Rocío
El teléfono vibra a las siete y cuarenta y uno en la parada de la Alameda, con la espalda apoyada en un tubo de andamio de los que llevan montando desde el lunes para las tribunas, y yo lo saco convencida de que es mi padre preguntándome si llevo pan, porque los viernes me pregunta si llevo pan y llevo pan desde hace once años.
Mi padre no manda correos. El que ha entrado viene de una dirección de las que no contesta nadie, con el asunto en mayúsculas y doce nombres en copia, y el mío el último de los doce, escrito entero, con los dos apellidos y con un doña delante que en ocho años no me había puesto nadie en esta empresa, ni siquiera el día que me hicieron indefinida.
Leo el asunto. Lo leo otra vez. Y a la tercera lo leo entero y despacio, porque las dos primeras las he pasado buscando por encima la palabra que me salve, y a la tercera se entiende que no hay palabra que salve nada y que el correo dice exactamente lo que dice desde el principio.
Causa baja en el proyecto de reapertura del Hotel Zambra.
Queda asignada a don Ignacio Peñalver Salas.
Aprobada y firmada por el consejero delegado el 5 de marzo a las 15:10.
Las tres y diez. A las tres y diez de esta tarde yo estaba en el sótano del Zambra con Curro Salcedo y una linterna, discutiendo por dónde meter el conducto del aire de la cocina sin cargarnos la bóveda de ladrillo, y ganamos la discusión, y subí contentísima, y me tomé un café de máquina en la obra que sabía a serrín y me pareció bueno.
Lo que tiene un correo automático es que te reescribe el día hacia atrás: a las tres y once yo subía del sótano con el casco colgando de la muñeca y con la sensación tonta y buena de haber salvado una bóveda de ladrillo de 1968, y a esa hora yo ya no dirigía nada, y a las cinco, cuando le mandé a Amalia Rus el esquema de la señalética de las plantas segunda y tercera con tres correcciones que me había costado el fin de semana entero cerrar, tampoco, y ninguna de las dos lo sabíamos, y ella me contestó con un pulgar hacia arriba.
Una señora con dos bolsas de tela se me pone al lado y me pregunta si de aquí sale el que va al cementerio.
Y yo, que llevo ocho años contestando cuatrocientas preguntas al mes de gente que no sabe dónde está, que no sabe a qué hora es el desayuno, que no sabe si el aparcamiento es el de al lado o el de la esquina, me quedo mirándola con el teléfono en la mano y le digo que no lo sé.
Se lo digo dos veces, además, porque la primera me sale sin voz.
Ella dice que no pasa nada y se va a preguntárselo a otro.
El autobús llega y abre las puertas y yo no me subo. Se va con el intermitente puesto media Alameda abajo y yo sigo en la parada, con el andamio en la espalda y el móvil en la mano, y llamo a Yoli.
Descuelga al segundo tono. Yoli no descuelga jamás al segundo tono: Yoli descuelga al séptimo, gritando desde el pasillo que ya va y que no se le ocurra colgar a nadie.
— Rocío.
— ¿Tú lo has visto?
Hay un silencio. En ocho años de amistad dentro de una empresa donde ella lleva las nóminas y yo llevo las quejas, Yolanda Palomo no ha hecho un silencio conmigo jamás.
Yoli cuenta las cosas antes de que pasen.
Yoli me dijo lo de la subida del convenio en marzo del año pasado con dos semanas de antelación y con la boca pequeña y con el dedo en los labios, y me dijo lo del cierre de la planta de Nerja, y me dijo hasta lo del divorcio de Inma Requena, y era mentira, pero me lo dijo.
— Lo tengo delante desde las cuatro — dice-. El anexo de la nómina. Me lo pasó Elvira a las cuatro menos cinco para que lo cargara antes del cierre.
— Las cuatro.
— Las cuatro.
Cuento hacia atrás. De las cuatro menos cinco a las siete y cuarenta y uno hay casi cuatro horas, cuatro horas en las que yo he bajado dos veces al sótano, he mandado el pedido de la lencería a Antequera, he hablado con Marian de las alfombras del pasillo de la primera y me he reído en la escalera de servicio con Fali de una cosa que ya no me acuerdo de cuál era.
— ¿Y no me has llamado?
— No.
— ¿Por qué no me has llamado, Yoli?
Y aquí es donde ella, que lleva quince años soltando en voz alta lo que no debe, no suelta nada.
Oigo la tele de su casa de fondo y oigo a su hijo pidiéndole algo desde otra habitación y la oigo respirar, y no dice nada durante tanto rato que me da tiempo a mirar el número de la parada, la marquesina, un cartel de un ciclo de conciertos que terminó en noviembre.
— Porque no sabía si te estaba haciendo un favor — dice al final-. Es un puesto nuevo, Rocío. Y es un veintidós por ciento. Cuatrocientos treinta y seis euros. Los he calculado dos veces porque pensé que me había equivocado yo.
— Ya.
— Y luego he pensado en llamarte a las cinco, y a las seis, y a las siete. Y cada vez que iba a llamarte me tenía que inventar la manera de contártelo sin nombrar lo otro. Y no la he encontrado, quilla. No la he encontrado en cuatro horas.
Lo otro. Ahí está lo otro. Lo otro es un hombre que se llama Álvaro y que en esta conversación no se llama de ninguna manera, y va a seguir sin llamarse de ninguna manera en todas las conversaciones que tenga esta empresa sobre mí a partir de esta noche, en el office, en el aparcamiento, en la cola del catering de la reapertura.
Yoli acaba de estrenarlo. Yoli, que me quiere, que se ha pasado cuatro horas queriéndome desde una silla con un anexo delante, ha inventado esta tarde la manera en que se va a hablar de mí durante los próximos diez años, que consiste en no terminar la frase.
— Te llamo mañana — le digo.
— Rocío.
— Mañana, Yoli.
Cuelgo antes de que le dé tiempo, porque si le da tiempo se pone a llorar ella y entonces la que consuela soy yo, y esta noche no.
De la Alameda a la calle del Cuartelillo hay cuatro minutos si cruzas por delante del edificio de aduanas y te metes por el Soho, y yo los hago en tres, con la llave en el puño desde la esquina.
El barrio a estas horas de un viernes de marzo está a medio camino entre lo que era y lo que va a ser, con dos terrazas llenas de gente de veinticinco años y un almacén de fruta con la persiana echada, y en la esquina de siempre hay un chico pintando encima de un mural que pintó otro hace dos años, y a mí eso me pone de mal humor desde que abrieron la obra, aunque cuando se lo conté a Marian en noviembre me dijo que a ella también y luego me dijo que ella prefería el mural nuevo.
La cerradura de la puerta de servicio va dura y hay que empujar con la cadera mientras se gira, cosa que sé porque llevo seis meses haciéndolo, y también sé que si empujas antes de girar no entra, y eso me lo enseñó Marian el ocho de octubre con una linterna en la boca.
Dentro huele a pintura y a cola de moqueta nueva, olor de hotel a punto y no de hotel cerrado, y me tumba más eso que el correo.
En septiembre esto olía a humedad y a rejilla de aire sucia.
Ahora las dos flores de mármol se ven enteras por primera vez desde que pulieron el terrazo el martes, y detrás del mostrador hay ciento diez huecos vacíos esperando que alguien meta las llaves.
No enciendo las luces del vestíbulo. Subo por las escaleras, que están limpias, y llego a la primera, y giro a la derecha del ascensor, cuarta puerta.
La ciento catorce está hecha. Lleva hecha siete años. Cuando yo se lo pregunté en septiembre, Marian me contestó que porque sí.
Llevo el cuaderno en el bolso, como todos los días desde que tengo veinticinco años, cerrado con la pinza de tender, y lo saco y lo dejo encima de la colcha sin abrirlo, porque lo que hay dentro me lo sé de memoria y porque hay una página, la cuarenta y uno, en la que hace siete años dibujé esta habitación con la cama girada noventa grados para que el que se despierte vea el balcón y no el armario, y esa página es la única cosa mía que hay en este edificio y a partir del lunes tampoco.
Me siento en el borde de la cama con el abrigo puesto.
El balcón está entornado y por la rendija entra el ruido de la calle del Cuartelillo, que a esta hora de marzo es una banda ensayando en un local a dos portales, cornetas y una caja, la misma marcha desde el principio cuatro veces seguidas porque se les cae siempre en el mismo compás.
Con cuatrocientos treinta y seis euros al mes se paga entera la rehabilitación de mi padre y sobran ciento veinte.
Con cuatrocientos treinta y seis euros al mes yo podría haberme mudado en enero al segundo de la esquina, que tiene ascensor y una habitación más y da a un patio en vez de dar a la higuera del vecino.
Llevo tres años echando esa cuenta. La he echado tantas veces que me la sé.
En agosto de hace ocho años, la primera semana que entré, había un grupo de holandeses en el Peñalver Nerja al que le habían vendido media pensión y desayuno y no existían las dos cosas a la vez, y lo arreglé yo por teléfono con la recepción y con la cocina y sin decírselo a nadie, y desde entonces no he parado, y he arreglado un motín de agencia en octubre, una intoxicación que no era una intoxicación, dos bodas superpuestas en el mismo salón el mismo sábado, una inspección con la piscina sin analizar y ciento cuarenta y seis reclamaciones de consumo, y de todo eso no hay un solo papel en ninguna parte con mi nombre encima, porque las cosas que se arreglan antes de que exploten no dejan papel: es lo bueno que tienen y es lo malo que tienen.
Y no me hace ninguna gracia. Ni una. Y no es porque el dinero me sobre, que no me sobra, sino porque alguien se ha sentado esta madrugada con una calculadora a ponerme un número a mí sin preguntarme nada, y ha decidido que ese número era suficiente para que yo no me enterara de lo que me estaba pasando hasta el lunes.
No lloro. No lloro todavía, y no llorar todavía no es lo mismo que no llorar, y lo sé porque el todavía lo tengo aquí, en la garganta, esperando su turno como todo el mundo.
Saco el móvil. Lo llamo. Descuelga en el primero.
— Rocío — dice.
Y en cómo lo dice ya está todo: ya sabe que lo sé, y lleva sabiéndolo desde las siete y cuarenta y uno, y ha estado esperando esta llamada con el teléfono en la mano en vez de coger él el teléfono y marcar.
— ¿Dónde estás? — dice.
— En el hotel.
— Voy para allá. Rocío, escúchame un momento, esto no es lo que...
— Habitación ciento catorce — le digo-. A mi despacho, Álvaro.