busco en el portátil, durante una hora y cuarenta minutos, si en el reglamento del consejo hay alguna manera de convocar sin que conste el motivo en el orden del día. La hay. No sirve.

No como. No es una decisión. Se me pasa la hora y luego se me pasa otra vez.

A las siete de la tarde me tomo los dos yogures de pie delante del frigorífico abierto.

Después salgo al jardín. Los limoneros están cargados.

Nadie coge los limones. Se caen solos, se pudren en el césped y cada quince días viene el hombre del seto y los recoge con un rastrillo y se los lleva en un capazo.

Eso lleva pasando dos años enteros. Nunca lo había mirado.

El domingo me levanto a las seis y me voy a la obra.

Curro Salcedo está allí desde las siete con dos hombres y una hormigonera pequeña, terminando el vaso de la piscina de la azotea, y le digo que vengo a echar una mano y él me dice que no hace falta, y le digo que ya lo sé.

Estoy nueve horas. Subo sacos. Me llevo por delante un rodapié y hay que cortar otro.

A las dos comemos los cuatro sentados en el suelo del salón, y uno de los hombres cuenta un chiste larguísimo sobre un cuñado y una furgoneta y me río de verdad, y luego me acuerdo de por qué estoy allí y se me quita.

Curro Salcedo tiene cincuenta y dos años y lleva treinta en las obras. A las seis de la tarde, mientras recoge las herramientas, me pregunta una cosa.

— ¿Mañana viene Rocío?

— Berrocal ha cambiado de puesto.

Él dice ah. Y luego dice que la señalética de las plantas está a medias y que él necesita a alguien que decida, y yo le digo que decide Ignacio Peñalver Salas, y él dice ah otra vez y se pone a enrollar una manguera.

El lunes es peor de lo que esperaba y no por lo que esperaba.

La sexta funciona. Las cosas se hacen. En el ascensor la gente me da los buenos días exactamente igual que el viernes.

Mi primo coge el proyecto a las nueve y a las once ya tiene un calendario nuevo y a la una lo ha mandado.

Es bueno. Siempre ha sido bueno. Lo único que pasa es que a las cinco y veinte de la tarde hay un problema con la licencia de ocupación y Amalia Rus llama a tres personas y ninguna de las tres sabe si el vado de la calle del Cuartelillo se pidió en noviembre o no se pidió, y a las seis menos cuarto se resuelve porque alguien de la sexta se acuerda de que sí, de que hay un correo de noviembre, y ese alguien no está en el proyecto.

Me la cruzo una vez, delante de los ascensores, a las dos y diez. Lleva una carpeta y un móvil y va con Inma Requena.

— Berrocal.

— Álvaro.

Se abre el ascensor y entran las dos. Inma Requena aprieta el cuatro. Las puertas tardan lo que tardan siempre. Yo me quedo en el rellano y subo a pie por la escalera, que la tengo cronometrada.

El martes hago cuentas. Es lo único que sé hacer cuando no sé hacer nada.

Me siento a las siete y media. No me levanto hasta las dos.

Repaso el cierre de febrero de los once hoteles, línea a línea, y encuentro un error de nueve mil doscientos euros en el Peñalver Cabo Roldán.

Lo mando por escrito. Nadie me lo había pedido.

A las dos y media bajo a la calle y me como un bocadillo de pie en una barra de Carretería, con el codo en la esquina de la barra y un hombre al lado leyendo el periódico deportivo en voz alta. Está bueno el bocadillo. Vuelvo.

A las cuatro entra Elvira Quesada Pino sin llamar. Deja encima de la mesa un documento grapado y se va. Es el protocolo interno de conflictos de interés, revisado, con dos párrafos nuevos y con la fecha de hoy en el pie. No me ha dicho ni una palabra.

Lo leo tres veces. Los dos párrafos nuevos están escritos en tercera persona, con mucho cuidado, y explican paso por paso lo que tiene que hacer un directivo en mi situación. Declararlo. Apartarse. Someterlo al órgano que corresponda. No mover a la otra persona.

Están escritos para que los lea alguien. Ese alguien soy yo. Elvira escribió ese código el verano pasado y se ha pasado el día de hoy redactando en corporativo una bofetada.

El miércoles por la tarde subo a casa de mi abuela, que está cinco minutos más arriba por el camino del Aljibe, en la casa donde se crió mi padre y donde no se ha cambiado un mueble desde el ochenta y seis.

Carmela de la Riva tiene ochenta y un años, el bastón apoyado en la pared del recibidor y una asistenta a la que trata de usted.

Me recibe en la galería con la manta en las piernas y la persiana bajada tres cuartos.

— Estás fatal — dice.

— Gracias.

— Siéntate ahí y no me toques el cojín.

Le cuento la mitad. Le cuento que hay una queja en el buzón ético, que el código obliga a declarar, que he movido a una persona de puesto para evitar el escándalo y que esa persona era la que llevaba el hotel de verdad.

Le cuento el correo de las siete y cuarenta y uno.

No le cuento lo de la habitación ciento catorce ni lo de agosto.

— ¿Es la de las quejas? — dice-. ¿La bajita, la que le contestó a Ignacio en la comida de Navidad?

— Sí.

— Ah. Pues muy bien.

— ¿No vas a decir nada más?

— ¿De qué?

— De ella.

— Yo tengo ochenta y un años — dice-. Lo que yo opine de tu vida no le sirve ya a nadie, ni a ti. Además, eso lo sé desde diciembre.

— Tú no estuviste en la comida de Navidad.

— Me lo contó Mari Ángeles Portillo al día siguiente por teléfono. Hablamos por teléfono desde el noventa y cuatro, hijo. Los sábados.

Eso me deja sin nada que decir durante un rato largo.

Marian lo sabía. Marian lo sabe desde diciembre.

Marian mantiene una habitación hecha desde hace siete años y no se lo cuenta a nadie, y lo mío se lo cuenta a mi abuela un sábado por la mañana.

Las dos mujeres que sostienen ese edificio llevan treinta años de conversación telefónica y en esa conversación estoy yo.

Se queda callada un rato mirando la persiana. Fuera hay un gato de alguien en el muro de siempre.

— Abuela, tú tienes el treinta y uno por ciento — le digo-. Y los dos independientes te hacen caso a ti y no a mí. Si tú llamas mañana a tres personas y les dices que quieres a esa mujer al frente de la reapertura, está al frente de la reapertura el viernes y no hay consejo, ni acta, ni periódico.

— Ya.

— Es una llamada.

— Son tres llamadas — dice-. Y no.

Le pregunto por qué no. Se lo pregunto dos veces, y a la segunda se pone a hablar del hotel.

Eso lo hace siempre que no quiere contestar.

Me empieza a contar por novena vez desde septiembre lo del solar del sesenta y seis, y lo de la esquina de al lado, que estaba mejor situada y costaba el doble, y que ella dijo que no y por eso hay hotel.

Se lo dejo contar entero. Esta vez añade que el solar lo eligió ella, y eso en nueve veces no lo había dicho.

Y cuando termina, no vuelve a la pregunta. Se pone a doblar el borde de la manta con dos dedos, muy despacio, y no me mira, y lo que dice no tiene ningún precio dentro.

— Varo, hijo mío — dice, y no me mira-. Tú a la gente le pagas. Tu padre igual, y mira qué solo se murió.

La galería tiene un reloj de pared que da los cuartos. Da uno. Ninguno de los dos dice nada durante los cuatro minutos siguientes, y cuando me levanto para irme me pide que le baje la persiana del todo y se lo hago, y me dice que la próxima vez traiga algo de comer y no la cara esa.

Bajo los cinco minutos de cuesta andando.

Entro en casa. El robot de la piscina no está funcionando porque son las ocho de la tarde.

Saco de la cartera el sobre, que llevo encima desde el lunes, cuando lo saqué del cajón de arriba de mi mesa de la séptima y no fui capaz de volver a dejarlo donde estaba.

Es un sobre blanco alargado de los de antes, con mi nombre delante escrito a mano y con el nombre del colegio debajo y las señas del valle, y tiene una mancha marrón en la esquina de abajo que se hizo en el dos mil cuatro y no se sabe de qué.

Pesa muy poco. Lleva veintidós años en cuatro cajones distintos, en tres pisos y en un despacho de la séptima planta, y sigue cerrado, entre otras cosas porque no sabe que existe, y lo abro de pie en la cocina con el pulgar, mal, rompiéndolo por el medio y no por la solapa, y saco lo que hay y me quedo con eso en una mano y con el sobre roto en la otra durante un rato que no soy capaz de medir, con la isla de piedra delante y el cuaderno de tapa dura de otra persona encima de la isla y el microondas parpadeando las doce en punto desde hace dos años, y luego lo dejo todo ahí, y me lavo las manos con jabón como si viniera de la calle, y son las ocho y veinte de la tarde de un miércoles de marzo y no hay en esta ciudad ni una sola persona a la que yo pueda llamar por teléfono para contarle esto.