A mi despacho Álvaro
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Álvaro

Empiezo a las diez. Me levanto y hablo doce minutos con cuatro cifras y ninguna diapositiva.

El Zambra abre el diecinueve de marzo. La obra va con dos días de adelanto sobre el calendario de Amalia Rus.

El gresite salió de horno el veintitrés de febrero y está colocado en el sesenta por ciento de la fachada norte.

La licencia de apertura está limpia. Las reservas de Semana Santa se abrieron el once de febrero y llevamos el sesenta y ocho por ciento de ocupación vendida para los nueve días grandes.

Esa cifra no la tiene ningún hotel del grupo en marzo y no la esperaba ni yo.

Cuando termino, el abogado de setenta años dice que enhorabuena y lo dice de verdad.

La economista pregunta por el coste de puesta en marcha del personal.

Es la pregunta buena. Se la contesta Elvira con dos folios.

Mi abuela no dice nada y se mira las manos.

Eso lo hace cuando está contenta y no le da la gana.

Y a las once menos veinte, cuando ya estamos en ruegos y preguntas y el de Sevilla ha dicho dos veces que se le va la conexión, mi primo hace la tercera pregunta. La que no hizo el dos de febrero delante de seis personas. La que llevo un mes esperando.

— Perdonad que vuelva a lo de la fachada — dice-. Cañaveral pidió revisión de precios en febrero. Ciento veinte mil euros, según la carta que se le envió a la dirección de obra. Y en la cuenta de este proyecto no aparece esa cantidad por ningún sitio. Me gustaría entenderlo.

Ignacio Peñalver Salas lo dice sin subir la voz y sin mirarme. Lo dice mirando a la economista, porque a la economista es a quien hay que mirar cuando quieres que una pregunta se quede en el acta.

— Lo he puesto yo — digo.

Hay un silencio de esos que se pueden medir con un reloj. Cuatro segundos largos, con el ruido de la ventilación por encima y con la cámara del de Sevilla congelándose y descongelándose en la pantalla del fondo. Mi abuela levanta la cabeza por primera vez en toda la mañana.

— ¿Cómo que lo has puesto tú? — dice el abogado.

— Aportación de socio a fondo perdido. El nueve por ciento que heredé de mi padre da para eso.

Ciento veinte mil euros. Sin condiciones, sin intereses y sin derecho a nada.

Está formalizada desde el cuatro de febrero y está en la contabilidad.

No se ha tocado el presupuesto aprobado por este consejo en septiembre.

— ¿Y por qué no ha venido aquí?

— Porque no había nada que aprobar y porque teníamos tres semanas de retraso encima.

La economista deja el bolígrafo. Elvira escribe durante bastante más tiempo del que hace falta para escribir lo que acabo de decir. Mi abuela sigue mirándose las manos y no las mueve.

— A mí me parece muy generoso — dice el abogado-, y también me parece que estas cosas hay que hacerlas al revés. Se pide primero y se paga después.

— Tomo nota.

— No, Álvaro, no tome nota. Hágalo.

— ¿Alguien quiere que esto conste de otra manera en el acta? — pregunta Elvira, sin levantar la vista.

No lo pide nadie. La economista mira a mi primo y mi primo mira el orden del día, y ninguno de los dos dice nada, y ahí está la respuesta.

Y ahí se acaba, porque en los consejos las cosas se acaban cuando alguien ha dicho la frase que se va a repetir después en el ascensor.

Se aprueban las cuentas del trimestre. Se levanta la sesión a las once y cuarenta.

Mi abuela se va con Elvira a ver la maqueta a la séptima porque quiere ver la maqueta y porque no quiere hablar conmigo.

Mi primo me espera en el pasillo.

— ¿Tienes cinco minutos?

— Tengo cinco minutos.

Nos metemos en el archivo, el único sitio de esta planta donde no hay cristal. Huele a papel viejo y a moqueta. Hay un tubo de cartón negro apoyado en el rincón, de pie, al lado de una caja de cintas de vídeo.

— Lo de ahí dentro te lo he tenido que preguntar — dice Nacho-. Si no lo pregunto yo, lo pregunta la de Sevilla dentro de dos meses y con peor cara.

— Lo sé.

— Y ahora te voy a decir una cosa, y te la voy a decir con todo el cariño — dice, y hace una pausa muy corta-. Y luego te la voy a repetir sin él.

Tiene treinta y nueve años, dos hijas, cuatro años de consejero delegado en funciones a la espalda y un puesto que le quitaron por teléfono un martes de julio. Nunca me ha dicho nada de eso y no me lo va a decir hoy.

— No te estoy preguntando nada — dice-. No me contestes. No quiero saberlo, y si algún día lo sé, quiero saberlo el último y por el periódico.

— Nacho.

— Que no me contestes.

Me callo.

— Esto sale — dice-. Todo sale. En esta empresa se sabe lo que cobra cada uno y con quién se va cada uno a fumar.

Y el día que salga, a ti te van a dar tres meses malos.

Un consejo incómodo, dos cenas incómodas, una llamada de la abuela y ya está.

Tú eres el que firma, tú tienes el apellido puesto en la puerta y tú vas a seguir siendo tú el resto de tu vida.

— Ya.

— Y a ella no la va a volver a llamar nadie por su nombre en ningún sitio de esta provincia.

Se apoya en el archivador con las dos manos y se me queda mirando desde el otro lado.

— La conozco desde hace ocho años — dice-.

Yo le he pedido cosas los sábados por la noche a las diez y me las ha resuelto.

Y esto no lo digo por ella y no lo digo por ti.

Lo digo porque va a pasar y porque cuando pase se va a llamar «la del jefe», y esa palabra no se cae. Se queda pegada como el aceite.

— ¿Has terminado?

— No — dice-. Falta lo peor.

Y aquí baja la voz, y es la única vez en toda la conversación en que parece mi primo y no un director comercial.

— Lo peor es que tú, el día que te des cuenta de que lo va a pagar ella y no tú, vas a hacer algo.

Porque tú siempre haces algo. Y lo que hagas va a ser peor que no hacer nada, y no te lo va a decir nadie a tiempo, porque cuando tú decides una cosa no se te puede hablar. Eso lo tienes desde crío, Alvarito.

Esa palabra no la dice nadie en esta familia desde que se murió mi madre, y mi madre la decía por teléfono y desde lejos. Mi primo lo sabe y la ha guardado para el final.

Sale del archivo y cierra, y me deja de pie entre dos armarios metálicos, con un tubo de cartón negro apoyado en el rincón y con una caja de cintas de vídeo del noventa y siete. Tardo un minuto largo en salir. Cuando salgo, en el pasillo no hay nadie y la máquina de café sigue rota.

El resto del día no sirve para nada. Como con la economista y con el abogado en Muelle Uno y hablo hora y media de la ampliación de Nerja sin enterarme de una palabra de lo que digo. A las cinco firmo cuatro cosas. A las siete y media le escribo un mensaje de cinco palabras y me contesta con dos.

Llega a mi casa a las diez y cuarenta. Del centro al camino del Aljibe hay doce minutos en coche y ella ha venido en el suyo, que tiene arreglada la correa y sigue teniendo el mando roto.

Aparca dentro. Aquí eso es lo único fácil.

La casa está a oscuras porque llevo dos horas sentado en la cocina sin encender nada, con la puerta del jardín abierta y con el frío entrando.

— ¿Y esto? — dice desde el recibidor.

— ¿El qué?

— Que no hay luz.

— Es que no la he dado.

Sube ella delante. Pasamos por el salón, donde hay cuatro bultos de muebles envueltos en plástico desde hace dos años y un sofá, y ella no dice nada de los bultos, y se lo agradezco todos los meses.

Subimos. El dormitorio está arriba y tiene un ventanal sin cortinas que da al jardín, y en el jardín hay un foco con detector de movimiento que se enciende cada vez que pasa un gato, y por aquí pasan muchos gatos.

No le cuento lo de Nacho. No le cuento lo del consejo. Le he dicho por teléfono la verdad, que el consejo ha ido bien, y todo lo demás me lo callo, y me lo callo sabiendo perfectamente lo que estoy haciendo.

La beso en la escalera, en el penúltimo escalón, con ella un peldaño por encima y a mi altura por primera vez desde agosto. La beso mal. La beso con una prisa que no tiene nada que ver con ella y ella lo nota en cuatro segundos.

— Eh.

— ¿Qué?

— Que estoy aquí — dice-. Que no me voy a ninguna parte. Baja un poco.

No bajo. La subo en brazos los dos últimos escalones. Es una tontería y lo hago igual, y ella se ríe y me dice que me voy a hacer daño en la espalda y que tengo treinta y seis años.

En el dormitorio la desnudo de pie y deprisa y ella me deja. Me quita la camisa tirando del cuello, sin desabrochar nada, y salta un botón que no vamos a encontrar. Y después la siento en el borde de la cama y me pongo de rodillas en el suelo delante de ella y me quedo ahí.

— Álvaro.

— Un momento.

Le pongo la cara en el muslo. No hago nada durante diez o quince segundos, solo eso, con las dos manos alrededor de sus caderas y con la cara donde la tengo. Ella me pone la mano en la nuca y no dice nada más.

Después le paso la lengua y no soy delicado. Le abro las piernas con los antebrazos y le sujeto las caderas para que no se aparte. Me quedo ahí hasta que empieza a apretarme la cabeza con los muslos. En algún momento se deja caer de espaldas sobre el colchón y yo la sigo con la boca sin soltarla.

— Dímelo — digo.

— ¿Qué te diga qué?

— Lo que sea. Habla.

Y habla. Me dice lo que quiere y cómo, y esta vez no tarda ocho segundos en decirlo, y esa es la diferencia entre esta noche y hace tres semanas.

Se corre así, con las dos manos en mi pelo y diciendo cosas, y cuando termina intenta incorporarse y le pongo la mano en el esternón y la vuelvo a tumbar.

— Otra vez.

— No puedo.

— Sí puedes.

— Álvaro, que no...

— Rocío. Otra vez.

Y puede.

Después se da la vuelta ella sola, sin que se lo pida, y se pone a cuatro patas en el borde de la cama con la cara apoyada en el antebrazo.

Se la meto de una vez y no despacio. Ella dice mi nombre entero y luego dice otra cosa que no es una palabra.

Le agarro la cadera con la izquierda y con la derecha le busco el pelo y se lo recojo en la mano, y le pregunto si puedo tirar y me dice que sí, que tire, y tiro.

Es la única vez en siete meses que follamos así y los dos lo sabemos mientras está pasando.

En mitad de eso se enciende el foco del jardín porque ha cruzado un gato.

Entra por el ventanal sin cortinas una luz blanca de las que se usan en los aparcamientos.

Nos ilumina enteros de cintura para arriba y no para ninguno de los dos.

Y a los cuatro o cinco minutos, sin ningún motivo, paro yo.

Me quedo quieto, dentro, con las dos manos en su cintura y con la respiración hecha una porquería. Ella gira la cabeza para mirarme por encima del hombro.

— ¿Qué pasa?

— Nada.

— ¿Qué pasa, Álvaro?

— Ven aquí.

La levanto y me siento en el suelo con la espalda contra el somier.

Ella se sienta encima de mí de frente, con las piernas alrededor de mi cintura.

Nos quedamos así un rato sin movernos, con su cara pegada a la mía y las dos manos suyas en mi cara.

Se mueve despacio. Yo la abrazo entera, por la espalda, con los dos brazos, y no hay una sola parte de mí que esté haciendo otra cosa.

— Mírame — dice ella.

— Te estoy mirando.

— Ya lo sé — dice-. Que sigas.

Nos corremos casi a la vez, ella un poco antes y todavía hablando, diciéndome al oído cosas que a la una y veinte de la madrugada no significan nada, y yo detrás, agarrándola con las dos manos y con más fuerza de la que hace falta.

Nos quedamos en el suelo. El foco del jardín se ha apagado y ha vuelto a encenderse dos veces. Hace frío en esta casa porque la calefacción la programé mal en noviembre y no la he vuelto a tocar.

— Tengo que irme — dice a la una y media, contra mi hombro.

— Quédate.

— Mañana a las siete estoy en el Zambra. Viene el de la cocina y tengo que abrirle yo.

— Quédate y te llevo a las seis y media.

— Álvaro.

— Quédate.

Lo digo tres veces. Y a la tercera me oigo a mí mismo y no me reconozco, porque yo no pido cosas.

Yo doy cosas. Yo llevo treinta y seis años dando cosas y firmando cosas y resolviendo cosas.

Todo eso para no tener que decir en voz alta una palabra de dos sílabas a la una y media de la madrugada.

En el suelo de mi propia habitación. Delante de Rocío Berrocal Cantos, que mañana a las siete tiene que abrirle la puerta a un instalador de cocinas.

Ella no me contesta enseguida. Me pone la mano en la cara, en el mismo sitio de antes, y me mira durante mucho más rato del que hace falta para contestar que no a una pregunta como esa. Fuera se enciende el foco otra vez.

— El viernes — dice.

— El viernes no es hoy.

— Ya lo sé.

Se viste. Baja. Yo bajo detrás con los pantalones puestos y sin camisa y le abro la puerta del jardín.

Ella me dice que me meta dentro, que hace un frío que pela.

Arranca. Las luces del coche barren la tapia y desaparecen por el camino del Aljibe a las dos y cuatro minutos de la madrugada del jueves.

Me quedo en la puerta descalzo y sin camisa hasta que deja de oírse el motor, y luego un poco más.

El jueves cuatro de marzo llego a la oficina a las siete y media, como todos los días.

A las ocho y diez tengo a Curro Salcedo al teléfono para decirme que el gresite de la fachada sur va más rápido de lo previsto.

A las nueve hay comité y dura cincuenta minutos.

A las diez y cuarto me llama la economista del consejo.

Me dice, en privado y sin acritud, que lo de ayer estuvo mal hecho.

Y me dice que ella lo habría votado a favor si se lo hubiera pedido.

A las once y media Elvira Quesada Pino sube a la séptima sin avisar, y eso ya es raro por sí solo.

Elvira no sube sin avisar; Elvira te hace un ping, te pone un hueco de veinte minutos y viene con una carpeta y un guion.

Hoy sube por las escaleras de servicio, llama a la puerta con dos golpes secos, entra sin esperar respuesta y cierra detrás de ella.

Hoy no lleva carpeta. Lleva un solo folio impreso, cogido por el borde con las yemas, como se coge un papel que no es tuyo.

— Ha entrado una comunicación en el buzón ético — dice-. Ayer, a las 21:48. Es anónima. Yo soy la única que tiene acceso, y el protocolo dice que se lo tengo que trasladar al consejero delegado en veinticuatro horas salvo que el consejero delegado esté afectado por los hechos.

Deja el folio encima de la mesa y lo gira para que quede de cara a mí. Se queda de pie. No se sienta y no me dice que lo lea.

Leo la primera línea entera y levanto la cabeza.

Y Elvira Quesada Pino me está mirando con la misma cara con la que me miró el dieciocho de diciembre, en la comida de Navidad, cuando yo tenía una linterna encendida en la mano apuntando al techo de un salón con toda la luz dada.

Hasta hoy no sabía de qué me sonaba esa cara.