Álvaro #2
Se la meto despacio, mirándola, con la cara a diez centímetros de la suya.
Y esta vez no hay carrera. Esta vez no estamos contra una puerta ni en una silla con ruedas ni escuchando si hay alguien en el pasillo.
Vamos despacio de verdad, tanto que a los dos minutos ella me muerde el hombro y me dice al oído que soy un desgraciado, y yo no cambio el ritmo, y me lo vuelve a decir con otras palabras.
Le sujeto la muñeca contra la almohada y ella deja que se la sujete.
— Mírame.
— Te estoy mirando.
— No, mírame.
Me mira. Aguanta cuatro o cinco segundos y luego cierra los ojos y gira la cara, y yo le pongo la mano en la mandíbula y se la vuelvo, y ahí sí.
Ahí se queda. Se corre otra vez con los ojos abiertos y sin decir nada, y verla es mejor que cualquier cosa que me haya pasado en un despacho.
Yo aguanto tres o cuatro embestidas más y me corro dentro con la frente pegada a su cuello.
Nos quedamos así. La sábana bajera está suelta por dos esquinas y hay un trozo de colchón desnudo debajo de mi codo. Por la pared del salón se oye la televisión del vecino, que tiene puesto un partido y que sube el volumen en los córners.
— Se ha soltado por dos sitios — dice ella, sin moverse.
— Ya.
— Es que esta sábana es de un colchón de antes.
— ¿Y por qué la tienes?
— Porque es de un colchón de antes — dice, y para ella eso contesta la pregunta entera.
Duermo. Duermo del tirón siete horas y media.
En un tercero sin ascensor, en una cama de metro treinta y cinco, con un pie fuera de la manta.
Y con un ventilador de pie aparcado en el pasillo, tapado con una bolsa de plástico y esperando a junio.
Me despierto una vez a las cuatro, con el brazo dormido y con la boca de ella en el hombro, y me vuelvo a dormir enseguida.
En mi casa hay un dormitorio de veintidós metros cuadrados con una cama de uno noventa y llevo dos años durmiendo mal en ella.
A las nueve y veinte de la mañana intento meterme en la ducha con ella y esa es la peor decisión que he tomado en todo el mes.
La ducha de este baño mide setenta centímetros.
Setenta centímetros es un plato de ducha para una persona de pie que no mueva los brazos.
Entro. Le doy con el codo al grifo y el agua se va a fría de golpe.
Ella grita. Yo intento apartarme y no hay adónde apartarse.
Y la cortina se me pega entera a la pierna izquierda, desde la rodilla hasta el tobillo, con esa succión que tienen las cortinas de ducha y que no ha explicado nadie todavía.
— Sal.
— Estoy saliendo.
— Es que no cabes, Álvaro, es que físicamente no cabes.
— Ya lo veo.
Salgo con media pierna envuelta en plástico y con el pelo lleno de champú. Ella se sienta en la tapa del váter y se ríe durante casi un minuto entero, doblada, con una mano en el estómago. En algún momento intenta decir algo, no puede y lo deja. No la había oído reírse así nunca. Ni en la Feria.
Desayunamos a las diez, tostadas y café sin leche porque no hay leche, sentados los dos en el sofá otra vez porque en esta casa no se come en la mesa.
Ella tiene el pelo mojado y una camiseta enorme del maratón de una ciudad en la que no ha estado.
Le enseño el móvil con la transferencia de catorce cincuenta.
— Ni una palabra — dice.
— No he dicho nada.
— Es que ni una.
Y entonces se lo cuento. No sé por qué se lo cuento y no lo tenía pensado, y llevo veintidós años sin contárselo a nadie, ni a mi abuela, ni a mi primo, ni a la mujer con la que estuve tres años y medio.
— En el cajón de arriba de mi mesa hay un sobre — digo.
— ¿Qué sobre?
— Uno del colegio. Del internado.
Ella deja la tostada en el plato. No dice nada. Es de las pocas personas que conozco que sabe no decir nada.
— Yo tenía catorce años y había un fin de semana de puertas abiertas en noviembre — digo-.
Iban los padres. Comida, un partido, una función.
Mi madre me dijo por teléfono el jueves que venía.
El domingo por la mañana el conserje me dio un sobre que había llegado por mensajero.
Dentro había dinero. Eso me lo dijo el conserje, porque el sobre no lo abrí.
— ¿No lo abriste?
— No.
— ¿En veintidós años?
— No.
Berrocal se queda mirando la taza. Fuera, en la terraza, hay tres trozos de rama de higuera apoyados en la barandilla porque anoche no bajé el cubo.
— ¿Y cuánto había? — pregunta.
— No lo sé.
— ¿Y nunca lo llegaste a saber?
— El conserje dijo un número. No me acuerdo del número. Me acuerdo de que era un hombre muy incómodo diciéndolo.
No me pregunta por qué no lo he abierto. No me dice lo que significa. No me explica mi propia vida. Eso lo hace la gente. Lo hicieron en su día dos personas a las que se lo conté a medias, y por eso no se lo he vuelto a contar entero. Se queda un rato con la taza en las dos manos.
— ¿Cómo pone tu nombre? — dice.
— ¿Cómo?
— El sobre. ¿Pone tu nombre a mano o está escrito por otra persona? En los internados los sobres los rotulaba la secretaría.
— No lo sé.
— Pues eso lo puedes mirar sin abrirlo — dice, y le da un mordisco a la tostada.
Nos quedamos otro rato con el café frío y con las tostadas a medias.
Ella me cuenta que el visado del colegio profesional entró el lunes, que ya está resuelto y que no lo sabe nadie, y me lo cuenta como quien cuenta un chiste sin gracia.
Yo le pregunto quién lo movió. Me dice que un señor de 2019 al que le debía una llamada.
Le digo que eso hay que ponerlo en algún sitio y ella cambia de tema tan deprisa que casi se oye el ruido.
Me voy a las once y media porque a las doce he quedado con Curro Salcedo en el Zambra.
Ella baja conmigo hasta el rellano, descalza y con la camiseta del maratón.
En el rellano huele a lejía. La vecina del primero friega los sábados a esta hora y friega también la escalera de los demás sin que se lo pida nadie.
Desde el segundo sube ruido de agua. El vecino tiene la puerta abierta y está regando la higuera desde dentro con una jarra de plástico, y no piensa levantar la vista.
— El lunes tenemos comité a las nueve — dice ella.
— Lo sé.
— Pues eso.
Me alisa el cuello de la camisa con la mano y la baja. Bajo los tres pisos despacio.