A mi despacho Rocío
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Rocío

— Está abierta — digo, cuando llama con los nudillos a la puerta de una habitación en la que yo no debería estar y él tampoco.

Entra con el abrigo puesto y con una carpeta debajo del brazo, y esa carpeta es lo primero que veo y lo primero que me dice todo, porque un hombre que viene a discutir con la mujer con la que se acuesta no trae una carpeta, y un hombre que viene a explicarle un expediente a una empleada sí.

— Siéntate donde quieras — le digo.

— Estoy bien de pie.

— Álvaro, son las ocho y cuarto y esto va a durar. Siéntate.

Se sienta en la butaca del rincón, la única de la habitación, tapizada en un verde que Marian defiende con la vida porque es de la tapicería original.

Yo estoy en el borde de la cama. Entre los dos hay metro y medio de moqueta nueva y una mesilla con una lámpara a la que Marian le cambió la bombilla en enero para que la habitación no se quedara sin luz mientras esperaba.

Abre la carpeta y me pone un folio encima de la mesilla. Tiene una raya gris de arriba abajo.

— Léelo — dice.

Lo leo. Son cuatro líneas y no tienen una sola falta y las entiendo a la primera, y lo peor de todo, lo que se me queda dentro como una china en el zapato durante los cinco minutos siguientes, es que quien las ha escrito escribe bien y no ha puesto ni un adjetivo.

— ¿Quién? — pregunto.

— No se puede saber. El buzón no guarda nada. Lo diseñó Elvira así y lo aprobó el consejo en septiembre.

— Podría ser cualquiera.

— Podría.

Dejo el folio boca abajo encima de la mesilla, al lado de la lámpara, y me quedo un rato con la mano encima, y desde el balcón entornado sube la banda del local de dos portales más abajo, que lleva desde las siete rompiéndose en el mismo compás.

— La habría escrito yo — le digo.

Levanta la cabeza.

— Si yo fuera una recepcionista de veintiséis años de Nerja y viera lo que se ve desde fuera, esa queja la escribo yo, y la escribo mejor, y la mando un lunes por la mañana para que le dé tiempo a llegar arriba antes del comité.

Así que no vamos a perder el tiempo con quién ha sido. Vamos a hablar de las tres y diez.

Y ahí es donde Álvaro hace lo que hace siempre: contestar lo que le preguntan con la verdad, entera y sin adornos, porque nunca en su vida ha necesitado mentir para conseguir nada.

— A las tres y diez firmé el cambio — dice-. Estaba redactado desde las once y media. Lo redactó Elvira. Ella firmó debajo.

— ¿Quién más lo sabía?

— Nadie.

— ¿Nacho?

— Nacho se ha enterado a las siete y cuarenta y uno, con el mismo correo que tú.

— ¿Y a mí cuándo pensabas contármelo?

— El lunes.

— ¿Dónde?

Se para. Es la única de las cinco preguntas en la que se para, y se para porque la respuesta la tenía preparada desde la madrugada y ahora, dicha en voz alta en esta habitación, se le ha puesto de otro color.

— En la terraza del despacho — dice-. Por la mañana. Con tiempo.

Con tiempo. Se lo había montado con tiempo.

Se levantó a las cuatro y media de la mañana, se sentó con una calculadora, me buscó un puesto que no existía, me puso un número al lado del nombre, y luego eligió el sitio con las grúas delante y la hora en que la sexta está más tranquila, y ensayó la primera frase, porque este hombre ensaya las primeras frases, lo hace desde septiembre y yo se lo he visto hacer en ocho comités.

— Explícamelo — le digo-. Entero. Sin resumir. Quiero oírlo entero.

Y me lo explica entero, y esto es lo que no me van a creer cuando lo cuente, si lo cuento alguna vez: que me lo explica bien.

Me habla del código que firmó él el primero en septiembre.

Me habla del consejo, que tardaría cuarenta y ocho horas en reunirse y cuarenta y ocho más en estar en toda la ciudad, con la reapertura a tres semanas y catorce periodistas buscando un titular de Semana Santa.

Y me repite palabra por palabra lo que le dijo Nacho en enero: que si esto sale, el que se va de rositas es él y la que se queda de la del jefe para toda la vida soy yo.

— Y en eso tiene razón — digo.

— Sí.

— Nacho tiene razón, Álvaro. Tú tienes razón.

Yo llevo desde octubre sabiendo que el día que esto se sepa, el que sale por la puerta con la carrera intacta eres tú y la que se queda aquí dentro con una etiqueta puesta soy yo, y no me lo has descubierto tú esta noche ni me lo descubrió tu primo en enero.

Lo sé desde el día que empezó. Lo sabía en el aparcamiento el veintiocho de septiembre cuando te puse las condiciones.

Se inclina hacia delante. Se le abre la cara. Durante tres segundos, y esto es lo que más me va a doler mañana, durante tres segundos el hombre cree que hemos llegado a un acuerdo.

— Entonces entiendes por qué...

— No he terminado.

Me levanto. Me quito el pendiente de la oreja derecha y lo dejo encima de la mesilla, al lado del folio con la raya gris, porque llevo haciendo eso desde los veinte años cada vez que voy a decir algo que no se puede recoger después, y me lo enseñó mi madre sin querer, que se quitaba los dos.

Los dos, no uno. Ella iba más en serio que yo.

— Tú tienes razón en el problema — le digo-.

En todo lo demás no tienes ni idea. Y lo que has hecho hoy a las tres y diez no lo has hecho para resolver ese problema, porque ese problema no se resuelve moviéndome a mí de sitio: se resuelve declarándolo tú, como dice el papel que firmaste en septiembre delante de dieciocho personas con el boli de Elvira.

— Si me declaro yo ahora, el consejo te saca a ti del proyecto igual. Y encima con acta.

— Puede.

— No puede. Lo hace seguro.

— Puede — repito-. Y si lo hace, lo hace un consejo, en una sala, votando, y con una razón escrita en un acta que yo puedo leer y que puedo recurrir. No un hombre solo en un despacho, un viernes por la tarde, sin decírselo a nadie.

Se calla. Abajo, en la calle del Cuartelillo, la banda coge por fin el compás y saca la marcha entera hasta el final por primera vez en tres horas, y se oye a alguien aplaudir, y nosotros dos nos quedamos quietos escuchándolo como dos personas normales durante veinte segundos.

Luego se acaba.

— Coge el cuaderno — le digo.

— Rocío...

— Cógelo.

Lo coge. Es una libreta de tapa dura de las de toda la vida, cerrada con una pinza de tender de madera, y tiene siete años de páginas y la letra de una tía de veinticinco primero y la de una tía de treinta y dos al final, y él la abre por donde le sale.

— Página cuarenta y uno — le digo.

Pasa las hojas. Se para. Es un dibujo malo a boli de esta habitación, con la cama puesta en el otro sentido, y una flecha hacia el balcón, y una frase debajo que dice que el que se despierte aquí tiene que ver la calle y no el armario.

— La cama la giramos en noviembre — dice-. En la reunión de mobiliario. Lo propusiste tú y lo aprobamos en veinte segundos.

— Lo propuse yo en el dos mil diecinueve también. En un correo, a Nacho, con el hotel ya cerrado. Me contestó que gracias.

Se queda con el cuaderno abierto encima de las rodillas y no lo cierra.

— Ese cuaderno tiene ciento diez habitaciones dentro — le digo-, y el orden de las plantas, y por qué la cocina tiene que dar al patio y no a la calle, y los años que llevo diciéndole a esta empresa que el Zambra no estaba muerto, y me lo han dicho ocho jefes, ocho, uno detrás de otro: Rocío, tú de esto no te ocupas.

Y en septiembre llegaste tú y me dijiste que sí.

Y en octubre me metiste en el proyecto sin meterme, que es tu especialidad.

Y hoy, a las tres y diez, me has sacado igual de bien que me metiste.

Sin papel, sin reunión y sin preguntarme.

— Te he subido el sueldo un veintidós por ciento — dice, y lo dice bajo, y lo dice porque es verdad y porque en su cabeza eso significa algo.

Un veintidós por ciento.

— Ya — le digo-. Cuatrocientos treinta y seis euros. Los calculaste tú a las cinco de la mañana. Me lo ha dicho Yoli, que lleva desde las cuatro de la tarde con el anexo en la pantalla sin atreverse a llamarme.

Se sienta otra vez. Se echa hacia delante con los codos en las rodillas y me mira desde abajo, y esa es la primera postura sincera que le veo esta noche, y dura poco.

— ¿Puedo decir yo una cosa?

— Di.

— En seis meses no me has pedido nada.

— ¿Perdona?

— Nada — dice-. Ni una vez. Ni el proyecto, ni el puesto, ni un día libre, ni que te cambien la silla, que está rota desde noviembre y lo sabe la planta entera y la sigues arreglando tú con un trozo de cartón doblado.

Llevo desde octubre esperando a que me pidas algo.

Lo que sea. Y no me has pedido ni un bolígrafo.

— Yo no pido.

— Ya lo sé. Y como no pides, hay que adivinarte. Y yo adivino mal.

Y aquí es donde me tengo que callar un rato, porque tiene razón.

La tiene entera, y encima la ha dicho sin ninguna intención de hacerme daño, y este hombre no sabe hacer daño de otra manera.

Llevo ocho años arreglando esta empresa por debajo y ofendiéndome después porque no se entera, y mi padre me lo dijo en Nochebuena con la tele puesta y se le fue el santo al cielo a la mitad, y Yoli me lo ha dicho tres veces con esas palabras y yo le he contestado las tres veces lo mismo, que si no lo hago yo no lo hace nadie, y esa respuesta no responde a la pregunta.

— Es verdad — le digo-. Yo no pido. Ese es mi problema y lo tengo desde mucho antes de conocerte a ti, y no lo voy a arreglar esta noche.

— Entonces...

— Entonces nada. Que yo no pida no te da permiso a ti para decidir. Son dos cosas distintas y llevas seis meses juntándolas porque juntarlas te venía de maravilla.

Y entonces lo digo. Lo digo de pie, con el pendiente encima de la mesilla y la ventana entornada y sin levantar la voz, porque en mi casa nunca se ha gritado y porque lo que voy a decir no necesita ayuda.

— Tú no me has protegido — le digo-. Tú has decidido.

Otra vez. Llevo ocho años arreglando esta empresa desde una silla que mira a una columna y el único día que mi nombre iba a estar escrito en algo, lo has borrado tú a las tres y diez de la tarde de un viernes para que yo no pasara un mal rato.

Y encima has creído que me hacías un favor.

Eso no es cuidarme, Álvaro. Eso es firmarme.

Él se levanta. Deja el cuaderno en la butaca. Da dos pasos hasta el pie de la cama y se para ahí, y tiene treinta y seis años y una empresa vendida y ciento diez habitaciones a su nombre y en este momento no sabe qué hacer con las manos.

— Lo revoco — dice.

Ya está.

— Mañana por la mañana lo revoco, Rocío.

Escríbeme tú el texto si quieres. El lunes a primera hora sale otro correo automático que dice que la dirección del proyecto de reapertura la lleva Rocío Berrocal Cantos y lo firmo yo, y si el consejo me pregunta le contesto yo.

Y me aparto de todo lo tuyo a partir de junio. Lo tengo hecho en diez minutos.

Y lo dice con una cara de alivio que le dura hasta la mitad de la frase, y luego se le empieza a torcer, porque me está mirando y yo no me he movido ni un centímetro.

— ¿Lo ves? — le digo.

— ¿Que si veo qué?

— Lo has vuelto a hacer. Ahora mismo. Aquí.

Cinco minutos después de que te lo explique, y encima con la mejor intención del mundo, que es lo que lo hace insoportable.

Yo te digo que el problema es que decides por mí y tú me contestas decidiendo por mí otra vez, pero en bonito.

Me quitas el proyecto un viernes, me lo devuelves un sábado. Así solo me enseñas quién lo tiene.

Se le va el color de la cara. No dice nada durante mucho rato.

— ¿Qué querías que hiciera? — dice al final.

— Preguntarme.

— Te lo estoy preguntando ahora.

— Ya — le digo-. Ahora.

Cojo el bolso. No cojo el cuaderno. Saco las llaves del Zambra del bolsillo de dentro, las tres, la de la puerta de servicio, la del cuadro eléctrico y la maestra de plantas, y las dejo encima de la mesilla al lado del folio y del pendiente, y no las dejo de golpe ni las tiro: las dejo como se deja una cosa que se devuelve.

— Rocío.

Me paro en la puerta con la mano en el picaporte y se lo digo, porque si no se lo digo esta noche no se lo digo nunca y me lo tengo que comer yo sola durante un año entero en una silla rota que mira a una columna.

— Si me lo llegas a preguntar el jueves — le digo-, te habría dicho que sí.

— ¿Qué?

— Que sí. Que la queja tenía razón, que había que hacer algo, y que a lo mejor lo más limpio era que yo me apartara tres semanas y volviera en abril con el hotel abierto y con un acta detrás en la que constara por qué.

Te lo habría discutido dos horas y al final te habría dicho que sí, y me habría ido a mi casa hecha polvo y de una pieza.

Hacía falta una pregunta, Álvaro. Nada más que eso. Y me la has ahorrado.

Abre la boca y la cierra. Se queda de pie en mitad de la moqueta nueva de una habitación que lleva hecha siete años para nadie, con el cuaderno de otra persona en la butaca y las llaves de otra persona en la mesilla, y por una vez en su vida no tiene ninguna solución encima de la mesa, ni de dinero ni de firma ni de las otras.

— Cierra tú cuando salgas — le digo-. La de servicio hay que girarla antes de empujar.

Bajo por las escaleras porque el ascensor de clientes hace un ruido que se oye en toda la primera planta.

En el vestíbulo, debajo de la única luz que queda encendida, la del casillero, está Fali con una caja de cartón entre los brazos y la cara de un chaval de veinticuatro años al que le han dado una llave de un hotel entero y le ha parecido poco.

— ¿Rocío? — dice-. Me han traído las tarjetas de las habitaciones y he venido yo a firmar la entrega porque mañana no hay nadie.

— Muy bien, Fali. Déjalas en recepción.

Las deja. Se queda con las manos en los bolsillos y me mira bajar el último escalón, y sabe lo del correo porque lo sabe todo el mundo desde las siete y cuarenta y uno, y en lugar de decirme lo que le sale, que sería preguntarme qué ha pasado, dice otra cosa.

— Yo el lunes te sigo llamando jefa.