Rocío
Mi padre hace arroz un domingo de cada tres, y un domingo de cada tres, desde hace once años, dice por teléfono exactamente la misma frase: que hace arroz, que me vaya y que me lleve a quien quiera.
Y yo llevo once años sin llevarme a nadie, salvo a Yoli dos veces y una a una compañera de la academia de inglés que se quedó a dormir en el sofá porque había perdido el último autobús y porque mi padre insistió tres veces con la manta ya en la mano.
El miércoles pasado, a las once de la noche, con el móvil apoyado en la almohada y con la cabeza en cuatro sitios a la vez, le contesté que igual me llevaba a un compañero del trabajo que está solo en Málaga.
Lo dije y me quedé mirando el techo. A los cuatro segundos ya estaba clarísimo: acababa de hacer la cosa exacta que llevo cinco meses y medio evitando con una disciplina de deportista.
A los seis segundos estaba igual de claro que ya no la podía deshacer, porque deshacerla habría sido mil veces peor y porque mi padre había dicho que muy bien y había colgado antes de que a mí me diera tiempo a construir la retirada.
Se lo dije a Álvaro el jueves en el pasillo de la sexta, entre dos reuniones, en voz baja y muy deprisa, y se lo dije de una manera científicamente diseñada para que dijese que no.
Le dije que es un piso pequeño, que la televisión está puesta a un volumen que no es humano, que mi padre no termina las frases, que el arroz lleva siempre demasiado azafrán y que no hace ninguna falta. Tardó cuatro segundos en contestar.
— ¿A qué hora? — dijo.
Llega el domingo a las dos y cinco con una botella de vino que no me deja ver la etiqueta y con la cara del que ha aparcado a novecientos metros y no piensa mencionarlo ni bajo tortura.
Mi padre abre con la cadena puesta, la quita, le da la mano y le mira los zapatos, que resulta ser una costumbre de las dos familias y que yo no había detectado hasta hoy.
— Tomás.
— Álvaro. Encantado.
— Pase, pase, que está el arroz en la lumbre.
En esta casa las frases no se terminan: se abandonan por el camino, y el que viene de fuera se queda esperando un final que no llega, con esa media sonrisa educada del que cree que detrás viene algo más.
Álvaro no espera nada. Pasa directamente al salón.
Eso es exactamente lo que hay que hacer aquí y hay que traerlo sabido de casa.
El vino acaba en el mueble del salón. Mi padre lo coge, lo mira por delante y por detrás, lo pone de pie entre la fotografía de mi comunión y una caja de puros vacía que lleva ahí desde los años noventa, y dice que eso hay que guardarlo para una ocasión.
— Eso no se guarda — dice Álvaro-. Ese vino se abre hoy.
— Ya, ya.
— Es que ahí de pie y al lado del radiador se pica, Tomás. No lo digo por decir. En dos años eso no hay quien se lo beba.
Mi padre dice que bueno y lo deja donde lo ha dejado. Y Álvaro se queda medio segundo de más mirando el mueble, con la misma cara que pone en un comité cuando alguien dice una cifra mal, y yo estoy a metro y medio y no digo nada, y mi padre tampoco, y de eso no se vuelve a hablar en toda la tarde.
Después mi padre abre un tinto de cartón que tiene en la nevera, sirve tres vasos y le echa hielo al suyo.
Álvaro, que se ha bebido en su vida botellas que cuestan más que mi coche, se toma el tinto de cartón con hielo como si llevara haciéndolo toda la vida, y a los diez minutos repite, y a la media hora le echa hielo él también.
La cocina de esta casa mide cuatro metros cuadrados y tiene una ventana que da al patio de luces por la que se oye todo lo que pasa en los seis pisos.
Ahí dentro no caben dos personas si una de las dos es mi padre con el paño colgado del hombro, así que yo me quedo de pie en el marco de la puerta pasándole cosas y él va y viene entre la paellera y el fregadero explicándome por qué este arroz no es un arroz de los de foto.
Sale bien. Sale muy bien, para ser exactos, y con el azafrán en su punto por primera vez en cuatro años, cosa que digo en voz alta y que mi padre recibe encogiéndose de hombros y mirando a la televisión, aunque le veo perfectamente la cara desde donde estoy.
Comemos con la televisión puesta, porque comer con la televisión apagada en esta casa sería una declaración de guerra sin previo aviso.
Hoy hay una película del oeste de las de después del telediario, doblada en los años ochenta, con los indios hablando como notarios y con un vaquero que dice «diantre».
— Diantre — dice Álvaro, muy bajito.
— No empieces.
— Es que lo ha dicho dos veces. Mi padre come en su sillón, con el plato apoyado en una mesita auxiliar que compró para eso.
Y a los veinte minutos pasa una cosa que yo no tenía prevista en ninguno de los cuatro escenarios que había ensayado durante toda la semana.
— Rocío me ha dicho que usted llevaba el once — dice Álvaro.
— Veintiocho años.
— ¿Y en veintiocho años cambió mucho el recorrido?
Mi padre baja el tenedor y deja el plato en la mesita, y por primera vez en once años gira el sillón cuatro centímetros hacia la mesa.
Lo que viene después dura cuarenta minutos y yo no digo prácticamente nada en esos cuarenta minutos, porque no me hace falta y porque hay cosas que llevo treinta y dos años sin oír.
Cuenta que el once no ha cambiado en el papel pero que por dentro ha cambiado entero, que le quitaron dos paradas en el noventa y nueve por una obra que iba a durar seis meses y duró tres años, y que no las devolvieron nunca porque nadie reclamó.
Que la cuesta de arriba se subía en segunda y ahora ya no, porque han puesto badenes.
Que el tiempo de recorrido oficial está calculado con un tráfico del año ochenta y seis.
Y lo de los baños, que los conductores no tienen dónde ir en la cabecera de línea, que es una cosa en la que no piensa jamás ningún pasajero y que condiciona un turno de siete horas más que cualquier otra.
Y Álvaro le pregunta. Le pregunta de verdad, con esas preguntas suyas de cinco palabras y una detrás de otra, y a la tercera o la cuarta ya pregunta igual que en una reunión de dirección, cuando alguien le está explicando cómo funciona por dentro una cosa que él no sabe y que le interesa.
— ¿Y cuántos minutos de intervalo tenían en hora punta?
— Ocho. Ocho en teoría.
— ¿Y en la práctica?
— En la práctica el segundo se le pega al primero y el tercero viene a los veinte, que es lo que pasa siempre, porque el primero va recogiendo a todo el mundo y va cargando retraso y el de detrás va vacío y va volando, y a eso nosotros le llamábamos ir a la...
Y se calla, porque en la película acaban de disparar a alguien delante de un abrevadero, y se queda mirando la pantalla con el tenedor a la altura de la barbilla.
— Ir a la cola — termino yo.
— Eso. Aliquindoi con eso, que ahí se te va el turno entero y llegas a la cochera con la cabeza como un bombo.
Después de comer, mi padre se levanta a por el postre y trae un flan de los de plástico y un plato de mandarinas que ha pelado a medias no se sabe por qué.
Yo empiezo a recoger la mesa. Y entonces Álvaro se levanta, coge cuatro platos de una sola vez sujetándolos mal, se mete en la cocina de cuatro metros cuadrados y abre el grifo.
— Deje usted eso — dice mi padre desde el sillón.
— Ya está empezado.
— Hombre, que es usted el invitado.
— Que ya está empezado, Tomás.
Y friega. Friega durante veinticinco minutos.
Veinticinco minutos es un tiempo delirante para once platos, dos cazuelas, seis vasos y una paellera, y friega así de largo porque no sabe hacerlo y porque no lo ha hecho nunca en su vida y porque no piensa preguntar.
Lo hace en el orden equivocado de principio a fin.
Enjabona los vasos después de las cazuelas y tiene que empezar otra vez con los vasos.
Deja los cubiertos para el final. Peor decisión que esa no hay.
La paellera se le resiste diez minutos largos hasta que descubre él solo que hay que dejarla en remojo, y cuando lo descubre lo anuncia en voz alta con el tono de un hombre que acaba de inventar el remojo esta misma tarde.
Yo estoy de pie en el marco de la puerta de la cocina con un paño en la mano y sin secar absolutamente nada.
Desde aquí se le ve la espalda, y el reflejo de media cara en el cristal de la ventana del patio de luces, y el paño de cocina que se ha colgado del hombro imitando a mi padre sin saber que lo está imitando, un paño que tiene dibujada una farola de la calle Larios y la palabra MÁLAGA en letras rojas y que compró mi madre en un puesto de la calle Nueva.
Y detrás, en el salón, mi padre le está contando a la televisión que en el ochenta y cinco hubo una huelga que duró once días y que él estuvo en la puerta de la cochera todas las mañanas a las seis.
Se me ocurre que dentro de cuatro años esto podría ser un domingo cualquiera, uno de esos que no se cuentan porque no tienen nada dentro, y se me ocurre con tanta facilidad y con tan poco esfuerzo que me tengo que salir al balcón.
Estoy fuera noventa segundos. El balcón de esta casa da a una calle en cuesta con dos naranjos y un contenedor azul, y desde aquí se ve un trozo de monte y una grúa que lleva parada desde antes de la pandemia.
Hace un sol de febrero de los que aquí no comenta ni un turista, y abajo hay dos críos dándole patadas a un balón contra la persiana de un local cerrado con una constancia admirable.
El miedo a que salga mal lo tengo desde agosto y con ese ya he aprendido a convivir, igual que aprendí con lo de la matrícula, con lo del hospital y con las otras cuatro cosas grandes que me han pasado.
El de hoy es otro. El de hoy es la facilidad.
Lo poco que ha costado que un hombre que no sabe fregar esté fregando en la cocina de mi madre un domingo de febrero, y lo rápido que me he acostumbrado yo en noventa segundos.
Noventa segundos es lo que se tarda en fumar un cigarro y yo no fumo.
Porque esto lo puedo tener. Es la primera vez en toda mi vida adulta que veo una cosa así de cerca y me la creo.
Vuelvo dentro. Álvaro está secando la paellera con el paño de la farola de Larios y ha colocado el escurridor de una manera que no se sostiene, con la paellera de canto y dos platos apoyados en ella, y no se lo digo, y a los diez segundos se cae todo y no se rompe nada y mi padre grita desde el sillón que eso pasa siempre.
A las cinco y media Álvaro se sienta en la silla que está pegada al sillón de mi padre, que es la silla en la que me siento yo desde que tengo memoria, y se quedan los dos viendo el final de la película sin hablar y sin mirarse.
En algún momento mi padre le ofrece una mandarina y él la pela entera de una sola tira, y mi padre lo considera un talento sobrenatural y lo dice dos veces.
Y a las seis menos veinte, cuando ya estamos con los abrigos en la mano, mi padre dice la frase desde el sillón, sin girarse, con el mando a distancia en la mano y con los créditos subiendo por la pantalla.
— Es que tú siempre has sido la que...
Y se para. En la televisión empieza el avance de la película siguiente, y hay un caballo, y una música con trompetas, y mi padre levanta la cabeza tres centímetros y sube el volumen una raya.
— ¿La que qué, papá?
— ¿Eh? No, nada. Que si te llevas el táper del arroz, que hay para dos días.
Me llevo el táper del arroz, naturalmente. Le doy un beso, le digo que el jueves vengo a por los papeles de la mutua, él me contesta que no hace falta y yo le contesto que ya lo sé. Nos decimos eso siempre y en ese orden exacto desde hace once años.
Álvaro le da la mano en la puerta y mi padre le dice que vuelva cuando quiera, y lo dice con un tono que no significa nada y que significa todo, y yo me quedo dos segundos atrás porque me he dejado la bufanda en el respaldo de la silla del salón, que está justo al lado del mueble. Dos segundos no. Los que hagan falta.
Y en el mueble, entre la fotografía de la comunión, la caja de puros vacía y la botella de vino que va a estar ahí de pie hasta que se muera alguien, está el bote de las horquillas.
Es un bote de cristal de los del cacao soluble, con la etiqueta arrancada a medias, y dentro hay horquillas negras, dos gomas del pelo y una pinza pequeña con un lazo azul.
Eran de mi madre. Charo murió hace once años y ese bote no lo ha tocado nadie, ni para tirarlo ni para vaciarlo ni para cambiarlo de sitio, y cuando pintaron el salón en 2016 alguien lo levantó, pintó por debajo y lo volvió a dejar dentro del mismo círculo de polvo.
Cojo la bufanda y me la echo al cuello.
En el bote hay ciento y pico horquillas y no se va a peinar nadie con ellas.