Álvaro
La queja tiene cuatro líneas y ni una falta.
La leí ayer a las once y media, de pie y sin sentarme, con Elvira Quesada Pino delante, y la he vuelto a leer catorce veces desde entonces.
La llevo impresa dentro de la carpeta. Salió con una raya gris que cruza el folio de arriba abajo, porque la impresora de la sexta hace eso desde enero y sigue igual.
Dice: «La dirección efectiva del proyecto Zambra la lleva una persona que no figura en el organigrama del proyecto y que mantiene una relación personal con el consejero delegado.
Las decisiones se están tomando fuera de los órganos previstos.
No pido sanción. Pido que se cumpla el código que firmamos todos en septiembre. »
No pide sanción. Eso es lo peor. Llevo desde las cuatro y media en la terraza del despacho con una manta de viaje por encima, las grúas del puerto encendidas y un carguero entrando por la bocana a la velocidad de un hombre andando.
Quien ha escrito esas cuatro líneas no quiere hacerle daño a nadie.
Quien ha escrito esas cuatro líneas tiene razón.
Y la persona que no figura en el organigrama lleva ocho años sin figurar en ninguno, con la diferencia de que los siete primeros no fueron culpa mía.
A las ocho menos diez sube Pepe Nadales con el correo y con ganas de hablar.
Me cuenta que en la Alameda ya han marcado con tiza los pies de las tribunas.
Me cuenta que este año la madera viene de fuera y por eso las montan antes.
Me cuenta que su padre fue camarero del Zambra desde el sesenta y nueve hasta que le fallaron las rodillas, y que abrir el Viernes de Dolores es una barbaridad, y que la ciudad va a estar cortada, y que él, de todas formas, piensa ir.
Le doy las gracias. Cierro la puerta. Son las ocho menos cinco de la mañana de un viernes y la decisión ya está tomada, aunque todavía tarde siete horas y cuarto en firmarla.
Elvira Quesada Pino entra a las nueve y media con dos carpetas y no se sienta hasta que se lo digo. Escribió el código de conducta el verano pasado y ahora los dos sabemos para qué sirve. Abre la primera por la página que le interesa y deja el bolígrafo encima, en diagonal, para que no se cierre.
— El buzón es anónimo de verdad — dice-. No guarda dirección, no guarda hora, no guarda nada. Se diseñó así a propósito y lo aprobó el consejo. Si me preguntas quién ha escrito eso, no lo sé. Y si lo supiera, tampoco te lo diría.
— No te lo he preguntado.
— Me lo ibas a preguntar.
Tiene razón. Se lo iba a preguntar. Llevo desde ayer con una lista de nueve nombres en la cabeza y la lista no vale nada, porque cualquiera de los nueve tendría motivo y ninguno de los nueve gana nada con esto.
La cierro. Da igual quién. Lo que dice el papel sería verdad aunque lo hubiera escrito el portero.
— El código dice tres cosas — sigue, y las cuenta con el dedo encima de la mesa, una a una, sin levantarlo entre número y número-. Que declares el vínculo por escrito. Que te apartes de toda decisión que afecte a la carrera de esa persona. Y que lo resuelva el consejo, no tú.
— El consejo ordinario es el veintiséis de mayo.
— El consejo se reúne cuando lo convoca su consejero delegado.
Me levanto y me voy a la ventana. Desde aquí se ve el edificio de aduanas, media Alameda y el arranque de la calle del Cuartelillo, que está a siete minutos andando y donde hay ciento diez habitaciones a medio terminar.
Faltan tres semanas exactas. Si convoco un consejo extraordinario ahora y pongo esto encima de la mesa, en cuarenta y ocho horas lo sabe la ciudad entera, y en la ciudad entera hay ochocientos hoteleros y catorce periodistas y todos van a contar la misma historia, y en esa historia hay un consejero delegado que se ha buscado un lío y una empleada que se ha buscado un jefe.
Esa es la historia. No hay otra. Nacho me lo dijo en enero y no le hice caso.
— El código no te pide que la muevas a ella — dice Elvira detrás de mí-. Te pide que te muevas tú.
— Si me muevo yo tres semanas antes de abrir, el proyecto se cae.
— Eso es un problema — dice-. No es este.
Me vuelvo. Está sentada muy recta, con las dos manos encima de la carpeta, y no tiene ninguna prisa. Cuarenta y siete años y dieciocho aquí dentro. Yo llevo seis meses.
— ¿Tú qué harías? — le pregunto.
— Yo no soy la que puede — dice-. Esa es la gracia del asunto.
Recoge las carpetas. Ya en la puerta se para, con la mano en el marco de aluminio, y me mira a través del cristal esmerilado como se mira a alguien a quien todavía se le puede decir algo.
No dice nada. Sale. La silueta se va por el pasillo y se hace pequeña y luego ya no está, y yo me quedo con el folio de la raya gris y con el bolígrafo de mi abuelo en la mano y sin haberla contradicho en nada de lo que ha dicho, porque no hay nada que contradecir.
El código lo pedí yo. Lo firmé el primero, en septiembre, delante de dieciocho personas, y me pareció una manera elegante de empezar.
A las once y veinte bajo a la sexta con la excusa de una carpeta de albaranes que no necesito.
Huele a tóner caliente porque alguien lleva media hora en la fotocopiadora.
Rocío Berrocal Cantos está donde está siempre, en la última mesa contra la columna, y para saber quién entra en la pecera tendría que girarse entera. Nunca se gira.
Está con dos teléfonos. Uno es el suyo y el otro es el fijo, que sostiene con el hombro mientras teclea, y por el fijo está discutiendo con un proveedor de menaje y por el móvil está calmando a Marian, y las dos conversaciones son distintas y a las dos les está ganando.
Tiene el pelo recogido con un boli. Encima de la mesa hay cuatro colores de post-it y un plano de la primera planta con la ciento catorce rodeada a mano.
Estoy a doce metros de ella y podría cruzarlos en cinco segundos, sentarme en la silla de al lado, ponerle el folio delante y preguntarle qué quiere hacer.
No lo hago. Cojo la carpeta que no necesito y subo por las escaleras de servicio, que se hacen en cuarenta segundos.
Y por el camino me repito lo que llevo repitiéndome desde las cuatro y media: que ella no se merece pasar por eso, que yo la metí en esto, que la única persona que no tiene ninguna culpa es la que lo va a pagar, y que existe una manera de que no lo pague.
La manera es esta. La saco del proyecto tres semanas antes de abrir.
La saco por arriba, no por abajo: responsable de calidad de las once unidades del grupo, un puesto que no existía y que le encaja tan bien que parece cortado para ella, reportando a Elvira y no a mí.
Y le subo el sueldo. El veintidós por ciento lo he calculado yo esta madrugada con el móvil, en la terraza, con la manta por encima.
Cuatrocientos treinta y seis euros más al mes.
Cuando llegue el consejo de mayo, ella ya no depende de mí, ya no está en el proyecto, la queja no tiene objeto y no se puede escribir en ningún sitio que la dirección efectiva del Zambra la lleva la mujer con la que se acuesta el consejero delegado.
Y el lunes se lo cuento. En persona, con calma, en la terraza del despacho, con las grúas delante, sin prisa y sin gente delante.
Le explico el orden de las cosas, le enseño la queja, le enseño los números, y le digo que en junio, cuando esto se haya enfriado, hablamos de lo otro.
Lo tengo pensado hasta la frase con la que empiezo.
A la una y media no bajo a comer. A las dos menos veinte abro el móvil y escribo: «¿Tienes diez minutos esta tarde?
». Lo miro. Suena a despido. Lo borro. Escribo: «Tenemos que hablar de una cosa buena».
Peor. Lo borro. Escribo: «¿Cenamos hoy?» y esa se queda ahí un rato largo, con el cursor parpadeando, porque si cenamos hoy se lo cuento hoy, y si se lo cuento hoy me lo va a discutir, y si me lo discute yo voy a ceder, y si cedo dentro de tres semanas hay una placa con su nombre y una ciudad entera diciendo por qué.
Borro también esa. Dejo el móvil boca abajo.
Un hombre de treinta y seis años, con una empresa vendida a los treinta y tres y un consejo de administración esperando resultados, sin ser capaz de escribir siete palabras.
Lo que no escribo, y esto lo entiendo cuatro horas después y no ahora, es la única frase que servía. Tenía nueve palabras. Me han pedido que cumpla el código. ¿Qué hacemos?
A las tres y diez firmo.
Es un documento de dos folios que se llama Modificación de estructura organizativa y lo firmo con el bolígrafo de mi abuelo, el único que hay encima de esta mesa y que escribe fatal.
Elvira firma debajo, en la casilla de la derecha, sin decir nada.
Luego se queda de pie con los dos folios en la mano.
— ¿Se lo has dicho a ella? — pregunta.
— El lunes.
— Que conste que te lo he preguntado.
— Consta.
— Entonces lo aterrizamos así — dice, y se da media vuelta hacia la puerta-. Yo lo meto en el sistema esta tarde y lo comunico. El sistema saca los cambios de estructura el mismo día del cierre semanal, a última hora.
— Bien.
Eso es lo que contesto. Bien. Son las tres y once minutos de la tarde del viernes cinco de marzo, Elvira está saliendo por la puerta de cristal esmerilado con dos folios firmados en la mano, acaba de decirme en voz alta lo que va a pasar dentro de cuatro horas y media, y yo digo bien y me pongo a repasar el presupuesto del catering de la reapertura.
La tarde es larga y buena. Curro Salcedo me manda las fotos de la fachada con el gresite limpio y por primera vez el edificio parece un hotel y no un solar de pie.
Amalia Rus confirma la licencia de ocupación para el diecisiete.
Mi primo Ignacio Peñalver Salas me llama para preguntarme si a la reapertura viene la abuela y le digo que la abuela vendría aunque hubiera que traerla en el trono.
A las seis y media me tomo un café de máquina de los de abajo, que sabe a cartón porque la de la sexta lleva estropeada desde febrero.
A las siete y veinte bajo al aparcamiento. Meto la carpeta en el asiento de atrás. No arranco. Me quedo con las manos en el volante y la puerta del garaje subida, y desde ahí se oye la Alameda, que un viernes de marzo a esta hora es un ruido bueno.
A las siete y cuarenta y uno vibra el móvil en el hueco de la puerta. Lo cojo. Es un correo con doce destinatarios en copia, la interesada incluida, y el remitente es una dirección que no contesta nadie porque no es de nadie.
Comunicación automática. Grupo Peñalver. No responda a este mensaje.
Asunto: actualización de estructura organizativa. Efectos: 8 de marzo.
Se comunica a las direcciones de las once unidades del grupo la siguiente modificación, aprobada y firmada por el consejero delegado el 5 de marzo a las 15:10.
Doña Rocío Berrocal Cantos causa baja en el proyecto de reapertura del Hotel Zambra y pasa a ocupar el puesto de responsable de calidad del Grupo Peñalver, con dependencia directa de la Dirección de Personas.
La dirección del proyecto de reapertura del Hotel Zambra queda asignada a don Ignacio Peñalver Salas.
Retribución revisada según anexo. Antigüedad y condiciones restantes sin modificación.
Este mensaje se ha generado de forma automática el 5 de marzo a las 19:41.
Doce en copia. La última de los doce lo está leyendo ahora mismo en algún sitio de esta ciudad, y yo estoy en un garaje con las manos en el volante y sin arrancar.